Capítulo 30 #2
—Si lo hubiéramos encontrado después de sospechar de Rubén, habría parecido demasiado oportuno.
—Y habríamos tenido que vigilar mucho más nuestra propia interpretación.
—Mercedes nos habría vigilado.
La especialista de Criminalística no había necesitado conocer toda la teoría de la ruta para hacer su trabajo.
Había comparado una fractura con otra y había fijado el límite de su conclusión, igual que Julia Narváez había descrito la caída sin decirles quién había iniciado el movimiento.
Cada especialista había aportado algo preciso y, al combinarlo, el caso había terminado adquiriendo una solidez que ninguna pieza tenía por separado.
Eso era lo que Mara quería conservar al recordarlo.
No la admisión de Rubén.
Si algún día pensaba en aquel caso, prefería que no quedara reducido al hombre sentado ante ellos diciendo que había empujado a Pilar.
Para entonces ya sabían que su furgoneta había estado en D, que había falseado las 05:15, que Pilar pensaba elevar las irregularidades, que la ruta atravesaba la finca y que las demás personas con motivos aparentes estaban materialmente fuera de la muerte.
Rubén había puesto palabras a los últimos minutos cuando la estructura del crimen ya estaba demostrada.
—¿Crees que habría seguido negándolo si no hubiera aparecido el plástico? —preguntó Andrés.
Mara negó con la cabeza.
—No lo sé y ya da igual.
—Podría haber mantenido que no entró.
—Podría. Entonces habríamos tenido la llamada, el parte falso y el motivo, pero nos habría faltado la presencia física del vehículo. El caso sería distinto.
Andrés aceptó la respuesta.
—A veces me olvido de que lo que sabemos ahora no existía todo a la vez.
—Por eso Irene no borró las versiones antiguas de la pizarra.
Aquella imagen le había gustado. La cronología conservaba las equivocaciones, los testimonios incompletos y las horas que después dejaron de ser válidas.
No para demostrar que la investigación había cometido errores, sino porque esos errores formaban parte del recorrido real por el que llegaron a la solución.
Una versión demasiado limpia habría sido menos verdadera.
Pasaron un cartel que indicaba varios kilómetros hasta la siguiente área de servicio. Andrés preguntó si quería parar y Mara respondió que podían continuar un poco más. Él no insistió.
—Cuando volvamos a Madrid, ¿qué vas a hacer primero? —preguntó.
—Dejar las carpetas.
—Me refería fuera del trabajo.
Mara lo pensó.
—Llegar a casa.
—Plan ambicioso.
—Funciona bastante bien.
No sentía necesidad de pasar por Peñahonda antes de regresar a su vida habitual.
Las Hurdes seguían siendo el lugar al que asociaba una parte esencial de sí misma, pero aquella noche su destino era Madrid, su casa y unas horas sin tener que preguntarse dónde había estado alguien entre las cinco y las seis de la mañana.
Su teléfono vibró dentro del bolso. Era un mensaje de Irene, breve y operativo: las actuaciones previstas de aquella tarde habían quedado encauzadas y no necesitaban regresar. Terminaba agradeciéndoles el apoyo.
Mara respondió con la misma brevedad y guardó el móvil.
—¿Algo? —preguntó Andrés.
—Todo sigue donde debía.
—Eso, en este caso, ya es bastante.
La carretera comenzó a alejarse definitivamente de la campiña olivarera.
El paisaje cambiaba poco a poco, sin una frontera visible, y los olivares dejaron de dominar cada ladera.
Mara no sintió que abandonara un escenario cerrado, porque parte del trabajo continuaría durante semanas en informes, expedientes y comprobaciones económicas que ya no necesitaban su presencia física.
Lo que sí terminaba era su parte principal en la muerte de Pilar.
Durante ocho días habían intentado comprender por qué una mujer aparecía muerta en una finca que ella misma había dejado sin trabajadores.
La respuesta había resultado menos extraordinaria que la pregunta.
El olivar estaba vacío porque una jornada rural podía reorganizarse en unas pocas llamadas cuando cambiaban el riego, los costes y el calor.
El crimen había aprovechado esa circunstancia, no la había creado.
Andrés señaló con la barbilla la carretera.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Depende de lo que vayas a decir.
—Que si mañana me llevan a una finca y alguien me asegura que una furgoneta no puede girar, voy a pensar inmediatamente en una salida sur.
—Eso también sería equivocarte.
—Ya estamos otra vez.
Mara acomodó el cinturón y miró hacia delante.
—Pregunta primero para qué necesita girar.
Andrés permaneció callado un instante y después asintió.
—Eso sí me lo quedo.
Siguieron hacia Madrid mientras terminaba de caer la tarde.
Poco después pararon en un área de servicio, tomaron café y cambiaron de conductor antes de continuar.
Hablaron de asuntos menores durante el resto del trayecto y dejaron que Los Cárdenos fuera perdiendo presencia a medida que aumentaban los kilómetros.
Mara condujo el último tramo sin prisa. Cuando las primeras indicaciones de Madrid aparecieron delante de ellos, las carpetas seguían en el asiento trasero y el caso estaba cerrado en lo que realmente importaba.
Al día siguiente habría informes que revisar.
Aquella noche bastaba con llegar a casa.