El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

De A a D

A las siete y veinte de la mañana, la furgoneta de prueba cruzó el acceso norte de Los Cárdenos sin que el conductor tuviera que reducir más de lo habitual para un camino agrícola.

Mara observó la entrada desde unos metros dentro de la finca, junto a Irene y Andrés, mientras Óscar permanecía con el técnico de automoción cerca del ensanche B.

La temperatura todavía era soportable, aunque el sol caía limpio sobre las copas de los olivos y anunciaba otra jornada difícil en cuanto avanzara la mañana.

Habían regresado con una pregunta distinta a la del día anterior.

Nadie iba a intentar girar la furgoneta ni comprobar si podía volver hacia A después de alcanzar el ensanche.

Aquello ya estaba resuelto: un vehículo de aquellas dimensiones no realizaba una vuelta normal en B.

Lo que necesitaban saber ahora era si podía continuar hacia el sur y abandonar la finca por D sin recurrir a maniobras excepcionales, invadir zonas impracticables o depender de unas condiciones que no hubieran existido la madrugada en que murió Pilar.

El técnico había pedido comenzar con una sola pasada y detenerla únicamente si encontraba un obstáculo real.

Antes de entrar, había vuelto a comparar las dimensiones del vehículo de prueba con la ficha de la furgoneta asignada habitualmente a Rubén.

No eran idénticas, pero la longitud total, la anchura y la distancia entre ejes resultaban suficientemente próximas para valorar el recorrido.

—Primero queremos saber si este camino admite una furgoneta de esta categoría —había explicado—. Si pasa, demostraremos posibilidad física. No que una furgoneta concreta pasara por aquí el jueves.

Irene había aceptado la precisión y Mara también. Después de varios días comprobando cómo un dato correcto podía terminar sosteniendo una conclusión demasiado amplia, prefería que el límite de aquella diligencia quedara fijado antes de poner el vehículo en marcha.

La furgoneta alcanzó B sin dificultad. Esta vez el conductor no intentó orientar el frontal hacia el norte, como había hecho durante la prueba anterior, sino que mantuvo el vehículo alineado con la continuación natural del carril.

Avanzó despacio, dejó atrás la caseta y siguió hacia C sin necesitar una sola corrección especial.

Andrés caminaba junto a Mara.

—Hasta aquí ni siquiera hay maniobra.

—Porque ayer le pedíamos que hiciera otra cosa.

El vehículo pasó a unos metros de la estructura de hormigón donde Pilar había sufrido la caída mortal.

El conductor redujo algo la velocidad porque el firme empeoraba después de B, pero continuó sin detenerse.

El técnico avanzaba por un lateral, atento a las ruedas y a los márgenes disponibles, sin intervenir salvo cuando necesitaba mantener una velocidad determinada para tomar alguna referencia.

Mara se obligó a no imaginar a Rubén al volante.

Todavía no tenían derecho a colocarlo allí.

La utilidad de la prueba consistía precisamente en separar el terreno de las personas: primero debían establecer qué permitía físicamente aquel espacio; después tendrían que demostrar quién lo había utilizado.

Superado C, el carril se estrechó por tramos. La impresión visual resultaba más preocupante que las medidas reales: algunas ramas se acercaban a la carrocería y las roderas obligaban al conductor a escoger con cuidado por dónde colocar las ruedas, aunque ninguna dificultad le exigió detenerse.

Óscar tomó una referencia en uno de los puntos que el día anterior les había parecido más dudoso.

—Aquí tenemos menos margen que arriba.

El técnico esperó a que la furgoneta avanzara unos metros.

—Menos, sí, pero sigue siendo un paso normal para este tipo de vehículo. Hay que prestar atención, como en cualquier carril agrícola estrecho, pero no está haciendo nada extraordinario.

—¿Depende mucho de la experiencia del conductor? —preguntó Mara.

—Un conductor acostumbrado irá más tranquilo y colocará mejor el vehículo. Lo importante es que las dimensiones permiten pasar sin utilizar una técnica especial ni salirse del carril.

La diferencia con la prueba del día anterior resultaba fundamental.

En B, la geometría había terminado imponiéndose a la habilidad: por mucho que el conductor afinara la maniobra, la longitud y la distancia entre ejes exigían un arco que el ensanche no ofrecía.

Allí ocurría lo contrario. La experiencia facilitaba el recorrido, pero no era lo que lo hacía posible; el camino ya admitía el paso.

Continuaron detrás de la furgoneta. La prueba avanzaba con más lentitud de la que habría llevado un trabajador acostumbrado a la finca porque Óscar y el técnico se detenían para documentar los puntos estrechos.

Por eso habían acordado que aquel primer recorrido no serviría como referencia de tiempo.

Después harían una pasada continua, a velocidad prudente y normal para el terreno.

Al aproximarse a D, el conductor redujo todavía más.

Los dos pilares de piedra estrechaban la salida y obligaban a colocar el vehículo con precisión.

Criminalística había medido el hueco y el técnico lo había revisado de nuevo antes de iniciar la prueba.

Sobre el papel, la furgoneta cabía. Faltaba comprobar qué ocurría cuando una carrocería de aquella longitud llegaba realmente hasta allí.

El conductor se detuvo unos metros antes.

—Ahora sí quiero verlo desde fuera —dijo el técnico.

Se acercó al lateral, comprobó la alineación y habló unos segundos con él a través de la ventanilla.

No le indicó un recorrido artificial ni le pidió que plegara los retrovisores; se limitó a señalar el margen del pilar derecho y a recordarle que mantuviera la furgoneta lo más recta posible antes de corregir hacia el camino exterior.

El vehículo volvió a avanzar.

—Va muy justa —dijo Andrés desde detrás.

—Pero pasa —respondió Óscar.

El retrovisor derecho superó el primer pilar.

Después lo hizo la parte central de la carrocería y, finalmente, la zaga, que necesitó algo más de espacio al empezar a corregir la dirección.

El conductor realizó el movimiento con lentitud, pendiente del espejo, hasta que las ruedas delanteras entraron en el carril exterior. No hubo contacto con la piedra.

Cuando la furgoneta quedó completamente fuera de Los Cárdenos, el técnico levantó una mano para detenerla y regresó hacia ellos.

—Es estrecho, pero practicable. Hay que llegar bien colocado y salir despacio. No lo elegirías para entrar y salir diez veces durante una jornada, pero como paso puntual no tiene nada de imposible.

Irene miró hacia el interior de la finca.

—¿Necesita retroceder?

—No.

—¿Subirse a los laterales?

—Tampoco.

—¿Plegar los espejos?

—Con este vehículo no ha hecho falta.

Mara volvió la vista hacia B, oculto desde allí por las hileras y el relieve suave.

La explicación de Rubén se había apoyado en un hecho correcto: su furgoneta no podía entrar en el ensanche, girar con normalidad y regresar después hacia el norte.

La nueva prueba demostraba algo distinto.

Si el vehículo continuaba avanzando, aquella dificultad dejaba de impedir la salida.

Óscar revisó las imágenes y las referencias tomadas durante el trayecto. El técnico añadió varias observaciones sobre el paso por D y propuso repetir el recorrido sin las interrupciones de documentación, esta vez para comprobar su fluidez y obtener una medida razonable del tiempo empleado.

—No quiero un récord —advirtió Irene.

—Ni lo tendréis. Conducirá como alguien que conoce un carril agrícola y no tiene ninguna necesidad de correr.

Después de rodear la finca por los caminos exteriores, la furgoneta volvió a entrar por A.

Óscar puso en marcha el cronómetro de trabajo en el momento en que el frontal cruzó el acceso.

No pretendían reproducir la madrugada del jueves ni afirmar cuánto habría tardado Rubén, sino establecer una referencia práctica para un vehículo de aquellas características en condiciones normales.

En B apenas redujo. El conductor mantuvo la línea del carril, pasó junto a C y continuó hacia el sur.

En los tramos más irregulares levantó el pie y corrigió ligeramente la posición de las ruedas, pero no tuvo que maniobrar.

Al alcanzar D volvió a alinear la furgoneta con los pilares y atravesó la salida con la misma prudencia de la primera vez.

Óscar detuvo el tiempo cuando la parte trasera quedó completamente fuera.

Andrés se acercó.

—¿Cuánto?

Óscar le enseñó el registro. Mara miró la cifra sin preocuparse por memorizarla. El recorrido se resolvía en pocos minutos y, sobre todo, no exigía velocidad alta, conducción arriesgada ni una habilidad excepcional.

—Repitámoslo una vez más —propuso el técnico—. No porque espere un resultado distinto, sino para tener un margen y no quedarnos con una sola cifra.

En la tercera pasada el conductor llegó algo peor colocado a D y tuvo que corregir antes de entrar entre los pilares.

La diferencia temporal fue pequeña y confirmó lo que necesitaban: incluso sin afrontar la salida de la forma más favorable, el recorrido completo funcionaba dentro de una horquilla estrecha.

Irene anotó ambos tiempos.

—En el informe quiero el intervalo, no el mejor resultado.

—Es lo que iba a poner —respondió Óscar.

La comprobación continuó fuera de la finca.

Ahora debían valorar la conexión entre D y el cruce donde una cámara había registrado una furgoneta larga a las 05:42.

Ya conocían aquellos caminos, pero hasta entonces no habían tenido una razón para relacionar sus tiempos con una salida desde Los Cárdenos.

El técnico viajó con el conductor en el vehículo de prueba. Mara, Andrés y Óscar fueron detrás, mientras Irene regresaba a la UOPJ; su presencia ya no era necesaria para un desplazamiento que Óscar podía documentar.