El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 4
13%

Capítulo 4

El cambio de riego

En la pantalla del puesto de control, el sector norte de Los Cárdenos no era más que una línea dentro de un esquema de tuberías.

Eva Cárdenas la señaló con la punta de un bolígrafo y amplió después el registro de la noche anterior.

A Mara le costaba relacionar aquella representación limpia con el polvo, los olivos y los dos accesos que habían recorrido unas horas antes.

La Comunidad de Regantes de Valdejaral ocupaba un edificio bajo junto a una instalación de bombeo.

Desde la sala se oía un zumbido continuo, amortiguado por los muros, y entraban llamadas de agricultores que preguntaban por turnos, averías o cambios de última hora.

Era viernes por la mañana y Eva llevaba más de una hora trabajando cuando Irene, Mara y Andrés se sentaron con ella.

—Lo que tuvimos fue una incidencia de presión que había que comprobar —explicó Eva—. No una rotura grande ni una emergencia. Una revisión.

Tenía cuarenta y cuatro años, hablaba deprisa cuando entraba en cuestiones de trabajo y frenaba en cuanto una pregunta se acercaba a la decisión de la noche anterior. Irene la había dejado contar el proceso de principio a fin antes de volver sobre las horas.

—¿Cuándo supiste que querías revisar ese sector a primera hora? —preguntó la teniente.

—Ayer por la tarde vimos que la presión no se estaba comportando como esperábamos. Lo comenté aquí y a las ocho y cuarto llamé a Marta. Le dije que por la mañana teníamos que comprobar la conducción antes de dar el asunto por cerrado.

Irene tenía delante el registro de llamadas. La comunicación entre Eva y Marta constaba a las 20:15. Era el primer punto de la cadena que ya conocían: veinticinco minutos después, Marta había hablado con Pilar y, a las 21:05, Pilar envió el mensaje que trasladaba a la cuadrilla.

—¿Le pediste que dejara el sector sin trabajadores? —preguntó Mara.

Eva apoyó el bolígrafo sobre la mesa.

—Le dije que no tenía sentido empezar allí hasta que revisáramos la presión.

—No es exactamente lo mismo.

—Depende del trabajo que fueran a hacer. Yo no organizo cuadrillas de Andaraje. Si Marta decide que no entren, es una decisión de la finca y de la empresa.

Andrés, sentado junto a la ventana, intervino sin cambiar el tono.

—¿Había algún riesgo para una persona que estuviera dentro del olivar?

—Por la incidencia que estábamos revisando, no. No estamos hablando de una conducción reventada ni de una zona peligrosa. Podíamos necesitar parar, abrir, comprobar y volver a poner en servicio. Si tienes una cuadrilla trabajando al mismo tiempo, estorba y puede perder horas. Eso es todo.

La palabra horas aparecía con demasiada frecuencia alrededor de Pilar como para ignorarla, aunque todavía no señalara a nadie.

Mover una cuadrilla no consistía en desplazar unas fichas sobre una pizarra.

Había jornales, desplazamientos, maquinaria reservada y clientes que discutían después quién debía pagar el tiempo que no se había aprovechado.

—¿Pilar estaba de acuerdo con estos cambios? —preguntó Mara.

Eva exhaló por la nariz antes de responder.

—Pilar estaba de acuerdo cuando eran necesarios. Lo que no le gustaba era que se le avisara tarde. A nadie le gusta rehacer una mañana a las nueve de la noche.

—¿Habíais discutido por eso?

—Discutir es una palabra muy grande. Hemos tenido diferencias. Si una revisión cambia un trabajo, Andaraje quiere saber quién asume el coste y nosotros queremos que no nos carguen horas que no corresponden. Lo normal entre empresas que tienen que coordinarse.

—¿Cuándo fue la última?

Eva se quedó pensando unos segundos.

—Esta semana hablamos por una modificación de horario. No recuerdo el día exacto. Pilar quería que los cambios quedaran claros antes de mover a nadie. Yo le dije que el campo no siempre te da esa comodidad.

Mara no insistió en la discusión. Eva la presentaba como una fricción profesional y, por el momento, nada de lo que tenían permitía convertirla en otra cosa. Le interesaba más la forma en que había descrito la decisión de la noche anterior.

—Cuando llamaste a Marta, ¿la revisión estaba ya fijada para una hora concreta?

—Para primera hora.

—¿Qué hora es primera hora para vosotros? —preguntó Andrés.

Eva sonrió sin humor.

—En julio, puede significar muchas cosas. Dependía de lo que tuviéramos aquí y de cómo saliera la noche. La idea era hacerlo antes de que apretara el calor y antes de devolver el sector a su funcionamiento normal.

—¿Marta te pidió que fueras antes?

—Quería que se resolviera cuanto antes. Eso sí.

—¿Y tú le dijiste que nadie podía entrar? —volvió Irene.

—Le dije que era mejor no empezar trabajo allí hasta revisar. Si ella lo entendió como que no debía entrar nadie, tendréis que preguntárselo a ella.

La respuesta no cambiaba el hecho principal: la incidencia existía y la llamada también.

Nadie había inventado el riego después de la muerte de Pilar.

Lo que seguía sin estar claro era cuánto había pesado aquella revisión para vaciar por completo el sector norte y quién había convertido una recomendación técnica en una instrucción de trabajo.

Irene pidió copia de los registros que pudieran conservarse sobre la incidencia y las actuaciones de mantenimiento. Eva dijo que los prepararía. No protestó, pero antes de levantarse volvió a precisar algo que parecía importarle.

—Yo no cerré Los Cárdenos. Ni tengo autoridad para hacerlo.

Mara la observó guardar el bolígrafo en el bolsillo de la camisa de trabajo.

—Eso ya lo hemos entendido. Lo que estamos comprobando es qué entendió cada persona después de vuestra llamada.

Salieron del edificio poco después de las diez. Fuera, el calor ya empezaba a borrar el alivio de la mañana. Andrés se quedó un momento junto al coche mientras Irene contestaba una llamada de Óscar.

—Eva se ha cuidado mucho de no usar la palabra ordenar —dijo.

—Porque no podía ordenar a Andaraje nada sobre una cuadrilla.

—Ya. Pero ha dicho tres veces que era mejor no empezar.

Mara dejó la carpeta sobre el techo del coche mientras buscaba una botella de agua.

—Y eso no explica todavía por qué Marta lo convirtió en que no entrara nadie. Vamos a oírla antes de decidir si es una diferencia de lenguaje o algo más.

Marta Roldán los esperaba en una pequeña oficina de la finca, fuera del sector donde había aparecido Pilar.

Había elegido una mesa junto a la ventana y tenía delante una carpeta con facturas, órdenes de trabajo y comunicaciones con Andaraje.

No parecía haber preparado una defensa, aunque sí había reunido todo lo que podía respaldar su versión.

—Yo pedí que no metieran la cuadrilla —dijo cuando Irene le preguntó quién había tomado la decisión—. Eso no se lo voy a discutir.

La respuesta fue más directa de lo que Mara esperaba.

—¿Por qué? —preguntó Irene.

—Porque Eva me llamó y me dijo que tenían que revisar la presión a primera hora. Si iban a tocar la instalación, no tenía sentido llevar trabajadores al sector para tenerlos parados o mandarlos fuera después. Llamé a Pilar y le dije que los moviera.

—Eva dice que no te indicó que dejaras el sector vacío.

Marta levantó la vista de la carpeta.

—Eva puede llamarlo como quiera. Me dijo que no empezáramos allí hasta que hubieran revisado. Yo administro la finca. Si me dicen eso, no meto a una cuadrilla.

—¿Te dijo que hubiera peligro? —preguntó Mara.

—No. No era una cuestión de peligro.

—Entonces, ¿por qué era tan importante que no entraran?

Marta se tomó un momento antes de responder. Tenía cuarenta y nueve años y una forma de hablar contenida, más propia de quien estaba acostumbrada a discutir presupuestos que de alguien que necesitara imponerse levantando la voz.

—Porque cada cambio cuesta dinero. Si la revisión se alarga y tienes a seis personas esperando, alguien acaba pagando esas horas.

Si entran, empiezan y luego hay que parar, Andaraje te factura una parte y después discutimos durante una semana.

Preferí que Pilar los mandara a otro sitio donde pudieran trabajar.

—¿Pilar estuvo de acuerdo?

—No le gustó. Tenía la mañana organizada y me lo dijo. Pero encontró otra finca para la cuadrilla.

—¿Discutisteis?

—Tuvimos una conversación tensa. No fue la primera ni habría sido la última si siguiera viva.

La última parte de la frase salió más baja. Marta apartó un instante la mirada hacia la ventana y después volvió a la mesa.

—¿Por qué estabais teniendo problemas con las horas? —preguntó Andrés.

—Porque yo quería que quedara claro qué tiempo era trabajo efectivo y qué tiempo eran esperas, desplazamientos o cambios suyos. Pilar defendía a su empresa. Yo defiendo la finca.

—¿Había amenazado con dejar de trabajar para vosotros?

—No. Dijo que, si seguíamos cambiando instrucciones y luego discutiendo las facturas, iba a dejarlo todo por escrito para que no hubiera versiones distintas. A mí eso no me pareció una amenaza. Casi lo prefería.

Mara recordó al empleado de Andaraje que la tarde anterior había descrito a Pilar de una forma parecida: no soportaba que se cuadraran los papeles solo para que los números salieran.

La insistencia en registrar los cambios formaba parte de su manera de trabajar y podía generar fricciones sin que ninguna fuera necesariamente excepcional.

Irene volvió a las horas.

—Eva te llama a las ocho y cuarto.

—Sí.

—Tú llamas a Pilar aproximadamente a las ocho y cuarenta.

—Sí.

—Y Pilar comunica el traslado a las nueve y cinco.

—Eso es.

—¿Qué ocurre entre tu llamada a Pilar y el mensaje a la cuadrilla?

—Que Pilar busca dónde recolocarlos. Me llamó después para decirme que estaba hecho. No recuerdo la hora exacta.

La secuencia era coherente con lo que ya tenían, pero Marta había introducido un matiz que Eva evitaba: la decisión de no meter trabajadores había sido suya y había estado relacionada tanto con la revisión como con el coste de una posible espera.

—¿Sabías que Pilar iba a ir esta madrugada a Los Cárdenos? —preguntó Mara.

—No.

—¿Te dijo que quería comprobar personalmente la incidencia?

—No. Pilar recorría fincas desde muy temprano. Podía pasar por allí o podía no hacerlo. No habíamos quedado.

—¿La llamaste después de las nueve?

—No que yo recuerde.

Irene comprobaría las comunicaciones. Mara no necesitaba discutirlo sobre la mesa.

—¿Quién más sabía que el sector se quedaba sin cuadrilla? —preguntó Andrés.

—En cuanto Pilar mueve el trabajo, cualquiera de Andaraje que estuviera en la planificación. Ismael y su gente, por supuesto. Eva sabía que no íbamos a empezar allí. Yo no hice ningún secreto del cambio.

Eso coincidía con la reunión del día anterior. El vacío de Los Cárdenos había sido una decisión de trabajo conocida por varias personas, no una cita privada escondida dentro de un mensaje. La cuestión era qué había hecho cada una con esa información.

Marta abrió la carpeta y sacó una copia de una factura anterior. Irene la detuvo con suavidad.

—Los importes los veremos después. Hoy quiero fijar la decisión de anoche.

—Pues ya está fijada. Eva me avisó, yo pedí que no entrara la cuadrilla y Pilar la movió.

—Eva dice que te recomendó no empezar hasta revisar. Tú dices que entendiste que no debía entrar nadie.

—Porque en la práctica es lo mismo si vas a pagar una cuadrilla para esperar.

Mara no estaba segura de que lo fuera. Técnicamente, una cosa era suspender una tarea relacionada con el riego; organizativamente, otra era vaciar un sector de trabajadores.

La diferencia podía nacer de algo tan corriente como el dinero y la prisa por evitar una mañana perdida.

También podía esconder una parte de la conversación que ninguna de las dos quería explicar aún.

No se lo dijo a Marta. Irene pidió la copia de los documentos que consideraba pertinentes y cerró la entrevista sin convertir la discrepancia en una acusación. Antes de salir, Marta añadió por su cuenta:

—Pilar se enfadó conmigo, sí. Pero hizo exactamente lo que le pedí porque sabía que tenía sentido. Si queréis saber quién salió perdiendo con el cambio, hablad con la cuadrilla. Ellos son los que se quedaron sin esas horas.

En el exterior, Andrés comprobó la hora. A mediodía tenían previsto localizar a Ismael y a varios trabajadores en la finca a la que habían sido desplazados.

Irene abrió en la tableta la cronología y añadió una nota junto a las tres comunicaciones de la noche anterior.

La secuencia quedaba asentada: Eva había llamado a Marta; Marta había pedido que no entrara la cuadrilla; Pilar había reorganizado la jornada y enviado el aviso desde su propio teléfono.

El mensaje de Pilar encajaba con una decisión de trabajo real.

Eva y Marta, sin embargo, daban un peso distinto a la misma conversación.

Una hablaba de una recomendación técnica y la otra de una indicación suficiente para alterar toda la mañana.

Antes de convertir esa diferencia en algo más, necesitaban conocer la consecuencia práctica para la gente que había sido desplazada.

Andrés guardó las llaves del coche.

—Vamos a buscar a Ismael.

Mara esperó a que Irene terminara la anotación y subió al coche. A mediodía, la cuadrilla tendría que explicar qué había supuesto aquel cambio para ellos y qué hicieron con las horas que ya no iban a trabajar en Los Cárdenos.