Capítulo 7
El parte de las cinco
Andrés tenía el documento delante desde hacía varios minutos y volvía a la misma hora cada vez que repasaba la hoja.
Era sábado por la mañana y la sala de trabajo de la UOPJ estaba más silenciosa que el día anterior.
Sobre la mesa se acumulaban las comprobaciones abiertas: la cuadrilla de Ismael, las rodadas del sector sur, las versiones de Marta y Eva y, ahora, el servicio que Rubén Cañada aseguraba haber empezado cuatro minutos después de hablar con Pilar.
—Si esto se confirma, nos ordena bastante una parte de la mañana —dijo Andrés.
Irene Cobo no respondió enseguida. Había pedido que llevaran no solo una impresión, sino también la referencia del servicio, la asignación del vehículo y la documentación que la empresa utilizara para justificar el trabajo.
El folio que tenían delante era una copia remitida por Andaraje a primera hora; Rubén acudiría en unos minutos con el resto.
—Nos la ordena cuando sepamos qué significa exactamente esa hora —dijo la teniente—. Si es inicio real, hora prevista, hora introducida después o la que usa administración para cerrar el servicio.
Andrés aceptó la precisión.
Mara había visto suficientes partes de trabajo para desconfiar tanto de quien los trataba como papeles sin valor como de quien convertía una casilla en una verdad automática.
En una empresa que movía vehículos y cuadrillas desde antes del amanecer, un horario podía nacer en el campo, en una aplicación o en una corrección hecha al final del día.
La cuestión era sencilla: quién lo había introducido, cuándo y qué dato externo permitía sostenerlo.
El servicio correspondía a otra explotación de la zona. En la hoja aparecía asignada la furgoneta larga que habían visto el jueves en el patio de Andaraje y una tarea de mantenimiento ordinaria. Rubén figuraba como responsable. La hora de inicio, 05:15.
—La llamada con Pilar fue a las cinco once —dijo Mara.
—Sí. Y él ya nos dijo que iba hacia este servicio —respondió Irene—. Si a las cinco y cuarto estaba trabajando allí, esa llamada encaja con lo que contó el primer día.
Óscar entró con dos cafés y una carpeta. Dejó uno junto a Irene y abrió la documentación sin sentarse.
—He comprobado el recorrido habitual entre esa finca y Los Cárdenos. No voy a fijar minutos hasta que hagamos el trayecto en condiciones comparables, pero no están al lado. Si la hora del parte es buena, Rubén no puede aparecer y desaparecer de un sitio a otro en ese margen.
—Eso es lo que dice el papel —contestó Andrés.
—Y lo que tenemos que comprobar fuera del papel —añadió Óscar.
Mara pasó la hoja hacia él. La conversación no convertía a Rubén en el centro del caso ni lo apartaba todavía de él.
Habían llegado a su nombre por una llamada profesional, por su función en Andaraje y porque usaba uno de los vehículos que debían reconstruir.
Si el servicio de las cinco y cuarto se sostenía, lo razonable sería dejar de forzar esa línea y concentrarse en quienes no podían explicar con la misma claridad la primera hora de la mañana.
Irene consultó su reloj.
—Rubén viene a las nueve. Después quiero que sigamos con Mateo. Criminalística ya tiene la referencia del pickup y esta mañana nos dirán si la comparación de las rodadas permite avanzar algo.
—Y de Ismael faltan los testigos del tramo anterior a la incorporación oficial —dijo Andrés.
—Óscar los está buscando.
El cabo primero levantó una mano para confirmar que ya lo tenía en marcha.
Rubén llegó puntual. Llevaba una carpeta azul bajo el brazo y la misma ropa práctica con la que Mara lo había visto en Andaraje, aunque sin el polvo del patio ni el cansancio de última hora. Saludó a todos, esperó a que Irene le indicara dónde sentarse y dejó la carpeta cerrada sobre la mesa.
—Traigo el parte, la orden del servicio y la asignación del vehículo. Me dijeron que queríais ver los originales que conservamos nosotros.
—Gracias —dijo Irene—. Vamos a repasarlo contigo y luego haremos nuestras comprobaciones.
Rubén abrió la carpeta. El parte reproducía la misma información que ya habían recibido: identificación del trabajo, vehículo asignado, tarea, fecha y hora. Había además anotaciones de material utilizado y una referencia interna que permitiría relacionarlo con la facturación posterior.
—Explícanos cómo se genera esto —pidió Mara.
—Depende del trabajo. Algunos servicios salen ya planificados desde el día anterior.
Otros se crean sobre la marcha. El responsable abre el parte, apunta el inicio y luego se completa con lo que se ha hecho.
Si hay que cambiar algo porque una máquina llega tarde o porque el cliente pide otra cosa, se corrige.
—¿Quién puede corregirlo?
—Operaciones y administración, según qué campo. Pilar también lo hacía. Yo, en los trabajos que llevo. Los encargados pueden comunicar cambios, pero no todos entran en el sistema.
La explicación coincidía con lo que habían visto en la pizarra de la nave: una organización que funcionaba a base de planificación y modificaciones constantes. Eso no quitaba valor al documento; solo impedía confundirlo con un registro ajeno a las personas que lo utilizaban.
Irene señaló la hora.
—¿Las cinco y cuarto es cuando llegaste a la finca o cuando empezaste la tarea?
—Cuando empecé. Llegaría unos minutos antes.
—El jueves nos dijiste que, cuando Pilar te llamó a las cinco once, ibas hacia ese servicio.
—Sí. Estaba prácticamente llegando.
—¿De qué hablasteis?
Rubén juntó las manos sobre la mesa.
—De trabajo. Me preguntó por una incidencia del día anterior y por una asignación. Ya os lo dije en la nave.
—¿Qué incidencia?
—Una máquina que había terminado más tarde de lo previsto y un parte que no estaba cerrado. Nada relacionado con Los Cárdenos.
Mara recordó la conversación junto a la furgoneta. Rubén había contestado entonces sin convertir la llamada en algo memorable: Pilar no llamaba para charlar, había dicho. Ahora la situaba dentro de la misma rutina.
—¿Pilar te dijo dónde estaba? —preguntó.
—No.
—¿Le preguntaste?
—No tenía motivo.
—¿Mencionó Los Cárdenos?
—No que yo recuerde.
La respuesta no chocaba con ningún dato conocido. La llamada duraba poco y Pilar podía haberla hecho desde cualquier punto de su jornada. Mara no intentó alargarla buscando una frase que el registro telefónico nunca iba a darles.
Andrés acercó el parte.
—¿Quién puede confirmar que empezaste a las cinco y cuarto?
Rubén miró el documento antes de responder.
—El personal de la finca empieza temprano. El encargado entra y sale porque lleva varias parcelas. Allí había trabajo desde primera hora.
—Te preguntamos quién te vio a ti.
—No sé quién miró el reloj al verme. Yo llegué, abrí el servicio y empecé. Después coincidí con gente, claro.
—¿Con quién primero?
Rubén pensó unos segundos.
—Con uno de los trabajadores de mantenimiento, creo. Y más tarde con el encargado. Tendría que mirar nombres; no los trato todos los días.
Irene anotó la respuesta sin ayudarlo a concretar una hora que él no estaba dando.
—Los identificaremos. ¿El cliente recibe este parte en el momento?
—No necesariamente. Se cierra cuando termina el trabajo y luego entra en administración. Depende del servicio.
—¿Hay algún registro automático de entrada en la finca?
—Que yo sepa, no. No hay un torno ni nada parecido. Es una explotación agrícola.
—¿La furgoneta lleva localizador? —preguntó Andrés.
Rubén negó.
—No esa. Algunas máquinas sí llevan sistemas propios, pero las furgonetas de servicio no todas.
La ausencia de un registro automático devolvía el peso a las comprobaciones normales: personas, horarios, documentación y recorrido. Mara prefería eso a llenar la investigación de una precisión tecnológica que no existía en el lugar.
—¿Saliste de esa finca durante el servicio? —preguntó.
—No hasta terminar la primera tarea. Después fui a otra.
—¿A qué hora?
—Tendría que ver el siguiente parte. No quiero deciros una hora de memoria y que luego sean veinte minutos arriba o abajo.
Andrés lo miró un instante y asintió.
—Mejor así.
Rubén se relajó algo en la silla. No parecía ofendido por las preguntas ni excesivamente dispuesto a caer bien. Contestaba como alguien acostumbrado a que una jornada de campo acabara llena de horarios aproximados y correcciones posteriores.
Irene pasó a la asignación de la furgoneta.
—¿La utilizaste tú desde que saliste de Andaraje hasta que regresaste?
—Sí.
—¿Nadie más la condujo?
—No.
—¿Paraste en algún otro sitio antes de este servicio?
—A echar combustible no. A recoger material tampoco. Salí con lo que necesitaba. Si hice una parada de dos minutos por el camino no la recuerdo, pero trabajo no tenía antes.
Mara dejó la respuesta tal como estaba. La memoria de una parada mínima no podía exigirse con precisión dos días después, y convertir ese margen en sospecha sería tan poco útil como dar por buena cada casilla del parte sin comprobarla.
—¿Sabías ya entonces que la cuadrilla no iba a entrar en Los Cárdenos? —preguntó Irene.
—Sí. El cambio estaba en el grupo desde la noche anterior.
—¿Te afectaba?
—No directamente. Yo no iba a trabajar allí.
—¿Pilar comentó contigo el cambio?
—No. Lo vi, igual que los demás responsables.
Andrés volvió a la hora del documento.
—Si el servicio empieza a las cinco quince, y la llamada de Pilar es a las cinco once, tu versión es que hablas con ella mientras llegas, aparcas y empiezas a trabajar cuatro minutos después.
—Sí.
—¿Seguro?
Rubén sostuvo la pregunta sin cambiar de tono.
—Eso es lo que hice.
Irene cerró la carpeta azul después de revisar que las copias coincidían con los originales aportados.
—Nos quedaremos con la documentación incorporada por el cauce correspondiente. Tendremos que hablar con el personal de la finca y comprobar cómo se registró el servicio.
—Hacedlo.
Rubén se levantó cuando la teniente dio por terminada la entrevista. Antes de salir, se volvió hacia Mara.
—¿Necesitáis la furgoneta otra vez?
—Si hace falta una comprobación concreta, te lo diremos por el procedimiento que corresponda.
—Está en la empresa. Hoy no sale.
—De acuerdo.
Cuando la puerta se cerró, Andrés dejó el bolígrafo sobre la mesa y acercó de nuevo el parte.
—Si encontramos a alguien que lo sitúe allí a esa hora y el registro aguanta, es una coartada fuerte.
Irene estuvo de acuerdo.
—La llamada dejaría de tener mucho más valor que el de una comunicación normal entre dos compañeros de trabajo.
Óscar abrió la carpeta con las tareas del día.
—Puedo ir a la finca y localizar a quien estuviera de primera hora. También pediré cómo reciben y validan los partes, para no depender de lo que nos cuente Andaraje sobre su propio sistema.
—Hazlo —dijo Irene—. Y no preguntes solo «¿estaba Rubén a las cinco y cuarto?». Que cada uno nos diga cuándo llegó, qué vio y con quién coincidió.
—Eso pensaba.
Mara volvió al documento. La cifra seguía siendo la misma, pero ahora tenían claro qué necesitaban para darle valor.
El parte no resolvía nada todavía. Si resistía las comprobaciones, sí tendría una consecuencia concreta: Rubén habría estado ocupado lejos de Los Cárdenos prácticamente desde el momento de su llamada con Pilar.
Andrés recogió las hojas de la cuadrilla de Ismael y las dejó a un lado.
—Entre esto y lo de Mateo, hoy vamos a pasar la mañana comprobando gente que dice estar en otro sitio.
—Es sábado —dijo Óscar—. Alguna tradición había que respetar.
La broma alivió el cansancio durante unos segundos. Irene repartió las tareas y guardó el original aportado por Rubén. Mara anotó la referencia del parte junto a las 05:15 y abrió la carpeta de Mateo. Seguían con las comprobaciones.