Capítulo 9
Horas que faltan
El correo de Pilar ocupaba cuatro líneas y no contenía ninguna acusación.
Noelia lo había abierto en la pantalla compartida y lo mantenía arriba, por encima de una hoja de cálculo con más columnas que texto.
Eran poco más de las nueve del domingo. Mara y Andrés trabajaban desde una sala de la UOPJ de Jaén; Irene había dejado la puerta entornada mientras atendía una llamada en el despacho contiguo.
Al otro lado de la videoconferencia, Noelia estaba en Madrid con una taza junto al teclado y varias ventanas abiertas en el segundo monitor.
La documentación procedía de la copia de trabajo que Andaraje había entregado a la investigación y que la UOPJ había incorporado para su revisión.
Noelia no estaba recuperando archivos borrados ni entrando a distancia en dispositivos de Pilar.
Había empezado por algo mucho menos espectacular: ordenar lo que ya tenían.
—El correo es del miércoles, a las seis y cuarenta y dos de la tarde —dijo—.
Pilar se lo manda a la cuenta de administración.
Pide los resúmenes de combustible, horas de maquinaria y asignación de vehículos de las últimas semanas.
Dice que hay varios servicios que quiere revisar antes de cerrar correcciones.
Andrés leyó de nuevo el texto proyectado.
—¿Nombra a alguien?
—No.
—¿Alguna finca concreta?
—Tampoco. Y prefiero que siga así hasta que sepamos qué estaba comparando.
Noelia pasó a la hoja de cálculo. El archivo había sido modificado por última vez menos de una hora después del correo.
No tenía aspecto de informe preparado para presentar a nadie.
Era una tabla de trabajo: fechas, explotaciones, vehículos, horas de máquina, combustible, parte asociado y una última columna para observaciones.
Algunas celdas estaban vacías. Otras contenían abreviaturas que solo tendrían sentido para quien conociera la rutina de Andaraje.
—Esto sí es de Pilar —continuó Noelia—. Está dentro de su carpeta de trabajo y la autoría del archivo coincide con su usuario. No significa que cada dato lo introdujera ella de primera mano. Hay información copiada de partes, listados y resúmenes de empresa.
Mara se acercó un poco a la pantalla. Habían pasado dos días reconstruyendo discusiones, entradas a la finca y cambios de riego. Aquella tabla no hablaba de ninguna de esas cosas. La víctima había dedicado parte de la tarde anterior a su muerte a comparar recursos de la empresa.
—¿Qué te llamó la atención? —preguntó.
Noelia amplió varias filas.
—La forma de ordenar. Si Pilar estuviera revisando solo lo que se factura a un cliente, esperaría bloques por finca o por servicio. Aquí ha empezado a agrupar por vehículo y por máquina. Quiere ver dónde aparece cada recurso y cuántas horas acumula.
—Puede ser control interno normal —dijo Andrés.
—Claro. Y puede estar corrigiendo errores. En una empresa donde los planes cambian varias veces al día, que un parte no coincida a la primera con el trabajo real no tiene nada de raro. Lo que me interesa es que ella estaba seleccionando algunos casos para volver sobre ellos.
Marcó una celda en la columna de observaciones.
Pilar había escrito simplemente «revisar km».
Unas filas más abajo aparecía «horas?» y, en otra, «combustible / parte».
No había signos de exclamación, nombres subrayados ni frases que señalaran una conclusión.
Eran recordatorios breves, casi administrativos.
Irene entró mientras Noelia explicaba la tabla y se sentó junto a Andrés.
—¿Tenemos un número de incidencias? —preguntó.
—No fiable —respondió Noelia—. Algunas filas que parecen raras se explican en cuanto miras el cambio de una cuadrilla o una avería. Otras todavía no sé si son un error, una corrección pendiente o algo distinto. Si hoy os digo que hay cuatro, mañana pueden ser dos o siete.
—Entonces no pongamos cifra.
—Esa era mi idea.
Mara recordó la nave de Andaraje y las hojas con tachaduras y correcciones a mano.
Rubén había insistido en que resultaba imposible trabajar en el campo pretendiendo que el plan nocturno sobreviviera intacto hasta la tarde.
Hasta entonces, nada de lo que Noelia enseñaba contradecía esa explicación.
Una máquina podía sumar horas en otra finca; una furgoneta podía cambiar de conductor; una carga de combustible podía imputarse después.
La tabla adquiría valor porque Pilar había decidido revisarla, no porque cada diferencia fuera sospechosa.
—¿Quién podía modificar los partes? —preguntó Irene.
Andrés abrió las notas de la visita a la empresa.
—Operaciones y administración, según el tipo de registro. Los encargados comunicaban cambios y Pilar también corregía jornadas. Rubén dijo que muchas cosas se regularizaban al final del día.
—Eso nos deja a media empresa dentro de cualquier error —dijo Irene.
—Por ahora, sí —contestó Noelia—. He visto correcciones asociadas a Pilar, a operaciones y a administración. También hay servicios donde la primera información viene de un encargado de cuadrilla. Necesito reconstruir la cadena de cada fila antes de atribuir nada a una persona.
La respuesta evitaba una conclusión fácil.
Rubén era jefe de operaciones y su nombre aparecía con frecuencia por una razón obvia: organizaba trabajo.
Pilar también aparecía en numerosos registros.
Que ambos figurasen en el mismo conjunto de documentos todavía no los conectaba de una manera distinta a la esperable por sus funciones.
—¿El correo tiene respuesta? —preguntó Mara.
—Sí. Administración le manda dos archivos poco después. Un resumen de combustible y otro de horas de maquinaria. Sin comentarios. No hay una conversación sobre irregularidades.
—¿Y el documento que estás enseñando lo hace Pilar después de recibirlos?
—La última modificación es posterior. No puedo asegurar que lo creara ese día; el archivo ya existía. Lo que sí sabemos es que trabajó en él el miércoles por la tarde.
Andrés se levantó para servirse café de una máquina situada al fondo de la sala.
—Eso abre una línea nueva, pero no explica por qué fue a Los Cárdenos.
—Todavía no —dijo Mara.
La investigación había empezado alrededor del vacío del olivar: quién había movido la cuadrilla, quién conocía el cambio y quién podía aprovechar una finca sin trabajadores.
Después habían aparecido el conflicto de Ismael, la mentira de Mateo y la coartada horaria de Rubén.
La hoja de Pilar introducía otra clase de problema.
No dependía de una discusión de aquella semana ni de la incidencia de riego.
Tenía una duración mayor y atravesaba varios servicios.
Noelia desplazó la pantalla hacia la derecha.
—Mirad esta columna. Pilar ha añadido el vehículo aunque el parte original no siempre lo necesita para facturación. Eso me hace pensar que está intentando reconstruir movimientos, no solo cantidades.
Mara se fijó en la secuencia. Algunas filas contenían una matrícula abreviada; otras, un número interno de máquina; otras estaban pendientes de completar. En una observación figuraba «cambio vehículo?» y en otra «confirmar horas reales».
—¿Puedes cruzarlo con las asignaciones del tablón y los partes que recogimos? —preguntó.
—Con una parte, sí. Para el resto necesito que Andaraje nos entregue los cierres de más días y los registros de combustible completos. Irene ya lo ha pedido. Cuando lleguen, puedo comparar plan, parte final y consumo.
—Y conductor —añadió Andrés desde la cafetera.
—Cuando esté identificado de forma fiable, también. No voy a deducir quién llevaba una furgoneta solo porque aparezca asignada a alguien al principio de la jornada.
Andrés regresó con el vaso de plástico y levantó una mano en señal de rendición.
—No he dicho que lo hagas.
—Lo estabas pensando con mucha intensidad.
Irene sonrió sin apartar la vista de la pantalla.
—Seguid. Es domingo y necesitamos entretenimiento.
El comentario relajó durante unos segundos una mañana que amenazaba con convertirse en horas de columnas y copias. Mara agradeció que Noelia no intentara presentar el trabajo documental como una sucesión de hallazgos. La mayor parte consistía en eliminar interpretaciones antes de conservar una.
—¿Hay algo que relacione esta tabla con la llamada de las cinco y once? —preguntó Irene.
—Nada —respondió Noelia—. Y tampoco con Los Cárdenos de forma directa. Hay referencias a servicios de esa finca en el conjunto, pero porque Andaraje trabaja allí con frecuencia. No he encontrado una nota del tipo «hablar con alguien en Los Cárdenos» ni nada parecido.
—Mejor saberlo ahora —dijo Mara.
—Lo que sí tenéis es que Pilar estaba revisando una cuestión interna además de gestionar el cambio de riego. Eso amplía su última jornada.
Irene apoyó un bolígrafo sobre la carpeta.
—Y amplía las personas con las que pudo necesitar hablar.
—Exactamente. Pero no sé todavía cuáles.
Mara se levantó y se acercó a la pizarra donde habían ido construyendo la cronología desde el jueves.
En la parte izquierda estaban las horas de la madrugada: el cambio de cuadrilla, la llegada de Pilar, la presencia de Mateo, la llamada de las 05:11, el parte de Rubén a las 05:15 y el hallazgo.
A la derecha quedaban nombres y comprobaciones pendientes.
Tomó un rotulador y, en lugar de añadir otro sospechoso, escribió debajo una nueva línea: «vehículos / maquinaria / combustible».
—Separémoslo del riego —dijo—. Si luego resulta que se tocan, ya los uniremos.
Irene asintió.
—De acuerdo. Óscar puede seguir con Mateo y con los recorridos. Nosotros pedimos a Andaraje los cierres que falten. Noelia, tú trabajas con copia y nos dices qué necesitas, no al revés.
—Gracias. Si me mandáis treinta carpetas sin índice, me doy de baja.
—No te lo admitirían en domingo —dijo Andrés.
Noelia ignoró el comentario y abrió otro documento.
—Hay una cosa más. No es una pista; es contexto para entender la tabla.
Pilar no estaba buscando solo horas que faltaran.
En algunos casos le sobraban horas de máquina respecto al servicio que las justificaba.
En otros, el consumo no encajaba bien con la ruta declarada.
Eso puede deberse a cambios normales que no quedaron reflejados.
Quiero empezar por ahí, porque es donde ella misma puso signos de duda.
Mara regresó a su silla.
—Haz una lista de discrepancias, pero sin nombres como encabezado. Primero el hecho, después quién intervino.
—Ya está así.
En pantalla apareció una hoja nueva con cuatro columnas: fecha, dato original, dato que no encajaba y comprobación pendiente. La columna de responsables estaba deliberadamente al final y casi vacía.
Andrés se inclinó para verla mejor.
—Te has adelantado.
—Llevo despierta desde antes que vosotros.
—Eso no es difícil hoy.
Noelia siguió trabajando mientras Irene atendía otra llamada.
Mara aprovechó para revisar las filas que ya estaban limpias.
Una diferencia desaparecía porque una máquina había sido trasladada a mitad de jornada; otra, porque el repostaje se había cargado con retraso; una tercera seguía abierta porque el vehículo figuraba en dos servicios cuya combinación no parecía cómoda en el tiempo disponible.
Noelia no había calculado aún rutas ni distancias.
Había dejado una nota: «comprobar secuencia».
Mara se detuvo en esa forma de plantearlo. Los documentos no demostraban un delito ni señalaban a una persona, pero reproducían en papel un problema que conocía bien: una jornada podía parecer coherente hasta que alguien intentaba recorrerla en el orden exacto en que estaba escrita.
—Cuando tengas las filas dudosas, pásame también las ubicaciones —dijo.
—Eso iba a hacer. No para que dibujes un mapa de cada tractor de Jaén, tranquila.
—Gracias por la confianza.
—Es gestión de recursos.
Andrés dejó escapar una risa breve.
Noelia continuó con la revisión y la sala recuperó el silencio de trabajo. A media mañana llegaron dos nuevos archivos de Andaraje. Irene los incorporó a la carpeta correspondiente y avisó a Madrid para que Noelia recibiera la copia. No hubo revelación inmediata. Solo más jornadas que ordenar.
Mara imprimió la tabla de Pilar y la dejó junto a la cronología del jueves, sin mezclar ambos documentos. Uno explicaba qué había ocurrido durante unas horas en Los Cárdenos; el otro empezaba a mostrar qué llevaba días intentando entender la mujer que había muerto allí.