El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

El turno que no constaba

En el parte de planificación, la revisión seguía fijada a las seis y media.

—Esto es lo que no os expliqué bien el viernes —dijo.

Era martes por la mañana. Irene había pedido volver a la Comunidad de Regantes después de que Óscar comparara la documentación entregada por Eva con los registros automáticos de la instalación. La incidencia de Los Cárdenos existía, pero el horario escrito y el horario real no coincidían.

Mara no necesitó que nadie señalara la diferencia. La hoja de planificación tenía una franja limpia, impresa la tarde anterior: revisión de presión, sector Valdejaral norte, 06:30. El registro del sistema empezaba casi dos horas antes.

—El viernes dijiste que la revisión estaba fijada para primera hora —recordó Irene.

Eva asintió.

—Y lo estaba cuando terminó la noche. Lo que no estaba era así cuando se imprimió ese parte.

Andrés se apoyó en el borde de la mesa.

—¿Cuándo cambió?

—Después de hablar con Marta.

La respuesta aclaraba una parte y abría otra. Eva había sostenido desde el principio que la llamada de las 20:15 comunicó una necesidad técnica real. No había mentido sobre la incidencia. Había simplificado cómo se convirtió aquella necesidad en una actuación antes del amanecer.

—Cuéntalo sin saltarte la parte informal —dijo Irene.

Eva miró un instante hacia la sala de control. Dos operadores trabajaban al otro lado del cristal, pendientes de varias pantallas. Después volvió a las hojas.

—La previsión era comprobar ese ramal a las seis y media. No porque necesitáramos exactamente esa hora, sino porque teníamos otra actuación antes. Cuando llamé a Marta le dije que había una variación de presión y que tendríamos que revisar Los Cárdenos antes de dar el turno por normalizado.

—¿Le dijiste las seis y media?

—Le dije que era la hora que figuraba. Ella contestó que a esa hora ya tendría a la cuadrilla pendiente del trabajo y que no quería pagar a seis personas esperando a que termináramos.

Mara recordó la forma en que Marta había explicado el cambio: si iban a tocar la instalación, prefería mandar a la cuadrilla a otra finca. La presión por el coste ya no dependía solo de su versión.

—¿Te pidió que adelantaras la revisión? —preguntó.

—Sí. Me preguntó si podíamos hacerla antes de que empezara la jornada. Le dije que intentaría mover lo que teníamos delante.

—El viernes dijiste que la revisión estaba prevista para primera hora —señaló Andrés.

Eva aceptó el reproche sin discutirlo.

—Porque al final lo estuvo. Pero no desde las seis de la tarde ni desde que se generó este papel. Eso es lo que tendría que haber dicho.

Irene acercó la hoja de planificación.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque el cambio no quedó bien registrado y, después de que apareciera Pilar muerta en esa finca, no me apetecía ser la persona que había movido un turno de mantenimiento fuera del procedimiento normal.

—No te estamos preguntando qué te apetecía.

—Ya lo sé.

No hubo hostilidad en la respuesta, solo cansancio. Eva llevaba varios días trabajando bajo una atención que, hasta el jueves, nunca había acompañado a una corrección de horario.

—¿Qué hiciste después de hablar con Marta? —preguntó Mara.

—Llamé al operador que entraba conmigo de madrugada. Teníamos una comprobación en otro ramal y acordamos intercambiar el orden. Primero haríamos Valdejaral norte desde la estación y luego saldríamos al otro punto.

—¿A qué hora cerrasteis ese cambio?

Eva buscó una hoja entre la documentación.

—A las 20:31 hablé con él. La llamada está registrada. Después le mandé una nota por el sistema interno del turno.

Óscar ya había localizado esa nota. No era un parte formal corregido, sino una comunicación breve entre trabajadores: «VJ norte primero. Entramos 04:45. Luego ramal 7». La hora de envío figuraba a las 20:36.

—Esto no actualizó la planificación —dijo Irene.

—No. Tendría que haber entrado y modificar la orden. Pensé hacerlo cuando llegara. Después empezamos con la incidencia y se quedó así.

—¿Es habitual?

Eva negó con la cabeza antes de matizar.

—No debería serlo. Ocurre más de lo que debería cuando cambias algo al final del día, pero no voy a decir que sea el procedimiento correcto.

Mara miró de nuevo los dos documentos. La diferencia que el viernes había parecido una forma excesivamente limpia de contar el cambio tenía una explicación concreta: existían dos horarios porque uno era la planificación que nadie corrigió y el otro, la operación que sí se realizó.

—¿Qué significa «entramos 04:45»? —preguntó.

—Entrar aquí, en la estación. La primera comprobación se hacía desde control. Lecturas, apertura y cierre de sectores, estabilización de presión. Después, si los valores no respondían, había que ir al campo.

—¿Fuisteis a Los Cárdenos?

—No.

—¿En ningún momento de esa franja?

—No.

Irene no se conformó con la respuesta.

Óscar había preparado una relación con los datos del sistema.

A las 04:43 se registró la entrada de Eva en la instalación con su tarjeta.

A las 04:47 se abrió sesión en el puesto de control que utilizaba habitualmente.

Entre las 04:48 y las 05:29 se sucedieron varias operaciones sobre el sector de Valdejaral norte.

Algunas podían ejecutarse desde una sesión abierta, pero no todas servían para identificar quién estaba sentado delante de la pantalla.

—Por eso hemos pedido que esté también Manuel —dijo Irene.

Uno de los operadores del otro lado del cristal se levantó cuando Eva hizo una señal. Manuel Ríos llevaba esa semana el turno de madrugada. Irene le explicó que necesitaban fijar únicamente la secuencia de trabajo del jueves, no valorar las decisiones de Eva.

—Entramos casi a la vez —dijo él—. Yo llegué unos minutos después. Ella ya estaba con Valdejaral cuando me senté.

—¿A qué hora la vio? —preguntó Andrés.

—Antes de las cinco. Mi tarjeta debe tener la hora.

La tenía: 04:51.

—¿Permanecieron juntos? —preguntó Irene.

—Hasta más de las cinco y media. Yo estaba con el ramal siete y ella con Valdejaral. Nos íbamos diciendo lecturas porque afectaban a la presión general.

—¿Salió Eva de la estación entre las cinco y las cinco y media?

Manuel miró a su compañera y después a Irene.

—No. Si salió al pasillo o al baño, no lo sé. De la instalación, no. Estábamos trabajando en la misma sala.

La declaración coincidía con las llamadas realizadas desde el fijo del puesto y con las operaciones del sistema.

A las 05:06, Eva había hablado desde aquella línea con otro punto de la red para comprobar una lectura.

A las 05:24 había vuelto a comunicarse con el mismo operador.

Ningún dato aislado habría bastado para reconstruir su presencia durante media hora, pero juntos formaban una secuencia difícil de trasladar a Los Cárdenos.

—¿Cuándo decidisteis que no hacía falta ir al sector? —preguntó Mara.

Eva señaló el registro.

—Cuando la presión se estabilizó después de las cinco y media. La anomalía no estaba en una rotura del ramal de la finca. Era una combinación de ajuste y demanda en la red. Había que seguir vigilándolo, pero no necesitábamos entrar en Los Cárdenos para resolverlo.

—Y Pilar no sabía eso cuando fue allí —dijo Andrés.

—No. A las cinco y dos yo todavía no podía saber cómo iba a responder.

La hora no provenía de Eva. Ya la tenían por la reconstrucción de la llegada de Pilar y el testimonio de Mateo. La técnica se limitó a asentir.

—¿Hablaste con Pilar esa madrugada?

—No.

—¿Con Marta?

—Tampoco hasta más tarde.

Irene pidió a Manuel que regresara a su puesto y continuó con Eva.

—Falta una cosa. El viernes presentaste el cambio como si el turno hubiera estado fijado desde mucho antes. Ahora sabemos que a las ocho y cuarto seguía existiendo una planificación a las seis y media y que fue la presión de Marta por las horas la que te llevó a adelantarlo.

—Sí.

—¿Marta sabía que el cambio no estaba registrado formalmente?

Eva dudó.

—Sabía que iba a intentar adelantarlo. No sé si le importaba cómo lo anotáramos nosotros.

—¿Te pidió que no dejaras rastro?

—No.

—¿Que ocultaras la modificación?

—No.

—¿Que dejaras la finca vacía por alguna razón distinta al trabajo?

—No. Quería evitar tener a la cuadrilla esperando. Me lo dijo así.

Mara observó a Irene. Aquella respuesta no cerraba todavía la línea de Marta, que seguía teniendo que explicar por completo su propia presión y la forma en que había tomado decisiones sobre la finca.

Sí cambiaba, en cambio, el peso de Eva dentro de la investigación.

Su mentira tenía una causa administrativa concreta y, además, los registros la situaban lejos de Pilar durante la franja en la que la muerte debía haber ocurrido.

—¿Por qué no corregiste el parte después? —preguntó Andrés.

Eva se quedó un instante en silencio.

—El jueves por la mañana me llamaron para decir que había una mujer muerta en Los Cárdenos. A partir de ahí no iba a entrar en un sistema y cambiar un documento de la noche anterior. Pensé que sería peor.

—Hiciste bien en no modificarlo después —dijo Irene—. Lo que tendrías que haber hecho era explicar desde el principio por qué no coincidía con lo que realmente hicisteis.

—Lo sé.

La admisión no resolvía ninguna irregularidad interna de la comunidad.

Eso seguiría su cauce si correspondía. Para la investigación, lo importante era que el rastro documental no había sido fabricado después del homicidio: la llamada al operador y la nota de las 20:36 eran anteriores a la muerte de Pilar, y el sistema había registrado la actuación desde las 04:48.

Eva recogió una copia de la planificación, aunque dejó los originales donde estaban.

—¿Necesitáis algo más de mí?

Irene repasó la relación de documentos.

—De momento, no. Puede que tengamos que ampliar alguna cuestión cuando terminemos de cruzar las comunicaciones.

—Estaré aquí.

Al salir de la sala de control, el ruido de las bombas resultaba más fuerte en el pasillo. Andrés esperó hasta que la puerta se cerró.

—Así que el turno de las seis y media nunca llegó a existir en la práctica.

—Existió en el papel —dijo Mara—. Lo que cambió fue el trabajo.

—Y nadie corrigió el papel.

—Eso es lo que Eva quería esconder.

Irene llevaba las dos hojas en una funda transparente. Una decía 06:30. La otra empezaba a las 04:48. Las dos pertenecían a la misma revisión y ninguna necesitaba una explicación criminal para coexistir.

—El agua nos explica el cambio de la cuadrilla —dijo la teniente—. Y, por ahora, también explica por qué Eva mintió.

Andrés miró hacia el aparcamiento.

—Pero no quién mató a Pilar.

Irene siguió hacia el aparcamiento sin responder.

Mara abrió la copia de la cronología antes de llegar al coche. En la página del jueves, junto al nombre de Eva, añadió una franja concreta y comprobada: estación de control, 04:43-05:29, con registros y un segundo operador.

Cuando terminó, cerró la carpeta y alcanzó a los otros.