El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Epílogo #3
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Epílogo #3

Era una trampa. Tenía que serlo. No tenía sentido. Seguro que pretendía ganar tiempo o algo así. Esa era la razón por la que ella les había comentado que usasen el plan de respaldo cuanto antes.

La IA había permitido que decenas de miles de mercenarios armados hasta los dientes entrasen en la batalla de la Guerra de Facciones mientras se dividiesen equitativamente entre los ocho equipos patrocinados.

Serían ellos, los ejércitos privados y el equipo de seguridad de todos los participantes.

Personas que, normalmente, no permitirían acercarse siquiera a la mazmorra.

Formidable no tenía ni idea de cuál era el número total de mercenarios, pero cómo mínimo alcanzaba los ciento cincuenta mil.

Más que suficiente como para eliminar a los mazmorreros y a los PNJ rebeldes.

Solo tenían un objetivo: matar a todos los mazmorreros. Matarlos tan pronto como fuese posible, sobre todos a esos dos señores de la guerra: Carl y la gata.

Ese mazmorrero había tenido razón en algo. Aquello iba a ser una masacre.

Pero no tenía sentido. A pesar de ese extraño énfasis en la imparcialidad, no había manera de la que IA permitiese aquello. Tenía que ser una trampa de algún tipo.

El Portal de los dioses ferales serviría para compensar, pero cada equipo contaba con sus maneras de neutralizar deidades desbocadas. No, tenía que ser otra cosa.

«Tendríamos que haber activado el plan de respaldo —pensó la princesa Formidable, que volvió a centrar su atención en todas las naves que brillaban a la luz del sol. No había visto tanta actividad de lanzaderas desde que había llegado a aquel lugar—. Todos vamos a morir de una forma u otra».

Centró los ojos en un carguero de basura que parecía fuera de lugar y flotaba a no demasiada distancia.

Fácilmente, podía ser la nave más grande que había en órbita.

Era el doble de grande que uno de esos navíos de guerra de los Valtay.

Era uno de los cargueros de la Compañía de Gestión de Residuos Biológicos de Largas Distancias.

El nombre de aquella nave en particular era Vuelta a Casa. Gruñó. Esos cimera siempre les ponían nombres muy raros a sus navíos.

No perdió de vista el carguero enorme. Pobres diablos. Habían llegado antes de tiempo y se habían quedado encerrados en el sistema con todos los demás. Normalmente, no se molestaban en aparecer hasta el final del mazmorrero. No podían empezar su funesto trabajo hasta que moría el último de ellos.

«Pero bueno —pensó—. En realidad, es posible que hayan llegado justo a tiempo».

Tipid se inclinó sobre la consola y volvió a ver los últimos instantes del mazmorreo de Carl por el octavo piso.

Vio cómo el mazmorrero, la gata y la sanadora alcanzaban las escaleras en el último momento y se teletransportaban.

Lo había visto unas horas antes, pero a pesar de todo se sentía muy aliviado cada vez que ponía la repetición.

Aún no se podía creer que aquel mazmorrero hubiese convencido a la IA de que desconectase las protecciones de seguridad.

El crucero del Sueño había amenazado con bombardear el planeta, pero un pacificador del Sindicato lo había impedido.

Ahora, el Sueño había empezado a amenazar con interrumpir la producción de alimentos a menos que se evacuase a la familia Paradigma.

Los saqueadores también habían empezado a amenazar y habían dicho que ellos también interrumpirían su producción como forma de protesta.

Podían gritar y amenazar todo lo que quisiesen. Aquello iba a ocurrir y no podían hacer nada para evitarlo. Una vez las IA se diesen cuenta del control que tenían en realidad, lo único que iba a detenerlas era la razón. Y las negociaciones.

El doctor Hu lo había predicho todo, pero Tipid no lo había creído.

Especialmente la parte sobre desconectar las protecciones.

También había predicho cuál iba a ser la respuesta más probable del consejo.

Tipid miró a través de las cámaras de la nave cómo cientos de lanzaderas entraban y salían de las instalaciones de incorporación.

Decenas de miles de mercenarios se dirigían hacia la mazmorra.

Volvió a centrarse en el resumen del mazmorreo. El anillo de destrucción del portal infernal se extendía poco a poco por el mapa. Aquellos atrapados en el otro extremo del mundo tendrían que esperar días antes de que fuese su turno. Pero parecía que aquella locura de plan había funcionado.

Luego se giró hacia el único otro ser vivo que había en la enorme cabina de aquel antiguo carguero de basura.

Era Rosetta, una cimera como él. Llevaba un simple codificador alrededor del cuello para ocultar su presencia durante los barridos de seguridad.

No lo necesitaba, no mientras estuviese en el interior de la Vuelta a Casa.

Estaba un poco paranoica. Siempre nerviosa.

Siempre intentando encontrar la manera de escapar.

Pero era imposible que escapasen de aquello, y ambos lo sabían. Era lo primero que les había comentado el doctor Hu cuando los había encontrado.

«Solo puedo prometeros dos cosas. Que todo acabará con vuestra muerte. Y que se hará justicia».

Tipid volvió a reproducir el escape de Carl y Dónut. Era impresionante ver cómo el portal los absorbía hacia las alturas.

—No tuvo que usar la llave. Gracias a los dioses.

La llave de hueso solo les habría permitido pasar a uno de ellos. Carl habría tenido que elegir entre salvarse a él o salvar a la gata. Recordó que él se había visto en una situación similar y se le revolvió el estómago.

Rosetta estaba sentada, nerviosa y sin parar de frotarse el muslo ni de morderse las uñas, mientras miraba su pantalla.

Veía un canal de noticias en el que se comentaban apelaciones al cambio repentino de normas en la Guerra de Facciones.

Al parecer, se había convocado una reunión de emergencia del consejo del Sindicato.

—Aún no sé si es listo o si ha tenido demasiada suerte —comentó Rosetta.

—No es ni más listo ni más tonto que el resto —comentó Tipid—.

Pero su capacidad para evaluar las situaciones y tomar decisiones inmediatas podría considerarse un superpoder.

Eso sumado al hecho de que a la IA le encanta el espectáculo…

, ha conseguido crear una combinación perfecta. Además, también le cae bien a la IA.

Rosetta se agitó en la silla.

—Más bien le gustan sus pies, algo que… No sé.

Es raro. En mi temporada, la IA era muy desapasionada.

Me resulta muy curioso descubrir lo diferentes que son entre ellas.

Si la IA no hubiese permitido que ese tótem matase a la diosa, el plan no habría funcionado.

No, creo que es un poco tonto. Ha tenido que ser un PNJ quien le enseñe a usar la tinta para compartir poderes.

Y aún no tengo claro que lo haya entendido.

En la pantalla, un representante de la Demencia afirmaba que sus vidas pendían de un hilo y que iban a verse obligados a usar conjuros ilegales, conjuros demasiado horribles para el mazmorreo. Tipid se estremeció.

—Lo entenderá pronto —dijo Tipid—. Necesita expulsar esa presencia cuanto antes.

—¿Crees que votarán para usar el plan de respaldo? —preguntó Rosetta.

Tipid pensó en Horatio, su amigo, aquel que había muerto hacía tanto tiempo. ¿Cuántos ciclos habían pasado? ¿Miles? Aun así, pensaba en él todos los días. Pensaba en lo que había tenido que hacer para sobrevivir. Y en lo que no había hecho.

«A veces, las mejores soluciones también son las peores».

—Es probable que no. No tienen agallas.

—¿Y crees que eso cambiará cuando hagamos acto de presencia?

—Lo dudo —comentó Tipid—. Pero si hacen saltar por los aires el sistema, supongo que eso significará que no tendré que volver a trabajar cuando acabe todo esto. ¿Sabes cuánto costó readaptar esta nave?

—Tampoco es que vayamos a salir con vida de lo que estamos a punto de hacer… —comentó Rosetta—. Y que sepas que tú no pagaste por la nave. Ni por la caja celestial que acabamos de enviarle a la Princesa Dónut.

Tipid gruñó.

Todo listo para la incorporación.

—Ha llegado la hora —dijo Tipid mientras el corazón le latía desbocado. Empezó a pulsar botones. Los controladores orbitales rugieron al activarse. Miró a Rosetta y sonrió—. Última oportunidad para arrepentirse.

—¿Y perder la oportunidad de matar de verdad algunos de esos cabrones?

Tipid asintió. Activó el sistema de comunicaciones interno.

—Muy bien, gente. Nos han dado permiso para incorporarnos. La IA ha aprobado nuestra solicitud. Oficialmente, hemos pasado a ser soldados de la Pandilla de la Princesa.

Los vítores se reverberaron en el casco de la nave, los de cincuenta mil antiguos mazmorreros, todos ocultos dentro de aquella nave a la que acababan de cambiarle el nombre a Vuelta a Casa. Una vez entrasen en el sistema, nadie podría hacer nada para detenerlos.

Señaló las instalaciones hacia las que se dirigían.

—Me preocupa el décimo equipo —comentó Rosetta mientras la nave gruñía y chasqueaba—. Si la IA va a permitir que los ocho patrocinadores y el equipo de los mazmorreros aumenten sus efectivos, ¿qué harán los PNJ?

—Serán nuestros aliados —comentó Tipid al tiempo que se inclinaba sobre los controles—, así que sea lo que sea nos ayudará. No va a ser un impedimento. —Se quedó en silencio—. O eso espero.

Rosetta no respondió.

—Qué curioso, ¿verdad? —añadió Tipid—. Siempre supe que moriría en la mazmorra, incluso después de escapar de ella. Lo supe. Era algo que estaba ahí, en uno de los rincones de mi mente.

—Camarada —dijo Rosetta. Se inclinó y puso una mano cálida sobre el brazo de su compañero. Después, ambos entrelazaron los dedos. No dejaban de temblar.

Habían vuelto a casa.