Capítulo 16
Fuera de factura
—Factura no hubo.
Tomás Alcázar lo dijo sin orgullo y sin pedir que le explicaran las consecuencias.
Estaba de pie junto a una nave pequeña, con una libreta doblada dentro del bolsillo de la camisa y restos de polvo en los zapatos.
Detrás de él, una trituradora ligera descansaba bajo un cobertizo abierto y, más allá, las hileras de olivos descendían hacia un camino estrecho.
Mara dejó que Andrés continuara.
—¿Quién le hizo el trabajo?
—Rubén.
—¿Rubén Cañada?
—Sí.
Óscar permanecía unos pasos atrás, junto al vehículo oficial.
Habían llegado a la explotación poco después de las ocho y media, antes de que el calor volviera difícil permanecer al sol.
La finca estaba al sur de Martos, fuera de cualquier ruta útil entre Los Cárdenos y el siguiente servicio de Rubén el día de la muerte.
Lo que buscaban allí no era reconstruir la madrugada del jueves, sino comprobar una de las seis anomalías que Pilar había dejado señaladas.
Andrés abrió la carpeta solo lo necesario para consultar la fecha.
—Háblenos del trabajo del diecisiete de junio.
Tomás frunció el ceño.
—¿El de la limpieza del ramal?
—Cuéntenos qué necesitaba.
El agricultor señaló el borde de una parcela donde varias líneas de riego desaparecían bajo la vegetación seca.
—Tenía esa parte hecha un desastre. Había que limpiar, revisar dos válvulas y pasar una máquina pequeña por el borde. Llamé a Andaraje porque ya me habían hecho cosas otras veces.
—¿A la empresa o a Rubén?
—Primero a la empresa. Luego me llamó él.
Mara escuchó sin interrumpir. Noelia les había enviado una hoja con los datos mínimos: dos horas de maquinaria, combustible y una furgoneta sin parte asociado. Ninguna pregunta debía sugerirle a Tomás que ellos esperaban encontrar un pago irregular.
—¿Qué le dijo? —preguntó Andrés.
—Que estaban cargados de trabajo y que por la empresa tardarían unos días. Pero que si me corría prisa podía apañarlo él antes.
—¿Qué significaba «apañarlo él»?
Tomás se encogió de hombros.
—Que venía con la máquina y me lo hacía. Yo entendí que era cosa suya.
—¿Le dijo que no pasaría por Andaraje?
—No con esas palabras al principio.
—¿Y después?
El hombre miró hacia la nave.
—Cuando le pregunté por la factura.
Andrés esperó.
—Me dijo que, si quería factura, tenía que hacerlo por la empresa y saldría más caro. Si lo hacíamos así, le pagaba a él y ya estaba.
—¿Cuánto?
—Cuatrocientos cincuenta.
—¿Cómo pagó?
—En efectivo.
Mara anotó la cantidad sin darle más valor del que tenía. Lo importante no era que hubiera existido dinero en metálico, sino si los recursos utilizados pertenecían a Andaraje y si el trabajo había desaparecido de sus registros.
—¿Vino solo? —preguntó.
Tomás negó.
—Con un muchacho. No sé cómo se llama. Joven, moreno, de la empresa. O eso pensé.
—¿Por qué?
—Llevaba ropa de trabajo con el nombre y vinieron en una furgoneta de Andaraje.
—¿Recuerda cuál?
Tomás miró el camino, como si esperara verla aparecer.
—Blanca. Grande. De las que usan ellos. No os sé decir matrícula.
—¿Tenía logotipo?
—Sí.
—¿La conducía Rubén?
—Sí.
Andrés pasó a la maquinaria.
—Ha dicho que trajeron una máquina pequeña.
—Una desbrozadora de las que van sobre ruedas. No sé el nombre exacto. La bajaron de un remolque pequeño que llevaban enganchado.
—¿Era de Andaraje?
Tomás dudó.
—Tenía las mismas pegatinas que otras que les he visto. Y el muchacho dijo algo de devolverla a la nave antes del mediodía.
Aquello necesitaba comprobación independiente, pero encajaba con la fila que Noelia había separado. Mara pidió que siguiera contando el trabajo antes de volver al dinero.
Rubén y el otro hombre habían llegado poco después de las seis.
Estuvieron menos de tres horas entre limpieza, revisión de dos puntos de riego y trabajo con la máquina en una franja del olivar.
Tomás no recordaba la hora exacta de salida, pero sí que terminaron antes de que el calor apretara y que él les ofreció agua junto a la nave.
—¿Firmó algún parte? —preguntó Andrés.
—No.
—¿Recibió albarán?
—No.
—¿Correo de Andaraje?
—Tampoco.
—¿Algún mensaje de Rubén?
Tomás sacó el teléfono.
—Debe de haber algo. Hablamos por WhatsApp.
No abrió la conversación hasta que Óscar le explicó que podían recoger voluntariamente la información relevante y dejar constancia de cómo se obtenía. El agricultor aceptó. No había muchos mensajes.
El primero era del día anterior al trabajo: «Mañana temprano puedo pasar». Después aparecía una referencia a una válvula y, a las 05:58 del día diecisiete, otro mensaje: «Estamos entrando».
Más abajo, ya por la tarde, Tomás había escrito: «Te debo lo de esta mañana». La respuesta de Rubén decía: «Cuando nos veamos».
No había cantidades.
—¿Le pagó ese mismo día? —preguntó Mara.
—No. Dos días después.
—¿Dónde?
—En una gasolinera a la salida de Martos. Habíamos quedado porque él pasaba por allí.
—¿Le dio recibo?
Tomás soltó una risa breve, sin humor.
—Si me hubiera dado recibo, no estaríamos hablando de esto, ¿no?
Mara no respondió a la conclusión.
—¿Cómo llevaba el dinero?
—En un sobre.
—¿Había hablado antes con alguien de Andaraje sobre ese pago?
—No.
—¿Y después?
—Tampoco.
Andrés cerró por un momento la carpeta.
—¿Volvió a contratar a Rubén de esa manera?
—Una vez más, pero fue una cosa pequeña. Cambiar una pieza y revisar una bomba. No vino con máquina.
—¿Fecha?
—Tendría que mirarlo.
Óscar anotó que lo comprobarían por separado. La investigación no necesitaba convertir una declaración sobre un trabajo en una confesión general sobre todos los tratos entre ambos.
Tomás se apoyó en el borde de una mesa de obra.
—¿Esto tiene que ver con lo de Pilar?
Andrés no contestó de inmediato.
—Estamos comprobando documentación que ella estaba revisando.
—Pues ella no sabía nada de esto.
Mara levantó la vista.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque una vez le pregunté a Rubén si Pilar tenía que mandar a alguien a revisar el trabajo. Me dijo que no, que esto no pasaba por ella.
—¿Cuándo se lo preguntó?
—Ese mismo día. Pilar era la que solía organizar a la gente cuando yo llamaba a Andaraje. Me extrañó que no apareciera por ningún lado.
—¿Qué respondió exactamente Rubén?
Tomás pensó unos segundos.
—Algo como «esto lo llevo yo». No recuerdo más.
Mara dejó la frase en su nivel. No necesitaba una formulación exacta para que el dato resultara útil: el cliente había entendido que aquel servicio quedaba deliberadamente fuera del circuito habitual de la empresa.
—¿Sabía que el trabajador que vino con él estaba cobrando un trabajo particular? —preguntó.
—Ni idea. Yo no hablé de dinero delante del muchacho.
Aquello era importante. Permitía mantener abierta la posibilidad de que el segundo trabajador creyera estar realizando una orden normal. El fraude podía ser de Rubén sin convertir en cómplice a cualquiera que hubiera cargado una máquina o subido a una furgoneta.
Óscar se acercó desde la mesa con el teléfono de Tomás.
—Los mensajes quedan identificados. Si hace falta incorporarlos formalmente, lo haremos por el procedimiento correspondiente.
Tomás recuperó el móvil.
—No tengo nada que borrar.
—No le estamos pidiendo eso —dijo Óscar.
Mara pidió ver el lugar donde habían trabajado. No por la muerte de Pilar, sino para comprobar que la descripción del servicio encajaba con el tipo de máquina y el tiempo que figuraban en la documentación.
Caminaron hasta la franja señalada. El terreno estaba limpio de vegetación alta en torno a varios olivos y dos arquetas habían sido reparadas con piezas recientes. Tomás explicó que una de ellas había dado problemas durante la primavera y que Rubén había sustituido una unión.
—¿Ese material lo puso usted? —preguntó Andrés.
—Lo trajeron ellos.
—¿Lo pagó aparte?
—No. Entraba en los cuatrocientos cincuenta.
Mara observó la zona sin buscar una precisión que el paso de más de un mes ya no podía dar. El lugar confirmaba que el servicio descrito era real. La prueba documental tendría que establecer qué recursos habían salido de Andaraje y cómo se habían registrado después.
En el camino de vuelta a la nave, Andrés habló en voz baja.
—Ya no es solo una fila rara.
—No.
—Es un trabajo real que no está en los partes.
—Y un cliente que dice que pagó directamente a Rubén.
—Eso es fraude.
Mara tardó un segundo antes de responder.
—Es una irregularidad económica muy seria y tenemos un testimonio directo. Para afirmar todo el alcance necesitamos cerrar recursos, trabajador, máquina y destino del dinero.
Andrés aceptó el matiz.
—Pero la explicación de «mala gestión» empieza a quedarse corta.
—Para este servicio, sí.
No quiso extender la conclusión a los otros cinco. La investigación llevaba varios días aprendiendo precisamente eso: una mentira explicaba una mentira y una anomalía explicaba una anomalía, hasta que las comprobaciones permitían unirlas.
Tomás firmó una ampliación de su declaración en la que constaban la fecha, el trabajo realizado, el pago directo y la ausencia de factura. No intentó presentarse como víctima.
—Yo acepté porque me salía más barato —dijo antes de terminar—. Sabía que no era la forma normal de hacerlo.
Irene, informada por teléfono, pidió que la UOPJ preservara la conversación y que Noelia cruzara los datos con la salida de la máquina, el combustible y la asignación del trabajador. También ordenó no citar todavía a Rubén por aquel asunto.
—Primero cerramos lo que pueda cerrarse sin su versión —dijo.
Mara estuvo de acuerdo.
A media mañana regresaron a dependencias. Noelia ya tenía abierta la fila correspondiente cuando se conectaron con ella.
—Dos horas de maquinaria sin parte —dijo—. La salida del equipo coincide. El combustible también. Y la furgoneta que figura asignada esa mañana aparece con un tramo sin justificar entre dos servicios.
—Tomás dice que Rubén la conducía —respondió Andrés.
—Eso me resuelve el destino del recurso si podemos corroborarlo.
Óscar le dio la referencia del segundo trabajador descrito por el agricultor. Por turno y cuadrante, había dos posibilidades. La UOPJ se encargaría de localizar quién había acompañado a Rubén y de tomarle declaración sin anticiparle las demás anomalías.
Noelia volvió a la tabla.
—Entonces esta fila deja de ser «sin parte» y pasa a «servicio no facturado a través de Andaraje».
—Con pago directo a Rubén declarado por el cliente —añadió Irene.
—Lo pongo separado. Una cosa es el uso de recursos y otra el dinero.
Mara revisó la pantalla. Pilar había escrito «preguntar R.C. / sin parte». No había necesitado saber todavía cuánto cobró ni dónde le entregaron el sobre para detectar que algo no encajaba con la actividad registrada de la empresa.
—¿Y las otras cinco? —preguntó.
—Siguen abiertas —dijo Noelia—. Esta nos da un modelo posible, no una respuesta automática.
Era la forma correcta de tratarlo.
La reunión terminó poco antes de las once. En la pared, la franja del homicidio seguía separada de la documentación económica. Mara dejó la hoja de Tomás en la carpeta de Andaraje, no junto a las 05:11 ni a la furgoneta de las 05:42.
Habían confirmado un trabajo fuera de factura y una razón concreta por la que Pilar podía enfrentarse con Rubén.
Todavía no habían demostrado que Rubén hubiera estado con ella en Los Cárdenos.