Capítulo 18
La ruta imposible
La furgoneta llegó a Los Cárdenos poco después de las cuatro.
No pertenecía a Andaraje, sino que era un vehículo de servicio facilitado para la comprobación, con una longitud y una distancia entre ejes suficientemente próximas a las de la que utilizaba Rubén como para reproducir el problema de maniobra sin intervenir todavía sobre el vehículo investigado.
Óscar esperaba junto al acceso norte con el técnico de automoción que se encargaría de la prueba.
Irene había regresado a la UOPJ para continuar con las comprobaciones documentales y, antes de marcharse, había dejado claro qué necesitaba de aquella diligencia: saber si la afirmación de Rubén sobre el ensanche era físicamente razonable, no demostrar su inocencia ni su culpabilidad.
Mara vio entrar la furgoneta por A sin dificultad.
El conductor avanzó despacio entre los olivos siguiendo el carril que ya conocían, y la carrocería clara pareció crecer a medida que se internaba en la finca.
No era que el camino resultara especialmente estrecho, sino que las hileras reducían la sensación de espacio y obligaban a percibir cada metro que ocupaba el vehículo.
Andrés caminaba con Óscar hacia el ensanche.
—Hasta aquí no hay ningún problema —dijo.
—Eso tampoco lo negó Rubén —respondió Mara.
La furgoneta alcanzó B y se detuvo aproximadamente en la posición que habían elegido.
No pretendían reproducir una colocación exacta del jueves, porque nadie podía asegurar dónde habría detenido Rubén el vehículo si realmente hubiera estado allí.
La pregunta era más sencilla: comprobar si una furgoneta de aquellas dimensiones podía entrar, realizar una maniobra normal en el ensanche y regresar por el acceso norte sin invadir zonas donde el terreno, la caseta o los materiales de trabajo lo hicieran poco razonable.
El técnico bajó antes de comenzar.
—Voy a hacer primero lo que haría un conductor que no conoce el sitio. Una maniobra razonable, sin meter el vehículo donde nadie lo metería normalmente para ganar veinte centímetros.
Mara examinó el ensanche. A un lado estaba la caseta de riego; al otro, la zona donde solían quedar material y pequeños equipos.
Aquella tarde habían despejado lo suficiente para no introducir obstáculos que no pudieran acreditar como presentes el jueves, aunque habían conservado las referencias reales del espacio.
—¿Eso beneficia a la maniobra? —preguntó.
—Sí. Ahora está más limpio que una jornada normal.
—Entonces, si no gira así, el resultado tiene más valor.
El técnico asintió.
—Para esta configuración, sí. Pero no lo llamaría una prueba absoluta de cualquier maniobra imaginable.
Óscar sonrió.
—Con Mara hay que decir esas cosas al principio.
—Con cualquiera que vaya a escribirlas después —respondió ella.
El conductor regresó a la furgoneta. La primera maniobra pareció sencilla durante unos segundos: avanzó hacia el extremo del ensanche y abrió la dirección para colocar el vehículo perpendicular al carril de entrada.
El frontal respondió enseguida, pero la parte trasera tardó mucho más en abandonar la línea inicial y el conductor tuvo que detenerse antes de quedarse sin margen.
El técnico siguió la maniobra desde fuera.
—Sigue teniendo espacio delante —dijo Andrés.
—Delante sí —respondió—. El problema está en la zaga.
El conductor retrocedió lentamente. La esquina trasera se acercó a uno de los laterales del ensanche y tuvo que corregir antes de ganar suficiente ángulo.
Avanzó otra vez y la furgoneta quedó atravesada respecto al carril, aunque todavía lejos de poder encarar el regreso hacia A.
Un tercer movimiento mejoró la posición; el cuarto volvió a empeorarla.
El técnico hizo una señal para que se detuviera, se acercó a la ventanilla y habló unos segundos con el conductor. Después indicó a Óscar que anotara la posición.
—A partir de aquí se puede seguir forzando, pero ya no hablamos de un giro limpio. Tendría que acercarse mucho más a la zona de la caseta o meter la parte trasera hacia el lateral.
—¿Podría hacerlo? —preguntó Andrés.
—Poder, quizá. Depende de cuánto riesgo aceptes de golpear algo o quedarte sin margen para corregir.
Mara recorrió el exterior del ensanche sin acercarse demasiado a la furgoneta.
Desde el acceso norte, B había parecido suficientemente amplio para que un vehículo se diera la vuelta, pero la impresión cambiaba en cuanto una furgoneta larga ocupaba el espacio.
Un turismo habría resuelto la maniobra con facilidad; aquel vehículo, no.
—Que pruebe otra vez —dijo Óscar—. Ahora que conoce el sitio.
El segundo intento comenzó desde una posición distinta.
El conductor entró algo más abierto, aprovechó mejor la anchura disponible y retrasó el primer giro.
Ganó unos centímetros, pero no los suficientes.
Después de varias correcciones, la furgoneta volvió a quedar mal orientada para regresar por donde había entrado, con la esquina delantera demasiado cerca de la caseta mientras la parte trasera todavía necesitaba espacio en el lado contrario.
El técnico levantó una mano y el motor quedó al ralentí.
—Hasta aquí.
—¿No puede girarla? —preguntó Andrés.
—No de forma normal dentro de este espacio y con esta longitud. Si me dices que el conductor está dispuesto a subirse a una zona lateral, rozar vegetación o hacer muchas correcciones, podemos probar más. Pero entonces estaríamos respondiendo a otra pregunta.
Mara miró el firme.
—¿Y sabemos cómo estaban esos laterales el jueves?
Óscar señaló las fotografías del primer día.
—Sabemos cómo estaban después del hallazgo. Había material cerca de la caseta y el espacio útil era, si acaso, algo peor que hoy.
Mara volvió a observar la furgoneta.
—Entonces la afirmación de Rubén era razonable.
Andrés se giró hacia ella.
—Bastante.
Rubén había explicado desde el principio que no tenía sentido situar su furgoneta allí porque el vehículo era demasiado largo para trabajar con comodidad en aquel sector.
Había utilizado la dificultad para girar como parte de una explicación más amplia: si necesitaba entrar en una finca, prefería hacerlo por lugares donde luego pudiera salir sin complicaciones.
Aquella tarde el terreno le daba la razón en lo esencial.
El técnico pidió repetir la maniobra una tercera vez, esta vez midiendo los márgenes. Colocaron referencias visuales y anotaron distancias aproximadas respecto a la caseta y al extremo útil del ensanche. Nadie buscó una cifra llamativa; la conclusión surgía de la propia geometría.
La furgoneta podía entrar, pero no realizar con normalidad un giro en B que le permitiera regresar hacia A.
—Quiero que eso quede escrito exactamente así —dijo Mara.
Óscar levantó la vista de sus notas.
—¿«No puede girar» te parece demasiado?
—Sí. Si alguien estuviera dispuesto a asumir golpes o invadir zonas laterales, podría intentar maniobras que no hemos probado. Lo que tenemos es que una furgoneta de dimensiones comparables no realiza aquí el giro habitual de manera normal.
El técnico señaló el vehículo.
—Esa formulación es más correcta.
Andrés cruzó los brazos.
—Y bastante cercana a lo que dijo Rubén.
Nadie discutió esa conclusión. Durante los minutos siguientes se limitaron a documentar el resultado y, cuando dieron por terminada la prueba, el vehículo salió del ensanche como había entrado, aunque para conseguirlo necesitó retroceder una distancia considerable hasta encontrar un punto donde recuperar una orientación cómoda.
Durante parte del trayecto hacia A avanzó prácticamente marcha atrás.
Óscar siguió el recorrido con la vista.
—Eso tampoco es una salida práctica.
—No —confirmó el técnico—. Si entro con esto y sé que después tengo que salir por el mismo sitio, no elegiría este sector para parar salvo que tuviera una razón concreta.
Mara recordó la llamada de las 05:11. Rubén había asegurado que se encontraba de camino hacia otro servicio y que no había pasado por Los Cárdenos.
El parte lo situaba en otra explotación desde las 05:15, aunque aquella hora seguía pendiente de comprobación.
Ahora aparecía además un elemento físico que encajaba con su negativa: el vehículo que utilizaba era realmente poco adecuado para entrar allí y regresar por el norte.
Andrés se acercó a la sombra escasa de la caseta.
—Si juntamos esto con el parte, su versión mejora bastante.
—Si el parte se confirma.
—Claro.
—Y aunque se confirme, esto solo nos habla de la furgoneta, no de Rubén.
—También claro.
No había irritación entre ellos. La precisión formaba parte del trabajo y Andrés no necesitaba convertir cada matiz en una discusión.
Mientras el técnico revisaba las medidas con Óscar, Mara se apartó unos metros hacia C.
El borde de hormigón quedaba cerca y desde B podía recorrerse aquella distancia andando en menos tiempo del que había requerido una sola de las maniobras de la furgoneta.
Pilar había muerto allí; eso ya estaba fijado.
Si Rubén hubiera acudido con aquel vehículo, sin embargo, habría tenido un problema evidente para marcharse. Por primera vez en varios días, el propio terreno parecía ofrecerle una circunstancia favorable.
Mara procuró no combatirla únicamente porque la documentación de Pilar empezara a apuntar en otra dirección.
Había aprendido a desconfiar tanto de las coartadas cómodas como de las sospechas cómodas.
Un hombre podía cometer un fraude y no ser un homicida; podía mentir sobre una cuestión y decir la verdad sobre otra.
La investigación tenía que soportar esas combinaciones sin obligarlas a formar una explicación única.
—¿Qué hacemos con la furgoneta de las 05:42? —preguntó Andrés al reunirse con ella.
—Lo mismo que antes.
—Es larga.
—Y esta también. Eso no nos da una matrícula.
—Si la de la cámara fuera la de Rubén, tendría que haber salido de algún sitio.
—Sí.
—Y acabamos de comprobar que desde aquí volver hacia el norte es complicado.
Mara miró de nuevo el ensanche.
—Complicado no. Con estas dimensiones y esta configuración, el giro normal no funciona.
—Peor para nuestra hipótesis.
Ella lo miró.
—¿Qué hipótesis?
Andrés sonrió.
—La que todavía no quieres llamar hipótesis.
—La que tenemos que poder abandonar si los datos no la sostienen.
—Esa.
Óscar los llamó antes de que continuaran.
El técnico quería situar la furgoneta en varios puntos del ensanche sin maniobrar, únicamente para comprobar cuánto espacio ocupaba y dejar documentado que el problema no dependía de un conductor poco hábil.
El resultado no cambió: incluso bien colocada, la distancia entre ejes obligaba a abrir un arco demasiado grande para el espacio disponible.
—Un conductor acostumbrado a este vehículo podría hacerlo mejor que yo en la primera entrada —explicó el técnico—, pero las dimensiones no cambian. La rueda trasera sigue el recorrido que sigue.
Mara retuvo la frase. Esa era precisamente la diferencia entre habilidad y geometría.
—¿La furgoneta de Rubén tiene dimensiones prácticamente iguales?
—Según la ficha que me habéis facilitado, la longitud total es muy parecida y la distancia entre ejes está dentro de un margen pequeño. Habría que examinar ese vehículo si queréis una conclusión específica sobre él.
—Todavía no.
Irene había insistido en no precipitar diligencias invasivas ni convertir la furgoneta de Rubén en objeto central únicamente porque el fraude acabara de confirmarse. Podían llegar a ese punto, pero necesitaban razones acumuladas. Por el momento solo tenían una prueba comparativa.
Óscar terminó de fotografiar el espacio después de retirar el vehículo.
Sin la furgoneta dentro, B recuperó de inmediato una amplitud que no había tenido durante la prueba, y esa diferencia visual molestó a Mara porque explicaba lo fácil que había sido mirar el plano durante días y asumir que un ensanche debía permitir a cualquier vehículo resolver una vuelta.
Andrés señaló el carril norte.
—Rubén dijo que aquí no se metía con la larga porque luego no podía sacarla.
—Dijo que no tenía maniobra.
—Vale. No voy a convertirlo en una cita literal.
Mara sonrió.
—Te lo agradecería.
Regresaron hacia el acceso norte con el técnico.
La furgoneta de comparación los precedía despacio y salió de la finca sin dificultad por A.
En cuanto desapareció por el camino, el argumento de Rubén volvió a parecer sencillo: si hubiera entrado por allí, tendría que haber resuelto después una maniobra que acababan de demostrar poco práctica.
El fraude confirmado por la mañana seguía existiendo. También la llamada de las 05:11, las seis anomalías, la documentación que Pilar había estado revisando y la furgoneta larga captada por la cámara. Ninguno de esos datos, sin embargo, modificaba lo que acababan de comprobar sobre el espacio.
—Esto le ayuda —dijo Andrés.
Óscar guardó la cinta métrica.
—Sí.
Mara observó B desde la distancia.
—Le ayuda. No hay motivo para negarlo.
La investigación acababa de confirmar una parte de la versión de Rubén y, al menos de momento, aquello hacía que su presencia en Los Cárdenos pareciera menos probable que unas horas antes.
Se dirigieron hacia los coches. Mara fue la última en abandonar el ensanche y, antes de hacerlo, dejó que la mirada siguiera durante un instante el carril que continuaba hacia el sur. No se detuvo ni volvió sobre él.
La prueba que habían ido a realizar tenía una pregunta concreta, y esa pregunta acababa de dar la razón a Rubén.