El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Porque estábamos cansadas de la misma discusión.

Yo decía: «No metas a la cuadrilla hasta que sepamos si se puede trabajar».

Después llegaba la factura y aparecía un tiempo que, según ellos, ya estaba comprometido.

Pilar decía que si yo quería cambios a última hora, quedaría constancia de quién los pedía.

—¿Te molestaba que lo hiciera?

—Me molestaba tener que discutir cada semana, no que hubiera un correo.

Mara dejó que terminara. En la conversación del viernes, Marta había presentado el cambio de Los Cárdenos como una decisión de sentido común: evitar que seis personas fueran a una finca para quedarse paradas.

Ahora aparecía con más claridad el componente económico.

Seguía sin ser extraño. Una administradora intentaba contener costes y una coordinadora intentaba que la empresa no absorbiera por sistema cada modificación del cliente.

—La noche del miércoles —dijo Andrés—, cuando pediste que la cuadrilla no entrara en el sector norte, ¿pensaste también en eso?

—Claro. Ya os lo dije. Si había que revisar la presión, no quería a seis personas esperando y luego una discusión por las horas.

—¿Le dijiste a Pilar que no pagarías el tiempo si entraban?

Marta frunció el ceño mientras buscaba la formulación exacta.

—Le dije que no tenía sentido meterlos y que no iba a asumir una espera provocada por una revisión de riego. No sé si usé esas palabras.

—¿Se enfadó?

—Se enfadó porque le cambié la mañana a última hora.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para decírmelo. No para que aquello fuera distinto de otras veces.

Andrés no insistió en medir el enfado. Preguntó por las facturas de las últimas semanas, por las horas que Marta había reclamado y por quién mantenía las conversaciones con Andaraje.

Algunos asuntos los llevaba Pilar; otros pasaban por administración o por operaciones.

Rubén aparecía en determinados servicios por su cargo, pero no de una forma que permitiera aislarlo del resto.

Mara hojeó uno de los intercambios. En una cadena de correos, Pilar había reconstruido una jornada con tres cambios de ubicación.

La primera versión de la factura no coincidía con lo que había ocurrido; después de dos correcciones, cliente y empresa habían aceptado el resultado.

No había engaño. Solo una mañana que el papel había simplificado mal.

—¿Tienes muchos casos así? —preguntó.

—Los suficientes para revisar las facturas —respondió Marta—. No todos los días, pero tampoco uno al año.

—¿Y errores que te beneficien a ti?

Marta la miró durante un instante.

—También. Alguna hora que no nos habían cargado o material que faltaba. Si lo veía, lo decía.

—¿Pilar también?

—Sí. Por eso era pesada con los partes.

La palabra salió sin desprecio. Marta volvió a ordenar las hojas.

—Podías discutir con ella por veinte minutos y, si al revisar descubría que Andaraje había cobrado de menos, te llamaba igual. No hacía favores.

Aquello explicaba mejor que cualquier descripción por qué Pilar podía acumular roces sin que cada uno de ellos fuera un móvil. Su trabajo consistía en poner una versión verificable sobre jornadas que muchas personas recordaban de acuerdo con sus propios intereses.

Andrés separó tres facturas.

—¿Podemos pedir copia de estas?

—Sí. Si queréis todas, también.

—Con estas basta por ahora. Nos interesan como muestra de cómo se corrigen horas y desplazamientos.

Marta reunió el resto.

—Entonces veréis que lo del jueves no era especial.

Mara levantó la vista.

—El cambio de cuadrilla no. Que Pilar muriera después, sí.

Marta sostuvo la mirada y acabó asintiendo.

Antes de marcharse, Mara fotografió con el móvil de trabajo una pizarra donde la finca anotaba las tareas previstas para la semana.

Había tres cambios hechos con rotulador de otro color y una nota junto al lunes siguiente: «revisar presión sector norte».

No demostraba nada nuevo, pero encajaba con una organización en la que el riego, las horas y el calor obligaban a rehacer planes continuamente.

Fuera de la oficina, Andrés revisó las copias que se llevaban.

—Si todo puede corregirse, encontrar una corrección no va a servirnos de mucho.

—Por eso Noelia está buscando otra cosa.

—Una diferencia que siga sin explicación después de preguntar a quien estuvo allí.

Mara guardó el teléfono.

—Y que no sea solo una factura que a alguien no le guste.

Andrés metió las copias en la carpeta y llamó a Noelia para decirle que una de las filas que habían llevado como ejemplo quedaba explicada por un traslado real de maquinaria.

Ella escuchó la secuencia, pidió el nombre del encargado y la referencia del servicio, y dijo que lo retiraría de la lista de comprobaciones abiertas.

Antes de colgar, añadió otra petición.

—Mandadme también las tres facturas de Marta. Si quiero saber qué le parecía raro a Pilar, necesito ver primero qué corregía todos los días sin que fuera raro.

Andrés miró a Mara.

—Te está copiando.

—Está trabajando.

—Eso es lo que diría ella.

Volvieron a entrar en la oficina para escanear las hojas antes de que Marta se marchara.

La investigación no había ganado un sospechoso ni perdido otro aquella tarde.

Había conseguido algo menos visible: distinguir mejor el desorden normal de una empresa que trabajaba a golpe de cambios del tipo de desajuste que, si permanecía después de todas las explicaciones, sí merecería una pregunta distinta.