El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Durante unos segundos nadie habló. Mara oyó el funcionamiento constante del aire acondicionado y, al otro lado de la puerta, el ruido amortiguado de otro despacho.

La frase no produjo la sensación de descubrimiento que habría provocado varios días antes.

Encajaba en una secuencia que ya habían construido mediante elementos independientes de la voluntad de Rubén.

Irene continuó.

—¿Dónde la empujaste?

Rubén se señaló la parte superior del torso.

—Aquí. No sé exactamente. En el hombro o en el pecho.

—¿Con una mano o con las dos?

—Creo que con una.

—¿Querías que se cayera?

El abogado intervino antes de que contestara y pidió que la pregunta distinguiera entre la acción voluntaria y el resultado producido. Irene aceptó la precisión.

—Cuando la empujaste, ¿lo hiciste deliberadamente?

Rubén cerró los ojos un instante.

—Sí.

—¿Qué ocurrió después?

—Dio unos pasos hacia atrás y tropezó con el borde.

Mara recordó la explicación de Julia Narváez: desplazamiento hacia atrás, impacto occipital contra una superficie dura y un mecanismo compatible con un empujón, aunque imposible de identificar únicamente por la lesión.

—¿Viste cómo golpeaba la cabeza? —preguntó.

—Sí.

—¿Contra el hormigón?

—Sí.

Rubén tragó saliva.

—Sonó muy fuerte.

Irene no le pidió que describiera más aquel instante.

—¿Qué hiciste después?

—Me acerqué.

—¿Pilar estaba consciente?

—No me contestó.

—¿La tocaste?

—En el hombro. Le dije su nombre.

—¿Comprobaste si respiraba?

Rubén dudó.

—No sé. Creo que sí, pero estaba... No sé.

Con lo que recordaba no podían determinar cuánto tiempo había seguido con vida Pilar, y Mara no quiso convertir aquella incertidumbre en una conclusión forense.

—¿Llamaste al 112? —preguntó Irene.

—No.

—¿Llamaste a alguien de Andaraje o pediste ayuda a alguna persona que pudiera estar cerca?

—No.

Irene mantuvo una mano junto al plano.

—¿Por qué te marchaste?

Rubén se pasó ambas manos por la cara.

—Porque sabía lo que acababa de hacer.

—¿Qué creías que habías hecho?

—Pensé que la había matado.

El abogado lo miró, pero Rubén continuó.

—Había sangre y no reaccionaba. Me asusté.

Mara no sintió necesidad de preguntarle si se arrepentía ni qué había sentido durante aquellos segundos. Lo relevante era qué había hecho después de la caída.

—¿Moviste el cuerpo? —preguntó Irene.

—No.

—¿Cogiste el teléfono de Pilar o tocaste su coche?

—No.

—¿Intentaste modificar algo de la finca para que pareciera un accidente?

—No.

Las respuestas coincidían con la escena. Pilar había quedado donde cayó y no existían indicios de que alguien hubiese manipulado el lugar para fabricar otra explicación.

—¿Volviste directamente a la furgoneta?

—Sí.

—¿Intentaste girar en B?

—Sí, pero vi que no podía hacerlo sin meterme demasiado hacia un lateral.

Aquello modificaba ligeramente lo que había contado por la mañana, cuando presentó la salida sur casi como una decisión inmediata.

—¿Llegaste a hacer alguna maniobra?

—Una. Empecé a abrirme y vi que no tenía sitio.

La reconstrucción técnica ya había demostrado que una furgoneta de aquellas dimensiones podía intentarlo y quedar mal orientada sin necesidad de completar varias maniobras.

—¿Por eso seguiste hacia D? —preguntó Mara.

—Sí. Sabía que se podía salir por abajo.

—¿Notaste el roce en el pilar?

Rubén se quedó pensando.

—Oí algo. Creí que había rozado la parte baja, pero no me bajé.

—¿Y después fuiste al siguiente servicio?

—Sí.

—¿Paraste en algún punto?

—No.

La cámara de las 05:42 mostraba un vehículo compatible dentro de aquella ruta, aunque Irene no necesitó recurrir a ella. Rubén acababa de describir por sí mismo el trayecto que la reconstrucción y el fragmento ya sostenían.

Andrés volvió al parte.

—A las 07:46 escribiste que habías empezado a trabajar a las 05:15. ¿Lo hiciste para ocultar que habías estado con Pilar?

Rubén asintió.

—Sí.

—¿Sabías ya entonces que habían encontrado el cuerpo?

—Sí. Me llamó un compañero de Andaraje poco después de que empezara a correr la noticia. No recuerdo la hora exacta.

Aquella comunicación seguiría comprobándose, pero ya no era necesaria para explicar el propósito del parte. Rubén reconocía que había utilizado una hora falsa para cubrir el tramo anterior a su llegada al siguiente servicio.

Irene pasó al motivo de la discusión.

—¿Por qué discutíais?

—Por los partes.

—Eso es demasiado general.

Rubén respiró hondo.

—Pilar había encontrado trabajos que no estaban bien metidos en la empresa.

—¿Trabajos particulares tuyos?

—Sí.

—¿Utilizando recursos de Andaraje?

—A veces.

—¿Y cobrados directamente?

—Sí.

El abogado recordó que las cuestiones económicas podían generar otras responsabilidades y que su cliente no estaba aceptando una cuantificación ni una relación completa de operaciones. Irene dejó claro que aquella declaración no pretendía cerrar el alcance económico.

—Nos interesa lo que Pilar sabía el jueves.

Rubén miró hacia el plano.

—Sabía bastante.

—¿Los seis servicios?

—Sabía que había seis que no podía justificar. No sé cuánto había comprobado de cada uno.

—¿Y que pensaba llevarlos a dirección el lunes?

—Sí.

Mara tomó la palabra.

—¿La llamaste tú para evitarlo?

—No. Ella me llamó.

—Pero decidiste pasar por Los Cárdenos.

—Sí.

—¿Sabías que no habría cuadrilla?

Rubén levantó la mirada.

—Había visto el cambio en el grupo.

—¿Influiste de alguna manera para que movieran a Ismael y a sus trabajadores?

—No.

Aquello coincidía con lo ya demostrado sobre la decisión de Marta, Eva y Pilar. Rubén sabía que el sector estaría vacío, pero no había provocado la reorganización.

—¿Fuiste a Los Cárdenos pensando en hacerle daño? —preguntó Irene.

Rubén negó de inmediato.

—Fui a hablar.

—¿Llevabas algún arma?

—No.