El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 1
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El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4)

El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4)

Por Elena Montalban Rivas

© inepub.com

Capítulo 1

La orden de no entrar

—La finca estaba vacía porque Pilar la había vaciado ella misma.

La teniente Irene Cobo dejó la frase donde estaba y volvió a mirar la pantalla.

Mara llevaba apenas unos minutos sentada al otro lado de la mesa, con Andrés a su derecha, y había tenido la impresión de incorporarse a una conversación que no se había detenido para recibirlos.

Lo agradecía. La UOPJ de Jaén trabajaba en el caso desde poco después de las siete de la mañana y no necesitaba repetir cada diligencia solo porque dos investigadores de Madrid acabaran de llegar.

En la fotografía proyectada se veía una extensión de olivar bajo una luz todavía baja.

Las hileras parecían regulares desde aquella altura, aunque los cambios de pendiente, las casetas y los caminos rompían la simetría en cuanto se miraba con atención.

Cerca del centro de la imagen, un vehículo oscuro estaba detenido junto a un ensanche.

Más allá se distinguía una zona acordonada que la fotografía evitaba mostrar con detalle.

Mara apartó la vista de la pantalla.

—¿Vaciarla ella misma significa que dio la orden personalmente?

—Sí. A las nueve y cinco de anoche comunicó el cambio a la cuadrilla que debía entrar esta madrugada en el sector norte de Los Cárdenos. Los trasladó a otra finca. El aviso salió de Pilar y tenemos confirmada la reasignación.

Irene acercó una copia impresa del intercambio.

No había una frase dramática ni una amenaza, solo una comunicación de trabajo.

Pilar había reorganizado la jornada y dejado claro que la cuadrilla no debía entrar en aquel sector mientras quedara pendiente una revisión relacionada con el riego.

Mara leyó dos veces las horas antes de devolver la hoja a la mesa.

—¿La finca completa o ese sector?

—Ese sector —precisó Irene—. Es una explotación mediana, dividida en varias zonas. Cuando decimos que estaba vacía nos referimos al lugar donde apareció el cuerpo. No a veinte kilómetros de campo sin nadie.

—Mejor.

Irene levantó ligeramente una ceja.

—¿Mejor?

—Más preciso.

La teniente aceptó la corrección con un movimiento breve de cabeza.

Tendría unos cuarenta y pocos, el pelo recogido sin demasiada preocupación y una forma de hablar que a Mara le resultó cómoda desde el principio: distinguía lo comprobado de lo que todavía estaban intentando entender y no parecía necesitar presentar cada dato como un descubrimiento.

Andrés se inclinó hacia el documento.

—¿Cuánta gente conocía el cambio?

—Eso lo estamos cerrando. La cuadrilla, responsables de la empresa y quienes tenían que reorganizar los trabajos. No era información reservada.

—Entonces el vacío tampoco lo era.

Irene negó.

—No.

Andrés se recostó de nuevo. Había conducido durante parte del trayecto desde Madrid y, aunque llevaban una jornada larga, conservaba la misma calma con la que podía entrar en una entrevista después de cuatro horas de carretera.

Mara llevaba años trabajando con él y sabía que esa apariencia tranquila engañaba a quienes confundían sociabilidad con falta de atención.

—Eso amplía bastante las posibilidades —dijo él—. Si alguien necesitaba saber que no habría trabajadores, no tenía por qué provocar el cambio. Le bastaba con enterarse.

La observación era sencilla, pero colocaba bien el problema.

Mara volvió a la fotografía del olivar. Desde que Alicia Baeza les había comunicado la petición de apoyo, la idea de una finca deliberadamente despejada había acompañado cada resumen del caso.

No porque nadie la hubiera convertido todavía en hipótesis oficial, sino porque resultaba demasiado fácil establecer la relación: una mujer ordenaba retirar a una cuadrilla y pocas horas después aparecía muerta precisamente donde no debía haber nadie.

—¿Por qué se cambió el trabajo? —preguntó.

Irene buscó otra hoja.

—Hay una incidencia relacionada con la planificación del riego y una revisión de presión. Estamos separando quién decidió qué y a qué hora. De momento sabemos que el cambio tuvo una razón operativa real. Lo que todavía no sabemos es si alguien influyó en esa decisión por otro motivo.

—¿Hay indicios de sabotaje?

—Ninguno por ahora.

—Entonces no empecemos llamándolo sabotaje.

—No lo estamos haciendo.

Mara asintió. No había reproche en la respuesta, solo una precisión equivalente a la que ella había hecho unos minutos antes.

Irene cambió de imagen. La siguiente mostraba el todoterreno de Pilar desde más cerca, estacionado junto a una zona de maniobra.

El terreno tenía ese tono pardo y seco que el verano endurecía hasta volver casi blanco en los puntos más castigados.

Entre las hileras de olivos discurrían tubos de riego y se distinguía una pequeña construcción de servicio.

—Pilar Moya Carrasco —continuó la teniente—.

Cincuenta y dos años. Coordinadora de campo de Andaraje Servicios Agrarios.

Vivía en Jaén capital. Llevaba años trabajando para la empresa y se ocupaba de organizar cuadrillas, vehículos, maquinaria, incidencias y cambios de horario.

Si había que mover seis personas de una finca a otra porque una tarea se retrasaba, normalmente pasaba por ella.

—¿Propietaria? —preguntó Andrés.

—No. Trabajadora de Andaraje. Los Cárdenos pertenece a una familia y la gestión cotidiana la lleva una de las copropietarias. La empresa presta allí distintos servicios.

—¿Quién encontró a Pilar?

Irene consultó la cronología.

—Un trabajador que fue a recoger material. Entró a las seis cuarenta y ocho. Primero vio el vehículo de Pilar y después encontró el cuerpo. A las seis cincuenta y uno estaba llamando al 112.

Mara miró la hora escrita en la hoja.

—¿Por qué fue allí si existía una orden de no entrar?

—La orden afectaba al trabajo de la cuadrilla en ese sector. No era un cierre policial ni una prohibición física de acceso. El hombre fue enviado a por material que necesitaban en otra finca. Estamos comprobando quién se lo indicó y cuándo.

Eso eliminaba una ambigüedad que podía convertirse con facilidad en un falso misterio. Hablar de una «orden de no entrar» hacía pensar en un lugar clausurado, cuando en realidad se trataba de una decisión de organización laboral. En el campo, cambiar una cuadrilla no equivalía a cerrar una finca.

—¿Pilar podía entrar? —preguntó.

—Por supuesto. Coordinaba los trabajos. Que sacara a la cuadrilla no significa que ella no tuviera motivos para pasar por allí.

—¿Sabemos qué motivo tenía esta mañana?

—Todavía no con suficiente precisión.

Mara dejó la cuestión abierta.

Sobre la mesa había una carpeta con fotografías de la escena, impresiones de mensajes, primeras declaraciones y una planimetría que Irene aún no había desplegado.

Mara agradeció que nadie intentara empezar por el mapa.

Después de la investigación en Lugo había vuelto a comprobar algo que ya sabía: los planos eran útiles cuando respondían a preguntas concretas, pero podían ser peligrosamente convincentes antes de haber pisado un terreno.

Un camino dibujado con una línea uniforme no decía si un vehículo podía recorrerlo, dónde tenía que reducir la velocidad o qué impedía ver dos puntos separados por pocos metros.

Irene señaló la fotografía del vehículo.

—El cadáver estaba cerca de una pequeña obra de servicio del riego.

Criminalística ha fijado ya el escenario y continúa con las actuaciones.

Medicina Legal no ha cerrado todavía el mecanismo exacto de la muerte.

Tenemos motivos suficientes para trabajarla como violenta, pero no voy a adelantar una conclusión que aún no nos han dado.

—¿Signos de robo?

—No es la primera línea. Sus efectos personales no apuntan de momento a eso.

—¿El vehículo estaba abierto?

—Ese detalle lo veremos con la documentación completa de la escena. Prefiero que Óscar os explique allí qué se encontró y qué se ha tocado.

Otra decisión que Mara agradeció. Había demasiadas investigaciones en las que la segunda versión de un escenario empezaba a sustituir a la primera porque cada persona añadía una interpretación a lo que había visto otro.

Irene cerró la carpeta de fotografías y colocó delante de ellos una cronología mucho más breve.

—Esto es lo que puedo sostener ahora sin llenar huecos.

A las nueve y cinco de anoche, Pilar comunica el cambio de la cuadrilla.

Esta mañana, a las seis cuarenta y ocho, localizan su coche y después el cuerpo.

A las seis cincuenta y uno entra el aviso.

Entre ambos puntos tenemos demasiadas horas y demasiada gente relacionada con ella como para elegir una historia todavía.

Andrés señaló la primera hora.

—La decisión de mover la cuadrilla se toma antes.

—Sí. Hubo conversaciones previas relacionadas con el riego y la planificación. Las estamos reconstruyendo.

—¿Y el calor? —preguntó Mara.

Irene entendió enseguida a qué se refería.

—También condiciona horarios. En esta época hay tareas que empiezan casi de noche. Nadie va a sorprenderse porque haya movimiento a las cinco de la mañana ni porque una cuadrilla cambie una jornada sobre la marcha. Eso nos complica bastante distinguir una conducta excepcional de una rutina.

—Y nos evita tratar como sospechoso a cualquiera que estuviera despierto antes de las seis —dijo Andrés.

Irene sonrió por primera vez.

—Nos quedaríamos sin media provincia.

La puerta se abrió y entró un hombre con dos carpetas bajo el brazo. Irene lo presentó como el cabo primero Óscar Prados. Había pasado buena parte de la mañana entre la finca y distintas comprobaciones en la zona y todavía llevaba polvo claro en la parte inferior de las botas.

—Perdonad. Criminalística acaba de confirmar que podemos volver a entrar por el itinerario fijado cuando queramos —dijo antes de sentarse—. He hablado también con los agentes que hicieron las primeras actuaciones.

—Mara Valdés. Andrés Mena —dijo Irene, aunque no hacía falta repetir los empleos—. Van a apoyarnos con la parte de movimientos, documentación y todo lo que empiece a salir fuera de Jaén.