El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Sexta parte. Bollito de mermelada #3
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Sexta parte. Bollito de mermelada #3

—Muy bien —dijo Menerva un minuto después. Se puso en pie y se dirigió hacia la parte trasera de la estancia—. La abriré solo un momento. Y ya. ¿Has entendido?

—Entendido —dijo Madre Rory, con un hilillo de voz. El cuerpo le temblaba muchísimo y los piercings le tintineaban. Se dirigió hacia la puerta.

Una vez en la pared, Menerva tocó el panel.

Detrás de la elfa, el robot volvió a pitar.

Y luego, en lugar de abrirse, fue como si la pared desapareciese y dejase al descubierto una llanura.

Una brisa suave y un olor maravilloso que Bollito de Primera no había olido jamás se extendieron por la sala.

En lugar estaba más iluminado que cualquiera que hubiese visto y no había techo.

Ascendía sin límites. Detrás de las colinas había vegetación, plantas con algo grande que crecía en el centro.

Era una especie de fruta. Bollito de Mermelada la olía a través de la puerta. Era dulce. Deliciosa. Pura.

Cálida.

Segura.

Bollito de Mermelada sintió cómo se arrastraba hacia la puerta. Sobre ella, Madre Rory estaba empezando a tener uno de sus ataques. Unas lágrimas grandes y húmedas le resbalaban por las mejillas.

En medio de aquella vegetación, había un edificio grande y cuadrado hecho de madera, con paneles de diferentes colores.

También había un cartel brillante que titilaba.

No fue capaz de leerlo, pero este tenía la forma de las frutas que crecían en el centro de esas plantas grandes.

Mientras lo miraba, la puerta distante se abrió, momento en el que una pareja de monstruos salió de la estructura riendo.

Eran ogros de algún tipo. Uno se tropezó, pero el otro consiguió agarrar a su amigo a tiempo.

Siguieron carcajeándose hasta desaparecer.

—Es el cabaret —susurró Madre Rory—. Es un lugar diferente al que vi la vez anterior.

Menerva asintió.

—El portal se mueve un poco cada día, por lo que lo has visto desde lugares diferentes.

Y sí, Rory, ese es el cabaret. Es el lugar donde empezó todo.

Al principio, estaba dentro del club, pero a medida que pasó el tiempo se volvió demasiado pequeño y el mundo se expandió.

Ahora, ocupa toda una isla y el edificio del cabaret está en el centro.

—Yo… Yo creía que me habías engañado. O que eran visiones cuando me lo enseñaste la primera vez —explicó Madre Rory—. Ojalá todos pudiesen verlo. —Extendió el brazo, vacilante, hacia la calidez del lugar—. Ojalá ya estuviésemos allí.

—Lo intentamos en una ocasión —comentó Menerva con tristeza—. Enseñárselo a todos, quiero decir. No salió demasiado bien. La esperanza es una droga muy potente, Rory, pero demasiada es adictiva y peligrosa.

Bollito de Mermelada dio otro paso hacia la puerta.

—No lo entiendo —dijo Madre Rory.

—Lo sé —aseguró Menerva—. Tengo un amigo que está ahí, al otro lado. Se llama Herot y él tampoco está de acuerdo conmigo.

Había una tristeza muy profunda en su voz.

—¿Esa es la persona con la que hablas siempre?

—Así es —convino Menerva. Ella también estaba mirando a través del portal.

La elfa no olía a asombro, algo que le resultó muy raro a Bollito de Mermelada. Olía a tristeza. Y a miedo.

El robot volvió a pitar, en esta ocasión más fuerte y con desesperación, momento en el que la puerta empezó a reaparecer poco a poco. Menerva pegó un brinco, como si se hubiese asustado.

Pero, justo cuando la puerta había empezado a reaparecer, ocurrieron varias cosas al mismo tiempo.

Bollito de Mermelada se dio cuenta de que estaba sobre el umbral y que la pared se había empezado a formar a su alrededor.

Sintió el peligro y saltó por instinto hacia delante.

Al hacerlo, ocurrió algo. Tiraron de ella mágicamente, como si unas manos invisibles que había al otro lado la aferrasen.

La estaban arrastrando. La correa del cuello se le tensó y los pinchos se le clavaron muy hondo.

Soltó un grito de dolor y, de repente, Madre Rory, quien colgaba de la correa, también empezó a ser arrastrada hacia el interior.

Las dos cayeron al suelo, rodaron y tosieron sobre la hierba.

Mientras rodaban, algo pequeño y peludo que había en la parte del cabaret pasó a toda velocidad junto a ellas.

Saltó sobre la cabeza de Bollito de Mermelada y luego hacia el portal cada vez más cerrado.

Al otro lado, Bollito de Mermelada vio a Menerva, con los ojos abiertos como platos a causa de la sorpresa y formando la palabra «No» entre los labios.

La pequeña criatura intentó atravesar el portal y volver al despacho de Menerva, pero no lo consiguió. Chocó contra el portal, que aún seguía cerrándose, como si este fuese una pared sólida y rebotó. La criatura cayó al suelo y agitó la cabeza. Empezó a soltar improperios entre gritos.

Y, en ese momento, Bollito de Mermelada vio lo que era. Era un hámster. Era más pequeño que aquel tan ruidoso que siempre estaba corriendo por el laberinto mortal para intentar tener relaciones sexuales con todo el mundo.

—¡Mierda! ¡Mieeerda! ¡Mieeeeeerda! —gritó el hámster—. ¡Casi lo consigo!

—¿Quiquiriquí? —preguntó Madre Rory, con tono de sorpresa—. ¡Llevas semanas perdido! ¿Cómo has entrado aquí?

—¡Rory! —exclamó Quiquiriquí—. ¡Aquí dentro no estamos a salvo!

¡Tenemos que volver! Tengo que hablar con mi hermano y con mi hermana.

¡No estamos listos para enfrentarnos a este lugar!

¡Mierda! ¡Hemos perdido el portal! —El hámster se había incorporado sobre las patas traseras y empezó a echar un vistazo a su alrededor.

Soltó un quejido cargado de pánico—. ¡Hay que correr! ¡Hay que esconderse!

Bollito de Mermelada escupió hierba y echó un vistazo a su alrededor. El olor a través del portal no era nada comparado con lo que olía ahora. Se quedó completamente sobrecogida durante unos instantes.

«Es el paraíso —pensó la drek—. Esto es lo que Madre Rory ha querido siempre».

Pero aquel miedo intenso y primigenio volvió a apoderarse de Bollito de Mermelada igual de rápido que la sensación de triunfo. Olió otra cosa, una que permeaba las colinas de igual manera que el olor de Gary permeaba el laberinto. Era un olor peor a ese vacío que dejaban los mimetos de sombra.

Era el olor de algo antiguo, más peligroso incluso.

Por primera vez en mucho tiempo, le rugió el estómago.

Era el aroma de los dioses.

«Y no solo de los dioses, pequeña. No de los de la Ascendencia. Ni de los de Sheol. Estos son dioses antiguos. Los verdaderos. Encontraron este lugar poco después de que se construyese. Es donde se han estado ocultando. Es la manera que usan para viajar entre mundos».

Bollito de Mermelada gritó. No sabía quién había dicho eso. No sabía de dónde habían salido esas palabras. Estaban en su cabeza y era como si su pensador hubiese decidido actuar por su cuenta. La idea la aterrorizó muchísimo, tanto que volvió a gritar.

Madre Rory no le dio una torta.

En la distancia, los dos ogros que habían salido tambaleándose del club se habían detenido y ahora miraban hacia ellos. Uno los estaba señalando.

—Estamos aquí —dijo Madre Rory, que ignoró a Bollito de Mermelada—. Es real. Es Cabaret de la Piña es real.

—Es muy real —dijo el hámster—. ¡Y ahora vámonos! ¡Vámonos!

Los dos ogros empezaron a correr hacia ellos a toda velocidad.