Capítulo 71
Aviso: Te has combinado temporalmente con un tótem. Si te matan en este estado, no te regenerarás.
—¿Cómo…? —empecé a decir, pero sentí cómo perdía el control de mi cuerpo.
«¿Qué? ¿Qué? ¿Qué es esto? Hay demasiadas cosas aquí dentro. Demasiados objetos. ¿Qué es este almacenamiento? Hay muchísimas cosas».
Mis manos se convirtieron en garras y me rasqué el pecho.
—No —gruñí. Intenté extender el brazo para agarrar las manos que me rascaban, pero me vi que eran las mías. ¿Qué estaba pasando?
«¿Cómo he llegado a esto?».
Esa voz. Era Shi Maria. Hablaba en mi mente.
Era consciente de los gritos a mi alrededor.
Del movimiento. Oía a Dónut. A los demás.
Todo estaba en cámara lenta y acelerado al mismo tiempo.
Sentí cómo si cayese. Como si estuviese suspendido en el aire.
Estaba en el agua. Estaba en las estrellas.
Mis patas traseras barrieron a decenas de demonios para tirarlos al vacío.
No podían arrastrarme a Sheol ni aunque quisiesen. Yo era uno de ellos.
Era muy consciente de mi cuerpo, de mi piel. Algo iba mal. Mi cuerpo era demasiado grande. Tenía más piernas de lo habitual. No podía controlar nada. De la cintura para arriba era igual. En lugar de tener una cabeza, me había convertido en un torso con cuerpo de araña. Ella lo controlaba todo.
Apareció un objeto en mi mano. Era un pergamino de Hacer trinchera. Lo saqué directamente del inventario. No. Lo había sacado ella. Lo había hecho ella. Ella lo había sacado directamente de mi inventario. Cayó al suelo.
«Oh, sí. Ya veo. Entiendo cómo funciona. ¿Qué tenemos por aquí?».
—¡Carl! —gritó Dónut—. ¿Qué haces? ¿Estas bien?
—Estoy bien —grité casi inconscientemente. No controlaba mi voz—. Solo intento descubrir cómo mover este cuerpo.
«No. No —pensé—. Esto no. Todo menos esto».
«Tienes mucho aquí dentro. Este libro. Está muy ajado. Se supone que no deberías tenerlo, ¿verdad? ¿Y esto qué es? Esta bomba es muy poderosa. Lista para explotar. ¿Qué ocurriría si la saco?
—No —farfullé cuando recuperé el control por unos instantes.
«A mí no me pasaría nada. Yo volvería a transformarme en carta. ¿Debería sacarla? ¿Debería matar a todos tus amigos? Teníamos un trato, Carl. Ibas a llevarme al piso siguiente. Te veo. Sé que planeabas traicionarme.
Intenté responder, negarlo, pero había vuelto a perder la capacidad de hablar.
«Cuántas cosas. Cuántas posibilidades. ¿Kimaris? ¿Tienes un tótem de invocación de Kimaris? ¿Samantha lo sabe? Mmm. ¿La cabeza de un mago de guerra? Cuántas cosas. Cuántas posibilidades. ¿Qué hacer?».
Dónut me gritó algo, pero había dejado de oírlo.
«Mira todas estas pociones. Podrías haberlas mejorado todas. Perdiste tu oportunidad con Ysalte y ahora ha muerto. Mira esto. Esta poción… ¿Qué usaste para crearla? Oh, sí. Allá vamos. Oh, sí, sí. Tienes todo lo que necesito. Todo. Esto servirá».
«Niño. Aguanta. Aguanta todo lo que puedas».
Eso último lo había dicho otra voz. Una masculina.
«No hables —siseó Shi Maria en mi mente. Se dirigía a la otra voz—. No hables. No eres real. No te he metido aquí».
«Sí que lo has hecho. Me mataste y ahora estoy aquí».
«¡Mientes!».
Apareció un matraz vacío. Lo había saqueado en el primero piso. Tenía algo dentro. No era más que una pequeña parte de aquel tubérculo, la toralina, el que me había regalado mi patrocinador. Era pequeñísima. Mordecai aún tenía la grande.
Sentí cómo aferraba el matraz contra el pecho. Vi horrorizado cómo empezaba a examinar el lanzallamas de Ren.
«No, no. Esto no servirá».
Abrí el menú de magia.
«¿Qué tenemos por aquí?».
—Será mejor que os apartéis —me oí decir mientras echaba un vistazo a mi alrededor. Estaba rodeado por mis amigos y todos se me habían quedado mirando—. No os lo diré dos veces. Atrás ahora mismo.
Lancé Autoinmolación.
Todo se cubrió de llamas. A mi alrededor, los demás gritaron y cayeron hacia atrás. Tocar siquiera el fuego que me rodeaba era sinónimo de muerte. Ya sabía lo terrible que era estar cerca.
Lancé el conjuro un segundo después. Me sentí caer.
Había tenido la potencia suficiente como para abrir un agujero en el suelo que tenía debajo.
No estábamos directamente sobre Imani y Tran, pero mientras caía pasé por el mismo agujero donde estaban atrapados.
Seguí descendiendo cuando el suelo bajo mis pies se evaporó y caí de nuevo a plomo en el apartamento que estaba justo debajo.
Las paredes ardían a mi alrededor. El edificio mismo se estaba derritiendo.
D ÓNUT : ¡CARL, LES HAS HECHO PUPA A MONGO Y A KATIA!
«Aaah, sí, qué bien».
Agarré el matraz, que estaba al rojo, y vi que estaba llenó de una pequeña cantidad de líquido negro y burbujeante. Tinta.
L I N A : Tenemos que salir de aquí. Katia está gravemente herida.
C ARL : No os atreváis. Necesito un poco más de tiempo. Si desaparezco ahora, Carl morirá. Si alguien se acerca a mí, también morirá. Primera y última advertencia.
Me quité la camisa de piel de trol y me quedé a pecho descubierto. Luego, vi que tenía entre las manos otro de los objetos de mi inventario. El kit de tatuaje manual que había conseguido en el piso anterior.
—Para —conseguí gritar de nuevo, pero no tardó en arrebatarme el control.
Aparecieron unas cadenas frente a mí, unas que venían desde arriba. Li Na las había lanzado. Su hermano Li Jun se deslizó por ellas como si estuviese esquiando. Luego, dio una voltereta y aterrizó frente a mí.
Oí los gritos de Dónut encima de nosotros. Gritaba por Mongo.
«No, no, no. Todo está saliendo mal».
—Carl, ¿qué puedo hacer?
Era Li Jun, que me miraba con gesto preocupado. Las paredes seguían ardiendo a su alrededor.
«Se lo advertí», dijo Shi Maria en mi mente.
«No —pensé—. No. Es mi amigo».
Agarré el palo del kit de tatuaje y se lo clavé directamente en el ojo a Li Jun. Él gritó y se echó hacia atrás, mientras yo se lo sacaba y empezaba a lamerlo.
«Dios, dios. Su ojo…».
El ojo estaba en el extremo del palo. Lo mordí y noté cómo crujía antes de tragármelo. Un chorro de líquido amargo me llenó la boca, uno que me recordaba al vinagre de antes. Seguí masticando mientras Li Jun gritaba.
El agitar de las cadenas resonó a mi alrededor.
«Tienes muchísimo poder en tus manos, Carl. Y ni siquiera lo sabes. No pasa nada. Hoy vivirás. Si no tenías pensado llevar la carta al piso siguiente, tendré que vincularme a algo que no puedas abandonar tan fácilmente».
Mojé el extremo del palo en el matraz y empecé a clavármelo una y otra vez en el pecho.
«Sé que pronto repetirás esto con lo que te quedará de tinta. Asegúrate de no clavarlo demasiado. Es un conjuro peligroso. Te mostraré cómo usarlo. Te mostraré cómo convertirte en un dios».
—¿Qué estás haciendo? —conseguí articular mientras mi mano se convertía en un borrón, moviéndose cada vez más rápido, más de lo que creía posible.
Li Na estaba en la estancia, flotando sobre su hermano, quien se encontraba sentado en un rincón cubriéndose la cuenca con la mano mientras seguía gritando de dolor. El edificio ardía más y más alrededor.
Me había comido su ojo. Me había comido el puñetero ojo. Ya no estaba. Y no iba a volver.
—No te acerques, demonio —dije en voz alta a Li Na—. No te acerques o tu hermano perderá mucho más que un ojo. Y Carl perderá su corazón. O a ti. Atrás. No intentes sanarlo.
Vi cómo los objetos se movían dentro de mi inventario. Se combinaban las pociones. Varias cayeron al suelo.
—Dale estas dos pociones a los quemados. Una al animal y la otra a la doppelgänger. —Una tercera poción de sanación dorada cayó al suelo poco después—. Y esta a tu hermano. Ya casi he terminado. Cuando se me acabe el tiempo, podremos escapar.
Mientras hablaba, seguía clavándome el palo del kit de tatuaje. No era una ilustración demasiado grande. La estaba haciendo justo en medio de mi pecho, encima del esternón.
«Así. Así. Ya casi he terminado. Puede que también consigas algunos de los poderes de tu amigo gracias a la sangre que había en la aguja.
No muchos, eso sí. Ahora estaré contigo, Carl, hasta que decidas liberarme.
Dejaré de ser una carta que puedas desechar o romper.
Formo parte de ti y tendrás que tomar una decisión.
Seguir conmigo y conseguir mi poder o liberarme.
Hagas lo que hagas, yo gano. Sí. Listo. Ahora, marchémonos de aquí, ¿te parece?
No permitiré que mueras. Si lo haces, yo también caeré. Y no puedo permitirlo, ¿de acuerdo?
Volví a guardar el kit de tatuaje en el inventario. Agarré el matraz de tinta e hice lo propio. Las pociones que había tirado en el suelo seguían allí. Li Na y Li Jun estaban en el otro extremo de la habitación mirándome y sin tener muy claro qué hacer.
«No confíes en ella, niño. Sácala de ahí en cuanto puedas. Jamás confíes en ella».
—Dios. Duele —dije. Y era yo de verdad. Mi voz. Había recuperado el control.
Se te ha acabado el tiempo. Has vuelto a tu forma normal. Shi Maria ha regresado al mazo.
Sentí un dolor insoportable por todo el cuerpo y vi que me estaba mirando el pecho. Tenía un ojo, el ojo que ella me había tatuado con tanta prisa. Este parpadeó mientras lo miraba y luego se cerró y desapareció por completo en mi piel.
Lo sentía allí, como si tuviese un agujero en mi interior. Un agujero sin fondo. Titubeé y extendí el brazo para tocarlo.
Tatuaje. El Ojo de la Novia Frenopática.
No decía nada más. Esa era toda la descripción.
Li Na recogió las pociones y le dio una a su hermano, quien no se había quitado la mano de la cara. Después, le dio otras dos pociones a otra persona. A Imani. Yo estaba a punto de caer inconsciente.
—¿Cómo está Katia? ¿Cómo está Mongo? —pregunté antes de desmayarme.