El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

No hacía falta girar

Habían dejado atrás Los Cárdenos y recorrido casi dos kilómetros cuando Mara pidió a Óscar que buscara un lugar donde dar la vuelta.

Andrés levantó la cabeza de las notas que llevaba sobre las rodillas.

—¿Te has dejado algo?

—No.

Óscar encontró un ensanche junto a una entrada agrícola y maniobró sin pedir explicaciones.

Mientras regresaban por la misma carretera, Mara volvió mentalmente a la prueba que acababan de realizar.

El resultado era correcto: una furgoneta de dimensiones comparables a la de Rubén no podía girar con normalidad en el ensanche B.

El técnico lo había comprobado varias veces, incluso disponiendo de algo más de espacio que el que mostraban las fotografías tomadas el jueves.

No había nada que discutir sobre la medición.

Lo que empezaba a molestarle era la pregunta que habían utilizado para obtenerla.

—Hemos demostrado que la furgoneta no puede girar allí —dijo.

Andrés la miró.

—Sí.

—Pero llevamos días tratando eso como si significara que no puede entrar.

Él necesitó apenas un instante para seguir el razonamiento.

—No es lo mismo.

—No.

Óscar redujo la velocidad cuando se aproximaron al acceso norte.

—¿Quieres volver hasta el ensanche?

—Quiero recorrer el carril entero.

Entraron de nuevo en Los Cárdenos y dejaron el coche cerca de A.

La furgoneta utilizada para la prueba ya se había marchado con el técnico, así que el sector había recuperado su aspecto habitual: un carril de tierra entre olivos, la caseta más adelante y un ensanche que, sin un vehículo largo ocupándolo, volvía a parecer mayor de lo que realmente era.

Caminaron hasta B y Mara se situó cerca del punto donde la furgoneta había quedado atravesada durante el segundo intento.

Habían pasado buena parte de la tarde respondiendo a una cuestión muy concreta: si un vehículo largo podía entrar, darse la vuelta y regresar por el norte.

La respuesta había sido negativa en condiciones normales.

Ahora, sin embargo, ella miró hacia el lado contrario.

El carril continuaba hacia el sur, sin interrumpirse después de la caseta ni obligar a retroceder. Pasaba junto a C y seguía entre las hileras hasta el sector donde se encontraba la salida D.

—Rubén dijo que su furgoneta no tenía maniobra aquí —recordó Andrés.

—Y acabamos de comprobar que esa parte es cierta.

—Pero nunca dijo que el camino terminara aquí.

Mara negó con la cabeza. La afirmación de Rubén había funcionado porque coincidía con una idea que todos habían aceptado sin examinarla lo suficiente.

Si una furgoneta entraba por el acceso norte, parecía lógico que tuviera que salir por ese mismo acceso; de ese modo, si no podía girar en B, resultaba poco razonable pensar que alguien la hubiera llevado hasta allí.

El problema era que aquel razonamiento solo funcionaba si el conductor necesitaba regresar por donde había entrado.

—No hacía falta girar —dijo Andrés.

La frase bastaba.

Empezaron a caminar hacia C. La estructura de hormigón quedaba a pocos metros y Julia Narváez había confirmado aquella misma mañana que Pilar había sufrido allí el impacto que le causó la muerte.

El dato médico-legal había reducido el escenario de la caída a una zona concreta, pero durante la prueba de la tarde todos habían vuelto a mirar B casi exclusivamente como un lugar donde un vehículo debía maniobrar.

Mara se detuvo cerca de la estructura y miró hacia el ensanche.

Si Rubén hubiera estado allí, nada lo habría obligado a conducir hasta C.

Podía haber dejado la furgoneta cerca de B, recorrer a pie la corta distancia hasta Pilar y regresar después al vehículo.

Solo entonces tendría que decidir cómo marcharse.

El norte era una posibilidad, pero no la única.

—Desde aquí hasta B no hay nada raro —dijo Andrés.

—No.

—Y desde B hasta aquí tampoco.

Óscar miró hacia el carril que descendía en dirección sur.

—Lo que no sabemos es si una furgoneta de ese tamaño puede recorrer lo que queda hasta D.

—Eso es lo que tenemos que comprobar —respondió Mara.

No quería sustituir la interpretación anterior por otra igual de apresurada.

El camino podía parecer suficientemente ancho y esconder una curva, una pendiente o un estrechamiento capaz de impedir el paso de un vehículo largo.

Acababan de comprobar hasta qué punto cambiaba la percepción de un espacio cuando dejaban de imaginar la furgoneta y la colocaban físicamente dentro de él.

Continuaron andando. A medida que se alejaban de C, el firme empeoraba ligeramente: roderas antiguas, piedras desplazadas y algunos tramos en los que las ramas se aproximaban más al carril.

Ninguno parecía un obstáculo evidente para un vehículo de servicio, pero Mara evitó calcular con la vista lo que tendría que comprobar un técnico.

El terreno descendía un poco y después recuperaba una pendiente suave.

Desde determinados puntos, el ensanche desaparecía por completo detrás de las hileras.

Esa circunstancia no afectaba al paso de la furgoneta, aunque sí ayudaba a comprender la escena: Los Cárdenos permitía líneas de visión largas en unas direcciones y las cerraba de manera abrupta en otras.

—Desde aquí ya no ves B —dijo Andrés.

—Ni C completo.

Óscar señaló hacia una zona más baja.

—Por eso algunos trabajadores pueden oír motores sin saber exactamente de qué carril vienen. Hay caminos a ambos lados y entre las hileras el sonido engaña bastante.

Mara recordó brevemente los bancales de Lugo.

Allí también habían comprobado que un espacio rural podía resultar engañoso cuando se reducía a una fotografía o a un plano: una parcela aparentemente próxima podía exigir un rodeo, y un desnivel pequeño bastaba para hacer desaparecer a alguien de la vista.

Aquel caso era distinto y no necesitaba regresar a él más de lo imprescindible, pero la enseñanza seguía siendo válida.

El terreno no había cambiado. Lo que podía estar equivocado era la manera de interpretarlo.

Durante días habían considerado B como un punto de entrada y retorno. Ahora empezaba a parecer simplemente una parte de un recorrido mayor.

Andrés siguió con la vista el carril.

—Si entra por A, aparca en B y luego continúa hacia el sur, la maniobra imposible deja de importar.

—La maniobra sigue siendo imposible —dijo Mara—. Lo que deja de importar es que sea necesaria.

Óscar asintió.

—Mañana habrá que repetir la prueba desde el principio: entrada norte, paso por B y recorrido completo.

—Con un vehículo comparable y con el técnico.

—Sí.

No tenían por qué improvisar aquella tarde. Lo que acababan de descubrir no era que una furgoneta pudiera atravesar Los Cárdenos, sino algo anterior y más importante: todavía no habían formulado la pregunta correcta.

Cuando alcanzaron la parte final del carril, la salida sur apareció entre los olivos antes de que pudieran ver con claridad los dos pilares.

D siempre había parecido un acceso secundario y poco cómodo.

La cadena, las piedras y el peor estado del camino exterior reforzaban esa impresión, y nadie que pudiera elegir el norte tendría demasiados motivos para utilizarlo como primera opción.

Pero incómodo no significaba impracticable.

Mara se acercó sin cruzar el hueco. Desde el interior de la finca, los pilares parecían reducir aún más el paso. Una furgoneta larga tendría que llegar bien alineada, atravesar con poco margen lateral y corregir después la dirección en el camino exterior.

—Aquí sí tendremos que medir —dijo.

Óscar consultó las referencias de Criminalística.

—Las medidas están tomadas. Mañana las ponemos junto a las dimensiones exactas del vehículo de prueba.

—Y que decida el técnico, no nosotros.

Andrés miró hacia la base de uno de los pilares.

—Aquí estaba el fragmento negro.

Mara también lo recordó. Criminalística lo había recogido el primer día, cuando todavía no sabían qué vehículos terminarían interesándoles, y permanecía embalado y documentado sin que hubieran podido asignarle una procedencia.

—No lo metamos todavía en esta historia.

—No lo estoy metiendo. Solo está aquí.

—Eso sí.

El fragmento podía proceder de un vehículo, de maquinaria agrícola, de una caja o de cualquier otro objeto de plástico que hubiera pasado por aquel acceso.

Que una cámara hubiese registrado una furgoneta clara y alargada a las 05:42 no convertía retrospectivamente aquel trozo en una pieza de ese vehículo.

Si más adelante aparecía una rotura compatible, tendrían algo que comparar; antes de eso, seguía siendo únicamente un fragmento recogido junto al pilar.

Óscar atravesó el hueco y se detuvo en el camino exterior.

—Desde aquí puedes continuar hacia la red agrícola.

—¿Hasta la zona de la cámara? —preguntó Andrés.

—Sí, pero no hay una única ruta. Hay varios cruces y puedes llegar desde otras explotaciones.

Mara salió también. La grabación mostraba una furgoneta clara y alargada a las 05:42, sin matrícula legible.

Hasta ese momento, la dificultad de maniobra en B había contribuido a separar aquella imagen de la furgoneta de Rubén: si su vehículo no podía desenvolverse dentro de Los Cárdenos, resultaba menos razonable colocarlo en la finca.

Ahora aquella separación empezaba a debilitarse, aunque la cámara no hubiera mejorado ni existiera una matrícula que antes no podían leer. Lo único que estaba cambiando era la supuesta imposibilidad física.

—Tenemos una ruta posible desde D hasta el entorno de la cámara —dijo Andrés.

—Tenemos caminos que comunican ambos puntos.

—Vale.

—La diferencia importa.

Él sonrió.

—Mucho.

Mara miró hacia la finca. Desde D, el carril interior conducía de nuevo a C y B; más allá quedaba A. Por primera vez empezó a pensar en Los Cárdenos no como una explotación con dos accesos independientes, sino como un recorrido continuo.

A, B, C y D.

La secuencia había estado delante de ellos desde el segundo día. Habían tardado en darle importancia porque habían preguntado cómo podía darse la vuelta un vehículo en B, en lugar de preguntarse si necesitaba hacerlo.

—Mañana hacemos el trayecto entero —dijo.

Óscar sacó el teléfono.

—Voy avisando a Irene.

La llamada fue breve. Mara solo oyó la mitad de la conversación.

—El resultado del giro se mantiene... Sí... No, no queremos repetirlo. Queremos comprobar otra cosa.

Óscar escuchó unos segundos.

—Desde A hasta D.

Hizo otra pausa, miró a Mara y después al camino.

—Porque, si puede atravesar, no necesita girar.

Irene debió darle instrucciones concretas, porque Óscar se apartó un momento para anotar antes de colgar.

—Primera hora de mañana. Mismo tipo de vehículo, técnico de automoción y documentación completa del recorrido.

—Bien.

Emprendieron el regreso andando. Mara recorrió esta vez el carril como una trayectoria continua y no como una sucesión de accesos aislados.

Cerca de D estaba el estrechamiento mayor; más arriba, la curva se abría; después aparecía C y, finalmente, B.

Ningún punto que pudiera valorar a simple vista constituía una barrera evidente, aunque sería la comprobación técnica la que decidiría si aquella impresión tenía algún valor.

Andrés caminaba unos pasos por delante.

—Tiene gracia.

—¿Qué?

—Esta tarde el resultado parecía ayudar a Rubén.

—Le sigue ayudando.

Andrés se volvió.

—¿Cómo?

—Dijo que su furgoneta no podía girar en B y es verdad. Que exista otra forma de salir no convierte esa afirmación en falsa.

Él redujo el paso hasta quedar a su lado.

—Pero cambia lo que hacíamos con ella.

—Eso sí.

Rubén podía haber dicho una verdad y haberla utilizado para sostener una conclusión falsa.

También podía haber dicho una verdad sin segunda intención porque realmente nunca había entrado en Los Cárdenos.

La geometría todavía no permitía elegir entre ambas posibilidades; únicamente eliminaba la comodidad de mantener la furgoneta fuera de la finca por el hecho de que no pudiera girar.

Si al día siguiente el vehículo de prueba conseguía atravesarla, aquel argumento dejaría de servir.

Al pasar otra vez por C, Mara miró el borde de hormigón.

Pilar había muerto allí y, apenas unos metros más abajo, el carril continuaba hacia el sur.

La relación espacial se volvía sencilla una vez formulada: alguien podía llegar desde el norte, detenerse en B, estar en C y marcharse hacia D sin volver a pasar por A.

Todavía faltaba demostrar que una furgoneta larga podía hacerlo y, después, algo bastante más importante: averiguar qué vehículo había recorrido realmente aquel camino.

Mara mantuvo separadas ambas preguntas.

Cuando alcanzaron B, el ensanche estaba vacío y volvía a parecer bastante amplio para casi cualquier cosa. Mara recordó las maniobras realizadas unas horas antes y comprendió de nuevo hasta qué punto aquella apariencia había condicionado la investigación.

—A simple vista sigue pareciendo que gira —dijo Andrés.

—Por eso hemos necesitado probarlo.

—Mañana, al revés.

—Mañana comprobamos si pasa.

Óscar recogió del vehículo una carpeta que habían dejado antes de iniciar el paseo.

Dentro estaba el croquis de Los Cárdenos con los cuatro puntos que habían utilizado desde los primeros días.

Mara lo abrió sobre el capó y observó las anotaciones, hasta entonces concentradas alrededor del ensanche y de la estructura de hormigón.

Tomó el bolígrafo y trazó una línea continua desde la entrada norte hasta la salida sur.

No necesitaba añadir ninguna conclusión. La línea recordaba por sí sola qué debían comprobar a la mañana siguiente: A, B, C y D; entrada, ensanche, lugar de la muerte y salida.

El error de aquella tarde no había consistido en medir mal el espacio, sino en formular una pregunta demasiado estrecha.

La furgoneta no podía girar.

A la mañana siguiente comprobarían si alguna vez había necesitado hacerlo.