Capítulo 10
La jornada corta
—Si paras a las once y media, la gente cree que has trabajado media mañana. A las cuatro y media ya estábamos cargando.
El hombre que hablaba era uno de los encargados de maquinaria de Andaraje y tenía las manos todavía manchadas de grasa pese a habérselas lavado antes de sentarse.
Se llamaba Antonio Leiva y aquella semana había trabajado en tres explotaciones distintas.
Mara y Andrés lo escuchaban bajo el porche de una nave agrícola, con el campo detenido al otro lado por el calor de la tarde.
Era domingo y no quedaba nadie trabajando al sol.
Las máquinas estaban aparcadas bajo una cubierta de chapa, los remolques alineados junto a un depósito y una hilera de garrafas de agua vacías esperaba cerca de la puerta.
El silencio resultaba engañoso. Antonio les había explicado que la jornada de ese día había empezado antes de las cinco y que, a las doce, la mayor parte del trabajo exterior estaba ya terminada.
Andrés tenía delante una copia de uno de los partes que Noelia había marcado como ejemplo, no como anomalía. La hoja correspondía al martes anterior y mostraba una máquina asignada por la mañana a una finca y, unas horas después, a otra situada varios kilómetros más al oeste.
—Explícame esto como si yo tuviera que trabajar contigo mañana —dijo—. Sin el parte.
Antonio apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Llegamos, descargamos y empezamos. A las siete y pico nos avisan de que en otra finca se les ha quedado una máquina fuera de servicio. Como aquí vamos bien y allí la necesitan, nos mandan mover esta. Recogemos, cargamos, salimos y seguimos en el otro sitio.
—¿Quién decide el cambio?
—Operaciones. A veces Pilar, a veces Rubén, depende de quién esté coordinando. También puede llamar el cliente y que se monte todo desde ahí.
—¿Y las horas? —preguntó Mara.
—Ahí empieza la fiesta.
Antonio sonrió apenas, sin alegría.
—La máquina tiene sus horas. Nosotros tenemos las nuestras.
El transporte tiene un coste. El primer cliente quiere pagar solo el tiempo que la máquina estuvo trabajando allí; el segundo dice que él no tiene por qué asumir todo el desplazamiento porque el problema empezó en otro sitio.
Y la empresa intenta que nadie pierda demasiado dinero. Al final, el papel se corrige.
Andrés señaló una anotación hecha con otra letra.
—Aquí hay cuarenta minutos que aparecen añadidos después.
—Porque faltaba el traslado. Seguramente.
—¿Seguramente?
—Yo no cerré ese parte. Os puedo decir lo que hicimos, no quién metió luego cada minuto.
La respuesta era exactamente la clase de límite que Mara quería conservar.
Desde la mañana anterior, la tabla de Pilar empezaba a parecer más importante porque ella misma había señalado varias diferencias.
Antes de atribuirles un significado, necesitaban saber cuántas podían nacer de una jornada como aquella sin que nadie estuviera robando nada.
A un lado de la mesa, Antonio había colocado una hoja de horarios de la semana. No era un cuadrante limpio. Había flechas, cambios de finca, nombres sustituidos y dos trabajos tachados que habían terminado desplazándose a otros días.
—¿Esto es normal en julio? —preguntó Mara.
—Normalísimo. Entre el calor, el agua y las averías, lo raro es que acabes la semana como la dibujaste el domingo.
—¿El calor cambia tanto la organización?
Antonio la miró como si la respuesta fuera demasiado evidente, pero no hizo ningún comentario sobre que ella viniera de fuera.
—Hay trabajos que puedes adelantar y otros que no. Si sabes que a mediodía no vas a querer tener a la gente al sol, empiezas antes. Y si a las diez una máquina está parada o un sector no se puede tocar por el riego, ya no te queda media jornada para arreglarlo. Te queda mucho menos.
Andrés pasó a otra línea.
—¿Y cuando una cuadrilla llega y tiene que esperar?
—Depende de por qué espere y de lo que tenga contratado. Hay gente fija de la empresa, hay subcontratas, hay trabajos cerrados por servicio... No todos pierden igual ni cobran igual.
Mara pensó en Ismael y en los cinco trabajadores que lo acompañaban. Para ellos, una orden enviada a las nueve de la noche podía transformar la mañana siguiente aunque la empresa consiguiera recolocarlos. El trabajo existía, pero no siempre a la misma hora ni durante el mismo tiempo.
—El jueves la cuadrilla de Ismael iba a entrar en Los Cárdenos alrededor de las cinco —dijo—. La movieron a otra finca y empezaron bastante más tarde.
Antonio asintió.
—Eso fastidia una jornada.
—¿A la empresa o a los trabajadores?
—A todos, pero no de la misma manera. La empresa intenta colocar las horas en otro trabajo. El trabajador quiere hacer las que tenía previstas. Y el cliente de la finca que provoca el cambio no quiere pagar gente esperando.
—¿Pilar discutía por eso?
—Pilar discutía porque le tocaba hacer cuadrar las tres cosas.
La frase no sonó como una defensa. Antonio se tomó unos segundos antes de continuar.
—Si el cliente cambiaba algo, ella buscaba dónde meter a la gente.
Si no había sitio, alguien perdía. Y cuando llegaba la factura, empezaban otra vez las preguntas: que por qué hay este desplazamiento, que por qué aparece una hora si la máquina estaba parada, que por qué se ha cargado combustible a un servicio que acabó antes... Lo de siempre.
—¿Y era fácil corregirlo después? —preguntó Andrés.
—Fácil no. Posible, sí. Si sabes qué pasó.
Eso era lo que Pilar parecía haber intentado: volver desde los registros hasta lo ocurrido de verdad. La diferencia entre un parte incorrecto y uno manipulado no estaba en que ambos hubieran sido corregidos, sino en si existía una jornada real que explicara la corrección.
Mara deslizó hacia Antonio una segunda hoja. Noelia la había enviado esa mañana acompañada de una nota escueta: «Esta ya está explicada. Confirmad si el movimiento fue real».
—Miércoles pasado. ¿Te suena?
Antonio leyó la referencia y tardó poco.
—Sí. La máquina salió de aquí porque se rompió una pieza en la otra explotación.
—¿Lo viste tú?
—Fui en el camión que la trasladó.
—¿Quién os avisó?
—Pilar. O desde el teléfono de Pilar, vamos. Hablé con ella.
—¿Y el consumo de combustible que aparece cargado aquí?
—Parte sería de esta finca y parte del traslado. Después lo repartirían en administración.
Andrés guardó la hoja separada del resto.
—Una menos.
—Una explicada —corrigió Mara.
Él aceptó el matiz con una inclinación de cabeza.
Noelia no les había pedido que encontraran irregularidades. Les había pedido reglas reales. Cada conversación como aquella servía para quitar ruido de la tabla de Pilar y evitar que un cambio perfectamente normal acabara convertido en motivo de homicidio.
Antonio se levantó para enseñarles dónde guardaban las hojas de trabajo que acompañaban a la maquinaria.
No eran los documentos definitivos de Andaraje, sino anotaciones operativas: horas de salida, material, averías y observaciones que luego podían trasladarse a los partes.
Algunas estaban casi limpias; otras parecían escritas en medio de una jornada movida, con números corregidos y notas al margen.
—¿Pilar venía a revisarlas? —preguntó Mara.
—Cuando algo no cuadraba, sí. O llamaba. Últimamente preguntaba más.
—¿Desde cuándo?
Antonio se quedó pensando.
—Dos semanas, quizá tres. No sabría deciros el día.
—¿Preguntaba por algún responsable concreto?
—No conmigo. Preguntaba por máquinas, por horas, por dónde habíamos estado. A veces parecía que ya sabía la respuesta y quería que se la confirmaras.
—¿Te molestaba?
—Si estaba trabajando, sí. Pero era su trabajo.
Andrés recorrió con la mirada las hojas del archivador.
—¿Alguna vez te pidió cambiar una hora para que encajara?
Antonio negó.
—Cambiarla si estaba mal, sí. Inventarla, no.
Mara no necesitó que desarrollara más la diferencia. Aquel testimonio no convertía la tabla de Pilar en prueba de nada, pero añadía una base sencilla: la víctima estaba verificando movimientos con las personas que los habían hecho.
Salieron de la nave cuando el sol seguía cayendo con fuerza sobre el patio. La siguiente conversación la tenían en Los Cárdenos, aunque no en el sector norte. Marta Roldán había accedido a enseñarles varias facturas discutidas con Andaraje y los correos en los que había pedido rectificaciones.
No tardaron mucho en comprobar que su concepto de una «hora mal cobrada» no coincidía siempre con el de la empresa.
—Aquí tenéis un ejemplo —dijo Marta, extendiendo una factura sobre la mesa de su oficina—. Me cargan una máquina durante un tiempo en el que estuvo parada esperando una decisión de ellos.
Andrés leyó la anotación adjunta.
—La respuesta de Andaraje dice que la máquina ya estaba desplazada y que el operario permaneció disponible.
—Y yo digo que si no trabaja en mi finca, no tengo por qué pagar como si estuviera trabajando.
—¿Quién resolvió la diferencia? —preguntó Mara.
—Pilar. Partió el tiempo entre servicios y corrigieron la factura.
—¿Quedaste conforme?
Marta hizo un gesto con la mano.
—Conforme es mucho decir. Dejé de discutirlo.
La oficina era pequeña y práctica. En una pared había fotografías aéreas de la explotación tomadas en diferentes años; en otra, un calendario de riegos y mantenimientos.
No había ningún intento de convertir el lugar en una imagen romántica del olivar.
Eran tierras que producían, necesitaban inversión y generaban gastos todos los meses.
—El viernes dijiste que presionabas para reducir horas —recordó Mara.
—Presionaba para que me cobraran las que correspondían.
—Pilar no siempre estaba de acuerdo.
—Pilar defendía a Andaraje. Es lógico.
—También dijiste que había empezado a dejar por escrito algunas instrucciones para evitar versiones distintas.
Marta apoyó una mano sobre las facturas.