Capítulo 28 #3
—¿Habías preparado alguna explicación para su muerte?
—No.
Las respuestas encajaban con lo que mostraba la investigación.
No había indicios de un homicidio preparado mediante el vaciado del olivar.
El sector se había quedado sin cuadrilla por una cadena de decisiones laborales ajena a Rubén; él se encontró con aquella circunstancia y acudió a hablar con Pilar sin trabajadores alrededor.
La violencia había surgido durante la discusión.
Irene volvió al contacto físico.
—Cuando la sujetaste, ¿intentabas impedir que se fuera?
—Quería que me escuchara.
—Ella te dijo que la soltaras.
—Sí.
—Y cuando se apartó, la empujaste deliberadamente.
Rubén bajó la cabeza.
—Sí.
Aquella respuesta fijaba la acción sin resolver una calificación jurídica que no correspondía decidir allí. La investigación podía establecer quién había causado la caída y qué ocurrió después; el resto seguiría el procedimiento correspondiente.
La declaración continuó únicamente el tiempo necesario para concretar la secuencia.
Rubén no recordaba la posición exacta de sus manos ni cuánto había durado el enfrentamiento desde que Pilar empezó a alejarse.
Tampoco pudo precisar cuánto tiempo permaneció a su lado después de la caída.
Irene dejó abiertos esos márgenes en lugar de obligarlo a ofrecer una precisión que, una semana después, difícilmente podría sostenerse.
Al terminar, el abogado revisó el acta con su cliente.
Rubén pidió dos correcciones menores: no quería que constara que había «golpeado» a Pilar antes de la caída, ya que mantenía que el único acto violento había sido el empujón, y solicitó que la referencia a la respiración dejara claro que no sabía si llegó a comprobarla de forma efectiva.
Las modificaciones se incorporaron porque reflejaban mejor lo que realmente había declarado.
Mara salió de la sala con Irene mientras Andrés permanecía en la oficina contigua. Noelia seguía en Madrid y no había participado en aquella fase; su trabajo documental ya estaba incorporado a las diligencias.
Irene cerró la puerta.
—La admisión encaja con lo que teníamos, pero no quiero que la decisión descanse sobre ella.
—No descansa.
Mara repasó solo los bloques necesarios: la presencia de la furgoneta acreditada por el fragmento y por su estado al salir de Andaraje, la falsedad del horario introducido después, el motivo documentado, la llamada inmediatamente anterior, la ruta físicamente comprobada y la conclusión forense compatible con la caída que Rubén acababa de describir.
Irene había comunicado ya durante la mañana la evolución de las diligencias por el cauce correspondiente. La nueva declaración reforzaba un conjunto que, antes incluso de aquella sesión, situaba a Rubén en una posición procesal muy distinta de la que había tenido los primeros días.
—Voy a proceder —dijo.
Mara asintió. La decisión correspondía a la actuación territorial dentro de la investigación.
Cuando regresaron, Rubén había terminado de revisar el documento. Irene esperó a que se cerrara formalmente la declaración y le comunicó entonces que quedaba detenido en relación con la muerte de Pilar Moya, informándolo de sus derechos y de los pasos que seguirían a partir de ese momento.
Rubén no preguntó si su declaración había bastado.
Antes de que admitiera el empujón, la investigación ya había reconstruido buena parte de aquella madrugada mediante elementos independientes de su voluntad de colaborar.
El fragmento seguía perteneciendo a su furgoneta aunque hubiera callado; las 05:15 seguían siendo falsas; Pilar le había comunicado que pensaba elevar las irregularidades; la ruta desde A hasta D seguía permitiendo atravesar Los Cárdenos y el borde de hormigón conservaba la prueba del lugar donde se produjo la caída.
Su declaración había completado únicamente los últimos metros entre B y C.
Andrés entró cuando Rubén salió acompañado por los agentes encargados de continuar las actuaciones.
Sobre la mesa seguía el plano utilizado durante las preguntas.
Las marcas que habían hecho aquella tarde no tenían valor técnico frente a los croquis oficiales y las fotografías de Criminalística, pero resumían con claridad la evolución de sus versiones: primero fuera de Los Cárdenos, después junto al coche y, finalmente, en C con Pilar.
—Una semana para recorrer unos metros —dijo Andrés.
Mara recogió el plano.
—Los metros eran los mismos desde el primer día.
Fuera seguía siendo viernes por la tarde y aún quedaban diligencias por cerrar, comunicaciones que realizar y consecuencias que no pertenecían únicamente al homicidio.
Los trabajos particulares de Rubén seguirían su propio recorrido; también tendrían que dejar ordenadas las irregularidades de Ismael, Eva y Marta sin mezclarlas con una muerte de la que no eran responsables.
Mara guardó la declaración junto al resto de la documentación. Ya sabían cómo había caído Pilar y, cuando Rubén decidió explicarlo, la investigación había recorrido casi todo el camino hasta él.