Capítulo 13
Las horas de Ismael
—Llegó antes de las cinco y se fue cuando ya pasaban de las seis.
Joaquín Aranda señaló con la barbilla una caseta baja, encalada, junto a un pequeño depósito de riego.
A su espalda, el olivar descendía hacia una vaguada seca donde el terreno cambiaba de color entre las hileras.
No había relación con Los Cárdenos ni con Andaraje.
Era una explotación pequeña, atendida por su propietario y dos trabajadores en las épocas de más faena.
Ismael estaba unos metros más allá, apoyado contra el lateral de su furgoneta. Había sido él quien había llamado a Andrés aquella mañana para corregir su declaración.
—¿Estuvo con usted todo ese tiempo? —preguntó Andrés.
—Conmigo al principio. Después llegó Sergio y estuvimos los tres.
—Necesitamos separar lo que recuerda de lo que ha hablado con Ismael desde entonces.
Joaquín aceptó la advertencia sin molestarse.
—Lo entiendo. Él me llamó ayer por la noche para decirme que la Guardia Civil acabaría preguntando. Le dije que contaría lo que hubiera que contar.
Mara se mantuvo a un lado de la conversación. El lunes había empezado con la furgoneta de las 05:42 y la salida sur; aquella tarde estaban a más de media hora de Los Cárdenos por la ruta ordinaria, comprobando una mentira que llevaba cuatro días ocupando espacio en la investigación.
—Empiece por cómo quedó con él —dijo Andrés.
—El miércoles me llamó porque yo tenía una fuga en dos líneas y un filtro que llevaba dando problemas. No era una avería grande, pero si lo dejaba así me fastidiaba el riego. Ismael había venido otras veces por su cuenta y le pregunté si podía pasar temprano.
—¿Por su cuenta significa fuera de Andaraje?
—Sí. Esto no se lo encargué a la empresa.
Joaquín miró hacia Ismael antes de continuar.
—Me dijo que tenía trabajo después, pero que podía echarme una mano antes.
—¿Cómo iban a pagarlo?
—En efectivo.
No intentó disfrazarlo. Andrés tampoco convirtió el dato en el centro de la conversación.
—¿A qué hora quedaron?
—A las cuatro y cuarenta y cinco.
—¿Miró el reloj cuando llegó?
—No al verlo entrar. Pero yo había salido de casa a las cuatro y media y tardé unos diez minutos. Él apareció poco después que yo.
—¿Podría haber sido a las cinco y diez?
—No. A esa hora ya llevábamos un rato con el filtro.
Ismael bajó la cabeza. La versión empezaba a separarse de la que había sostenido el viernes, cuando aseguró que había permanecido en casa hasta pasadas las seis.
Andrés llamó al segundo hombre.
Sergio Cuesta trabajaba de forma habitual con Joaquín durante parte del verano. Tenía cincuenta y pocos años y una forma lenta de responder que obligaba a esperar unos segundos después de cada pregunta.
—Yo llegué sobre las cinco y veinte —dijo—. Puede que cinco y cuarto. Ismael ya estaba allí.
—¿Cómo fija esa hora? —preguntó Mara.
—Porque antes de salir de casa hablé con mi hermano. Tengo la llamada en el teléfono. Luego tardé doce o quince minutos en venir.
Óscar, que los acompañaba aquella tarde, anotó el dato para comprobarlo después. No necesitaban que Sergio recordara un minuto exacto si el registro de una llamada podía darles un punto de referencia mejor.
—¿Y cuánto tiempo vio a Ismael? —preguntó Andrés.
—Hasta que terminamos.
—¿A qué hora fue eso?
Sergio volvió a pensarlo.
—Después de las seis. Paramos porque ya no tenía sentido seguir desmontando nada y a él se le hacía tarde.
Joaquín intervino.
—A las seis y poco le pagué. Entré en la caseta a por el dinero.
—¿Tiene alguna referencia de esa hora?
—Recibí una llamada mientras buscaba la cartera. De un proveedor. Si queréis, la miro.
Óscar se acercó con él al vehículo para revisar el teléfono de manera voluntaria. Mara se quedó con Andrés e Ismael.
Durante unos segundos ninguno habló. A lo lejos se oía un motor, pero no era posible localizar en qué parcela trabajaba.
—El viernes dijiste que estabas en casa —dijo Andrés.
—Sí.
—Y no estabas.
—No.
—¿Por qué lo ocultaste?
Ismael miró hacia Joaquín y Sergio.
—Porque no quería que Andaraje supiera que estaba haciendo trabajos por mi cuenta.
—¿Es la primera vez?
La pregunta lo incomodó más que las anteriores.
—No.
—¿Cuántas?
—No llevo una cuenta.
—Prueba otra respuesta.
Ismael se apartó de la furgoneta.
—Alguna mañana, algún fin de semana. Cosas pequeñas. Una fuga, una limpieza, ayudar con una avería. Gente que me conoce y me llama.
—¿Clientes de Andaraje? —preguntó Mara.
—A veces han trabajado con la empresa. Otras no. Pero si Rubén o Pilar se enteraban de que cogíamos trabajos por fuera en fincas de la zona, se podía montar un problema.
—¿Por competencia?
—Por todo. Porque luego un cliente te llama a ti en vez de llamar a la empresa, porque utilizas contactos que has conocido trabajando, porque parece que te estás quedando horas que deberían pasar por ellos. Lo que quieras.
—¿Usabas material de Andaraje?
—No.
—¿Vehículos?
—No para esto.
Mara dejó la precisión donde estaba. Ya tendrían tiempo de comprobarla si resultaba relevante. La cuestión inmediata era otra.
—Cuando recibiste el cambio de Los Cárdenos, ¿ya habías quedado con Joaquín?
—Sí.
—¿Y por eso te vino bien empezar más tarde en la finca oficial?
Ismael tardó en contestar.
—Sí.
Andrés lo miró.
—Eso no lo dijiste el viernes.
—Ya sé lo que dije el viernes.
—Dijiste que habías perdido horas y estabas enfadado con Pilar.
—Y las perdí. Que me viniera bien una parte de la mañana no significa que a la cuadrilla le viniera bien. Los otros cinco no estaban aquí cobrando nada.
La respuesta tenía sentido. Ismael podía estar sinceramente enfadado por las horas de la cuadrilla y, al mismo tiempo, aprovechar para sí mismo el hueco que el cambio le había dejado.
—¿Pilar sabía que hacías estos trabajos? —preguntó Mara.
—Sospechaba que todos hacíamos alguna cosa por fuera. No sé si sabía cuáles.
—¿Habíais discutido por eso?
—No directamente.
—¿Y por los partes?
Ismael la miró con cautela.
—Me corregía cosas como a los demás.
—Eso dijiste.
—Porque es verdad.
Andrés no insistió. La tabla de Pilar y los documentos de Andaraje seguían su propio recorrido. Aquel trabajo en efectivo explicaba una mentira de Ismael, pero no lo convertía en la persona que estaba detrás de las discrepancias documentales que Noelia continuaba ordenando desde Madrid.
Óscar regresó con Joaquín.
—La llamada del proveedor entró a las seis y cuatro. Duró dos minutos.
—Yo estaba dentro buscando el dinero —dijo Joaquín—. Cuando salí, Ismael seguía aquí con Sergio.
—¿Cuándo se marchó? —preguntó Mara.
Sergio respondió esta vez.
—Sobre las seis y diez. Algo así. Yo me quedé recogiendo.
Ismael negó.
—Antes. A las seis y diez ya estaba en marcha.
—Mandaste el mensaje al grupo a las seis y doce —recordó Andrés.
—Paré en el cruce para mandarlo. No iba escribiendo mientras conducía.
Óscar tomó nota del punto.
—¿Qué cruce?
Ismael explicó cuál. Era un enlace entre un camino agrícola y una carretera local, fuera de la finca de Joaquín. La UOPJ ya había recorrido la zona al preparar aquella comprobación y conocía las opciones principales.
—Desde allí, ¿fuiste directo a la finca donde estaba la cuadrilla? —preguntó Mara.
—Sí.
—¿Paraste en algún otro sitio?
—No.
—¿Entraste en Los Cárdenos?
Ismael sostuvo la mirada.
—No.
Esta vez la respuesta podía contrastarse de una manera distinta.
Dos trabajadores de la cuadrilla habían situado su llegada a la finca oficial antes de las siete, pero el viernes lo habían hecho con una memoria aproximada.
Andrés había vuelto a hablar con ellos. Uno conservaba una llamada recibida mientras descargaban material, a las 06:43.
La otra recordaba que Ismael ya estaba allí porque fue él quien le alcanzó una caja cuando contestó.
La comprobación no fijaba el segundo exacto en que aparcó, pero sí lo colocaba trabajando con ellos a esa hora.
La ruta directa desde la finca de Joaquín hasta el nuevo tajo era coherente con ese intervalo. Desviarse hacia Los Cárdenos exigía abandonar el trayecto, recorrer varios caminos en sentido contrario y volver después a la carretera.
—Vamos a hacer el recorrido —dijo Mara.
Ismael abrió la boca para responder, pero Andrés se adelantó.
—No contigo. Tú ya nos has explicado tu versión.
La comprobación la hicieron con Óscar. No intentaron reproducir una carrera ni buscar el tiempo mínimo posible.
Circularon a velocidad normal, respetando los tramos de camino y la entrada a la carretera local.
Desde la finca de Joaquín hasta el punto donde Ismael dijo haber mandado el mensaje tardaron lo que su relato permitía.
Desde allí hasta la finca de la cuadrilla, el trayecto encajaba con la llegada documentada.
Después Óscar marcó en el navegador de trabajo la desviación hacia Los Cárdenos.
El resultado no necesitó una explicación larga. Para pasar por allí, Ismael habría tenido que romper la secuencia que sostenían Joaquín, Sergio y los dos trabajadores de la cuadrilla, además de cubrir una distancia que no cabía en los márgenes comprobados.
—No llega —dijo Andrés.
—No sin borrar a varias personas de la mañana —respondió Mara.
Óscar guardó las referencias del recorrido para incorporarlas a la comprobación formal.
No era un alibi construido sobre una sola cámara ni sobre la precisión de un reloj.
Eran varios puntos independientes: Ismael trabajando en la finca secundaria, la llamada de las 06:04 con él todavía allí, el mensaje de las 06:12 desde el recorrido que había descrito y su presencia en la segunda finca antes de las 06:43.
Cuando regresaron, Ismael los esperaba junto a su furgoneta.
—¿Ya está claro?
—Está claro que tu primera versión era falsa —dijo Andrés.
—Eso ya lo he reconocido.
—Y también que estabas lejos de Los Cárdenos durante la parte de la mañana que necesitábamos comprobar.
Ismael soltó aire despacio. No parecía aliviado del todo.
—¿Vais a contarle a Andaraje lo del trabajo?
Andrés dejó que fuera Irene quien decidiera después cómo debía documentarse aquella información y qué consecuencias podía tener fuera del homicidio.
—Lo que has declarado formará parte de las diligencias en lo que sea relevante —dijo—. No podemos prometerte que una mentira desaparezca porque no te convierta en homicida.
Ismael recogió una llave del capó.
—Ya.
La cuadrilla del viernes, las horas perdidas y la bronca con Pilar seguían siendo hechos reales.
La explicación nueva no borraba el conflicto; lo colocaba en su sitio.
Ismael había tenido motivos para ocultar una parte de la mañana, pero esos motivos pertenecían a su trabajo y a un ingreso que no quería compartir con Andaraje.
Antes de marcharse, Joaquín entregó a Óscar una nota con su teléfono y el de Sergio.
—Si hace falta volver a contarlo, me llamáis.
—Lo haremos por el cauce que corresponda.
Ismael subió a su furgoneta y salió primero. Nadie intentó convertir su marcha en una escena de reconciliación. Había mentido en una investigación de homicidio y les había hecho gastar tiempo en comprobar una franja que podía haber explicado desde el viernes.
Aun así, el resultado era útil.
En la carpeta de trabajo, su nombre dejó de ocupar la columna de personas con presencia posible en Los Cárdenos durante la mañana. La discusión con Pilar, las horas perdidas y el trabajo en efectivo seguirían documentados, pero ya no sostenían la misma pregunta.
Mara cerró la carpeta cuando Óscar terminó de ordenar las referencias del recorrido.
La mentira de Ismael conservaba consecuencias propias. Para el homicidio, en cambio, acababan de dejarla atrás.