El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Sexta parte. Bollito de mermelada #2
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Sexta parte. Bollito de mermelada #2

Pero el instinto le decía que no hiciese nada, que era peligroso atacar mimetos de sombra porque eran mucho más fuertes de lo que parecían.

Si atacaba, descubriría a los mimetos. Y, si los descubría, aquello sería una masacre.

Moriría. Madre Rory moriría. Todos lo harían.

Por eso, si Bollito de Mermelada quería que Madre Rory siguiese a salvo, lo mejor que podía intentar era ignorar los mimetos de sombra por el momento.

Tenía que asegurarse de que Madre Rory nunca se quedase a solas con uno.

—Tenéis que seguir entrenando todos —dijo Menerva a la multitud. Señaló a Larry el rátido, quien agitó la mano.

—Os romperé el cráneo si os saltáis alguno de los entrenamientos —gritó Larry a los presentes.

Larry también era un mimeto de sombra. Así como los dos ayudantes de la abuela llama. Bollito de Mermelada contó un total de treinta mimetos en la estancia, de los ciento cincuenta PNJ que habían ayudado a crear el laberinto.

Debajo de ella, Madre Rory seguía sollozando. Menerva se marchó. Lorelai también. Otros se quedaron y siguieron vitoreando. El olor de las criaturas felices cubría por completo la sala. Era un olor bueno.

A pesar de los mimetos de sombra, a pesar del peligro, Bollito de Mermelada tuvo un momento de paz. De alegría.

Descendió un poco para que su vientre cubriese la parte superior de la cabeza cálida de Madre Rory.

A lo largo de las últimas semanas, se había dado cuenta de que aquella goblin era su nueva madre.

Sí, le daba muchas tortas. Y también le había arrancado un dedo de un mordisco.

Pero, aun así, Bollito de Mermelada se sentía bien cuando estaba con ella. Y eso le pareció importante.

Se suponía que una madre tenía que proteger a sus hijos, darles toda su calidez.

Y también se suponía que un hijo tenía que proteger a su madre.

El momento de paz desapareció tan rápido como había llegado cuando esa idea infestó su pensador.

Quería proteger a Madre Rory de los mimetos de sombra, pero no sabía cómo hacerlo.

Eran demasiado fuertes. Lo sabía. Sabía que eran las peores criaturas con las que podía toparse, las más insidiosas de la mazmorra, y estaban allí mismo.

Allí sentada, Bollito de Mermelada echó un vistazo por la estancia.

Se topó con la mirada de Gary el Ronco, quien no les había quitado ojo de encima.

Gary era la clave. Bollito de Mermelada no sabía qué podía significar algo así, pero aquello era lo que Madre Rory había dicho en una ocasión.

Había dicho que Gary pertenecía a un tipo especial de PNJ que no podía morir, razón por la que todo el mundo quería que trabajase con ellos.

Mientras lo miraba, él se dio la vuelta y se marchó.

Seguramente, iba de camino a su apartamento.

Dormía mucho y siempre olía a fruta fermentada.

Bollito de Mermelada no lo culpaba. Tenía un trabajo muy complicado y, que la mazmorra estuviese terminada, no significaba que él no tuviese que seguir probándola.

Además, todos los mimetos de sombra salían de su apartamento y él ni siquiera lo sabía.

Estaba segura de que él no era uno de ellos.

Su olor permeaba toda la mazmorra, porque moría en ella una y otra y otra vez.

Bollito de Mermelada nunca había estado dentro del apartamento de Gary.

Madre Rory decía que los otros goblins no tenían permitido ir a las fiestas de Gary.

Pero, a veces, Madre Rory se acercaba y espiaba la puerta delantera para ver si alguno de sus goblins no la había obedecido.

Al parecer, Espagueti había ido en una ocasión, aunque lo negó al día siguiente.

Madre Rory había dejado que Bollito de Mermelada lo chupase un poco.

Él no había dejado de gritar. Había sobrevivido, pero ahora cojeaba y lloraba siempre que la veía.

No estaba segura de si tenía permitido responderle con gritos o no.

El resto de la multitud se dispersó, y Madre Rory agitó la cabeza para quitarse a Bollito de Mermelada de encima. Cayó al suelo con un plaf.

La goblin se quedó sentada durante un rato.

Se le había ocurrido algo. Algo que llevaba gestándose desde hacía pocos días, desde la última misa.

Bollito de Mermelada había pensado que la reunión haría que Madre Rory se sintiese mejor, y así había sido, pero fueran cuales fuesen las Grandes Emociones que había sentido, estas habían desaparecido por completo al mismo tiempo que la multitud.

—Tengo que hacerlo —dijo Madre Rory—. Tengo que hacerlo.

Bollito de Mermelada no sabía muy bien de qué hablaba.

Madre Rory se puso en pie de un salto de repente y tiró de la correa. La arrastró de camino a la parte trasera de la mazmorra, siguiendo los pasillos intrincados que olían a sangre de gnoll. Caminaba con determinación, más rápido de lo habitual.

—Vamos, Bolli. ¡No seas tan lenta!

La goblin volvió a tirar, y Bollito de Mermelada hizo todo posible por seguirle el ritmo, arrastrándose por la pared.

Madre Rory se detuvo en una puerta secreta que llevaba al despacho de Menerva, la empujó y pasó al otro lado. El robot de metal flotante que protegía la habitación soltó un pitido.

—No tienes una reunión programada —dijo el robot. Bollito de Mermelada gruñó e intentó morderlo. Madre Rory pasó junto a él, sin dejar de arrastrarla por la correa, y se detuvo junto a Menerva, quien estaba sentada el fondo de la estancia.

Bollito de Mermelada había empezado a morder un lado del escritorio. Sabía a madera vieja. Sabía a lo mismo que olía Menerva.

—¿Qué ocurre? —preguntó la elfa—. Estoy ocupada. Han llegado muchísimos mazmorreros al noveno piso y los indicadores de contingencias son un caos.

—¿No crees que los mazmorreros vayan a llegar al decimoséptimo con vida? —preguntó Madre Rory.

—Claro que no —le aseguró Menerva—. Pero tengo que llevar al día los expedientes de cada uno. Algunas de las trampas que habéis creado son específicas de algunos mazmorreros y tienen que estar listas.

—¿Carl y Dónut siguen con vida? —preguntó Madre Rory.

Bollito de Mermelada sintió un gruñido en su garganta.

Carl y Dónut. Dónut y Carl. Eran mazmorreros.

Habían matado bebés. Madre Rory hablaba sobre ellos de vez en cuando, sobre todo cuando fumaba por la noche.

Los bebés. Madre Rory creía que los habían matado las llamas, pero ahora sabía que, en realidad, habían sido Carl y la Princesa Dónut.

La trampa que habían creado los goblins…

, el bar con los túneles subterráneos. Estaba diseñada específicamente para ellos.

—¿Por eso has venido, para preguntarme por dos mazmorreros?

—No —respondió Madre Rory. Tiró de la correa y los pinchos del interior se clavaron en el cuello de Bollito de Mermelada—. Bolli, nada de morder.

Escupió unas pocas astillas.

—Pues tú dirás —insistió Menerva.

Madre Rory estaba nerviosa. Bollito de Mermelada lo sentía. La goblin se envaró.

—Hay demasiados que no creen. Estoy haciendo todo lo posible, pero las misas pierden fieles a cada día que pasa.

—Pero el piso está completado —comentó Menerva—.

Todo va según lo previsto. Mientras sigáis entrenando y subiendo de nivel, cumpliréis los requisitos.

El número de infieles será irrelevante. Mientras continúen trabajando, no habrá problema.

Es muy posible que los mazmorreros se extingan en el noveno piso, así que estaremos preparados.

—¿Puedes enseñárselo? —preguntó Madre Rory—. ¿Puedes enseñarles el Cabaret de la Piña, como me lo enseñaste a mí?

Menerva titubeó. Bollito de Mermelada dio unas pocas vueltas y luego se hizo un ovillo en aquel suelo suave.

—Te lo mostré porque necesitaba asegurarme de que había al menos una persona que conservaba la fe —comentó Menerva—. Y me metí en problemas por hacerlo. No puedo enseñárselo a nadie más.

—Pero están perdiendo la fe —insistió Madre Rory—. Las llamas están tramando algo.

—Lo sabemos —aseguró Menerva—. No te preocupes por eso. Tú sigue haciendo lo que estás haciendo. Vuelve al trabajo. No sé qué le dijiste a Larry, pero su eficiencia se ha disparado de repente. Sigue entrenándolos a todos y todo saldrá bien. Estás haciendo un buen trabajo.

—Vale. Pero ¿puedes enseñármelo otra vez a mí? —preguntó la goblin—. Solo una última vez. Me ayudará.

Bollito de Mermelada no entendía nada, pero sí que recordaba una conversación entre Lorelai y Madre Rory. Había sido antes de que Lorelai se transformase en un mimeto.

—Nos están mintiendo —había dicho Lorelai—. Quieren que construyamos cosas gratis y luego nos matarán.

Pero Madre Rory había agarrado la mano de Lorelai y empezado a llorar.

—No. Lo he visto. Después de la reunión, se marcharon todos y esa elfa me dijo que tenía que mantenerlo en secreto.

Luego, abrió la puerta que había en la parte trasera de su habitación y lo vi.

Es un lugar del todo nuevo. Un lugar maravilloso.

Un lugar cálido, Lorelai. Un lugar seguro.

Había jóvenes de toda clase, que reían y jugaban.

—Soltó un grito ahogado, superada por esas Grandes Emociones—.

Saludé, y ellos me devolvieron el saludo. Empezaron a correr hacia mí.

—¿Eran jóvenes goblin? —preguntó Lorelai. Extendió el brazo y se llevó una mano al vientre.

—No vi ninguno específicamente, pero es posible que los hubiera. —Madre Rory se había enjugado los ojos—. Es posible que los hubiera.

Bollito de Mermelada apenas había entendido la conversación en aquel momento, pero ahora que la recordaba, sintió un anhelo muy extraño en su pecho.

Quería esa calidez. Quería correr y jugar con otros bebés.

Y también se sintió triste. Triste por Lorelai, que ahora estaba muerta.

Estaba muerta y Bollito de Mermelada era la única que lo sabía.

—Por favor —repitió Madre Rory, con la voz adquiriendo un tono que Bollito de Mermelada no había oído nunca, ni siquiera en la iglesia—. Por favor.