Capítulo 2 #2
En el suelo, junto a la base del pilar, aparecía un pequeño fragmento de plástico negro.
—Estaba suelto sobre el polvo. Ya está embalado.
—¿De qué es? —preguntó Andrés.
—De momento, de plástico negro —respondió el especialista—. Puede proceder de un vehículo, de maquinaria, de material agrícola o llevar aquí más tiempo del que nos interesa. Hasta que no tengamos algo con lo que compararlo, no voy a venderos una historia.
Andrés sonrió.
—Me sirve.
Mara observó la fotografía. El fragmento tenía un borde irregular, pero la imagen no permitía deducir mucho más sin caer en el mismo error que acababa de señalar el especialista.
El entorno estaba lleno de piezas de plástico: conducciones, protecciones, vehículos, cajas, herramientas y material de trabajo.
—¿Había más? —preguntó.
—No encontramos otro fragmento igual en la zona inmediata. Eso tampoco significa demasiado todavía.
—¿Se ha documentado la posición exacta?
—Sí. Fotografías, referencia y recogida. Si acaba siendo basura, seguirá estando bien recogida.
Mara le dio las gracias.
Óscar se acercó al pilar sin tocarlo.
—Los roces estaban ya en parte antes. La gente que trabaja aquí dice que este paso siempre ha sido estrecho.
—¿Hay fotos anteriores? —preguntó Irene.
—Estamos buscándolas. Propietarios, empresa, revisiones de riego... Cualquier imagen en la que salga la entrada.
—Eso sí puede ayudarnos —dijo Mara—. No para saber quién pasó hoy, sino para distinguir lo reciente de lo que lleva años ahí.
Irene hizo una anotación.
El calor empezaba a notarse incluso bajo los olivos. No corría aire y el polvo se adhería al calzado con cada paso. Mara bebió agua antes de volver a mirar hacia el interior de Los Cárdenos.
Desde el acceso sur, la finca parecía diferente. El camino que habían recorrido dejaba de ser una prolongación secundaria y se convertía en una comunicación completa entre dos puntos exteriores. Que la mayoría eligiera uno no borraba la existencia del otro.
Aun así, una salida posible no significaba que hubiera sido utilizada aquella madrugada. Ni las rodadas, ni el plástico, ni la anchura del paso permitían afirmarlo.
—¿Quién conocía esta entrada? —preguntó Andrés.
Óscar soltó una breve risa.
—Esa pregunta nos va a dar respuestas muy distintas dependiendo de a quién se la hagamos. Los que trabajan aquí, seguro. Los propietarios también. Vecinos de fincas cercanas, unos cuantos. Y luego estarán los que digan que no la usan nunca, que es distinto.
—¿Está señalizada desde fuera?
—No especialmente. Si no sabes a dónde lleva el carril, puedes pasar de largo.
Mara miró la curva exterior.
—Entonces conviene separar tres cosas cuando preguntemos: saber que existe, haberla usado y haberla usado recientemente.
—Lo apunto —dijo Andrés.
No lo hizo. Tampoco necesitaba hacerlo siempre.
Regresaron hacia el interior por el mismo carril.
Esta vez Mara atendió menos a los elementos individuales y más a la relación entre ellos.
Desde la salida sur hasta la obra de hormigón no había ningún cambio de finca ni una interrupción física.
El ensanche quedaba más arriba; después, el camino continuaba hasta la entrada norte.
En el plano que había visto en Jaén, todo aquello ocupaba unas pocas líneas. Sobre el terreno, las distancias, las curvas y las hileras explicaban por qué un testigo podía conocer una parte del recorrido y no otra.
Andrés caminaba ahora junto a ella.
—En la reunión parecía que hablábamos de una finca cerrada.
—Porque llevábamos toda la mañana diciendo «la entrada».
—Y hay dos.
—Hay dos accesos —corrigió Mara—. Ya veremos qué podía hacer cada vehículo en cada uno.
Andrés aceptó la precisión sin responder.
Cerca del ensanche volvieron a encontrarse con Irene, que se había detenido para contestar una llamada. Cuando terminó, guardó el móvil.
—La empresa nos ha preparado los datos de la jornada de Pilar de los últimos días. También están localizando quién tenía asignado cada vehículo esta semana.
—Eso nos vendrá bien mañana —dijo Mara.
—¿Algo aquí que cambie lo de esta mañana?
Mara miró hacia el camino por el que acababan de regresar.
—Todavía no. La orden de sacar a la cuadrilla sigue siendo real. Y el sector estaba vacío cuando debía estarlo. Lo que tenemos ahora es un lugar con más formas de entrar y salir de las que sugería el primer resumen.
Irene observó el plano que llevaba doblado en la mano.
—La entrada norte y la salida sur.
—Y marcas que hay que fechar antes de convertirlas en una historia.
Óscar se incorporó a ellos.
—Criminalística os pasará las fotografías de las rodadas y del fragmento cuando cierre el primer informe.
Mara asintió. No necesitaban más aquella tarde.
Al salir por el norte, el camino volvió a ensancharse y reapareció el ruido lejano de la carretera.
Detrás quedaban el punto donde había estado aparcado el todoterreno de Pilar, la obra de hormigón, las rodadas del sector sur y un pequeño trozo de plástico negro guardado ya en una bolsa de evidencia.
Por separado, ninguno decía quién había matado a Pilar Moya.
De momento, servían para algo más básico: saber cómo era realmente el lugar antes de empezar a creer lo que cada uno contara sobre él.