El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Dos entradas

—Por aquí accedió el trabajador que encontró el cuerpo —dijo Óscar.

El camino se abría entre dos hileras de olivos y descendía con una pendiente tan suave que desde fuera apenas se apreciaba.

El firme estaba seco, endurecido por semanas de calor y cubierto en los bordes por una capa de polvo fino.

A aquella hora de la tarde, el sol caía casi perpendicular sobre la finca y hacía brillar los tubos negros del riego localizado.

Mara dejó que el cabo primero avanzara unos metros antes de seguirlo.

Irene caminaba a su lado y Andrés se había quedado atrás hablando con uno de los agentes que custodiaban el acceso.

No había cinta atravesando todo el camino.

Criminalística había delimitado únicamente las zonas que seguían bajo protección y se había fijado un itinerario para moverse sin pisar puntos todavía pendientes de revisar.

Los Cárdenos no se parecía demasiado a la imagen que podía sugerir la palabra finca a quien no conociera el trabajo agrícola.

No había una casa aislada en medio de una extensión cerrada ni una única entrada que controlara todos los movimientos.

Era una explotación dividida en sectores, comunicados por carriles interiores y caminos de servicio.

El olivar ocupaba el espacio con una regularidad engañosa: desde lejos las hileras parecían abiertas y fáciles de recorrer; dentro, la vegetación, las instalaciones y los cambios de nivel reducían las vistas y obligaban a seguir determinados pasos.

—Este es el acceso norte —explicó Óscar—. El habitual para este sector. Turismos, furgonetas, pickups... Por aquí entra casi todo el mundo cuando tiene que trabajar en esta parte.

El ancho confirmaba lo que decía. Dos vehículos podían cruzarse con cuidado cerca de la entrada y, unos metros más adelante, el carril seguía sin estrecharse demasiado.

—¿También maquinaria? —preguntó Mara.

—Depende de cuál. La más grande utiliza otros recorridos. Pero para vehículos de servicio, sí.

Irene señaló hacia delante.

—Pilar entró por aquí esta mañana.

Mara no preguntó todavía cómo lo sabían.

En el camino había demasiadas marcas superpuestas para atribuir a simple vista una rodada concreta a una persona.

Criminalística ya había fotografiado, medido y levantado lo que consideraba útil.

Su trabajo consistía en comprender el terreno, no en reinterpretar huellas sin los conocimientos ni los medios necesarios.

Avanzaron hacia el interior. El ruido de la carretera había desaparecido casi por completo y llegaban, amortiguados por la distancia, motores de otras explotaciones.

En aquella parte del olivar no trabajaba nadie.

La orden de la noche anterior seguía teniendo un efecto visible muchas horas después: filas de árboles, mangueras, material de riego y ninguna cuadrilla.

A unos cientos de metros el carril se ensanchaba junto a una pequeña caseta. Había tuberías apiladas, piezas de conexión y varios palés cubiertos parcialmente con una lona.

Óscar se detuvo.

—Aquí quedó el coche de Pilar.

No necesitaba indicar el punto exacto. Varios marcadores y las señales dejadas por el trabajo de Criminalística permitían reconocer la zona sin acercarse demasiado.

Mara observó el espacio disponible. El ensanche no formaba una explanada regular.

El camino ganaba anchura en un lado, pero los olivos, el material almacenado y el borde de una instalación de riego limitaban el otro.

Un turismo o un todoterreno podía maniobrar allí sin dificultad aparente.

Con un vehículo más grande habría que conocer medidas y comprobarlas antes de asegurar nada.

No dijo nada. Aún no tenían una pregunta concreta que justificara hacerlo.

—¿Sabemos cuánto tiempo llevaba aquí? —preguntó Andrés, que acababa de alcanzarlos.

—El vehículo, seguro desde que llegó Pilar —respondió Irene—. La hora exacta de llegada todavía la estamos cerrando con comunicaciones y movimientos. Prefiero no darte una cifra que mañana tengamos que corregir.

Andrés miró alrededor.

—¿Y el hombre que la encontró?

—Entró por el norte, vio el coche y siguió a pie cuando se dio cuenta de que Pilar no estaba junto a él.

Óscar les pidió que permanecieran dentro del itinerario marcado.

Desde el ensanche, un paso lateral llevaba hacia una obra pequeña de hormigón vinculada a la conducción de riego.

No era una construcción llamativa: una plataforma de servicio, un borde elevado y un desnivel corto que salvaba parte de la instalación.

Allí había aparecido Pilar.

La ausencia del cuerpo hacía que el lugar resultara menos evidente de lo que había parecido en las fotografías. Mara se quedó a distancia, atendiendo a las marcas que señalaban las zonas ya documentadas. Un especialista de Criminalística trabajaba todavía unos metros más allá.

—¿El cuerpo estaba pegado a la estructura? —preguntó.

Óscar indicó la posición sin pisar el área.

—En ese lateral. Medicina Legal tiene que concretar lo suyo. Nosotros no vamos más lejos de lo que está fijado.

Mara agradeció la respuesta. El hormigón podía adquirir importancia por muchas razones o por ninguna. Hasta que el forense estableciera qué lesiones tenía Pilar y cómo podían haberse producido, cualquier reconstrucción sería prematura.

—¿Había signos claros de pelea?

—No lo suficiente como para construir una escena completa a partir de ellos —dijo Irene—. El terreno está seco y aquí se trabaja. Hay pisadas, roces, marcas antiguas. Criminalística está separando lo que pueda tener valor.

Andrés se agachó cerca del límite del itinerario, sin tocar nada.

—Con este polvo habrá zonas mejores que otras.

—Exacto —respondió Óscar—. En algunos puntos conserva una rodada estupendamente y diez metros después no queda casi nada.

Siguieron por el carril. Mara había visto en el plano que el camino no terminaba junto a la caseta, pero sobre el papel la prolongación parecía secundaria. Sobre el terreno era distinta. Continuaba entre los olivos con anchura irregular y descendía poco a poco hacia el extremo sur del sector.

A mitad del recorrido, las hileras cambiaban ligeramente de orientación. Bastó ese giro para que el ensanche desapareciera de la vista.

Mara se volvió.

—Desde aquí ya no se ve donde estaba el coche.

Óscar hizo lo mismo.

—No.

—¿Y desde la parte sur?

—Depende del punto. Hay ejes en los que puedes ver bastante lejos y otros en los que dos filas de olivos te tapan casi todo.

Era una característica simple, pero conveniente de recordar. Un olivar podía ofrecer una sensación de exposición constante y, al mismo tiempo, esconder un vehículo o una persona a poca distancia según la dirección desde la que se mirara.

Más adelante, el cabo primero abandonó durante unos pasos el centro del carril y señaló una zona protegida con pequeños marcadores.

—Aquí tenemos un juego de rodadas que nos interesa.

Mara se acercó únicamente hasta donde le indicaron. Las marcas eran más profundas que otras que habían visto desde la entrada. El dibujo del neumático podía distinguirse en varios tramos, aunque se perdía al llegar a una superficie más dura.

—¿Un solo vehículo? —preguntó Andrés.

—Un juego que puede seguirse en esta zona —contestó Óscar—. Eso es lo que puedo decirte ahora. Criminalística lo ha documentado.

—¿Sabéis cuándo pasó?

—Todavía no.

—¿Tipo de vehículo?

Óscar se encogió apenas de hombros.

—Hay una primera estimación por anchura y dibujo, pero prefiero que la recibáis cuando esté en el informe. Aquí entra bastante gente con vehículos de campo. No convertiría esto en nada más todavía.

Mara recorrió visualmente la dirección de las rodadas. Llegaban desde el sur y se adentraban en el sector. En algún punto se mezclaban con otras marcas y dejaban de ofrecer una trayectoria limpia.

—¿Los primeros agentes pasaron por aquí?

—No con vehículo. Se fijó el acceso norte y, en cuanto se valoró la escena, se limitó el tránsito. Tenemos anotado quién entró y por dónde.

—Bien.

Continuaron.

El carril empeoraba a medida que se acercaban al límite de la finca. Había más piedra suelta, pequeños baches y vegetación seca en los márgenes. No era un camino impracticable, pero quedaba claro por qué alguien que dispusiera de una entrada mejor preferiría utilizarla.

La salida apareció entre dos pilares de piedra.

Era más estrecha que la del norte.

Mara se detuvo antes de cruzarla. Al otro lado, el carril seguía entre dos parcelas y terminaba perdiéndose en una curva que impedía ver su conexión con la vía agrícola siguiente.

Uno de los pilares mostraba roces antiguos a distintas alturas.

Cerca de la base, la piedra tenía zonas más limpias entre el polvo acumulado.

Había también una cadena asociada al cierre, recogida hacia un lateral. Mara la vio sin acercarse. Ya habría tiempo de establecer cómo estaba aquella mañana y quién podía saberlo.

—¿Este acceso se usa? —preguntó.

—Mucho menos —dijo Óscar—. Sobre todo por cómo queda el camino después. Para turismos no resulta cómodo. Los que trabajan aquí suelen preferir el norte.

—Pero comunica con el exterior.

—Sí.

Irene señaló el carril que continuaba al otro lado.

—Sale a otra vía agrícola y después a una carretera local. Esta mañana hemos mandado comprobar también ese recorrido.

Mara atravesó el hueco entre los pilares siguiendo el itinerario permitido y miró hacia atrás. Desde allí no veía la zona donde había aparecido Pilar. Las hileras, el desnivel y la orientación del camino la ocultaban por completo.

Hasta ese momento habían caminado desde la entrada norte sin abandonar un recorrido continuo.

—¿Hay algún punto entre aquí y el ensanche que obligue a salir del carril? —preguntó.

Óscar negó.

—No. Se estrecha en zonas y aquí el firme es peor, pero el camino sigue.

—¿Alguna barrera fija?

—Ninguna.

Mara volvió la atención hacia uno de los pilares. El especialista de Criminalística que los acompañaba se aproximó con una tableta y buscó una de las fotografías tomadas por la mañana.

—Aquí recogimos algo —dijo.

Amplió la imagen.