Capítulo 6
El vecino del carril
—Esa conducción no es de Marta. Pasa por Los Cárdenos y también por mi finca, que es distinto.
Mateo Lendínez hablaba señalando una arqueta baja situada junto al límite entre los dos olivares.
A unos metros, el carril que Mara había recorrido el día anterior desde la salida sur de Los Cárdenos se perdía entre árboles antes de enlazar con la parcela del vecino.
Desde aquel lado el paso parecía menos una segunda entrada a una finca que una de tantas comunicaciones prácticas entre explotaciones próximas.
Era viernes por la tarde. El calor seguía pegado al suelo y, bajo los olivos, el aire apenas se movía.
Mateo había aceptado hablar mientras terminaba de revisar unos goteros.
Tenía cincuenta y siete años, las manos endurecidas por el trabajo y una gorra que se quitaba y volvía a ponerse cada vez que la conversación se alejaba de lo que él consideraba razonable.
Óscar dejó que terminara la explicación.
—Marta dice que lleváis meses discutiendo por ese paso y por la conducción.
—Discutiendo es una forma de decirlo. Ella quiere que todo lo que toca Los Cárdenos funcione como si fuera suyo. Yo quiero poder entrar a lo mío sin pedir permiso cada vez.
—¿También por el acceso sur?
Mateo miró hacia el carril.
—Ese paso se ha usado toda la vida.
Mara observó el terreno sin necesidad de acercarse más.
Los pilares de piedra quedaban ocultos desde allí por una curva y varias hileras de olivos, pero el carril conducía directamente hacia ellos.
La discusión no estaba en que existiera un paso, sino en quién lo utilizaba, con qué vehículo y en qué condiciones.
—Marta asegura que te había pedido que no lo usaras mientras se aclaraba la revisión de la conducción —dijo Andrés.
—Me pidió que evitara meterme por allí hasta que hablaran con los de riego. No me puso una cadena ni me entregó una orden judicial.
—No estamos hablando de una orden judicial.
—Ya, pero parece que porque ella diga una cosa se convierte en una prohibición.
Andrés no siguió esa discusión.
—¿Pilar sabía que había problemas con el paso?
—Claro. Andaraje trabaja allí. Más de una vez le dije que no dejaran maquinaria donde luego no podíamos pasar los demás.
—¿A ella directamente?
—A ella, a Rubén, a quien cogiera el teléfono. Depende del día.
El nombre de Rubén apareció sin énfasis. En Andaraje ya les habían explicado que, como jefe de operaciones, recibía quejas de clientes, encargados y propietarios. No convertía aquella mención en nada especial.
—¿Tuviste alguna discusión con Pilar esta semana? —preguntó Mara.
Mateo se tomó unos segundos.
—El martes hablamos.
—¿De qué?
—Habían dejado material demasiado cerca del carril. Yo necesitaba pasar con el pickup y les dije que lo retiraran.
—¿Cómo terminó?
—Lo retiraron.
—Te pregunto por la conversación.
—Pilar dijo que ya se ocuparía y yo le dije que llevábamos demasiado tiempo igual. Nada más.
Óscar consultó una nota.
—Un trabajador recuerda que levantaste la voz.
—Puede ser. Si tienes que repetir una cosa cuatro veces, al final no la dices cantando.
—¿Pilar también te levantó la voz?
—Pilar no era de quedarse callada.
No había orgullo en la respuesta, pero tampoco intención de suavizarla.
Mara había escuchado ya versiones suficientes sobre la víctima para reconocer un rasgo común: Pilar podía discutir con media mañana y seguir trabajando con esas mismas personas después.
La frecuencia de los conflictos no los hacía irrelevantes, aunque obligaba a separar un enfado habitual de algo que hubiera cambiado en los últimos días.
Mateo se agachó para cerrar una pequeña tapa de la instalación y después se incorporó con más dificultad de la que había mostrado al hablar.
—Ayer por la noche, ¿supiste que no iba a entrar la cuadrilla en Los Cárdenos? —preguntó Mara.
—No hasta esta mañana.
—¿Quién te lo dijo?
—Nadie en concreto. Cuando empezó todo esto se comentó que Pilar había cambiado el trabajo por el riego.
—¿No hablaste con Marta anoche?
—No.
—¿Con Eva Cárdenas?
—Tampoco.
—¿Con alguien de Andaraje?
—No tenía por qué.
Andrés cambió de posición para quedar a la sombra del tronco más cercano.
—Vamos a la madrugada. ¿A qué hora empezaste a trabajar?
Mateo volvió a colocarse la gorra.
—Pronto.
—Eso en julio aquí puede ser cualquier cosa.
—Antes de las cinco ya estaba dando una vuelta por lo mío.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Con el pickup?
—Sí. Tenía que bajar a la parte de la conducción.
A unos treinta metros, junto a una construcción pequeña donde guardaba material, estaba aparcado un pickup antiguo. Llevaba tierra seca en los pasos de rueda y arañazos en ambos laterales. No destacaba en aquel entorno: el vehículo parecía utilizado para lo que Mateo decía utilizarlo.
—¿Entraste en Los Cárdenos? —preguntó Andrés.
—No.
La respuesta salió sin demora.
—¿En ningún momento de la mañana?
—No.
—¿Ni por el acceso sur?
Mateo negó con la cabeza.
—Me quedé en mi parte.
Mara dejó unos segundos antes de continuar.
—A las seis cuarenta y ocho encontraron el coche de Pilar dentro de Los Cárdenos. ¿Viste el vehículo antes?
—No.
—¿Viste a Pilar?
—No.
—¿Oíste algún motor en ese sector?
Mateo miró hacia las hileras que los separaban de la finca vecina.
—Motores se oyen todas las mañanas. Desde aquí no sabes si vienen de Los Cárdenos, del carril de arriba o de la otra finca. Y a esas horas menos.
La explicación era razonable. Óscar les había dicho algo parecido durante la inspección: el sonido viajaba entre los olivares, pero localizar su origen resultaba difícil cuando había maquinaria y vehículos en varias explotaciones.
—¿A qué hora dejaste de estar por esta zona? —preguntó Mara.
—Sobre las cinco y media me fui a la parcela de abajo.
—¿Por qué camino?
Mateo señaló hacia el lado contrario a Los Cárdenos.
—Por el mío. Salgo al camino, bajo y vuelvo a entrar.
—¿Pasas cerca de la salida sur?
—Cerca, sí. Entrar es otra cosa.
Andrés sostuvo su mirada.
—Lo pregunto porque encontramos rodadas en ese sector.
Mateo se quedó quieto un instante. Después miró hacia su pickup.
—En una finca pasan vehículos.
—En esa parte concreta, también.
—Pues preguntad a la gente que entra allí. Yo no entré.
La frase había perdido algo de la naturalidad anterior.
No porque elevara la voz, sino porque se había vuelto más precisa de lo necesario.
Mara no intentó aprovecharlo. Una reacción defensiva frente a una pregunta policial podía significar muchas cosas, incluida la simple molestia de quien sabía que mantenía un conflicto con la propietaria.
Óscar guardó la libreta.
—¿Cuándo fue la última vez que usaste ese acceso?
Mateo pensó.
—Hace días.
—¿Cuántos?
—No llevo una cuenta. La semana pasada, quizá.
—¿Con el pickup?
—Seguramente.
—¿Por qué entraste entonces?
—Porque necesitaba revisar la conducción y era el camino más corto.
—¿Marta lo sabía?
—No tengo que llamarla cada vez que miro una instalación que también me afecta.
La cuestión devolvía la conversación al conflicto que Mateo prefería discutir.
Estaba dispuesto a defender el uso histórico del paso, a explicar la conducción y a criticar la forma en que Marta gestionaba el límite.
Lo único que negaba de manera tajante era haber cruzado la mañana en que murió Pilar.
Mara señaló la arqueta que había originado la explicación.
—¿La incidencia de presión podía perjudicarte a ti?
—Si se mantenía, podía notarla. Por eso estaba pendiente.
—¿Tanto como para revisar a primera hora?
Mateo frunció el ceño.
—A primera hora revisamos muchas cosas. Luego hace cuarenta grados y no estás dando vueltas por el olivar si puedes evitarlo.
—¿Sabías que los técnicos iban a comprobar el sector norte?
—Sabía que había una revisión. La hora no.
—¿Cómo lo sabías si no hablaste con Marta, Eva ni Andaraje?
La pausa fue breve.
—Se llevaba comentando desde el día anterior que la presión no iba fina.
—¿Quién lo comentó?
—Gente de aquí. No sabría decirte quién primero.
Óscar intervino antes de que la respuesta se dispersara más.
—Necesitaremos nombres. Aunque sea después. Si la revisión era conocida antes de la llamada de Eva a Marta, nos interesa saber quién lo sabía y por qué.
Mateo apretó los labios.
—Preguntaré. Pero no me acuerdo de cada conversación.
—No hace falta que inventes ninguna —dijo Mara—. Si recuerdas una persona concreta, nos la das. Si no, no.
La respuesta pareció desactivar parte de su resistencia.
—Puede que lo comentara un hombre de la comunidad el miércoles por la tarde. O uno de los que trabajan más arriba. Lo pensaré.
—Hazlo.
Durante unos minutos recorrieron el límite de la parcela.
Mateo explicó dónde estaba la conducción que compartía servicio con otras fincas, qué tramo se atascaba con mayor facilidad y por qué el carril sur le resultaba útil cuando tenía que acceder con herramientas.
Mara escuchó sin convertir cada detalle en una pista.
Aquello servía para entender el roce entre vecinos y empresas: lo que en un plano parecía una línea era, en la práctica, un paso por el que circulaban personas que no coincidían sobre quién podía usarlo.
Al llegar a la construcción donde estaba el pickup, Óscar se quedó unos pasos atrás.
—¿Este es el que utilizaste ayer por la mañana?
—Sí.
—¿Y después?
—He ido y venido con él todo el día.
El cabo primero observó los neumáticos sin tocarlos. Mara siguió su mirada. El dibujo era ancho, preparado para caminos, con tacos marcados en los hombros. No tenía nada de singular a simple vista.
Mateo abrió la puerta del almacén.
—Si queréis algo más, decidlo. Tengo que terminar antes de que apriete otra vez el calor.
—De momento, nada más —respondió Andrés.
Mateo entró y empezó a mover unas cajas sin despedirse.
Óscar esperó a que quedara dentro antes de sacar el teléfono de trabajo. Buscó entre las fotografías que Criminalística había compartido con la UOPJ y amplió una de las rodadas documentadas en el sector sur de Los Cárdenos.
—Mirad esto.
Andrés se colocó a su lado. Mara comparó la imagen con el neumático visible del pickup.
La fotografía del suelo no conservaba el dibujo completo; algunas zonas estaban deformadas por el polvo y otras se interrumpían donde el firme se endurecía.
Aun así, la anchura y la disposición general de los tacos se parecían.
—¿Es el mismo? —preguntó Andrés.
—Eso no lo digo yo —respondió Óscar—. Pero entra en lo que Criminalística describió como compatible con un pickup de este tipo. Y el dibujo general merece que lo comparen.
—Entonces que lo hagan ellos —dijo Mara.
Óscar asintió.
No necesitaban tocar el vehículo ni improvisar una conclusión junto a una rueda.
Podían documentar qué pickup utilizaba Mateo, trasladar el dato a Criminalística y contrastarlo con las marcas ya recogidas el primer día.
Después tendrían que valorar algo igual de importante: una correspondencia de neumáticos podía situar ese vehículo en el sector, pero por sí sola no diría cuándo había pasado.
Andrés guardó sus notas.
—Si las rodadas resultan suyas, puede decir que son de la semana pasada.
—Y tendremos que comprobarlo —dijo Mara—. Lo que ya tenemos es una negación muy concreta. Hoy no entró, en ningún momento, por ningún acceso.
Óscar volvió a mirar la fotografía.
—Y un vehículo que merece comparación con unas rodadas que él sabe que están allí.
Regresaron hacia el coche por el carril exterior.
La sombra de los olivos se había alargado un poco, aunque el aire seguía caliente.
Mara repasó la conversación sin buscar más de lo que contenía.
Mateo tenía un conflicto real con Los Cárdenos, conocía la salida sur y había trabajado cerca a primera hora.
Eso explicaba por qué debían comprobarlo, no por qué habría matado a Pilar.
De todo aquello, la frase que podían poner a prueba era una: Mateo había dicho que aquella mañana no había entrado en Los Cárdenos.