El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

Después del vacío

En el patio de Andaraje faltaban dos personas y, aun así, el trabajo seguía moviéndose.

Cuando Mara y Andrés llegaron a última hora de la tarde, una de las furgonetas regresaba de una finca y dos trabajadores descargaban cajas de herramientas junto a la nave.

En la pizarra que Pilar había utilizado para organizar cuadrillas y vehículos habían aparecido nuevas anotaciones, algunas escritas con una letra que Mara no reconocía y otras añadidas sobre los cambios de aquella misma mañana.

Nadie había borrado el nombre de Pilar de las hojas antiguas ni el de Rubén de los servicios que había coordinado antes de su detención; durante unos días, al menos, la empresa tendría que funcionar sobre una planificación hecha por personas que ya no estaban allí.

Irene les había pedido que pasaran antes de regresar a la UOPJ.

La dirección de Andaraje había sido informada de las actuaciones que afectaban a Rubén y necesitaba conservar determinada documentación y mantener disponibles los vehículos y registros que todavía podían ser requeridos.

No correspondía a la Guardia Civil decidir cómo reorganizaría la empresa su actividad, pero sí dejar claro qué información debía preservarse mientras continuaran abiertas las diligencias económicas derivadas de los trabajos particulares.

La administrativa que los había atendido durante los primeros días los esperaba en una oficina contigua al almacén. Parecía cansada y tenía sobre la mesa varias carpetas abiertas, además de una lista de servicios que debía redistribuirse durante el fin de semana.

—Nos han dicho que Rubén no va a volver hoy —comentó.

Andrés la miró.

—No.

La mujer no preguntó más. Probablemente ya conocía algo más por la dirección de la empresa, pero Mara no tenía intención de adelantarle extremos de una investigación que seguiría su cauce correspondiente.

—Venimos por la documentación —explicó—.

Los partes, asignaciones de vehículos, consumos y modificaciones que os pedimos deben conservarse tal como están.

Si necesitáis continuar trabajando con el sistema, hacedlo con normalidad, pero no eliminéis historiales ni corrijáis ahora servicios anteriores porque penséis que estaban mal.

—Eso se lo he dicho a todos —respondió ella—. Desde que empezasteis a pedir cosas nadie toca nada viejo sin dejar constancia.

—Bien.

La administrativa señaló la pizarra del almacén a través del cristal.

—El problema es que alguien tiene que organizar lo de mañana. Pilar llevaba la mitad de eso y Rubén la otra mitad.

No había reproche en su voz, sino una dificultad inmediata.

Los tajos del sábado no podían quedar suspendidos solo porque la empresa hubiera perdido en ocho días a su coordinadora de campo y a su jefe de operaciones.

Había cuadrillas citadas, máquinas comprometidas, clientes esperando y un calor que seguía obligando a trabajar desde horas que, una semana antes, les habían parecido relevantes únicamente porque todos empezaban demasiado pronto.

—Eso tendréis que resolverlo vosotros —dijo Mara—. Nosotros solo necesitamos que lo que ya ocurrió pueda reconstruirse después.

La mujer asintió.

—La dirección viene esta tarde. Van a repartir temporalmente los servicios entre dos personas.

Andrés miró la pizarra.

—¿Pilar era la única que controlaba todos esos cambios?

—La única, no. La que mejor sabía dónde estaba cada uno, sí. Podías cambiarle una cuadrilla a última hora y protestaba, pero a los cinco minutos ya te había encontrado otro sitio donde colocarla.

Mara recordó a Ismael y las seis personas que habían sido desviadas de Los Cárdenos.

Durante varios días aquella decisión había parecido casi demasiado precisa, como si alguien hubiera vaciado un sector para preparar una muerte.

En realidad había sido uno más de los ajustes que Pilar resolvía a diario: una revisión de riego que se adelantaba, una clienta que no quería pagar horas de espera y una cuadrilla que podía aprovecharse en otro trabajo.

La administrativa cerró una carpeta.

—¿Sabéis qué va a pasar con la empresa?

—No —respondió Mara—. Y no nos corresponde decidirlo.

—Ya.

—Las irregularidades económicas seguirán comprobándose. Eso no significa que todo el funcionamiento de Andaraje estuviera implicado ni que todos los partes fueran falsos.

La mujer pareció agradecer la precisión.

—Estos días cualquiera que oye que estáis revisando combustible piensa que llevamos años robando gasoil.

—Hemos revisado muchas diferencias y la mayoría tenían explicaciones normales —dijo Andrés.

Mara le dejó completar la idea.

—Lo que se investigará será lo que no las tenga.

Noelia había trabajado durante toda la tarde sobre esa separación.

El servicio que Tomás había pagado directamente a Rubén estaba ya documentado con suficiente claridad para demostrar que los trabajos particulares no eran una simple sospecha de Pilar, y otras operaciones todavía requerían comprobaciones.

Determinar cuánto dinero se había desviado, qué recursos concretos de Andaraje se utilizaron y qué responsabilidad podía derivarse de cada actuación llevaría más tiempo que resolver el homicidio.

Aquella investigación no terminaría porque Rubén hubiera admitido el empujón.

Las comprobaciones económicas tendrían que seguir su propio curso.

Antes de marcharse, Mara volvió a mirar la pizarra.

Entre los nombres de las fincas había correcciones, flechas y horarios añadidos a mano.

Vista desde fuera, la organización podía parecer caótica; después de una semana entendía mejor cuánto trabajo hacía falta para que seis personas, una máquina y una furgoneta llegaran al lugar adecuado antes de que el sol convirtiera determinadas tareas en una mala decisión.

La muerte de Pilar iba a notarse allí de una manera distinta a como aparecería en unas diligencias.

No por el hueco que había dejado su cuerpo en Los Cárdenos, sino por todos los huecos cotidianos que ahora tendrían que cubrir otros.

Cuando volvieron a Jaén, Noelia tenía preparado el último resumen que necesitaban antes de cerrar la jornada. No era una conclusión judicial ni un informe definitivo sobre los trabajos de Rubén, sino una separación de líneas para que las consecuencias del caso no acabaran mezcladas.

Irene lo leyó primero.

—Empieza por Ismael.

Noelia apareció en la pantalla desde Madrid con el pelo recogido y una taza que, por la forma en que la sostenía, debía de llevar tiempo vacía.

—Su situación respecto al homicidio está cerrada. La comprobación de la finca de Joaquín, los testigos, la llamada de las 06:04, el mensaje posterior y su llegada al tajo oficial lo mantienen fuera de Los Cárdenos durante la franja crítica.

—Eso ya está en diligencias —dijo Irene.

—Sí. Lo que queda es su trabajo particular.

No voy a convertirlo en algo mayor de lo que sabemos: hizo encargos por su cuenta y cobró al menos el que nos reconoció.

Si Andaraje entiende que incumplió condiciones laborales o utilizó contactos de la empresa, tendrá sus propios mecanismos.

Nosotros solo conservamos lo que tenga relación con la investigación y con cualquier infracción que realmente corresponda comprobar.

Andrés se sentó frente a la pantalla.

—Él sigue pensando que vamos a llamar a su jefe para que lo despida.

—No somos recursos humanos —respondió Noelia.

Irene pasó a la siguiente línea.

—Marta y Eva.

Ahí la situación resultaba aún más clara.

La modificación informal del turno de riego había existido y ambas habían intentado presentarla al principio como una secuencia mucho más ordenada de lo que fue.

Eva adelantó la revisión sin completar correctamente la planificación y Marta presionó para que el sector quedara sin trabajadores porque no quería asumir una espera que consideraba innecesaria.

—La comunidad de regantes tendrá que valorar su procedimiento interno —dijo Noelia—. Y Marta tendrá que explicar a sus hermanos cómo tomó determinadas decisiones de la finca. Ninguna de esas cosas forma parte del homicidio.

Mara apoyó la espalda en la silla.

—Conviene que eso quede claro también para ellas.

—Óscar ya ha hablado con Eva para comunicarle que, salvo que surja alguna necesidad concreta, no esperamos otra declaración sobre la muerte —explicó Irene—. Con Marta dejamos ayer su línea suficientemente aclarada.

Andrés recordó algo.

—¿Y Mateo?

—Su entrada queda documentada como lo que fue —respondió Irene—. Utilizó un acceso que Marta le había pedido que no usara y mintió cuando le preguntamos. El conflicto sobre la conducción y el paso tendrá que resolverlo con los propietarios de la finca por la vía que corresponda.

Mateo no recibiría una medalla por haberse convertido finalmente en testigo, del mismo modo que sus mentiras no podían seguir tratándose como indicios de asesinato después de que las comprobaciones demostraran otra cosa.

Había entrado donde no debía, había visto a Pilar viva y había salido antes de que Rubén llegara.

Aquellos tres nombres habían ocupado durante días una parte importante de la investigación porque sus secretos coincidían con la mañana del crimen.

Cerrarlos correctamente importaba casi tanto como haber seguido la pista correcta.

Si la resolución convertía retrospectivamente a todo el mundo salvo Rubén en personas transparentes y cooperadoras, falsearía lo que realmente había ocurrido.

Noelia abrió el bloque de Andaraje.

—Sobre los seis servicios de Pilar, uno está confirmado como trabajo particular de Rubén cobrado al margen.

Dos presentan indicios muy parecidos, pero aún quiero terminar las declaraciones y localizar documentación externa antes de decir que son iguales.

De los otros tres, uno puede acabar teniendo una explicación parcialmente legítima y dos siguen incompletos.

—Entonces no escribimos «seis fraudes» —dijo Mara.

—Ni de broma.

Andrés sonrió.

—Sabía que ibas a decir eso.