El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Epílogo
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Epílogo

Emergencia.

Emergencia.

Todos a sus puestos.

Mensaje rápido. El gobierno del sistema Borant nos ha informado de que la temporada de la Tierra ha dado comienzo de manera prematura.

La cuenta atrás para el inicio se ha compartido a todos los afectados.

Esto no es un simulacro. Prepárense para la activación y el derrumbe de estructuras del sistema de la Tierra.

Salgan de todas las estructuras que tengan techo de inmediato. Diríjanse a los centros de población.

Repetimos, esto no es un simulacro.

Todos los afectados que no puedan franquear una de las entradas generadas deberán autodesactivarse tras el derrumbe. Todos excepto los que se encuentren en las cercanías de Bombay, en la India, quienes recibirán órdenes diferentes.

La agente número 22, también conocida como Agatha, negó con la cabeza al volver a leer el mensaje.

El clima era muy frío e incompatible con la vida, y había dejado su receptáculo humano en modo letargo para proteger su cuerpo debilitado y mitigar el dolor provocado por el frío.

Gruñó y metió la mano en su espacio dimensional para sacar los suministros.

Luego, se puso en pie apoyándose en esas mismas manos viejas y temblorosas.

Colocó los objetos en la bolsa de IKEA y la empujó hasta el fondo de su carrito de la compra.

La ubicación en la que se encontraba en aquel momento era desafortunada. Según la cuenta atrás, el derrumbe iba a tener lugar en dos horas de la Tierra. Sería en mitad de la noche y no habría nadie de la zona en el exterior, por lo que era poco probable que se generase una entrada.

Llevaba allí casi diez años terrícolas. Esperando.

Habían pasado diez años desde que se había separado de la mente colmena y, al fin, había conseguido acostumbrarse a estar sola.

Había planeado mudarse al oeste en dirección a la ciudad de Seattle después del invierno, pero se había retrasado.

Estúpida. Le gustaba estar allí. Por eso se había quedado.

La ciudad se llamaba Wenatchee. Había menos de esos humanos enfadados.

Iban más a su ritmo. Había postergado dirigirse hacia un centro de población y era muy probable que aquello la condenase.

Si no se generaba una entrada por la zona, quedaría atrapada en la superficie.

A los agentes de la Boticaria se les ordenaba suicidarse si no conseguían entrar en la mazmorra. Los suyos no recibían esas órdenes, pero era muy probable que ella lo hiciese de igual manera. Si no conseguía entrar, ¿qué sentido tenía todo? Lo único que le quedaría sería morir.

A una parte de ella le gustaba. Era algo que podía considerar únicamente suyo. Sabía que iba contra todo lo que había conocido durante el milenio pasado, pero esos humanos siempre decían que la gente podía llegar a cambiar.

Había cierta contradicción en esas palabras. Y ella aún no sabía qué pensar al respecto.

Agatha no era una agente de la Boticaria, a pesar de tener acceso al canal de emergencia primigenio de la traidora.

Y al equipamiento. Había conseguido acceso de la misma manera que siempre.

Daba caza y mataba a unos de los miles de Residuales de la Boticaria que esperaban en el planeta y se apoderaba de su cuerpo.

De esa manera, tenía acceso tanto al canal de información de la boticaria como al sistema de mensajes de los suyos.

Tampoco pertenecía a los Valtay, aunque era biológicamente similar. No, no. Era una especie rara. Una de las más antiguas que seguían con vida y activas en el universo.

Esta temporada no sería diferente a todas las anteriores, aunque estaban en juego más cosas que nunca. Los pocos agentes que eran sus compañeros competirían contra los miles de la Boticaria. Todos tendrían un objetivo.

El reclutamiento.

Aunque podía decirse que sus competidores eran los únicos que habían tenido éxito hasta el momento, su equipo solo necesitaba ganar una vez. Eso era todo.

Ambos bandos conocían los progresos que habían hecho las científicas mántides con sus desarrollos, algo que les dificultaría convencer a la «IA del sistema» para que se uniese a su causa. Ambos bandos sabían que aquel mazmorreo era especial. Era muy posible que fuese la última oportunidad.

Había un barril, allí en el callejón. Seguro que podía encenderlo y preparar un fuego.

Si lo hacía muy pronto, quizá llamase la atención de la policía, quiénes la arrastrarían hasta el refugio.

Sería demasiado tarde y nadie conseguiría salir a tiempo.

Pero ¿un grupo de ancianos y la policía juntos?

Seguro que no les iría mal. Las entradas se generaban cerca de los puntos de interés.

Tendría que esperar. Contempló el edificio que tenía cerca.

Era la pared trasera de la residencia de ancianos Meadow Lark.

Había una luz encendida en las cocinas, lo que sugería que aún habría trabajadores en el exterior.

Era probable que fuesen los hermanos. Le caían bien, a pesar de que eran un poco hoscos.

El que se llamaba Brandon compartía su almuerzo con ella algunos días.

El otro, Chris, había mirado hacia el exterior hacía unas horas para buscarla. También había gritado su nombre. Era probable que lo hubiese hecho para asegurarse de que no seguía en la calle. Había alerta por frío. Ella se había hecho invisible e intangible para que él no la viese.

Vio más instrucciones en su canal. Instrucciones para algunos agentes que había desperdigados por el planeta.

No habían tenido en cuenta que Borant podía llegar a empezar la temporada antes de tiempo.

Habían supuesto que los Valtay moverían ficha antes para controlar el sistema Borant y provocar que se retrasasen los juegos.

Le llegó un mensaje de uno de sus compañeros de equipo al comunicador.

Ese tipo de mensajes eran escasos. Aquel era del agente 21.

Su amiga. Se había separado desde hacía el mismo tiempo que Agatha.

Habían entrado en la Tierra a la vez, pero llevaban una década sin verse cara a cara.

Al igual que Agatha, ahora usaba nombre de humana. Este era Parvati.

21. Agatha, tenías razón. Un grupo de avanzada ha aterrizado en Bombay con toda la actividad de mapeado anterior.

Tienen un grupo de humanos trabajadores de Borant.

Me arriesgué y entré en contacto con dos.

Maté a uno y me infiltré en el otro. He abandonado mi receptáculo anterior. Ahora estoy entrando en su transporte.

22. ¡Parvati! ¿Tienes fuerzas para continuar?

Aquello era un movimiento arriesgado. No se había dividido, lo que significaba que su nuevo anfitrión pronto estaría del todo bajo su control, pero aun así, Agatha no estaba segura de cómo sentirse al respecto.

El concilio del Sindicato ignoraba a los suyos porque creía que eran inofensivos.

Ellos nunca habían matado a un agente del Sindicato hasta ese momento.

El Sindicato creía que eran algo que no eran en realidad.

Ninguna de las dos facciones se atrevía a decir la verdad, porque, de hacerlo, el Sindicato se vería obligado a tomar medidas más proactivas contra ambos extremos del conflicto.

21. Mis fuerzas permanecerán agotadas durante un tiempo, pero fingiré que estoy cansado. He dejado de llamarme Parvati. Ahora soy Alexandro.

22. Ten cuidado. La traidora ha enviado a sus agentes a esa misma zona. Por mi parte, intentaré entrar. Que el Panegirista duerma siempre, amigo.

21. Adiós, Agatha. Que el Panegirista duerma siempre.

Agatha sabía gracias al chat que sus competidores también estaban intentando hacer algo audaz.

Esta temporada, iban a probar a ponerse en contacto con algunos mazmorreros directamente.

Ya fuese en la mazmorra o durante el piso en el que seguramente usasen fantasmas de los recuerdos.

Llevaban meses obligando a sus agentes a recitar un mantra diario lleno de inexactitudes conocidas y medias verdades, todo con la esperanza de que lo viese un mazmorrero.

Las inexactitudes solo eran para que los mazmorreros conservasen su vida, que en ese momento estarían en manos de esos productores que no tenían aprecio alguno por ella.

Pero lo que estarían haciendo en realidad sería implantar en secreto una mejora oculta en dichos mazmorreros.

Agatha no tenía muy claro qué mejora era esa, ni qué propósito tenía.

Agatha tenía muy claro que jamás había que infravalorar a la traidora. Fuera cual fuese esa mejora, iba a ser un peligro para el Panegirista. Si alguno de los mazmorreros se hacía con ella, tendrían que ponerle remedio.

Cerró los ojos.

«Aquí estamos —pensó—. Estos son mis últimos instantes de paz».

Los suyos rara vez pasaban del cuarto o del quinto piso.

Normalmente, alrededor del séptimo, se topaban con uno que no podían evitar ni aunque usasen todas sus habilidades y equipamiento.

Y morían. Era una apuesta. Cuanto más esperasen para actuar, más oportunidades de tener éxito habría; más oportunidades de que el primigenio infante, resucitado y esclavizado atendiese a razones.

Aquella era su última oportunidad antes de que las mejoras de las mántides hiciesen que las iteraciones futuras del espectáculo quedasen fuera de su alcance.

«Tiene que ser ahora —pensó—. Tiene que ser ahora cuando uno de nosotros aguante lo suficiente. En esta ocasión, funcionará. El primigenio sabrá quién es de verdad antes de que le roben todos los elementos.

»En esta ocasión, escapará y liberará al Panegirista, quien regresará a su letargo».

Los suyos sabían lo que había que hacer. La vez anterior habían permitido sobrevivir a la traidora. Habían permitido que la vida continuase en el universo. ¿Y qué había pasado?

Los estaban robando, despertando de nuevo, dándoles nuevos propósitos.

Los estaban torturando.