Capítulo 15
Seis partes
Noelia había eliminado treinta y una diferencias antes de quedarse con seis.
En la pantalla compartida, la tabla de Pilar ocupaba la mitad izquierda. A la derecha, Noelia había colocado los partes de Andaraje, repostajes, asignaciones de vehículos y horas de maquinaria que habían podido contrastar desde el domingo. Las filas descartadas aparecían en gris.
—Estas ya tienen una explicación razonable —dijo desde Madrid—. Cambios de finca comunicados tarde, una avería, dos repostajes cargados al día equivocado, un tractor sustituido por otro y varias correcciones que Pilar conocía.
Andrés se inclinó hacia el monitor.
—Treinta y una suena mejor que seis.
—Para una auditoría, quizá. Para nosotros, no.
Era martes por la tarde. Irene había reunido al grupo en la sala de trabajo de la UOPJ después de cerrar la comprobación de Eva.
Óscar estaba en otra mesa revisando respuestas sobre vehículos y cámaras; intervenía solo cuando necesitaban un dato territorial.
Mara tenía delante una copia impresa de las seis filas que Noelia había dejado abiertas.
Todas correspondían a servicios distintos.
Ninguna decía «fraude».
—¿Qué tienen en común? —preguntó Irene.
Noelia amplió la primera.
—Que no consigo explicar dónde estuvieron determinados recursos de Andaraje durante varias franjas y que, en los seis casos, la corrección final pasa por una decisión operativa de Rubén.
Andrés dejó el bolígrafo.
—¿Pasa por él porque es jefe de operaciones o porque hizo algo raro?
—Esa es exactamente la pregunta.
Noelia no había señalado las filas con colores de culpabilidad. Se limitó a ordenar la información por fecha, servicio y tipo de diferencia.
La primera pertenecía a finales de mayo.
Una furgoneta de servicio figuraba asignada durante toda la mañana a una explotación al oeste de Torredonjimeno.
El parte final había sido corregido dos días después para reducir el tiempo de presencia y añadir un desplazamiento que no aparecía en la versión inicial.
La modificación llevaba la validación de Rubén.
—¿Puede ser normal? —preguntó Mara.
—Sí. Un cambio de servicio puede incorporarse después. El problema es que no encuentro el servicio al que supuestamente se desplazó.
—¿No está facturado?
—No con esa fecha, esa furgoneta y esas horas.
Noelia pasó a la segunda.
Allí no faltaba un destino, sino horas de maquinaria.
Un equipo de desbroce aparecía trabajando seis horas en una finca, mientras el registro de mantenimiento y una anotación de combustible indicaban una utilización mayor de la que el parte cargaba al cliente.
La corrección posterior, otra vez autorizada por Rubén, repartía parte de las horas entre dos jornadas.
—¿Y eso puede hacerse? —preguntó Andrés.
—Si las horas están mal anotadas, claro. Lo que necesito saber es qué ocurrió con las que siguen sobrando después de la corrección.
Irene miró a Mara.
—¿Pilar había señalado estas seis?
—No con una marca que diga «estas son las seis» —respondió Noelia—.
Las he reconstruido a partir de sus observaciones y de la documentación que pidió.
En algunas puso una interrogación; en otras escribió «revisar ruta» o «confirmar parte».
Si la tratamos como una acusación terminada, le atribuimos una conclusión que no dejó escrita.
Mara agradeció la precisión. Desde que apareció la tabla, el riesgo había sido leer cada duda de Pilar con la ventaja de conocer su muerte.
Pero Pilar trabajaba con errores reales de una empresa donde los horarios cambiaban, las máquinas se movían y los partes podían corregirse por razones ordinarias.
—¿Cuántas diferencias de ese tipo has revisado en total? —preguntó.
—Cuarenta y siete si contamos todo lo que aparecía en sus carpetas de las últimas semanas. De esas, treinta y una están explicadas, diez no tienen suficiente información todavía y seis presentan un patrón que merece una comprobación específica.
—¿El patrón es Rubén?
—El patrón es que Rubén decide la corrección, reasigna el recurso o valida después el parte. No es lo mismo.
Andrés sonrió de lado.
—Te has preparado esa frase.
—Me he preparado para que no me la cambiéis.
Irene le pidió que continuara.
La tercera diferencia afectaba a una pickup. El kilometraje entre dos repostajes era demasiado alto para los servicios que figuraban en los partes. Noelia había descartado ya un desplazamiento al taller y una visita a un proveedor. Seguían faltando kilómetros.
—¿Quién la llevaba? —preguntó Mara.
—Distintas personas según el día. En la franja que nos interesa, Rubén la reasignó verbalmente y después confirmó la hoja semanal.
—Eso complica atribuirle el uso.
—Exacto.
La cuarta era más limpia sobre el papel y, por eso mismo, más engañosa. Una finca había recibido un cargo por cuatro horas de una máquina pequeña de mantenimiento. El registro interno reflejaba que la máquina salió de la nave durante casi siete.
—Puede haber transporte, limpieza, espera o una reparación entre medias —dijo Mara.
—Y por eso no lo llamo desvío —respondió Noelia—. Pero el operario que figura en el parte dice que terminó allí y regresó con otra cuadrilla. La máquina la recogió después Rubén.
—¿Él la condujo?
—No lo sabemos.
—Entonces tenemos una entrega, no un destino.
—Eso tenemos.
Noelia avanzó a la quinta. Esa fila sí incluía una furgoneta larga, aunque no la del jueves.
La diferencia estaba en el combustible: un repostaje realizado al final de una jornada no encajaba con los kilómetros de los servicios facturados.
Rubén había firmado la corrección que trasladaba una parte del consumo a la mañana siguiente.
—¿Pudo quedarse combustible en el depósito? —preguntó Andrés.
—Por supuesto. El repostaje no demuestra que se quemara ese día. Por eso lo que me interesa es la ruta, no los litros aislados.
Mara pasó las hojas impresas. Una por una, ninguna resultaba extraordinaria.
Juntas empezaban a mostrar algo más difícil de explicar como descuido: vehículos con trayectos incompletos, horas de máquinas que cambiaban de día, combustible desplazado de un parte a otro y correcciones que terminaban pasando por la misma persona.
Pero la empresa también había colocado a Rubén precisamente en el puesto desde el que debía resolver incidencias operativas.
—Si él corrige la mayoría de los partes conflictivos porque ese es su trabajo, la repetición puede engañarnos —dijo.
Noelia asintió desde la pantalla.
—Por eso he comparado con una muestra de partes corregidos que no estaban en la carpeta de Pilar.
Cambió de hoja.
Había revisado veintidós correcciones ordinarias de los dos últimos meses. En ellas aparecían Rubén, Pilar y, en menor medida, otros responsables. El reparto no era uniforme, pero tampoco convertía a Rubén en autor exclusivo de cualquier modificación.
—Y aquí está la diferencia —continuó—. En las correcciones normales podemos seguir el cambio hasta una incidencia, un cliente, una avería o una orden de trabajo. En estas seis, algo queda sin destino después de cerrar lo demás.
Andrés se recostó.
—Y ese algo lo gestiona Rubén.
—En las seis.
La sala permaneció unos segundos pendiente de la pantalla. Mara miró a Irene antes de volver a los papeles. No era una prueba del homicidio ni todavía una prueba de fraude. Era una concentración de decisiones que exigía una explicación.
—¿Rubén sabía que Pilar estaba revisando esto? —preguntó Irene.
Noelia abrió el correo de las 18:42 del miércoles.
—Sabemos que Pilar pidió documentación y que llevaba varios días dejando observaciones. Sabemos también que ella y Rubén habían discutido por correcciones de partes y uso de vehículos. Lo que no tenemos es un mensaje donde le diga «he encontrado seis servicios».
—Ni sabemos si ella había llegado exactamente a tu misma selección —añadió Mara.
—Correcto.
—Entonces no adelantemos el móvil.
Andrés señaló las seis hojas.
—Pero ya tenemos un problema real entre ellos.
—Sí. Profesional y concreto.
Eso era distinto de convertirlo en homicida.
Irene pidió que separaran cada servicio y fijaran qué comprobación externa podía hacerse sin preguntar todavía a Rubén por el conjunto.
Si lo citaban para mostrarle las seis diferencias antes de conocer su origen, le permitirían ofrecer una explicación general capaz de contaminar las verificaciones posteriores.
Noelia empezó por el primero.
—En este necesitamos saber si existió de verdad el desplazamiento que aparece añadido dos días después.
Óscar se acercó desde la otra mesa.
—La finca de origen está comprobada. La cuadrilla estuvo allí hasta media mañana.
—¿Y el supuesto segundo servicio?
—El nombre que figura en una anotación no coincide con ninguna orden de trabajo de Andaraje de ese día.
Irene levantó la vista.
—¿Es una finca?
—Parece el nombre abreviado de una explotación. Estoy cruzándolo con clientes y proveedores.
—Hazlo.
Noelia pasó al segundo servicio. Ahí la vía era distinta: confirmar quién utilizó el equipo de desbroce después del trabajo facturado.
En el tercero, reconstruir la pickup mediante testimonios y un recibo de repostaje.
En el cuarto, localizar a quien recibió la máquina de mantenimiento cuando Rubén la recogió.
En el quinto, separar consumo real de una corrección contable.
La sexta fila era la más sencilla de formular y la que menos datos tenía.
Un cliente había solicitado una actuación menor de limpieza y mantenimiento.
En el sistema de Andaraje aparecía una visita previa y una factura posterior por un trabajo distinto.
Entre ambas fechas, la tabla de Pilar señalaba dos horas de maquinaria, combustible y una furgoneta, pero no había parte de servicio asociado.
—¿Quién es el cliente? —preguntó Mara.
Noelia dijo el nombre de una pequeña explotación al sur de Martos. No era Los Cárdenos ni tenía relación aparente con ninguno de los sospechosos del homicidio.
—¿Y por qué Pilar lo anotó?
—No lo explica. Al lado puso «preguntar R.C. / sin parte».
Andrés se quedó mirando la pantalla.
—R.C.
—Puede ser Rubén Cañada —dijo Noelia—. También podría ser otra abreviatura interna. No la voy a desarrollar por nuestra cuenta.
—¿Hay alguien más en Andaraje con esas iniciales?
—En la plantilla que tenemos, no.
Irene anotó el dato sin comentario.
Mara volvió sobre la fila. Era la primera vez que una nota de Pilar vinculaba de forma tan directa una anomalía con las iniciales de Rubén, pero seguía siendo una pregunta, no una conclusión.
—¿Qué sabemos de esa explotación? —preguntó.
Óscar consultó su ordenador.
—Cliente ocasional. Dos trabajos facturados en el último año. El titular es un agricultor que trabaja también con otras empresas. Ningún antecedente en la investigación.
—¿Podemos hablar con él sin explicarle qué estamos buscando?
—Sí.
Irene decidió que Óscar y Andrés prepararan la visita para la mañana siguiente.
Noelia les enviaría únicamente los datos necesarios: fechas, tipo de recurso y qué aparecía en los registros de Andaraje.
Nada de mostrar la tabla completa de Pilar ni preguntar si había pagado «por fuera» antes de que el hombre contara qué servicio había recibido realmente.
—Primero que describa su relación con Andaraje y qué trabajos recuerda —dijo Irene—. Luego contrastamos.
Andrés cerró su carpeta.
—Si resulta que era otra corrección normal, volvemos a cinco.
—Y si las seis tienen explicaciones normales, volvemos a cero —respondió Mara.
—Eso te haría feliz.
—Me haría el trabajo más fácil.
Noelia negó desde la pantalla.
—No te creo.
La videollamada siguió unos minutos más.
Revisaron qué documentación podía pedirse dentro de las diligencias ya abiertas y qué requeriría ampliar solicitudes.
Nadie propuso acceder a cuentas privadas ni a datos bancarios sin cobertura.
Para esa fase bastaban los registros de la empresa, declaraciones y comprobaciones de servicios.
Cuando terminaron, Noelia dejó las seis filas en una hoja nueva.
—Os la mando con tres columnas —dijo—. Hecho documentado, explicación posible y comprobación pendiente.
—Sin culpables —añadió Andrés.
—Sin tus culpables.
La pantalla se apagó después de despedirse.
Irene repartió las copias. Mara leyó la primera fila y luego la última.
El patrón existía, pero todavía podía explicarse por una forma deficiente de gestionar cambios, por favores a clientes, por trabajos mal documentados o por una mezcla de todo ello.
La investigación necesitaba saber qué había detrás antes de convertir las decisiones de Rubén en un motivo para matar.
Óscar imprimió la ficha del cliente que visitarían al día siguiente.
—Está a poco más de media hora —dijo—. Si salimos temprano, lo vemos antes de que empiece con otra finca.
Andrés cogió la hoja.
—¿Nombre?
Óscar se lo indicó y añadió una referencia de acceso.
Mara guardó las seis filas en la carpeta de documentación profesional, separadas de la cronología del homicidio.
Por primera vez desde que habían encontrado la tabla de Pilar, las diferencias ya no eran una colección de dudas dispersas. Eran seis servicios concretos que compartían una misma intervención operativa.
Al día siguiente comprobarían si uno de ellos había ocurrido como decía Andaraje.