Capítulo 27
Dónde estaba Pilar
Rubén señaló con el bolígrafo el lateral del todoterreno de Pilar en una de las fotografías de la inspección ocular.
—Aquí. Cuando me fui estaba junto al coche.
La imagen había sido tomada después del hallazgo del cuerpo y no pretendía reproducir la posición exacta de las personas durante la madrugada, pero permitía identificar el ensanche B, la caseta y el lugar donde había quedado aparcado el vehículo.
Irene le había pedido que utilizara la fotografía únicamente como referencia espacial y que distinguiera con claridad lo que recordaba de lo que estaba reconstruyendo a partir de lo que ahora sabía.
Su abogado permanecía sentado a su lado.
La declaración se había reanudado después de revisar la primera parte, en la que Rubén acababa de reconocer que había entrado en Los Cárdenos, hablado con Pilar y abandonado la finca por la salida sur.
La versión con la que había comenzado aquella mañana —trayecto directo desde Andaraje hasta el siguiente servicio— ya no existía.
—¿En qué lado del coche? —preguntó Irene.
Rubén volvió a observar la fotografía.
—Cerca de la puerta del conductor. No puedo deciros si estaba exactamente ahí porque ha pasado una semana, pero estaba con el coche.
—¿Qué estaba haciendo?
—Nada especial. Tenía unos papeles o el teléfono, no sé.
Mara no intentó que escogiera una de las dos opciones. La precisión no estaba en su primera versión y, si Rubén no la recordaba con seguridad, obligarlo a decidir solo produciría un detalle imposible de valorar después.
—¿Habíais terminado de hablar? —preguntó.
—Sí.
—¿Cómo terminó la conversación?
Rubén apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—Yo le dije que tenía que irme, que aquello lo hablaríamos después. Ella seguía insistiendo en que no quería más correcciones sin documentación y yo le repetí que algunos servicios tenían explicación. No estábamos llegando a ninguna parte.
—¿Le pediste que esperara hasta el lunes antes de llevarlo a dirección? —preguntó Irene.
—Le pedí que me dejara revisar los partes. Ya se lo había escrito el día anterior.
—¿Y ella qué contestó?
—Que estaba cansada de arreglar cosas que luego no podía justificar.
La formulación encajaba con los documentos de Pilar. Mara anotó únicamente lo esencial y dejó que Irene continuara.
—¿Os movisteis durante la conversación?
Rubén negó.
—No mucho. Yo bajé de la furgoneta y ella estaba por la zona del coche.
—¿Fuisteis hacia la estructura de hormigón?
—No.
—¿En algún momento estuviste con Pilar en C?
—No.
Irene colocó delante de él un plano sencillo de la finca, el mismo que habían utilizado para separar los accesos desde los primeros días. B y C estaban señalados con claridad.
—Marca aproximadamente hasta dónde llegaste andando.
Rubén hizo una señal en el ensanche, entre la posición de la furgoneta y el todoterreno de Pilar. No se acercó a C.
—Por aquí.
—¿Y Pilar?
—Aquí más o menos.
La segunda marca quedó junto al coche.
—Cuando regresaste a la furgoneta, ¿dónde estaba ella?
Rubén volvió a indicar el mismo punto.
—Con su coche.
—¿La viste por última vez allí?
—Sí.
—¿Estaba de pie?
—Sí.
—¿Hablaba contigo todavía?
—No. Ya habíamos acabado.
Mara observó el croquis. Rubén no estaba improvisando una respuesta aislada, sino una secuencia completa: encuentro en B, discusión junto a los vehículos, separación y salida de la finca mientras Pilar permanecía viva al lado de su todoterreno.
Si esa versión era cierta, cualquier cosa que hubiera sucedido junto a C tenía que ser posterior.
Irene pareció pensar lo mismo.
—Después subiste a la furgoneta.
—Sí.
—Intentaste salir por el norte.
Rubén dudó.
—No exactamente. Vi que no tenía espacio cómodo para girar y decidí seguir hacia abajo.
—Ayer comprobamos que una furgoneta de dimensiones equivalentes no puede realizar allí un giro normal —dijo Irene—. No hace falta que nos expliques otra cosa si no la hiciste.
—Pues eso. Vi el espacio y seguí hacia el sur.
—¿Bajaste de la furgoneta otra vez antes de salir por D?
—No.
—¿Volviste a hablar con Pilar?
—No.
—¿La viste caminar hacia C?
Rubén negó con más firmeza.
—No. Cuando empecé a moverme estaba junto al coche.
El abogado intervino para que constara que su cliente estaba describiendo un recuerdo de una madrugada ocurrida ocho días antes y no una observación cronometrada de cada movimiento. Irene aceptó la precisión sin objeciones.
Mara preguntó entonces por algo que había preferido dejar hasta que el recorrido quedara fijado.
—Cuando condujiste hacia D, pasaste junto a C. ¿Viste a Pilar allí?
Rubén la miró antes de responder.
—No.
—¿La viste en algún punto del carril?
—No.
—¿Volviste a verla después de dejar el ensanche?
—No.
La respuesta cerraba su relato con bastante claridad. Pilar seguía viva junto al coche cuando él iniciaba la marcha y no aparecía después en el recorrido hacia el sur.
Irene no le mostró las fotografías de la estructura de hormigón. La conclusión forense ya formaba parte de las diligencias y Rubén conocía que Pilar había aparecido muerta en la finca, pero no necesitaban convertir aquel momento en una confrontación acumulativa.
—¿Cuánto tiempo calculas que pasaste en Los Cárdenos? —preguntó.
—Poco. Cinco minutos, siete... Puede que algo más. No miré la hora.
—¿Menos de diez?
—Diría que sí.
—¿Y después fuiste directamente al servicio de Valera?
Rubén respondió que sí, aunque esta vez lo hizo después de una breve pausa.
Mara se fijó en ella porque introducía un problema diferente.
La primera versión había borrado por completo la visita a Los Cárdenos; la segunda la admitía, pero seguía intentando comprimirla dentro de un intervalo breve.
La investigación no tenía una cámara en A que les permitiera fijar el minuto de entrada ni otra en D que registrara la salida.
Solo podían trabajar con la llamada de las 05:11, la posterior presencia del vehículo en la salida sur y los puntos externos que ya habían comprobado.
—¿Paraste después de salir por D? —preguntó Andrés.
—No.
—¿Ni en el camino ni antes de llegar a la carretera?
—Que yo recuerde, no.
—Entonces fuiste directo hasta Valera.
—Sí.
Andrés no continuó. La cuestión del tiempo podía comprobarse mejor fuera de la sala, con los recorridos ya medidos, que intentando obtener una cifra exacta de alguien que acababa de admitir que había falseado su horario.
Irene dio por concluida aquella parte. Rubén y su abogado revisarían la declaración antes de continuar con cualquier ampliación posterior.
La nueva versión había quedado fijada en sus propios términos: Pilar viva junto al todoterreno, conversación limitada al ensanche, ningún desplazamiento conjunto hacia C y salida directa de Rubén por D.
Cuando salieron de la sala, Mara no fue hacia la oficina donde habían trabajado toda la semana.
—Quiero volver a Los Cárdenos.
Irene consultó la hora.
—Ahora.
—Ahora.
Andrés comprendió la razón sin necesidad de preguntar.
El trayecto no les aportaría ninguna prueba nueva por sí solo.
La finca estaba documentada, las medidas existían y Criminalística había fijado el punto de impacto.
Sin embargo, la declaración de Rubén acababa de introducir posiciones concretas que podían compararse con el espacio real.
Antes de volver a interrogarlo, Mara quería saber exactamente qué exigía su versión para seguir siendo posible.
Óscar se reunió con ellos en la entrada norte.
Llevaba copias de las mediciones y varias fotografías de la primera inspección, pero no habían solicitado de nuevo a Criminalística porque no iban a recoger ni manipular nada.
El escenario técnico ya estaba fijado; aquella visita servía para interpretar una declaración, no para repetir la inspección ocular.
La mañana estaba mucho más avanzada que cuando realizaron la reconstrucción con la furgoneta.
El calor empezaba a endurecer el aire sobre el suelo y las hileras de olivos recortaban franjas estrechas de sombra.
Un trabajador de la finca realizaba una tarea en otro sector, suficientemente lejos para que la zona B-C permaneciera despejada.
Mara se colocó en el punto que Rubén había marcado para su furgoneta.
Óscar llevó el croquis.
—Según su declaración, Pilar estaba aquí.
Señaló la zona donde había quedado el todoterreno.
La distancia entre ambos vehículos no era grande. Bastaban unos pasos para mantener una conversación sin levantar demasiado la voz, incluso teniendo en cuenta que la madrugada había estado en penumbra y que los motores podían introducir algo de ruido.
—Y dice que no llegaron a C —añadió Andrés.
Mara siguió con la vista el espacio hasta la estructura de hormigón. Tampoco estaba lejos. La discusión real, según la verdad que ellos todavía tenían que demostrar, había terminado desplazándose apenas unos metros desde el ensanche.
No necesitaban imaginar ese movimiento. Lo importante era saber qué implicaba negarlo.
—Pongamos su versión como cierta —dijo Mara—. Se despiden aquí, él sube a la furgoneta y Pilar se queda junto al coche.
Óscar se situó en el lugar aproximado marcado por Rubén.
—Desde aquí la ves mientras arrancas.
—Al principio, sí.
Mara caminó hacia la posición de la furgoneta y después siguió la trayectoria que el vehículo había tenido que tomar para dirigirse a D. En cuanto se abandonaba el ensanche, el carril pasaba junto a C antes de continuar hacia el sur.
—Si ella permanece junto al coche hasta que él empieza a moverse, todavía puede ir a C después —dijo Andrés.
—Puede.
Mara no quería que el escenario les ofreciera una imposibilidad que no existía. Pilar podía esperar a que Rubén se alejara y caminar hasta la estructura por cualquier razón: revisar la instalación, comprobar el entorno o simplemente continuar con lo que había venido a hacer.
Irene miró la posición del cuerpo fijada en las fotografías.
—Y allí podría caerse sola.