El olor del fin del mundo Primera parte
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El olor del fin del mundo

El olor del fin del mundo

Por Vanessa De La Torre

© inepub.com

Primera parte

El amor nunca termina bien, porque no se hizo para que terminara.

La frase no es mía. Me la dijo Antonio y no le creí.

Como tantas veces, tantas cosas que no le creí.

Sabía que lo que decía no era del todo verdad o que, si era verdad, no podía hacer lo que me ofrecía, porque le resultaba imposible, porque tenía la vida demasiado enredada como para gestionar su destino junto a mí, porque el amor no siempre es suficiente, por lo que fuera.

Nos amábamos, sí. No tengo dudas. Su amor, un desmesurado vendaval que me dejó sin aliento, me atropelló de tal manera que me desbordó.

Me desubicó. Me hizo perder los estribos de mi propio galopar, y cuando me di cuenta, demasiado tarde, había arrasado con los muros y puentes que había levantado en mi vida para sobrevivir a cualquier desastre.

Antonio, a contracorriente del naufragio que sabíamos que vendría, se embarcó en las aguas de mi vida, se detuvo en el puerto de su propio espanto, se volvió a sumergir y, al final, se lo llevó la corriente.

Recorrí de su mano un camino de júbilos que se volvieron incertidumbres y conocí ese tipo de desazón tan profunda que llega tras la euforia explosiva de dos personas que se aman en secreto, en contra de sí mismos.

Soy apasionada y enamorada de la vida y del amor.

Sigo siendo la soñadora de siempre, convencida de que las barreras son quebrantables.

Conservo la costumbre adolescente de sostener largas conversaciones frente al espejo y con los años les he sumado aderezos.

Me gusta verme reflejada, desnuda. Hablarme sin rodeos.

Decirme frente a ese retrato que me devuelve el cristal lo que la vida me obliga a callar.

Le hablo al reflejo que soy. Que me juzga, implacable, y que me acaricia también.

Como el amor, que es dulce y terrible, total y parcial a la vez.

La ola que parece mansa, pero que también destruye.

Me gusta acariciarme mientras me miro. Explorarme.

Conocerme. Sé cómo llegar al clímax y me enorgullezco de mis excesos y de mis gritos cuando desfogo toda mi pasión y me enfrento, descubierta, a mis vulnerabilidades, mis deseos y mis secretos más íntimos.

Jamás he tenido inconvenientes con irme a la cama con quien me gusta ni espero la llamada del día siguiente.

Nunca he tenido reparos en hacerla yo. Le he hecho el quite a la soledad desde que tengo consciencia y me he pasado la vida buscando la compañía ideal para cuando el peso de los años se haga letal, pero antes de conocer a Antonio le rompí el corazón a tantos que ahora, en este nuevo mundo, soportando el olor inaudito que me dejó el covid-19 y tan impedida como estoy para verlo, pienso que la soledad y el mal olor son mi condena.

La pena que estoy pagando por tantas noches de lujuria y descontrol.

Por esa obsesión de perseguir el amor y la libertad a cualquier precio, arrastrando con mis caprichos las voluntades de otros.

Antonio fue mi gran amor. Fuimos todo lo que un hombre y una mujer pueden ser: amantes, amigos, cómplices, confidentes, adversarios. Lo que comenzó entre nosotros como un coqueteo cualquiera, cuando recién nos conocimos, derivó en los años más sensacionales y, a la vez, apocalípticos que he vivido.

Amarlo fue un proceso mucho más difícil de lo que jamás había anticipado.

Pero también fue un recordatorio de que seguía viva, de que algo dentro de mí aún latía con hambre y deseo.

Un proceso que me obligó a mirarme con honestidad, a entender quién era realmente, a reconstruirme cuando me sentí acabada.

A su lado aprendí que siempre necesitaba más: más amor, más piel, más miradas que me atravesaran, más atención. Más de su cuerpo en el mío, encajando con precisión milagrosa, llevándome de un orgasmo a otro como si el tiempo se disolviera entre nosotros.

En nuestro primer encuentro hubo miradas peligrosas y un intercambio de números telefónicos que nos fueron dirigiendo a conversaciones cada vez más íntimas desde el amanecer hasta el anochecer.

Nos fuimos seduciendo a través de chats con anécdotas de la vida cotidiana.

El frío, la lluvia, el trabajo, las dificultades, los triunfos y las derrotas.

Hablábamos sin detenernos sobre lo que nos ocurría en el día, los temas pendientes, las preocupaciones, los proyectos.

Nuestras palabras al otro lado de la pantalla, en los buenos tiempos y en los horrorosos también, hacían llevadera la vida, siempre tan llena de pantanos y dificultades.

Cuando nos dimos cuenta, ya era muy difícil dejarnos. Nos habíamos vuelto indispensables. Nos queríamos más de lo que pensábamos. Me duermo, mi amor. Buenos días. Buenas noches. Todos los días.

Yo creo que el amor se revela en esa persona en la que uno piensa justo cuando se está quedando dormido.

Antonio era mi último pensamiento del día.

Y también el primero. Desarrollé alma de espía para saber a qué hora cerraba su día y cuándo se despertaba, y mi estado de ánimo irremediablemente dependía de su saludo de la mañana y del beso que me enviaba al caer la noche.

Con sus mensajes, pasé de no poderme parar de la cama sin un café en la mano a no poderlo hacer sin un saludo suyo.

ANTONIO

¿Cómo está tu tarde?

CARMEN

Como tú quieras.

Nos encontrábamos en algún café, el más discreto posible, donde pudiéramos darnos besos en las esquinas de los labios y abrazos de amor camuflados de amistad.

Y donde, sobre todo, pudiéramos aligerar los pesos del día mirándonos a los ojos, perdiéndonos en esa atracción erótica y romántica que nos definía.

Hacíamos planes de logística milimétrica para encontrarnos en las orillas del mundo.

La felicidad absoluta. La ilusión. Las cosas que nos decíamos en silencio.

Las piernas apretándose por debajo de la mesa.

Qué felicidad verte. Siempre somos felices juntos.

Nos desbordábamos haciendo el amor y, cuando terminábamos, me intentaba explicar todo aquello que yo me negaba a entender.

—Te quiero —me susurraba, aún agitado, al oído—. Te quiero siempre, siempre.

—Cuando acabas te pones sentimental —le dije esa tarde melancólica mientras olía su cuello. Estaba sobre mí, deliciosamente vencido, plácido, entregado. Era mío.

—Es verdad, Carmen. Nada es más real que las conversaciones postcoito.

—Por favor, Antonio… Los hombres dicen lo que sea para llevar a una mujer a la cama.

—Carmen… decimos lo que sea para llevar a una mujer a la cama, pero si después queremos hablar y decirles cosas, esas cosas son reales. Nos sobrepasan. Las decimos porque, si no, nos ahogamos.

—No te creo.

—Créeme. Nada hay más cierto que una confesión postcoito de un hombre. No hay atajos, no hay dobleces. Cada frase la dicta el alma.

—¡Ay, Antonio! Deja de enredarme, por favor. Después de haber acabado, los hombres necesitan seguir mintiendo porque quieren volver a acabar. Más bien sírveme otro vino. Ven.

Antonio tenía los labios más carnosos del planeta, la redacción más perfecta cuando me escribía y una barba de gitano, rasposa, que me dejaba las huellas de nuestros excesos en la piel.

Cuando se dormía, me gustaba contarle los lunares.

Eran como pequeñas constelaciones. En su espalda, solo en la espalda, tenía 88 lunares de todos los tamaños.

88, como el infinito de pie. Él era el infinito.

A su lado viví en un abismo emocional. Se desaparecía dos días y yo me sentía morir.

Una desolación espantosa se apoderaba de mí.

Redactaba los mensajes que le enviaría cuando apareciera, pidiéndole que no me volviera a buscar, que tanta incertidumbre no era justa conmigo, que me rompía el corazón.

Le entregué mi ser sin condiciones y perdí el control sobre lo que continuaría entre nosotros.

Es lo que ocurre con los amores de verdad, como explicó Henry Miller en Trópico de Capricornio : “Una vez has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos”.

¿Sigue hacia dónde? ¿Hacia donde el destino impredecible lo defina…

? ¿Dónde y cuándo termina el caos? ¿Termina?

Con él conocí el amor de quienes lo dejan todo en la arena porque no saben cuándo será la próxima faena.

El siguiente encuentro. ¿Lo habrá? Nunca lo sabía con certeza.

Por eso, siempre, siempre, quise dejarlo.

Porque en esa relación me convertí en un ser que desconocía.

Que nunca había sido. Que no sabía cómo ser.

Me volví una mujer incompleta, constantemente a la espera, vulnerable, dispuesta; una persona frágil que se desplomaba en llanto cada vez que se quedaba sola, cada que tenía que afrontar la más triste de las realidades: tenía lo que quería tener, el trabajo ideal, una vida emocionante y retadora, unos amigos adorables, dinero suficiente para viajar y hacer lo que anhelaba, éxito profesional.

Mis obras de arte se cotizaban cada vez con más soberbia en el mercado internacional.

Lo tenía todo. Era libre y aparentemente feliz.

Pero no lo tenía a él. No me pertenecía. Era un amor prestado.