El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Sexta parte. Bollito de mermelada
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Sexta parte. Bollito de mermelada

Manada, revolotear, chupar, gritar.

Incluso ahora, con la mente acelerada, Bollito de Mermelada a veces solo era capaz de sentir sus instintos básicos.

Manada.

Revolotear.

Chupar.

Gritar.

«Para —pensó—. No tienes hambre. Tu manada está a salvo y cerca. No tienes por qué revolotear. Aún no».

Pero ¿gritar? Quizá sí que pudiese soltar un buen grito.

Respiró hondo y se preparó para el aullido.

Pum. Madre Rory le dio un golpe en la cabeza y tiró con fuerza de la correa. El collar dentado se le clavó en el cuello a Bollito de Mermelada.

—No, Bolli. Ahora no. Nada de gritar —dijo Madre Rory.

—Mantén a esa bebé rara tuya bajo control —dijo otra criatura.

Era una llama grande y apestosa que también estaba frente a la multitud.

Abuela llama. Se suponía que Bollito de Mermelada la odiaba porque Madre Rory también lo hacía.

Bollito de Mermelada olía que la llama había tenido bebés hacía mucho tiempo, pero ahora sus entrañas estaban arrugadas.

Su maternidad había quedado reducida a cenizas.

—Pórtate bien —le había dicho hoy Madre Rory a Bollito de Mermelada cuando la había ido a buscar a la estancia trasera para sacarla del almacén donde guardaban a los bebés, los perros peligro, los limos y el resto de los monstruos estúpidos que solo servían para atacar—.

Hoy es un día importante, así que no me dejes en evidencia como sueles hacer. Si te portas mal, te comeré.

Bollito de Mermelada había gruñido, aullado y escupido para hacerle saber a Madre Rory que se iba a tomar muy en serio lo de portarse bien aquel día. Estaba decidida a no morder a nadie por muy mordible que fuese.

Fue por eso por lo que Bollito de Mermelada parpadeó e intentó prestar atención. Aún tenía un buen grito preparado en el interior. Lo guardaría para después, aunque sabía que si lo hacía durante mucho tiempo este se escaparía de igual manera.

Bollito de Mermelada sabía que se suponía que no tenía que pensar en cosas. De hecho, se suponía que ni siquiera tenía que tener nombre. Era una drek. Un bebé humanoide demoniaco. El resto de su manada y ella supuestamente habían sido desechados por un demonio, el Insaciable.

Bollito de Mermelada y el resto de su camada siempre iban a tener hambre, por lo que viajaban en manadas enormes y se dedicaban a derribar a la mayor presa que fuesen capaces de encontrar.

Mordían, rasgaban y luego se dedicaban a chupar.

La comida nunca se asentaba en sus estómagos, sino que viajaba hasta Sheol, donde su verdadero padre, el Insaciable, recibía la carne y dejaba vacíos los estómagos de los bebés.

Pero estos no lo sabían. En lugar de eso, seguían cazando, subiendo por las paredes, atacando juntos a través de mazmorras y consumiendo todo lo que eran capaces de encontrar.

Encontraban la carne, la devoraban y chupaban los restos, todo para intentar saciar esos estómagos que no dejaban de rugir.

Todo para intentar sentirse a salvo, cálidos.

Sangre. Sangre fresca, casi tan caliente como para recordarles a su madre.

Pero aquello era el pasado y no sus vidas ahora.

Cuando Bollito de Mermelada había llegado entre bastidores, nada había cambiado en su cabeza.

No tenía ni idea de cómo la manada había llegado hasta allí.

Estaban revoloteando por un túnel de trenes, en busca de algo que chupar y, de repente, habían pasado a estar en aquel lugar.

Poco después de llegar, después de haberse comido a unos pocos rufianes presurosos, hadas y a un humanotauro, una elfa llamada Menerva los había encerrado en las estancias traseras.

Pero, más tarde, Madre Rory había entrado para elegir a Bollito de Mermelada.

Le había puesto un collar y le había dicho: «Ahora eres mi mascota.

No me morderás. Solo morderás a aquellos a los que yo te diga que muerdas.

Si te portas mal, te comeré. Te llamarás Bollito de Mermelada para recordarme que no eres más que comida».

Bollito de Mermelada había mordido la mano de Madre Rory al momento, por lo que la goblin había hecho lo propio y le había arrancado de un mordisco uno de esos dedos de bebé.

Más tarde, cuando estaban solas en la habitación de Madre Rory, la goblin había dicho:

—Vas a ser mi mascota. Todos los jóvenes están muertos, pero tú no. Nunca tendré un joven, pero te tendré a ti. No me vuelvas a morder.

Y luego Madre Rory había frotado la cabeza a Bollito de Mermelada y empezó a ronronear.

Luego, le había dado un beso en el muñón y lo había untado con algo para que no le doliese tanto.

Y eso había hecho que Bollito de Mermelada se sintiese cálida, que se sintiese segura.

Y, en ese momento, se dio cuenta de que ya no se sentía tan hambrienta.

El portal de sus estómagos se había roto al viajar a ese lugar.

El cambio en su pensador llegó poco después.

No fue una explosión de ideas como había visto que ocurría con los demás.

Fue lento y constante. Y no le ocurrió solo a ella, sino a todos los bebés que había en la estancia trasera.

Y también a los dingos, pero estos seguían teniendo hambre siempre y a veces se comían un drek.

Siendo justos, a veces los drek también se comían a uno de ellos.

Cuando la goblin la había aceptado como mascota, Bollito de Mermelada no había entendido nada de lo que había dicho Madre Rory. Entendió el mordisco. Todo el mundo entendía un mordisco.

Ahora, Bollito de Mermelada seguía sin poder hablar y, a veces, se olvidaba de que sabía cómo pensar. Y no solo podía pensar, sino que podía conocer cosas, cosas que tenía muy claro que no debía conocer. Aun así, era fácil, y mucho, dejarse llevar por la manada y revolotear, chupar y gritar.

Cuando todos estaban reunidos en la sala grande y redonda, Bollito de Mermelada intentó recordar cuándo se le permitía gritar y cuándo no. Las normas eran muy complicadas.

¿Cuando Madre Rory estaba durmiendo? No podía gritar.

¿Cuando todos estaban reunidos para ver cómo Gary el Ronco luchaba por superar la mazmorra? Sí que lo estaba, sobre todo cuando Gary intentaba desactivar los bombabums. El resto de los apestosos a veces se reía incluso.

¿Cuando estaba teniendo lugar una misa? No estaba permitido.

¿Cuando terminaba la misa y a Madre Rory empezaba a darle un ataque? Permitido.

¿Cuando Madre Rory empezaba a darle un sermón al resto de las criaturas porque trabajaban lento? Permitido.

¿Cuando Madre Rory le «daba un sermón» a Palito de Carne? No estaba permitido, ni siquiera aunque Palito de Carne gritase mucho.

Era muy confuso.

Bollito de Mermelada intentó centrarse en lo que estaba ocurriendo. Centrarse siempre la ayudaba a pensar mejor.

—Traigo buenas noticias —dijo la elfa Menerva a la multitud reunida—. ¡Parece que el laberinto está terminado y es funcional!

Los vítores y los aplausos resonaron a su alrededor.

Bollito de Mermelada pensó que quizá no debería gritar porque Palito de Carne estaba allí y lo estaba haciendo, pero no pudo evitarlo.

Sintió cómo el grito brotaba de su interior y lo dejó escapar.

Fue uno corto y lacerante. Madre Rory no le dio una torta, lo que era buena señal.

Bollito de Mermelada estaba muy segura de que podía gritar cuando todos los demás gritaban, mientras no solo fuese Palito de Carne.

Aun así, decidió contener el segundo grito.

No quería tentar a la suerte. Madre Rory no le había pegado ni le había dado un tirón a la correa, lo que siempre hacía que le sangrase el cuello.

Aun así, Bollito de Mermelada había aprendido a depender de ella. Intentaba que la goblin no se enfadase demasiado. Si Madre Rory se enfadaba demasiado, podía llegar a comerse a Bollito de Mermelada. Siempre la amenazaba con comérsela.

Y, si la goblin se la comía, Bollito de Mermelada jamás podría volver a dormir en la habitación de Madre Rory. Jamás volvería a sentir esa calidez y esa seguridad.

La gente de la estancia siguió vitoreando, por lo que Bollito de Mermelada decidió arriesgarse. Soltó otro grito. Hacerlo siempre le sentaba bien.

Estaba sobre la cabeza de Madre Rory y, bajo ella, la goblin estaba sufriendo uno de sus ataques, como si estuviese en la iglesia.

Sollozaba y sus piercings, esos de los que Bollito de Mermelada tenía terminantemente prohibido tirar, no dejaban de tintinear.

Madre Rory cayó de rodillas, como hacía cuando tenía Grandes Emociones.

Bollito de Mermelada hizo todo lo posible para no caerse de la cabeza de la goblin.

Junto a ellas, Lorelai bajó la vista hacia Bollito de Mermelada y Madre Rory y las miró con desdén.

Desde encima de la cabeza de Madre Rory, Bollito de Mermelada alzó la vista hacia Lorelai y gruñó.

Lo hizo porque en realidad no era ella. Tenía el mismo aspecto, pero se había transformado en algo diferente.

Había algo en las profundidades de su pensador que siempre le decía qué monstruo era basándose en su olor.

Pero Lorelai no tenía olor, lo que era sinónimo de peligro.

Peligro extremo. Antes, Lorelai había sido una chamatriz goblin, pero ahora era un mimeto de sombra.

Muchos de los PNJ eran ahora mimetos de sombra.

Todos los días, alguien pasaba junto a ella y, cuando Bollito de Mermelada los olía, notaba algo diferente. No tenían olor.

Esa falta de olor, de sangre o de leche hacía que llamasen mucho la atención. Activaba algo en su instinto primario. Le advertía que había un peligro extremo.

El problema era que Bollito de Mermelada no podía hablar. Y sospechaba que nadie se creería que podía pensar siquiera. Era una drek, al fin y al cabo.

Podía atacar a Lorelai. Es lo que quería hacer. Podía aferrar el cuello de la goblin falsa e intentar chuparle la vida que había en su interior.