Capítulo 8
Lo que vio Mateo
Mateo Lendínez dejó de discutir sobre la conducción cuando Óscar colocó frente a él dos fotografías.
En la primera aparecía uno de los neumáticos del pickup, tomado la tarde anterior junto al almacén de su finca.
En la segunda, una ampliación de las rodadas documentadas en el sector sur de Los Cárdenos.
La comparación no servía para identificar un vehículo de manera exclusiva, pero las medidas y el dibujo general resultaban compatibles.
Mateo miró las imágenes y después a Irene.
—Ya os dije que he pasado por ahí otras veces.
—Y también nos dijiste que el jueves por la mañana no entraste en Los Cárdenos —respondió la teniente.
Era sábado por la tarde. La sala de declaraciones conservaba el calor que llegaba del pasillo cada vez que se abría la puerta, aunque el aire acondicionado llevaba horas funcionando.
Mateo había acudido después de que Óscar lo llamara para ampliar su primera declaración.
Esta vez no llevaba gorra. La tenía doblada entre las manos y la apretaba por la visera mientras escuchaba.
Andrés permanecía a un lado de la mesa, con las notas de la entrevista anterior abiertas delante. Mara se había sentado frente a Mateo. Las rodadas no identificaban por sí solas su vehículo, pero obligaban a explicar una negación demasiado concreta.
—La huella puede ser antigua —dijo Mateo.
—Puede —admitió Irene—. Por eso estamos comprobando más cosas.
—Entonces no demuestra que entrara esa mañana.
—No por sí sola.
Mateo se quedó callado. Parecía haber esperado una discusión y la ausencia de ella lo incomodó más que una acusación directa.
Óscar abrió otra carpeta.
—Ayer dijiste que antes de las cinco estabas revisando tu parte de la conducción y que sobre las cinco y media te fuiste a la parcela de abajo.
—Sí.
—También dijiste que hiciste todo eso sin cruzar el acceso sur.
—Sí.
—Y que no viste a Pilar.
Mateo bajó la vista hacia la gorra.
—Eso dije.
Andrés intervino.
—No te estamos preguntando si las rodadas bastan para acusarte de nada. Te estamos preguntando por qué necesitamos encontrar una explicación para que tu vehículo pueda haber dejado una marca allí cuando tú afirmas que no entró.
—Porque esas rodadas pueden llevar una semana.
—Entonces empecemos por una cosa más sencilla —dijo Mara—. ¿Entraste o no entraste el jueves?
Mateo no respondió de inmediato. Giró la gorra entre las manos y terminó dejándola sobre la mesa.
—Entré un momento.
Irene no cambió de expresión.
—Cuéntalo desde el principio.
—No fue para ver a Pilar.
—No te hemos preguntado eso.
Mateo respiró hondo.
—Llegué por mi finca antes de las cinco. Quería comprobar la conducción porque llevaba dos días dando problemas de presión. Desde mi lado ves una parte, pero no la conexión que queda dentro de Los Cárdenos. Así que bajé con el pickup y crucé por el paso de abajo.
—¿El acceso sur? —preguntó Óscar.
—Sí.
—¿A qué hora?
—No lo sé al minuto. Poco antes de las cinco.
Mara recordó la cronología que todavía intentaban fijar sin rellenar huecos por costumbre. «Poco antes» podía significar diez minutos o media hora. Necesitaban acotarlo, pero no convertir una memoria aproximada en una hora artificial.
—Ayer dijiste que antes de las cinco ya estabas revisando lo tuyo —dijo—. ¿Entraste después de empezar esa revisión o llegaste directamente por Los Cárdenos?
—Primero miré una arqueta de mi parcela. Luego fui al otro tramo.
—¿Cuánto tardaste?
—Poco. Cinco minutos, quizá diez.
—¿Dejaste el pickup dentro?
—Sí. Cerca del carril. No subí hasta la caseta.
—¿Por qué lo negaste?
Mateo desvió la mirada.
—Porque Marta me había dicho que no usara ese paso hasta que acabaran con lo de la presión. Y porque, cuando me preguntasteis, ya había una mujer muerta dentro de la finca.
Irene apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Pensaste que ocultar que habías entrado iba a ayudarte?
—Pensé que si decía que estaba allí me ibais a cargar encima el problema del riego y la muerte.
—Lo que has conseguido es que tengamos que comprobar también por qué mentiste.
—Ya lo sé.
La respuesta sonó cansada, no desafiante.
La mentira encajaba con lo que ya sabían de Mateo: llevaba meses discutiendo por el paso y había ignorado una petición concreta de Marta. Seguía siendo una explicación, no una absolución.
—¿Cuánto tiempo estuviste dentro? —preguntó Mara.
—Diez minutos. Algo más, quizá.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Viste a alguien?
Mateo miró primero a Irene y luego a Mara.
—A Pilar.
Andrés dejó de escribir.
—Ayer dijiste que no la viste.
—Ayer mentí con todo lo de haber entrado. Si decía que la había visto, tenía que reconocer lo demás.
—¿Dónde estaba? —preguntó Mara.
—Junto a su coche.
—¿Ya estaba aparcado cuando entraste por el sur?
—No. Llegó después.
Su entrada dejaba de explicar solo unas rodadas y una mentira. Ahora añadía una referencia temporal sobre la víctima.
Irene abrió la cronología.
—Despacio. Tú entras por el sur antes de las cinco. ¿Qué haces?
—Voy hasta la conducción. Bajo del pickup, miro una unión y un tramo del tubo. No toqué nada de la finca, si es lo que queréis saber. Solo estaba comprobando si la presión se notaba igual allí.
—¿Y entonces llega Pilar?
—Sí. Vi luces más arriba.
—¿Desde dónde? —preguntó Mara.
Mateo señaló sobre un plano sencillo que Óscar había llevado a la mesa. No marcó el ensanche ni la obra de hormigón con precisión técnica; indicó una zona del carril sur desde la que, según él, alcanzaba a ver parte del sector de servicio.
—Yo estaba por aquí. Primero vi los faros entre los olivos. Luego el coche se quedó arriba.
—A esa hora todavía había poca luz —dijo Mara—. ¿Cómo supiste que era Pilar?
—Conocía su coche. Y además me habló.
—¿Se acercó a ti?
—No. Fui yo hacia arriba unos metros. Ella había salido del coche y estaba mirando hacia la caseta. Cuando me vio me dijo mi nombre.
Andrés levantó la cabeza.
—¿Qué te dijo exactamente?
Mateo se frotó el pulgar contra el borde de la gorra.
—Algo como «¿qué haces aquí otra vez?». No sé si fueron esas palabras.
—No necesitamos que reconstruyas una frase exacta si no la recuerdas —dijo Irene—. Cuéntanos de qué hablasteis.
—De la conducción y del paso. Le dije que solo estaba comprobando mi tramo. Ella dijo que Marta había pedido que no se usara ese acceso hasta que revisaran la presión.
—¿Discutisteis?
—No como el martes.
—¿Qué significa eso? —preguntó Mara.
—Que no nos pusimos a gritar. Yo le dije que la conducción también me afectaba y que no iba a esperar todo el día para saber si tenía un problema. Ella me contestó que ya iban a revisarlo y que no hacía falta que entrara. Eso fue todo.
—¿Estaba enfadada?
—Estaba seria. Pilar era seria cuando trabajaba.
La frase no aportaba demasiado y Mateo pareció darse cuenta.
—Normal —añadió—. No la vi asustada ni nada raro.
Mara no quiso empujarlo a reconstruir estados de ánimo después de conocer la muerte.
—¿Estaba sola?
—Sí.
—¿Viste otro vehículo?
—No.
—¿Oíste llegar alguno?
—Mientras yo estuve, no.
—¿Qué hiciste después de hablar con ella?
—Volví al pickup y me fui por donde había entrado.
—¿Por el sur?
—Sí.
—¿No atravesaste hasta el norte?
—No. Entré y salí por el mismo sitio.
Óscar señaló la fotografía de las rodadas.
—Eso encaja con que haya más de una marca en esa zona.
—Ya os he dicho que entré.
—Y ahora tendremos que ver si el recorrido que describes encaja con lo documentado.
Mateo asintió.
Irene cerró por un momento la carpeta.
—¿Puedes acotar la hora a la que viste a Pilar?
—Miré el teléfono al volver al coche porque tenía un mensaje. Eran las cinco y algo.
—¿Cinco y cuánto?
—Cinco y siete, creo. O cinco y seis. No os voy a jurar un minuto.
—¿Conservas el mensaje?
Mateo sacó el teléfono por reflejo, pero Irene levantó una mano.
—No hace falta que lo abras ahora. Lo comprobaremos por el cauce correspondiente y veremos si sirve para fijar la hora. De momento solo estamos recogiendo lo que recuerdas.
Mateo volvió a guardárselo.
—Pues sería eso. Cinco y seis, cinco y siete. Yo me fui enseguida.
La llamada entre Pilar y Rubén figuraba a las 05:11. Si la estimación de Mateo se sostenía, Pilar estaba viva pocos minutos antes. Las rodadas acababan de adquirir un valor distinto.
—Vamos a volver al sitio —dijo Irene—. No para que repitas una historia sobre un plano. Quiero que señales por dónde entraste, dónde dejaste el pickup y desde qué punto viste a Pilar.
Mateo recuperó la gorra.
—¿Ahora?
—Ahora.
Óscar condujo hasta Los Cárdenos con Mara y Andrés.
Mateo los siguió en su pickup, acompañado por otro agente.
Irene se quedó en dependencias con las comprobaciones pendientes y recordó antes de que salieran que el reconocimiento no convertía a Mateo en testigo fiable: primero comprobarían lo que pudiera comprobarse.
Entraron por el carril exterior que llevaba hacia el acceso sur. A plena tarde, el lugar parecía aún menos discreto que el día anterior, pero Mara sabía ya que la percepción cambiaba según la dirección. Las hileras podían abrir una vista larga y cerrarla pocos metros después.
Mateo detuvo el pickup fuera del paso y bajó.
—Yo entré por aquí.
Señaló el hueco entre los pilares. La cadena estaba apartada, igual que durante la primera inspección.
—¿Cómo estaba el jueves? —preguntó Andrés.
—A un lado.
—¿Estás seguro?
Mateo dudó.
—Recuerdo que pude pasar sin bajar a quitarla. Eso sí.
Óscar no comentó nada. La posición exacta de la cadena se revisaría más adelante con los testimonios y las primeras fotografías.
Mateo caminó hasta una zona próxima a la conducción.
—Dejé el coche más o menos aquí.
Criminalística ya había fijado las marcas; lo útil era comprobar si su relato tenía sentido con el trazado.
—¿Y estabas aquí cuando viste las luces? —preguntó Mara.
—Un poco más arriba.
Avanzaron con él. A unos metros apareció una abertura entre las hileras desde la que se distinguía parte del ensanche. El punto donde había estado el todoterreno de Pilar quedaba visible durante un tramo, aunque varias ramas cortaban la visión lateral.
Mara se quedó donde Mateo indicó.
—Desde aquí ahora se ve el ensanche. El jueves a las cinco no tendrías esta luz.
—Por eso os digo que primero vi los faros. Cuando me acerqué, ella ya estaba fuera y me habló.
—¿A qué distancia?
Mateo calculó mirando el terreno.
—Veinte metros. Quizá algo más.
Andrés se desplazó hacia el punto donde Pilar habría estado.
—A esa distancia, si alguien te habla y conoces el coche, no necesitas verle la cara desde el primer momento.
—Exacto.
Mara observó la línea entre ambos lugares. Los faros habrían anunciado la llegada y la voz de Pilar completado la identificación. Al menos físicamente, la explicación funcionaba.
—¿Te acercaste más? —preguntó.
—Unos pasos. No llegué hasta el coche.
—¿Y luego volviste por aquí?
—Sí.
Recorrieron de nuevo el tramo hasta el pickup.
Mateo repitió que no había pasado de aquel punto y que salió por el mismo acceso.
Óscar fotografió las posiciones indicadas para relacionarlas después con las rodadas ya documentadas, sin pedirle que imitara maniobras ni pisara las zonas que aún podían conservar interés.
Cuando terminaron, Mateo se quedó junto a su vehículo.
—¿Ya está?
—Por hoy, sí —dijo Andrés—. Pero necesitaremos comprobar el mensaje, los tiempos y el recorrido.
—Hacedlo.
Durante el regreso hacia el vehículo oficial, Óscar habló en voz baja.
—Criminalística podrá decirnos si las marcas encajan con una entrada y una salida de este pickup. Lo que no va a poder hacer es ponerles las cinco de la mañana.
—Mateo nos ha dado algo mejor para fechar su presencia —dijo Andrés—. Dice que vio a Pilar viva.
—Siempre que se sostenga.
Mara volvió la vista hacia el hueco entre los olivos desde el que habían reconstruido el encuentro.
La mentira de Mateo seguía siendo relevante, pero ya no significaba lo mismo: había ocultado una entrada que explicaba las rodadas y también un dato sobre Pilar pocos minutos antes de la llamada de las 05:11.
No quedaba descartado porque lo hubiera contado. Aún tenían que verificar su salida y la hora que decía recordar.
Pero las rodadas del sector sur ya no señalaban necesariamente el momento de la muerte. También podían pertenecer a un hombre que había mentido porque estaba donde no debía y que, precisamente por eso, había visto a Pilar con vida.