El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Andaraje

—Ese es el tablón de mañana —dijo Óscar—. Si Pilar hubiera estado aquí, ya estaría corrigiendo la mitad.

La nave de Andaraje Servicios Agrarios se había quedado casi en silencio al final de la jornada.

A un lado del edificio, bajo una cubierta metálica, se alineaban aperos, depósitos y cajas de material de riego.

En el patio quedaban seis vehículos de tamaños distintos, todos con una capa de polvo semejante y golpes pequeños que en una empresa de campo no llamaban la atención.

Dentro, una pizarra blanca ocupaba buena parte de la pared de la oficina operativa.

Había nombres de fincas, matrículas abreviadas, horas de salida y flechas que desplazaban cuadrillas de una línea a otra.

Mara se acercó lo suficiente para leer sin tocar nada.

Varias anotaciones estaban hechas con rotuladores de colores distintos.

Junto a Los Cárdenos, la tarea de primera hora aparecía tachada y sustituida por otra finca.

El cambio coincidía con el mensaje que habían visto en la UOPJ.

No añadía una revelación, pero confirmaba algo útil: la modificación no había quedado limitada al teléfono de Pilar.

Había pasado a la organización visible de la empresa.

—¿Quién actualiza esto? —preguntó.

—Pilar muchas veces. O Rubén, si ella está fuera. Los encargados también llaman para que se cambie algo —respondió Óscar—. Estamos pidiendo copia de los partes digitales y de lo que conserven en papel.

Andrés recorría con la vista las columnas de la pizarra. Había jornadas que empezaban a las cuatro y media, otras a las cinco, algunas más tarde dependiendo del trabajo. La hora que por la mañana podía parecer excepcional allí se integraba en una rutina hecha para adelantarse al calor.

—A las cinco ya tienen media empresa moviéndose —dijo.

—En julio, sí. Y algunos días antes —contestó una voz desde la puerta.

El hombre que acababa de entrar llevaba pantalón de trabajo claro, polo gris y las botas cubiertas por el mismo polvo del patio.

Tenía cuarenta y tantos, el pelo muy corto y una expresión cansada que no se transformó en hostilidad al verlos.

Dejó unas llaves sobre una mesa y se presentó antes de que Óscar tuviera que hacerlo.

—Rubén Cañada. Jefe de operaciones.

Mara estrechó la mano que le ofrecía. La presión fue normal, el saludo breve.

Habían leído su nombre en la documentación de la empresa, pero nada de lo que sabían hasta ese momento lo situaba por encima del resto de personas que habían trabajado con Pilar.

Como jefe de operaciones, era lógico que apareciera en horarios, vehículos y decisiones de campo.

Óscar explicó de nuevo el motivo de la visita. No dramatizó la presencia de la UCO ni presentó a Mara y Andrés como quienes iban a hacerse cargo del caso. Rubén escuchó y señaló la oficina con un gesto.

—Lo que necesitéis. Irene me ha dicho que estabais revisando movimientos de esta mañana.

—Y la jornada normal de Pilar —dijo Mara—. Queremos entender cómo trabajaba antes de decidir qué fue distinto hoy.

Rubén tardó un instante en responder, más por ordenar la explicación que por incomodidad.

—Pilar estaba en todas partes. Si había una avería, la llamaban. Si faltaba alguien, la llamaban. Si un propietario cambiaba de idea a las diez de la noche, también. Yo llevo operaciones, pero ella era la que conseguía que las cuadrillas acabaran donde tenían que acabar.

—¿Desde cuándo trabajabais juntos?

—Unos quince años. Antes de que Andaraje tuviera este tamaño.

Mara dejó que siguiera. Rubén conocía la distribución del trabajo con la facilidad de quien llevaba años repitiendo el mismo lenguaje: fincas, servicios, máquinas, conductores.

Cuando hablaba de Pilar no buscaba elogios solemnes.

La describía como una persona exigente con los partes y poco paciente con quien no avisaba de un cambio, pero capaz de rehacer una jornada entera si el terreno o una avería lo obligaban.

—¿Discutía mucho con la gente? —preguntó Andrés.

—Discutir… —Rubén apoyó una mano en el respaldo de una silla—.

Si llamas discutir a decirle a alguien que no puede cobrar ocho horas si ha trabajado seis, sí.

O a decirle a un cliente que una máquina no va a aparecer en media hora porque está a cuarenta kilómetros.

Pilar podía ser seca, pero no iba buscando bronca.

—¿Y últimamente?

—Lo normal. Con el calor se mueve todo. Con el riego se mueve todo. Y cuando mueves un trabajo, uno pierde horas y otro te exige que llegues antes. Siempre hay alguien enfadado.

La respuesta encajaba con lo que ya habían visto sin cerrar nada.

Ismael había perdido horas por el cambio de Los Cárdenos; Marta discutía costes; Eva estaba vinculada a la incidencia de riego.

Aquel tipo de fricción pertenecía al oficio de Pilar y, precisamente por eso, no bastaba con enumerar conflictos.

Óscar recibió un mensaje en el móvil y se apartó dos pasos para leerlo. Mientras tanto, Andrés señaló el patio visible a través de la puerta lateral.

—¿Podemos ver qué vehículos estaban asignados hoy?

—Sí. El listado está aquí y los que han vuelto, fuera. Dos siguen trabajando —dijo Rubén.

Los acompañó hasta una mesa donde había una carpeta de asignaciones.

Noelia se ocuparía más adelante de cruzar documentos si la investigación lo exigía; aquella tarde solo necesitaban una fotografía básica de cómo funcionaba la flota.

Mara vio turismos de empresa, dos pickups, varias furgonetas y vehículos asociados a mantenimiento.

Las matrículas, conductores y tareas estaban anotados con una mezcla de impresos y correcciones a mano.

—¿Las correcciones son habituales? —preguntó.

—Demasiado. Se rompe algo, falta una pieza, una finca cambia la hora del riego, un trabajador no viene… Si pretendes que el parte de las siete de la tarde sea igual que el plan de la noche anterior, no trabajas en esto.

No sonó defensivo. Mara pasó la vista por dos hojas sin sacarlas de la carpeta. La normalidad de las correcciones era importante precisamente porque reducía el valor de una enmienda aislada. Habría que distinguir más adelante qué cambios respondían al trabajo real y cuáles no.

Salieron al patio. Óscar se adelantó hacia la línea de vehículos mientras Rubén explicaba cuáles habían regresado.

El calor acumulado en el suelo subía en oleadas pequeñas y el metal de las carrocerías devolvía una luz áspera.

La mayoría de los vehículos llevaba arañazos en los bajos, polvo en los pasos de rueda y marcas de ramas.

—Esta es la que llevaba yo hoy —dijo Rubén.

La furgoneta era clara, de batalla larga, más alta y larga que las otras dos aparcadas cerca de la nave.

Mara no hizo ningún cálculo. Después de Los Cárdenos ya sabía que el tamaño podía importar según el punto del recorrido, pero medir maniobrabilidad a ojo habría sido convertir una impresión en dato.

Se limitó a fijarse en el tipo de vehículo y en la asignación.

—¿Has estado con ella toda la mañana? —preguntó Andrés.

—Desde antes de las cuatro y media hasta hace un rato, con varias paradas. Hoy tenía servicios pequeños y revisiones. Nada raro.

—¿Los partes se rellenan al terminar cada trabajo?

—Depende. Algunos desde el móvil, otros al volver. Si vas enlazando fincas, muchas veces se regulariza al final del día.

Óscar levantó la vista del teléfono.

—Rubén, una cosa. Nos acaban de confirmar una llamada entre tu número y el de Pilar a las cinco y once de esta mañana.

El hombre se quedó quieto junto a la furgoneta. La pausa fue corta.

—Sí. Puede ser. Hablé con ella temprano.

—¿De qué?

—De trabajo. Creo que de una incidencia que tenía pendiente y de dónde estaba yo. Esta mañana hemos hablado varias veces con gente.

—Con Pilar, ¿solo esa llamada? —preguntó Mara.

Rubén frunció el ceño intentando recordar.

—Diría que sí. Si hay otra, saldrá. A esas horas llevaba el manos libres y estaba en carretera.

—¿Recuerdas cuánto duró?

—No. Poco. Un minuto, dos como mucho. Pilar no llamaba para charlar.

Óscar anotó la respuesta sin insistir. La confirmación procedía de la revisión de las comunicaciones recientes de Pilar y todavía tendrían que incorporar el dato con el soporte correspondiente.

La llamada vinculaba a Rubén con la víctima dentro de la mañana del homicidio, pero eso no resultaba extraño por sí mismo: era jefe de operaciones y acababa de explicar que mantenía contacto habitual con ella desde primera hora.

—¿Te dijo que estaba en Los Cárdenos? —preguntó Mara.

Rubén negó despacio.

—No lo recuerdo así. Sabía lo del cambio de la cuadrilla porque estaba en el grupo, pero si me dijo dónde estaba exactamente… no te lo puedo asegurar.

—¿Fuiste hoy a Los Cárdenos?

—No.

La respuesta llegó sin vacilación. Mara no la convirtió en nada más. Era la primera versión de un movimiento que podían comprobar con partes, trabajadores y rutas. Si se sostenía, se cerraría. Si no, tendrían un problema concreto.

—¿Tenías algún servicio allí previsto? —preguntó Andrés.

—Hoy no. Con el cambio, menos todavía. Yo iba hacia otra explotación al este. La furgoneta no tiene sentido en ese sector para lo que se iba a hacer esta mañana.

Mara miró de nuevo el vehículo. La frase podía significar exactamente lo que decía: una cuestión de tarea y logística, no de imposibilidad física.

No preguntó por el giro, ni por el acceso sur, ni por el espacio de maniobra.

Aquello pertenecía a una comprobación que aún no habían planteado y no había razón para enseñar a nadie qué detalle del terreno podía llegar a interesarles.

—Necesitaremos el recorrido de hoy y los partes cuando estén cerrados —dijo Óscar.

—Os los doy. Si queréis, también el GPS de empresa, donde lo haya. Algunos vehículos no lo llevan o falla, ya os aviso.

—Lo pediremos de forma ordenada —respondió Óscar—. De momento no borres ni modifiques nada relacionado con la jornada de hoy.

Rubén hizo un gesto de conformidad.

Volvieron al interior. En una sala contigua trabajaban todavía dos empleados administrativos.

Uno de ellos preparó para Óscar copias de asignaciones y listados de servicios; el otro confirmó que Pilar solía revisar al final de la jornada los cambios hechos sobre la marcha.

Ninguno aportó una enemistad nueva ni una escena extraordinaria.

Hablaron de prisas, llamadas y correcciones, de propietarios que querían adelantar trabajos y de cuadrillas que llegaban tarde porque una máquina había quedado retenida en otra finca.

Andrés preguntó por la mañana de Pilar sin utilizar la palabra asesinato.

El empleado más veterano recordó que ella había estado revisando documentación durante los últimos días y que había pedido que no se cerraran todavía algunos partes.

No sabía por qué. Aquello podía tener decenas de explicaciones dentro de una empresa que movía personal y maquinaria a diario, así que Mara no pidió que lo interpretara.

—¿Era raro que Pilar revisara partes atrasados? —preguntó.

—No. Lo raro habría sido que no los revisara —respondió el hombre—. Se enfadaba cuando cuadrábamos una cosa solo para que salieran los números. Decía que luego nadie sabía qué había pasado de verdad.

La frase encajaba con la descripción que Rubén había dado de ella y con la función de una coordinadora que necesitaba conocer dónde estaban los recursos reales. Mara la guardó como parte de la víctima, no como una acusación contra nadie.

Antes de marcharse, volvió a detenerse frente a la pizarra.

El nombre de Pilar aparecía en varios márgenes, abreviado en anotaciones de días anteriores.

La empresa seguía funcionando alrededor de un hueco que aún no había tenido tiempo de asumir: llamadas que alguien tendría que responder, horarios que otro corregiría, vehículos que saldrían a la mañana siguiente aunque ella no estuviera para recolocarlos.

Óscar cerró la carpeta con las primeras copias.

—Mañana empezamos con el cambio de riego. Irene quiere fijar quién pidió sacar a la cuadrilla y cuándo.

—Y comprobar la llamada de las cinco once dentro de la ruta de Rubén —añadió Andrés.

Mara miró una última vez hacia el patio.

La furgoneta larga seguía aparcada entre vehículos más pequeños, indistinguible en casi todo de cualquier herramienta de una empresa agraria salvo por sus dimensiones.

De momento, la llamada solo decía que Rubén y Pilar habían hablado.

El resto tendría que salir de horarios, recorridos y personas que pudieran confirmar dónde estuvo cada uno.

—Primero el riego —dijo—. Si no entendemos por qué Los Cárdenos quedó vacío, cualquier movimiento de esta mañana se nos va a contaminar con una historia que todavía no hemos demostrado.

Óscar apagó la luz de la oficina operativa al salir. En la pizarra quedó el cambio de Los Cárdenos, tachado y reescrito como tantos otros ajustes de una jornada de verano.