El olor del fin del mundo Primera parte #2
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Primera parte #2

Yo me sentía su musa. Su amiga. Su confidente y su cómplice al otro lado de la pantalla, en esas noches y amaneceres en los que vivía conmigo un mundo paralelo.

Nos volvimos dueños de una excitante incertidumbre de emociones y aventuras, de un amor impredecible que escribíamos con letras secretas.

Hermoso y tentador, pero incierto. Dolorosamente incierto.

Entonces entendí que los temores de la vida se alivian en esos amaneceres en los que un abrazo les quita la angustia a los eternos interrogantes del destino.

Por eso, el buenos días, ¿quieres un café?

significa la vida entera. Y por eso es una frustración tan desgarradora que un hombre y una mujer que quieren estar juntos no lo estén.

Por las razones que la vida dicte. Por cobardía.

Por temor. Porque en la cotidianidad hay prioridades sobre los deseos y, sobre todo, porque se requiere más que unas alas enormes para apostarle sin miedo a una vida lejos de la que ya se tiene.

Manuel Vilas en El mejor libro del mundo dice que “cualquier historia de amor siempre tiene que asegurar la supervivencia de los dos seres humanos que la protagonizan”.

Ese es el problema del amor. Y ese fue el nuestro.

En ese apego tan desbordado que sentimos, la supervivencia mía nunca estuvo garantizada.

Lo supe desde el principio, pero el corazón es necio, y cuando dos almas se encuentran y se rompen así y se completan y bailan juntas esa danza deliciosa de la pasión y el delirio, irse es muy difícil.

—Tú y yo ya no podemos no estar juntos —me dijo una mañana Antonio.

—¿Lo sabes o lo crees? —le contesté.

—Lo sé.

No quise preguntarle por qué lo sabía. A esas alturas ya habían pasado muchos vacíos entre los dos. Él podía amarme, tenerme y dejarme de ver hasta la próxima vez. Yo no. No podía permitirme ese lujo del desapego.

Yo, que siempre fui tan libre, que bailaba salsa sobre las contradicciones de la vida, me fui dando cuenta de que no quería más promesas que no se materializaran. Quería amarlo y sentirme amada, pero sin relojes. Quería los amaneceres a su lado. El vino de las noches. El abrazo al despertar.

Mario Benedetti tenía razón cuando lo dijo: “Nada más doloroso que el silencio entre dos personas que se aman separándose, porque una no supo ordenar sus prioridades y la otra tuvo que elegir el amor propio”.

Antonio jugó en varios frentes y terminó destruyéndolo todo.

Escribió una historia de amor muy profunda conmigo, pero también me causó una tristeza que jamás asumió, en la cual mis fantasías y mis reglas se despedazaron.

Mientras yo organizaba encuentros posibles para perdernos en silencios recónditos de habitaciones prohibidas, él aplastaba nuestra vida con su continuo marchar.

Antonio, mi amor, mi cielo. Mis despertares con tus canciones.

Mis poemas. Nuestros desencuentros. La rutina de cada mañana y cada noche.

Buenos días, te pienso. La desazón horrorosa de tus partidas y la razón por la que decidí escribir este libro.

Para contar la historia de un amor ardiente, inaudito e inconcluso que me dio alas para volar sobre el mundo, pero que me llevó a un lugar al que no quiero regresar porque jamás me sentí a salvo.

* * *

Nuestros encuentros siempre empezaban con Ella Fitzgerald cantando All the things you are , Todas las cosas que eres. Y, entonces, nos quitábamos la ropa al ritmo del vozarrón fabuloso de Ella mientras él me tocaba como si yo fuera el saxofón.

You are the breathless hush of evening

that trembles on the brink of a lovely song.

You are the angel glow that lights a star.

The dearest things I know are what you are.

Someday, my happy arms will hold you

and someday I’ll know that moment divine,

when all the things you are are mine! 1

Cuando podía verme, yo desbarataba el planeta para estar junto a él, y cuando la magia terminaba, me prometía que sería la última vez.

Pero nunca pude. Mi ilusión y mis ganas de meterme entre sus piernas y de que él se revolcara en mi vida entera eran más poderosas que toda la sensatez de la historia y rompían mis convicciones y firmezas.

Terminábamos en un apartamento rentado, en el baño de su oficina o en el hotel de una ciudad intermedia, desfogando con hambre las pasiones acumuladas durante los días previos.

Antonio llegaba a nuestros encuentros con sus besos listos y yo creaba escenarios inesperados para recibirlos.

Encajes blancos que él removía con suavidad milimétrica, como si estuviera desarmando una joya.

Sedas rojas, el clásico del amor salvaje.

Medias veladas negras con ligueros que aparecían sorpresivamente debajo de mi falda de cuero.

A veces apelaba al esplendor de mi erotismo juvenil y lo esperaba desnuda, rodeada de velas y bañada en aceites sobre los que él deslizaba su cuerpo como si fuera una autopista de placer, y nos poseíamos, mirándonos a los ojos, en un ritmo perfecto en el que yo sentía que me estaba partiendo en dos.

En antes y en después.

Aprendí a disfrutar las duchas con él. A dejarme enjabonar y a recorrer su piel con mi boca llena de agua y de ganas que le esparcía hasta terminar arrodillada, separándole los muslos y depositando mi nariz, mi lengua y todo mi ser en su infinidad.

Tocábamos el cielo juntos. Con él descubrí la sensación más espectacular que puede sentir un ser humano: llegar al clímax al mismo tiempo con la persona que se ama.

Si tuviera que revivir una sola sensación en mi vida, sería esa con Antonio, cuando nos encontrábamos en el más allá del desborde sexual y regresábamos agotados y vencidos ante el placer que nos propiciaba el cuerpo enloquecedor del otro mientras Ella Fitzgerald seguía cantando.

—Estar contigo es lo que más me gusta en la vida. Estoy completo, por fin estoy completo, dentro de ti —me decía.

Solo era locuaz después de que me mataba en la cama. Era demasiada emoción reunida: nuestros cuerpos humeantes, sus palabras siempre inconclusas, mis necesidades por fin satisfechas, mi corazón tan roto siempre. Todo él me sobrepasaba y no podía contenerme.

—No llores, mi Carmen —me pedía cuando me rompía en llanto, desnuda, a su lado.

Yo lloraba más. Me caían las lágrimas, una tras otra, como si estuviera vaciando esa amargura que guardaba. Me besaba los cachetes empapados. Quedábamos salados. Nos abrazábamos, nos besábamos de nuevo y volvíamos a estar adentro del otro. Completos una vez más.

En esa época, yo no era consciente de que, a su lado, a pesar de mis inseguridades, transitaba uno de los tiempos más hermosos de mi vida.

En eso consiste también el trasegar de los años.

En comprender lo que se tuvo y lo que no.

En ser enteramente consciente de los momentos de plenitud que no regresarán.

Es entonces cuando la melancolía, que acompaña al pasado, se hace inevitable.

Se vuelve una certeza dolorosa, porque uno sabe ahora que pudo extender esa dicha, que pudo vivirla más, pero no lo sabía mientras estaba ocurriendo.

Si uno fuera consciente de que está viviendo el tiempo más feliz de su existencia, lo exprimiría como a una naranja.

Se tomaría hasta el último sorbo y se comería los rezagos.

Amaría más. Besaría más. Se ducharía más.

Y se escaparía los fines de semana a un paisaje recóndito en el que se diría desnudo, sudando y en todos los idiomas posibles, que el amor existe y que está allí, metido entre esas cuatro piernas.

En el pasar del tiempo hay un desconsuelo irreparable: no haber hecho, dicho y gozado lo que se pudo haber hecho, dicho y gozado.

* * *

Nuestro último encuentro me persigue como las llamas del infierno.

Me despierto de noche, alterada, sudando y, a veces, gritando.

Antonio aparece mientras duermo, en el umbral de mi inconsciencia, amándome como aquella tarde.

Luego desaparece y no logro encontrarlo.

Ni dormida ni despierta. Su mirada de niño travieso está tallada en mi memoria y sonrío apretando los labios para que esta vez no se me escape por los ojos esa frustración, que guardo en el más recóndito de mis cofres, mientras recuerdo el amor clandestino tan poderoso que solíamos darnos.

Esa tarde lo abracé suave y con cuidado de no despertarlo.

Incorporé mi rostro en las arrugas de su cuello, aún sudoroso, y me tragué su vapor, su olor a almizcle postcoito, como intentando guardarme el momento y el aroma dulzón de lo profundo de la piel del hombre al que tanto amaba.

A eso huele el amor. A sexo cansado. A silencio cómodo.

A carbón ardiendo, a ganas de que la noche no termine, a conversaciones sin fin.

A vino tinto y a negroni. Al perfume embriagador que se desprende de dos cuerpos sudados, compenetrados.

A la estela que deja esa bestia salvaje de segundos atrás, cuando se derrumba sobre el cuerpo de uno.

Huele al comienzo del mundo. A ti, Antonio, después de amarme con tanto deseo y antes de decirme que ya es hora, que nunca es suficiente, pero que ya debemos irnos.

Me lo dijo. Una vez más me lo dijo.

Abrí los ojos, resignada. Me incorporé como siempre, como cada vez, con pequeños estiramientos y muchas ganas de quedarme.

Me puse la ropa interior que había comprado para él, me agarré el pelo en una cola despelucada.

Me desplacé lenta y serpenteante hacia el baño.

Me cepillé los dientes con el dedo y me quedé mirándome, como ida, frente al espejo.

Me veía triste. Con el rímel regado y las pupilas dilatadas. Vencida. Rota.