El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

La caída

Cuando Rubén volvió a sentarse aquella tarde, la fotografía del ensanche ya no estaba sobre la mesa.

Irene había dejado únicamente el plano de Los Cárdenos y una copia de la declaración que él mismo había revisado antes de la pausa.

Su abogado permanecía a su lado, con varias notas tomadas durante la mañana y el documento en el que Rubén acababa de reconocer una visita que había negado durante una semana.

Irene esperó a que quedara constancia de la reanudación de la declaración.

—Esta mañana has dicho que dejaste a Pilar viva junto a su coche y que no volviste a verla después de iniciar la marcha hacia la salida sur. ¿Mantienes esa versión?

Rubén miró al abogado antes de responder.

—Sí.

—También has dicho que no estuviste con ella junto a la estructura donde apareció el cuerpo y que no tuviste ningún contacto físico.

—Sí.

Irene abrió el plano y lo colocó entre ambos.

—Entonces necesitamos que expliques qué crees que pudo ocurrir después de que te marcharas.

—No puedo explicarlo porque no estaba allí.

—¿Viste entrar a alguien?

—No.

—¿Te cruzaste con otro vehículo?

—Tampoco.

—¿Pilar te dijo que esperaba a otra persona?

—No me dijo nada de eso.

Mara dejó que Irene terminara. La posibilidad de una tercera persona había permanecido abierta mientras existieron datos capaces de sostenerla, pero ninguna comprobación de aquella semana había situado a alguien más en Los Cárdenos después de la salida de Mateo.

La finca no era un recinto cerrado y una entrada posterior seguía siendo físicamente posible.

Lo que faltaba era cualquier dato que permitiera atribuírsela a una persona concreta.

—También podría haberse caído sola —dijo Rubén.

Su abogado lo miró, aunque no intervino.

—Es posible que una persona se caiga sin que nadie la empuje —respondió Mara—. Medicina Legal no ha dicho lo contrario.

Rubén pareció aferrarse a la frase.

—Pues eso.

—Pero la caída de Pilar ocurrió en C. Eso sí está fijado. La lesión, la sangre encontrada en el borde y la ausencia de un traslado posterior sitúan allí el impacto mortal.

—Podría haber ido después de que yo me marchara.

—Podría.

Mara no tenía intención de quitarle aquella posibilidad mediante una certeza que no existía. El caso no necesitaba forzar el informe forense para resultar sólido.

—Lo que queremos saber es si tu versión explica también lo que ocurrió después.

Rubén bajó la vista hacia el plano e Irene retomó la declaración.

—Según lo que has contado, Pilar te llamó a las 05:11 para hablar de los partes.

Tú cambiaste tu ruta, entraste en Los Cárdenos y mantuvisteis una conversación que describes como tensa, pero limitada al ensanche.

Después la dejaste viva, atravesaste la finca y ocultaste tanto la visita como tu verdadera hora de llegada al siguiente servicio.

El abogado se inclinó ligeramente hacia delante.

—Mi cliente ya ha explicado por qué ocultó la visita. Sabía que podía interpretarse en su contra.

—Lo tenemos recogido —respondió Irene—. Ahora estamos comprobando la parte que todavía no encaja con su versión.

No hizo falta volver a colocar ante Rubén la moldura, el fragmento ni el parte corregido. Conocía ya cada uno de aquellos elementos y también los documentos que Pilar pensaba llevar a dirección.

Mara señaló el recorrido interior.

—Si la dejaste junto al coche, ¿por qué no volviste a verla mientras avanzabas hacia D?

—Porque conduje y me fui.

—El carril pasa junto a C.

—No estaba mirando hacia atrás.

—No te pregunto por detrás. Si Pilar caminó desde el coche hasta C inmediatamente después de que arrancaras, durante una parte del recorrido os habríais movido en la misma dirección y a muy poca distancia.

Rubén tardó en encontrar una respuesta.

—No sé cuándo fue hasta allí.

La explicación seguía siendo posible, aunque necesitaba una secuencia cada vez más concreta.

Pilar tendría que haberse quedado junto al todoterreno mientras Rubén empezaba a moverse, caminar después hacia C sin que él la viera y sufrir allí una caída mortal cuando la furgoneta ya se hubiera alejado.

Mara no necesitó exponerlo. Rubén tenía el plano delante y conocía la finca lo bastante bien como para entender las distancias.

Irene cambió de punto.

—¿Qué hizo Pilar cuando le dijiste que te marchabas?

—Ya lo he contado. Seguimos discutiendo un poco y luego me fui.

—¿Ella dio por terminada la conversación?

Rubén se movió en la silla.

—Supongo.

—No te pregunto qué supones ahora. Te pregunto qué recuerdas.

El abogado se inclinó hacia él.

—Contesta solo si lo recuerdas.

Rubén permaneció unos segundos en silencio.

—Dijo que no iba a seguir con lo mismo.

—¿Con qué mismo?

—Con corregir partes sin tener explicaciones.

—¿Dijo algo de dirección?

—Ya lo había dicho el día anterior.

—¿Lo repitió en Los Cárdenos?

La pausa fue más larga.

—Sí.

Andrés siguió escribiendo sin levantar la cabeza. El correo de Pilar ya demostraba que Rubén conocía su intención de llevar las irregularidades a dirección, de modo que aquella respuesta no modificaba por sí sola el escenario que ya tenían.

—¿Qué dijo exactamente? —preguntó Irene.

—Que si yo no se lo aclaraba, el lunes lo iba a entregar todo.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Que estaba exagerando.

—¿Solo eso?

Rubén negó lentamente.

—Le dije que me estaba poniendo en una situación muy complicada por cosas que se podían arreglar.

Mara reparó en la elección de las palabras, pero no necesitó preguntarle qué significaba «complicada». Los trabajos particulares y la situación económica de Rubén ya daban contexto suficiente a aquella frase.

—¿Pilar volvió hacia su coche después de decirte eso? —preguntó Irene.

Rubén abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Estábamos al lado del coche.

—Eso no responde.

El abogado habló con él en voz baja. Irene esperó. Cuando Rubén volvió a mirar el plano, la versión había empezado a desplazarse apenas unos metros, precisamente los que llevaban toda la mañana comprobando.

—Se apartó.

—¿Hacia dónde?

Rubén señaló el plano sin llegar a tocarlo.

—Hacia la conducción.

—¿Hacia C? —preguntó Irene.

—No sé cómo lo llamáis vosotros. Hacia la zona de hormigón.

La declaración de la mañana había dejado a Pilar junto al todoterreno cuando Rubén iniciaba la marcha. Ahora reconocía que, antes de separarse, ella había avanzado hacia el lugar donde se produjo la caída.

Irene no subrayó la contradicción.

—¿Fuiste detrás?

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque no habíamos terminado.

—Has dicho que ella había dado la conversación por terminada.

—Para ella.

La respuesta salió más seca que las anteriores.

Mara intervino.

—Cuéntalo desde que Pilar empieza a caminar. Sin resumir.

Rubén mantuvo las manos sobre la mesa antes de continuar.

—Dijo que no había nada más que hablar. Cogió los papeles y se fue hacia allí. Yo le dije que esperara, que no podía soltar aquello en dirección sin dejarme explicarlo.

—¿Y siguió andando?

—Sí.

—¿Qué hiciste?

—Fui detrás.

—¿Hasta C?

Rubén asintió.

El abogado pidió que la respuesta quedara recogida de forma expresa e Irene lo hizo antes de continuar.

—Esta mañana dijiste que nunca habías estado allí con ella.

—Ya sé lo que dije.

—¿Por qué lo negaste?

Rubén miró hacia la carpeta donde Irene había guardado las fotografías.

—Porque es donde apareció muerta.

La mentira encontraba así una explicación concreta. Mara no necesitó añadir nada.

—¿Qué ocurrió cuando la alcanzaste? —preguntó Irene.

—Seguimos hablando.

—¿Ella se detuvo?

—Sí.

—¿Porque quiso o porque la detuviste?

Rubén dejó pasar varios segundos.

—Le toqué el brazo.

El abogado se inclinó hacia él y mantuvieron una consulta breve. Rubén sabía que podía dejar de responder en cualquier momento y, cuando continuó, escogió con mayor cuidado las palabras.

—Quería que se parara y me escuchara.

—¿La agarraste?

—La sujeté del brazo.

—¿Con una mano?

—Sí.

—¿Con fuerza?

—No sé.

Mara no necesitaba que intentara medir retrospectivamente la presión. Lo importante era que acababa de reconocer el primer contacto físico que había negado durante la mañana.

—¿Pilar intentó soltarse?

—Sí.

—¿Qué pasó después?

—Se enfadó más. Me dijo que la dejara.

Irene esperó un momento.

—¿Y tú qué hiciste?

Rubén separó las manos y volvió a juntarlas.

—La solté.

Aquella respuesta todavía permitía una caída posterior sin intervención de Rubén, pero encajaba cada vez peor con la secuencia que él mismo acababa de reconstruir.

—¿Y entonces cayó? —preguntó Irene.

—Fue muy rápido.

—Explícalo aunque fuera rápido.

Rubén negó con la cabeza.

—No fue como pensáis.

Irene no modificó el tono.

—No sabes lo que pensamos. Sabemos dónde cayó Pilar y cómo se produjo el impacto. Lo que necesitamos saber es qué hiciste tú antes.

El abogado pidió otro receso.

Esta vez estuvieron fuera de la sala algo más de diez minutos.

Mara permaneció con Andrés en la oficina contigua mientras Irene revisaba con Óscar una cuestión de la diligencia.

Ninguno comentó si Rubén terminaría admitiendo algo más.

Incluso si dejaba de responder en ese momento, ya podían acreditar que había mentido sobre su presencia, que su furgoneta había atravesado la finca durante la madrugada, que falseó después la hora del siguiente servicio y que existía un conflicto concreto con Pilar por unas irregularidades que ella pensaba elevar.

Haber reconocido que la siguió hasta C y la sujetó del brazo reforzaba aquel conjunto, pero no lo sustituía.

Cuando regresaron, Rubén parecía más cansado. El abogado dejó constancia de que su cliente continuaría respondiendo y pidió que las consultas privadas no se interpretaran como parte de la declaración. Irene aceptó y volvió al mismo punto.

—Has dicho que sujetaste a Pilar del brazo, que ella te pidió que la soltaras y que todo ocurrió muy rápido. ¿Qué pasó después?

Rubén mantuvo la mirada sobre la mesa.

—Se soltó de mí.

—¿Cómo?

—Tiró del brazo y se giró para irse.

—¿Y tú?

Esta vez Rubén apenas tardó.

—La empujé.