Capítulo 1 #2
Óscar saludó y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Andaraje trabaja bastante fuera. Córdoba, Granada y algún servicio más lejos, según la temporada. Tienen vehículos entrando y saliendo continuamente.
Aquello coincidía con la razón que había llevado la petición hasta Madrid.
Alicia Baeza se lo había explicado sin convertirlo en algo más excepcional de lo que era: la UOPJ de Jaén ya tenía un homicidio, una empresa con servicios repartidos en varias provincias y una mañana en la que los movimientos de vehículos podían adquirir importancia.
Habían pedido apoyo para coordinar comprobaciones y evitar que la investigación creciera en varias direcciones sin necesidad.
Mara no tenía intención de transformar esa petición en una toma de mando.
—¿Qué necesitáis de nosotros ahora? —preguntó.
Irene cruzó una mirada con Óscar.
—Primero, que veáis la finca. Después quiero separar tres cosas que ahora mismo se nos están mezclando: por qué se cambió la cuadrilla, quién sabía que Pilar estaría allí y qué movimientos hubo realmente esta madrugada. Nosotros seguimos con declaraciones y primeras diligencias.
—¿Quién sabía que Pilar estaría allí? —repitió Andrés—. ¿Tenemos constancia de que alguien lo supiera?
—No todavía.
—Entonces lo dejamos como pregunta, no como hecho.
—Exacto.
Mara miró a Andrés. Aquella forma de trabajar les resultaba familiar. No hacía falta que ella corrigiera cada formulación ni que él esperara a que lo hiciera.
Óscar abrió su carpeta.
—Hay otro problema. En una finca como Los Cárdenos vais a encontrar marcas de vehículos por todas partes.
No estamos ante un camino abandonado donde una rodada signifique que alguien pasó esta mañana.
Entran trabajadores, propietarios, técnicos, empresas de mantenimiento...
Criminalística ha documentado lo que ha considerado útil, pero asignar cada marca a una hora va a ser otra cuestión.
—¿Ha llovido recientemente? —preguntó Mara.
—No lo suficiente como para regalarnos una superficie limpia. El terreno está muy seco. En algunos puntos el polvo conserva marcas; en otros, el paso de varios vehículos las mezcla.
Mara no necesitó más. Lo comprobaría allí.
Irene volvió a colocar en el centro de la mesa la copia del aviso enviado por Pilar. Durante toda la reunión aquel papel había conservado un peso desproporcionado porque era el único acto conocido de la víctima que parecía alterar por completo el escenario de su propia muerte.
—Esta mañana —dijo la teniente—, cuando supimos que la cuadrilla había sido trasladada por ella, la primera lectura fue bastante evidente.
—Que Pilar quería quedarse sola —dijo Andrés.
—O verse con alguien —añadió Óscar—. O que alguien consiguió que despejara la zona.
Irene asintió.
Mara observó el documento. Las tres posibilidades podían encajar con el resultado, pero ninguna nacía realmente del mensaje. El aviso solo demostraba que Pilar había reorganizado un trabajo. Todo lo demás dependía de razones, conocimiento y oportunidad que todavía no habían reconstruido.
—¿Alguien ha dicho que tuviera una cita? —preguntó.
—No.
—¿Que estuviera asustada?
—Tampoco.
—¿Que quisiera hablar en privado con alguien?
—No tenemos nada de eso.
—Entonces no le atribuyamos una intención porque conocemos el final de la mañana.
Irene recogió el mensaje.
—Estoy de acuerdo.
Óscar consultó sus notas.
—Hay bastantes conflictos alrededor de Pilar, eso sí. Trabajo, horas, propietarios, accesos, riego. Era quien decía a la gente dónde tenía que estar y cuándo. En julio eso significa tocar dinero cada vez que cambias una jornada.
Andrés se volvió hacia él.
—¿Hay alguien que haya perdido trabajo por el cambio de anoche?
—La cuadrilla desplazada tuvo que reorganizarse. Estamos viendo exactamente cuánto les afectó. También hay discusiones anteriores.
—Eso será mejor hablarlo con ellos.
Óscar asintió.
Mara no preguntó por nombres. Aquel primer repaso podía convertirse muy deprisa en una lista de sospechosos construida a partir de cualquier persona que hubiera discutido con una mujer cuya profesión consistía, precisamente, en cambiar horarios, repartir recursos y decir que no cuando una petición no encajaba.
Prefería entender primero qué era normal en la vida de Pilar.
—Quiero una cosa antes de ir a Los Cárdenos —dijo—. Su jornada de una semana cualquiera. No la de ayer. Una normal.
Irene pareció sorprenderse.
—¿Para qué?
—Para saber cuánto de esto habría hecho Pilar aunque hoy estuviera viva.
A qué hora empezaba, cuántas fincas visitaba, quién podía llamarla antes de las seis, cuánto cambiaban los planes y con qué frecuencia iba sola a comprobar una incidencia.
Si empezamos por la mañana del homicidio, todo nos va a parecer excepcional.
Andrés apoyó los antebrazos en la mesa.
—Y los cambios de horario pueden ser normales aunque a alguien le fastidien bastante.
—Eso también.
Óscar hizo una anotación.
—Puedo conseguirlo con la empresa.
—Que no nos preparen una jornada modelo —dijo Mara—. Mejor varios días reales.
—Entendido.
Irene consultó la hora. A través de las persianas, la luz de la tarde trazaba franjas casi blancas sobre el suelo. El aire acondicionado funcionaba con un zumbido constante que hacía fácil olvidar la temperatura exterior hasta que alguien abría la puerta.
—Si queremos ver la escena hoy, deberíamos salir ya. Criminalística seguirá allí un rato.
Mara se levantó con Andrés. Irene guardó los documentos que necesitaba y dejó el resto ordenado para cuando volvieran. Óscar salió primero para avisar al equipo de la finca.
Antes de cerrar la carpeta, Mara volvió a mirar la comunicación de Pilar.
El mensaje había bastado durante unas horas para convertir un cambio de trabajo en el centro de la historia.
Quizá terminara siéndolo. De momento solo sabían que una coordinadora había movido una cuadrilla por una incidencia real y que, a la mañana siguiente, alguien la había encontrado muerta en el lugar que había dejado sin trabajadores.
Irene abrió la puerta del despacho y el aire caliente del pasillo empezó a sustituir al frío de la sala.
—Los Cárdenos está a unos veinte minutos —dijo.
Mara guardó la copia de la cronología y salió detrás de ella. El resto tendrían que verlo sobre el terreno.