El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Sí.

—Y si cambia...

Mara miró hacia la puerta cerrada.

—Escuchamos la nueva versión antes de decidir qué significa.

Regresaron cuando el abogado avisó de que podían continuar. Rubén seguía sentado en el mismo lugar, aunque había cambiado de postura y mantenía ahora las manos juntas sobre la mesa, sin mirar las fotografías.

Su abogado habló primero.

—Mi cliente quiere hacer una precisión sobre su declaración anterior. Va a explicar un desplazamiento que hasta ahora no había mencionado. Quiero que quede claro que lo hace voluntariamente después de haber consultado conmigo.

Irene asintió.

—Quedará reflejado.

Mara volvió a sentarse. Durante unos segundos, Rubén pareció buscar por dónde empezar y finalmente eligió la llamada.

—Pilar me dijo que estaba en Los Cárdenos.

Irene esperó.

—Yo iba hacia la finca de Antonio. Estaba relativamente cerca y pasé un momento porque quería hablar conmigo de los partes.

Mara dejó el bolígrafo sobre la libreta. La afirmación no era inesperada, pero prefería escuchar mientras Rubén construía por primera vez una versión distinta.

—¿Entraste en Los Cárdenos? —preguntó Irene.

—Sí.

—¿Por dónde?

—Por arriba. Por la entrada normal.

—¿Con la furgoneta?

—Claro.

Por primera vez, Rubén se situaba a sí mismo dentro de la finca.

—¿Hasta dónde llegaste?

—Hasta la zona de la caseta. Más o menos.

—¿Bajaste del vehículo?

—Sí.

—¿Viste a Pilar?

Rubén asintió.

—Hablé con ella.

No añadió nada hasta que Irene le pidió que continuara.

—Fueron unos minutos. Estaba con lo de los partes y quería que le explicara varias cosas. Yo le dije que no era momento para ponerse con aquello, que tenía otro servicio y que después lo miraríamos con calma.

—¿Discutisteis?

—No como estáis pensando.

Mara intervino.

—No te estamos diciendo cómo fue.

Rubén la miró.

—Pilar era insistente. Cuando creía que un parte estaba mal, podía darle vueltas hasta que cuadrara. Hablamos más fuerte de lo normal, pero nada más.

—¿Sobre los seis servicios? —preguntó Irene.

—Sobre algunos. No sé si repasamos todos.

—¿Le pediste que no los llevara a dirección?

Rubén volvió la vista hacia su abogado, que esta vez tampoco intervino.

—Le dije que me diera tiempo para revisarlos, igual que se lo había escrito.

Aquello encajaba con los correos de la tarde anterior, pero no permitía interpretar todavía qué temía Rubén en ese momento.

Podía haber pedido tiempo por una razón legítima o porque sabía que los trabajos particulares no soportarían una revisión.

La documentación acreditaba el contexto, no sus pensamientos.

Irene regresó al recorrido.

—Dices que entraste por el acceso norte. ¿Por dónde saliste?

Rubén tardó algo más.

—Por el sur.

—¿Por qué?

—Porque la furgoneta no giraba bien en la zona de la caseta.

Andrés lo observó sin moverse. Era prácticamente la misma dificultad que Rubén había utilizado durante días para justificar que no tenía sentido que su vehículo hubiera entrado allí.

—Sin embargo, sabías que se podía atravesar —dijo Irene.

—Sabía que había salida por abajo. No suelo utilizarla con la larga porque es estrecha.

—Ese jueves la utilizaste.

—Sí.

—¿Rozaste el pilar?

Rubén negó primero y corrigió enseguida el gesto.

—Puede ser. No lo noté.

El abogado tomó otra nota. Mara recordó el paso por D.

Una furgoneta larga debía atravesarlo con cuidado, pero un contacto ligero con la moldura inferior podía producirse sin un golpe lo bastante fuerte como para obligar al conductor a detenerse.

Aquello hacía posible la explicación del roce, pero no decía nada sobre lo sucedido antes de alcanzar los pilares.

—¿Por qué ocultaste esta visita? —preguntó Irene.

Rubén se frotó lentamente el pulgar contra el borde de una uña.

—Porque cuando me enteré de que Pilar estaba muerta entendí cómo iba a parecer.

—Habías sido una de las últimas personas en hablar con ella.

—Y había pasado por la finca.

—Eso son hechos, no una apariencia.

Rubén guardó silencio unos segundos.

—Sabía que ibais a pensar que había tenido algo que ver. Además, estábamos discutiendo por los partes y yo tenía cosas que no quería que Andaraje empezara a revisar.

Andrés levantó ligeramente la cabeza, aunque nadie lo interrumpió. Irene dejó que continuara.

—Trabajos por mi cuenta. Ya sé que habéis hablado con gente.

—¿Con Tomás? —preguntó.

Rubén entendió la referencia.

—Supongo.

—Un cliente ha confirmado un pago directo por un trabajo realizado con recursos de Andaraje.

Rubén soltó el aire por la nariz.

—Eso es un problema con la empresa. No significa que matara a Pilar.

—Nadie ha dicho que lo signifique por sí solo.

La respuesta de Irene le quitó la discusión que parecía dispuesto a mantener.

Mara volvió al punto que todavía permanecía abierto.

—Has dicho que hablaste con Pilar unos minutos y después te marchaste.

—Sí.

—¿Estaba viva cuando te fuiste?

Rubén la miró con una mezcla de cansancio y desafío.

—Claro que estaba viva.

Mara no preguntó aún dónde se encontraba Pilar. Habían llegado a la primera ruptura importante del relato y convenía fijar bien todo lo anterior antes de introducir un detalle que después tendrían que comparar con la escena.

Irene volvió sobre la duración de la visita.

Rubén no pudo dar una hora exacta de entrada; calculó que llegó poco después de la llamada y que permaneció menos de diez minutos.

Después tomó la salida sur y continuó hacia la finca de Antonio, aunque reconoció que había llegado bastante más tarde de lo escrito en el parte.

—Entonces 05:15 no era una aproximación razonable a tu llegada —dijo Irene.

Rubén apretó las manos.

—No.

—¿Por qué la pusiste?

—Porque no quería dejar un hueco.

—¿Un hueco dónde?

—En la jornada.

La respuesta admitía varias interpretaciones, así que Irene le pidió que la desarrollara.

—Si ponía que había llegado a las seis y pico, me iban a preguntar dónde había estado antes. Pilar acababa de aparecer muerta en una finca por la que yo había pasado. No quería meterme en eso.

Andrés consultó la cronología.

—Cuando modificaste el parte a las 07:46 todavía no sabías oficialmente que Pilar había muerto.

A las 06:48 habían encontrado el cuerpo y a las 06:51 se había llamado al 112, pero aquella información no había circulado de inmediato por toda la empresa ni con todos los detalles.

—Me llamaron —respondió Rubén—. Alguien dijo que habían encontrado a Pilar.

—¿Quién?

—No lo recuerdo.

—¿Antes de las 07:46?

—Sí.

Andrés anotó la respuesta. Aquella llamada tendría que comprobarse, aunque no necesitaban resolverla en ese instante para valorar el parte.

Rubén acababa de reconocer algo más importante: había escrito una hora falsa con la intención de ocultar el periodo anterior a su llegada al siguiente servicio.

Irene dejó esa cuestión para una comprobación posterior mediante las comunicaciones de Rubén y del personal de Andaraje.

—Quiero volver a Los Cárdenos. Entraste por el norte, hablaste con Pilar y saliste por el sur. ¿Es correcta esa versión?

—Sí.

—¿Y sostienes que cuando te marchaste ella estaba viva?

—Sí.

—¿Tuviste contacto físico con ella?

—No.

—¿La viste caer?

—No.

—¿Estuviste junto a la estructura de hormigón donde apareció?

—No.

La última respuesta llegó con más rapidez. Mara la dejó donde estaba. C pertenecía al siguiente tramo de la comprobación y no ganarían nada repitiendo preguntas antes de ordenar exactamente lo que Rubén acababa de declarar.

Su abogado pidió entonces que constara que el reconocimiento de la visita no implicaba aceptar ninguna intervención en la muerte. Irene respondió que la declaración se recogería según las propias palabras de Rubén y que tendría oportunidad de revisar el contenido antes de firmarlo.

La sesión continuó durante algo más de media hora para fijar los detalles del recorrido.

Rubén describió la entrada A, la zona donde aseguró haber dejado la furgoneta y el trayecto hacia D.

Conocía suficientemente bien la finca para hacerlo sin ayuda, algo que tampoco resultaba extraño: Andaraje trabajaba allí y él había acudido en otras ocasiones.

Cuando terminaron, la versión con la que había comenzado aquella mañana ya no existía.

Rubén admitía que la llamada de Pilar lo había llevado hasta Los Cárdenos, que entró con la furgoneta por el norte, habló con ella de los partes y atravesó después la finca para salir por el mismo acceso donde había aparecido el fragmento de la moldura.

También reconocía que las 05:15 escritas en el parte no correspondían a su llegada real.

Solo mantenía una separación esencial entre aquella visita y la muerte: según él, se había marchado dejando a Pilar con vida.

Cuando Irene dio por terminada esa parte de la declaración, el abogado pidió unos minutos antes de revisar el acta. Rubén permaneció sentado mientras ellos salían a la sala contigua.

Andrés cerró la puerta.

—Ha pasado de no haber estado allí a explicar cómo salió por D.

—Porque D ya no podía negarlo —dijo Mara.

Irene dejó la carpeta sobre una mesa auxiliar.

—Y ahora tenemos una versión nueva que debemos tratar como tratamos las demás. Que llegue tarde no significa que tenga que ser falsa en todo.

Mara estaba de acuerdo. Habían demostrado que Rubén había mentido sobre su ruta y sobre la hora del siguiente servicio, pero eso no les permitía dar por falsa también la afirmación de que Pilar seguía viva cuando él se marchó. Esa parte exigía una comprobación propia.

—Hay que fijar dónde dice que estaba Pilar cuando la dejó —dijo—. Y después volver a C con esa versión.

Irene miró el reloj. Aún no era mediodía.

La primera versión de Rubén se había derrumbado. La segunda acababa de empezar.