Capítulo 30
La salida de la campiña
La campiña empezó a quedar atrás cuando el sol descendió lo suficiente para que las lomas perdieran el brillo duro de la tarde.
Desde la autovía, los olivares seguían ocupando casi todo lo que alcanzaba la vista, ordenados sobre pendientes suaves que desde aquella distancia parecían más regulares de lo que Mara sabía que eran.
Después de ocho días entrando por carriles, cruzando fincas y deteniéndose ante casetas de riego, ya no podía mirar aquellas extensiones como una superficie continua.
Entre dos hileras que desde el coche parecían idénticas podía haber un desnivel, una salida secundaria, un camino practicable para una máquina y demasiado estrecho para otra, o una decisión de trabajo capaz de dejar veinte hectáreas vacías antes del amanecer.
Andrés conducía. Había insistido en hacerlo durante el primer tramo y Mara no había discutido.
Llevaban las maletas detrás, junto a dos carpetas que regresarían con ellos a Madrid y una bolsa con botellas de agua que ninguno parecía tener intención de terminar.
El resto de la documentación permanecería en Jaén o viajaría por los cauces establecidos cuando fuera necesario.
Durante los primeros kilómetros hablaron poco. No era cansancio únicamente. Después de varios días en los que cualquier conversación podía abrir una comprobación, llamar a un testigo o modificar una hipótesis, resultaba extraño no tener que convertir cada dato en una tarea pendiente.
Andrés fue quien rompió el silencio.
—Sigo pensando en la prueba de la furgoneta.
Mara apartó la vista de la ventanilla.
—¿En cuál de las dos?
—En la primera. Cuando demostramos que no giraba y nos fuimos tan tranquilos creyendo que acabábamos de hacerle un favor a Rubén.
—No nos fuimos tan tranquilos.
—Yo bastante.
—Eso es distinto.
Andrés sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Tú tampoco dijiste que hubiera otra salida posible hasta que llevábamos un par de kilómetros.
Mara aceptó la corrección. Había recordado aquella tarde varias veces desde la detención de Rubén, no porque quisiera localizar el momento exacto en que debió comprenderlo antes, sino porque el error era útil precisamente por lo normal que había sido.
La prueba técnica estaba bien hecha, el vehículo era adecuado y la conclusión sobre el ensanche B seguía siendo cierta.
Lo que había fallado no era ninguna medición.
—Le preguntamos al terreno si la furgoneta podía darse la vuelta —dijo—. Y el terreno respondió que no.
—Rubén también había dicho que no.
—Porque era verdad.
—Una verdad bastante útil para él.
Mara apoyó la cabeza en el respaldo. Durante los primeros días habían tratado aquella afirmación como parte de una coartada espacial: un vehículo largo no podía maniobrar en B, por tanto resultaba poco razonable colocarlo dentro de Los Cárdenos.
Solo después entendieron que la conclusión contenía una condición que nadie había expresado: para que el argumento funcionara, la furgoneta tenía que salir por el mismo sitio por el que había entrado.
—Lo que hicimos mal fue convertir «no puede girar» en «no puede estar allí» —dijo—. La frase de Rubén no necesitaba ser falsa para engañarnos. Bastaba con que nosotros le diéramos más alcance del que tenía.
Andrés permaneció unos segundos sin responder.
—Eso me molesta más que una mentira completa.
—¿Por qué?
—Porque una mentira sabes que puede romperse. Una verdad te invita a dejar de tocarla.
Mara entendió lo que quería decir. Las mejores falsas interpretaciones de una investigación no siempre nacían de datos falsos.
A veces aparecían cuando un hecho correcto se utilizaba para responder una pregunta distinta de la que realmente importaba.
El giro imposible era uno de esos casos.
También lo había sido el olivar vacío: nadie inventó la orden, nadie expulsó a una cuadrilla para preparar el crimen y nadie falsificó el problema del riego.
Todo había sucedido de verdad, solo que por razones diferentes de las que parecían relevantes después de encontrar el cadáver.
—Con el vacío pasó algo parecido —dijo—. Era tan raro encontrar a Pilar allí sola que empezamos preguntándonos quién había conseguido dejar el sector sin gente.
—Y la respuesta fue Marta intentando ahorrar horas.
—Marta presionando, Eva adelantando una revisión y Pilar reorganizando el trabajo. Ninguna de ellas estaba preparando nada.
Andrés cambió de carril para adelantar a un camión.
—Rubén ni siquiera tuvo que hacer el trabajo difícil.
—¿Cuál?
—Vaciar la finca. Ya estaba hecho.
Mara observó de nuevo el paisaje. En la distancia, las parcelas volvían a confundirse unas con otras y costaba distinguir dónde terminaba una explotación y empezaba la siguiente.
—Lo aprovechó —dijo—. No es lo mismo que provocarlo.
La diferencia había terminado siendo esencial.
Si hubieran insistido demasiado tiempo en buscar una manipulación previa de horarios, habrían construido un crimen más elaborado que el que realmente ocurrió.
Rubén no planificó un homicidio ni preparó un escenario sin testigos.
Sabía que la cuadrilla había sido movida y aceptó pasar por Los Cárdenos después de la llamada de Pilar porque podía hablar con ella allí sin trabajadores alrededor.
La violencia apareció después, cuando la conversación dejó de servirle.
Andrés bajó algo la velocidad al aproximarse a un tramo con más tráfico.
—También tuvimos gente mintiendo por todas partes.
—Eso sí fue generoso por su parte.
—Mateo, Ismael, Eva, Marta... Si hubieran decidido ponernos las cosas fáciles, habríamos terminado dos días antes.
—O habríamos cometido otros errores más deprisa.
Andrés la miró de reojo.
—Siempre consigues estropear una queja sencilla.
—Es práctica.
La conversación se relajó durante unos minutos. Hablaron de dónde pararían más adelante y descartaron hacerlo todavía. Ninguno tenía hambre y el café de la UOPJ había sido suficientemente reciente para no necesitar otro.
Mara pensó en Irene y Óscar. Habían trabajado con ellos poco más de una semana, pero la investigación habría sido muy distinta sin el conocimiento territorial de la UOPJ.
Óscar había tratado los caminos y los vehículos como herramientas de trabajo, no como elementos exóticos de una finca rural, e Irene había mantenido durante todo el caso una separación que a veces resultaba incómoda pero había terminado protegiendo la investigación: una hipótesis podía orientar una comprobación, pero no ocupar el lugar del hecho que se pretendía demostrar.
También Noelia había permanecido en Madrid sin que eso la volviera menos importante.
Durante otros casos, Mara habría sentido quizá la necesidad de tener a todo el equipo alrededor de la misma mesa, como si la proximidad física mejorara automáticamente el trabajo.
En Jaén había resultado evidente lo contrario.
Noelia había sido más útil revisando historiales, partes y correcciones desde Madrid que acompañándolos por fincas donde no necesitaban otra persona mirando carriles.
Andrés debió interpretar su silencio de otra manera.
—¿Estás pensando en el caso o en todo lo que nos espera al llegar?
—En Noelia.
—Eso suena preocupante.
—En que tenía sentido que no viniera.
—Se lo puedes decir. Le hará ilusión saber que aprobamos su ausencia.
Mara sonrió.
—Lo digo en serio. Antes tendía a querer las piezas cerca para saber qué estaba pasando en cada línea.
Esta vez, cuando necesitamos la prueba de maniobrabilidad, la hizo quien sabía hacerla; cuando hubo que comparar el plástico, Criminalística; cuando aparecieron los historiales, Noelia. Nosotros nos dedicamos a relacionarlo.
Andrés tardó un poco en responder.
—Eso se supone que hacemos siempre.
—Se supone.
—¿Y ahora lo hacemos mejor?
Mara pensó antes de contestar. No quería convertir una evolución pequeña en una revelación personal que no correspondía a su manera de entender el trabajo.
—Yo interrumpo menos a los especialistas.
—No te emociones. Todavía queda margen.
Ella dejó pasar la broma.
Mara siempre había sabido que otras personas podían dominar aspectos del trabajo mejor que ella.
Lo que había cambiado era su manera de esperar: toleraba mejor ese tiempo en el que una parte del caso permanecía en manos de un especialista porque todavía faltaba un informe, una medición o una comprobación.
Intentar llenar aquel espacio con conclusiones propias no aceleraba nada y, a veces, hacía más difícil abandonar después una interpretación equivocada.
La primera prueba de la furgoneta era un buen ejemplo. Mara había confiado en el técnico para determinar que el vehículo no podía girar, pero después había utilizado un resultado correcto para responder una pregunta demasiado grande. El error seguía siendo suyo aunque la medición fuera de otro.
—Lo que no quiero es que de este caso saquemos la norma contraria —dijo.
—¿Cuál?
—Que cada vez que un vehículo no pueda girar haya que buscar una salida por detrás.
Andrés soltó una risa.
—Estaba pensando en proponerlo como protocolo UCO.
—Te lo rechazo.
—Ni siquiera lo he redactado.
—Ahorro tiempo.
El sol había bajado bastante y la luz empezaba a cambiar sobre el paisaje.
Las sombras de los olivos se unían en algunas laderas, borrando desde la carretera los huecos entre árboles.
Mara recordó la primera visita a Los Cárdenos, cuando todavía no sabían qué significaban las rodadas del sur ni el pequeño fragmento recogido junto al pilar.
El plástico había estado allí desde el principio, documentado antes de que Rubén llamara realmente su atención.
La investigación no lo había descubierto en el último momento; había tardado en encontrar qué pregunta podía responder.
Aquello le parecía más satisfactorio que cualquier hallazgo espectacular.
—El fragmento fue una buena pista —dijo Andrés, como si hubiera seguido el mismo recorrido mental.
—Porque apareció cuando todavía no sabíamos qué era.