El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

La cuadrilla desplazada

El ruido de las máquinas había cesado antes de que Mara llegara a la zona donde descansaba la cuadrilla.

Bajo la sombra estrecha de una nave abierta por un lateral, seis personas bebían agua y comían algo sentadas en cajas de plástico, un bordillo y dos sillas plegables.

A pocos metros, una furgoneta corta y un remolque permanecían cubiertos de polvo.

Eran poco más de las doce y el calor empezaba a convertir cualquier pausa en una necesidad, no en una concesión.

Óscar había localizado al grupo mientras Irene regresaba a la UOPJ con la documentación recogida durante la mañana.

La finca a la que habían sido desplazados quedaba al otro lado de Torredonjimeno y no tenía relación con Los Cárdenos más allá de compartir empresa de servicios y cuadrilla.

Aquello era precisamente lo que Mara quería ver: qué había ocurrido con la gente que, según el primer relato del caso, simplemente había sido «movida» de un sitio a otro.

Ismael Fuentes Rojas se levantó en cuanto los vio acercarse. Tenía treinta y nueve años, la camiseta oscurecida por el sudor en la espalda y el gesto de quien llevaba demasiado tiempo respondiendo a preguntas que interrumpían un trabajo ya alterado desde la noche anterior.

—Si queréis hablar conmigo, hablamos —dijo—. Pero a esta gente dejadla volver en cuanto podáis. Ya hemos perdido bastante tiempo esta semana.

Óscar se presentó aunque ya había hablado con él por teléfono. Andrés explicó que querían reconstruir el cambio de la jornada y no repetir una declaración formal que pudiera hacerse después en dependencias si resultaba necesario.

—Empieza por lo sencillo —dijo Andrés—. ¿Qué teníais previsto hacer ayer por la noche cuando recibisteis el aviso?

Ismael miró hacia los trabajadores antes de responder.

—Entrar en Los Cárdenos temprano. Había trabajo de mantenimiento y limpieza en el sector norte. Nada raro. Nos habían puesto allí desde hacía días.

—¿A qué hora?

—Sobre las cinco. Dependía de cuándo termináramos de cargar y de cómo viniera la mañana, pero a esa hora ya estaríamos entrando o a punto.

Mara recordó la pizarra de Andaraje. A las cinco, en julio, media empresa podía estar en movimiento. La hora no convertía a nadie en excepcional.

—¿Y el mensaje de Pilar?

—Llegó poco después de las nueve. Que no fuéramos a Los Cárdenos y que nos recolocaba aquí.

Señaló la finca con un movimiento de la cabeza.

—¿La nueva tarea empezaba también a las cinco? —preguntó Mara.

—No. Aquí no podíamos empezar tan pronto. La planificación era otra y el trabajo era más corto.

—¿Cuánto perdisteis?

Ismael soltó aire por la nariz.

—Depende de cómo quieras contarlo. Dos horas, quizá más. Y no solo yo. Somos seis. Cuando te cambian una mañana así, no pierdes una línea en un parte: hay seis personas que ya tenían esa jornada organizada.

Uno de los trabajadores, un hombre mayor que Ismael, intervino desde la sombra.

—Y luego esas horas no aparecen solas al final de la semana.

Ismael se volvió hacia él, pero no le pidió que callara.

—Eso es lo que llevamos diciendo meses.

Mara dejó que hablaran. El problema se entendía mejor allí que en la oficina de Marta Roldán.

Un cambio de dos horas no parecía gran cosa cuando se reducía a un horario, pero multiplicado por personas, desplazamientos y semanas podía convertirse en una pérdida suficiente para alimentar discusiones sin necesidad de inventar un conflicto extraordinario.

—¿Pilar sabía que os perjudicaba? —preguntó.

—Claro que lo sabía. No era tonta.

—¿Y qué hacía cuando ocurría?

—Buscar otra cosa. Como ayer. El problema es que no siempre hay otra cosa a la misma hora ni con las mismas horas.

Una mujer de la cuadrilla, que había permanecido escuchando junto a la puerta de la nave, añadió:

—A veces nos recolocaba y salvábamos casi toda la jornada. Otras veces no había dónde meternos. Pilar intentaba apañarlo, pero el cliente manda bastante más de lo que parece.

Ismael no discutió esa versión.

—¿Te llevabas bien con ella? —preguntó Andrés.

El encargado tardó un instante.

—Trabajábamos bien.

—No te he preguntado eso.

—Pues no sé qué quieres que te diga. A veces sí y a veces no. Era la que cambiaba los planes y yo era el que tenía que explicárselos a la gente.

—Hace dos días discutisteis.

La reacción fue pequeña, pero visible. Ismael dejó la botella de agua sobre una caja antes de contestar.

—Tuvimos una bronca de trabajo.

Óscar no intervino. Había sido él quien había recogido la referencia en una de las primeras conversaciones de la mañana.

—¿Por qué? —preguntó Mara.

—Porque nos recortaron otra jornada. Habíamos salido, teníamos todo cargado y a última hora un cliente cambió lo que quería hacer. Pilar nos mandó a casa antes.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no podía tratar a la cuadrilla como si solo tuviera que mover seis nombres de una finca a otra.

La frase se parecía demasiado a lo que Mara había pensado durante la reunión del día anterior como para pasarle inadvertida. La diferencia estaba en que, para Ismael, no era una reflexión sobre la investigación. Era su sueldo y el de cinco personas.

—¿Le gritaste? —preguntó Andrés.

—Le levanté la voz. Ella también me la levantó a mí.

—¿La amenazaste?

—No.

—¿Le dijiste que ibas a hacerle pagar las horas?

Ismael lo miró con fastidio.

—Le dije que, si seguíamos así, tendría que buscar trabajo con otra empresa o que Andaraje tendría que garantizarnos mejor las jornadas. Eso no es amenazar a nadie.

El trabajador de más edad volvió a intervenir.

—Estábamos varios delante. Discutieron, sí. No pasó de ahí.

—¿Qué dijo Pilar? —preguntó Mara.

—Que ella no podía inventarse trabajo cuando un cliente cancelaba —respondió el hombre—. Y que intentaría colocarnos mejor el resto de la semana.

—¿Estaba enfadada?

—Sí.

—¿Con Ismael?

El hombre se encogió de hombros.

—Con todo. Con el cambio, con el cliente, con que todos queríamos que las horas salieran de algún sitio.

Ismael se cruzó de brazos.

—Eso era Pilar. Podías discutir con ella por la mañana y a la tarde te llamaba para darte otro trabajo. No se iba a casa pensando en vengarse de nadie.

Mara registró la frase sin aceptarla como una descripción completa de la relación. Podía ser verdad y, al mismo tiempo, ocultar resentimiento. Las dos cosas no se excluían.

—Vamos a ayer por la noche —dijo—. Recibes el mensaje a las nueve y cinco. ¿Qué haces después?

—Avisar a los demás de que la entrada cambiaba y comprobar que todos lo habían visto.

—¿Llamaste a Pilar?

—No. Respondí en el grupo.

—¿Hablaste con alguien de Andaraje?

—No recuerdo. Puede que con uno de los muchachos. Nada más.

—¿Y esta mañana?

Ismael la miró de frente.

—He venido aquí.

—Antes.

Hubo una pausa más larga que las anteriores.

—Estuve en casa.

—¿Hasta qué hora?

—Hasta las seis y algo. Salí cuando tocaba para estar aquí antes de las siete.

Andrés levantó la vista de sus notas.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Alguien puede confirmarlo?

Ismael apartó la mirada hacia la finca. Un tractor avanzaba al fondo por otra parcela, demasiado lejos para que se oyera con claridad el motor.

—No.

—¿A qué hora llegaste aquí? —preguntó Mara.

—Sobre las seis y cuarenta y cinco. Más o menos.

—¿Y los demás?

—Cada uno vino como pudo. Dos llegaron conmigo casi a la vez. Otros un poco después.

Mara se dirigió a la cuadrilla.

—¿Podéis confirmarlo?

Las respuestas fueron parecidas. Uno recordaba haber visto la furgoneta de Ismael cuando aparcó.

Otra calculaba que faltaban diez o quince minutos para las siete.

Nadie podía precisar más sin consultar teléfonos, mensajes o registros.

Tampoco había razón para que hubieran mirado el reloj con especial atención: en aquel momento la muerte de Pilar todavía no formaba parte de su mañana.

—¿Os escribió antes de llegar? —preguntó Andrés.

Una de las trabajadoras sacó el móvil.

—Mandó un mensaje al grupo para recordar dónde quedábamos.

—¿A qué hora?

Consultó la pantalla.

—A las seis y doce.

Ismael hizo un gesto impaciente.

—Ya os lo he dicho. Estaba en casa y luego vine.

El mensaje acreditaba que a las seis y doce tenía un teléfono en la mano. No decía dónde estaba.

—¿Cuánto tardas desde tu casa hasta aquí? —preguntó Mara.

Ismael respondió con una horquilla razonable, condicionada por el punto de salida y el tráfico local.

Óscar la anotó para comprobarla después.

Mara evitó convertir aquel cálculo en una prueba improvisada.

El tiempo de un trayecto rural podía variar por un desvío, un camino de tierra o una parada que nadie recordara hasta que se le preguntara con precisión.

—¿Sabías por qué habían sacado la cuadrilla de Los Cárdenos? —preguntó.

—Por el riego. Eso decía el mensaje.

—¿Quién te lo explicó?

—Nadie. Tampoco necesitaba una reunión para cada cambio.

—¿Sabías que Pilar iría allí por la mañana?

—No.

—¿Era habitual que fuera a comprobar una incidencia aunque hubiera quitado a la cuadrilla?

—Podía hacerlo. Pilar iba donde hiciera falta.

—¿Tú habrías tenido que volver a Los Cárdenos por algún motivo?

—No. Si nos habían movido, nos habían movido.

Andrés tomó la conversación.

—Conoces los accesos de la finca.

—He trabajado allí muchas veces.

—¿También el sur?

Ismael frunció el ceño.

—Sí, claro. Todo el que haya trabajado allí sabe que hay otro carril. Otra cosa es que lo uses.

—¿Lo usas?

—Con la cuadrilla, casi nunca. Es peor y no compensa.

Mara no insistió. El dato no diferenciaba a Ismael de media docena de personas vinculadas a la finca y no convenía cargar de significado algo que, por ahora, solo confirmaba conocimiento del lugar.

Pidieron después hablar con los trabajadores por separado durante unos minutos.

Las versiones coincidieron en lo esencial: la cuadrilla había recibido el cambio la noche anterior, el nuevo trabajo empezaba más tarde y la pérdida de horas había molestado.

También coincidían en que Ismael y Pilar discutían con cierta frecuencia por organización y tiempos, pero ninguno describió amenazas, violencia o una enemistad que se saliera del trabajo.

Las diferencias aparecieron en detalles menores.

Uno recordaba que la discusión de dos días antes había sido por una cancelación completa; otro creía que solo se habían perdido unas horas.

Una trabajadora pensaba que Pilar había prometido compensarlas durante la semana; otro no había oído esa promesa.

Ninguna de esas discrepancias parecía diseñada.

Eran el tipo de variaciones que surgían cuando seis personas recordaban una conversación que, hasta la muerte de Pilar, no había tenido nada de extraordinario.

Cuando terminaron, Ismael seguía de pie junto a la nave.

—¿Ya está?

—Por ahora —dijo Andrés.

—Pues os digo una cosa. Si estáis buscando a alguien que se enfadara con Pilar, vais a entrevistar a medio campo. Ella era la que decía que no, la que cambiaba horas y la que ponía pegas a partes que otros querían cerrar rápido.

—¿Qué partes? —preguntó Mara.

Ismael pareció darse cuenta de que había ampliado demasiado la respuesta.

—Partes de trabajo. Los de siempre. Horas, maquinaria, cosas de la empresa.

—¿Tenías algún problema con los tuyos?

—No más que cualquiera.

—¿Pilar te había corregido alguno últimamente?

—Seguro. Corregía a todos.

La respuesta era suficientemente amplia para no aportar todavía una línea nueva, pero encajaba con la imagen que habían recibido en Andaraje: Pilar revisaba lo que se hacía de verdad, no solo lo que convenía escribir al final del día.

Mara dio la conversación por terminada. No había motivo para convertir el enfado de Ismael en algo más sólido de lo que era.

Tenía un conflicto económico real, conocía Los Cárdenos y disponía de varias horas de la mañana sin testigos directos.

También había cinco trabajadores que describían una relación profesional tensa pero habitual y ninguna señal de que la discusión de dos días antes hubiera cruzado otro límite.

Al alejarse de la nave, Óscar esperó a que quedaran fuera del alcance de la cuadrilla.

—Lo de estar en casa no lo podemos confirmar.

—Todavía —dijo Mara.

—El mensaje de las seis doce tampoco nos coloca dónde estaba.

—Ni fuera de su casa ni dentro.

Andrés miró hacia el grupo, que ya empezaba a levantarse para volver al trabajo.

—El motivo aparente lo tiene: horas, dinero y una bronca reciente.

—Aparente —repitió Mara—. Primero comprobemos la mañana.

Óscar consultó su libreta.

—Puedo pedir que revisen quién lo vio llegar, el recorrido normal y lo que podamos obtener de forma legítima de los registros disponibles.

—Y la discusión de hace dos días —añadió Andrés—. Si hubo otra gente delante, mejor saber exactamente qué se dijo antes de que empiece a crecer con cada versión.

Óscar asintió.

Detrás de ellos volvieron a arrancar las máquinas.

La pausa se acababa y la cuadrilla recuperaba una jornada que ya había empezado con menos horas de las previstas.

Mara caminó hacia el coche sin mirar atrás.

Habían entendido por qué el cambio de Los Cárdenos había molestado a Ismael.

Lo que todavía faltaba era más sencillo de formular y bastante más difícil de demostrar: dónde había estado durante el tiempo que decía haber pasado solo en casa.