Capítulo 65 #3
—Quedaos aquí todos —dije. Le di una patada a la puerta de los áticos y recorrí el pasillo, en dirección opuesta a donde se encontraba sor Inés.
Llegué a la escalera que daba a los áticos y a la azotea.
Saqué el último autómata de mi inventario y subí aquel último tramo.
Coloqué al pequeño robot en el suelo junto a la puerta que daba al exterior.
El autómata araña tenía encima las dos partes de una trampa de teletransportación.
La idea era que llegase hasta la serpiente y activase la trampa.
Como la otra parte de esta también estaba sobre el autómata, la criatura no se movería del sitio, pero técnicamente sería como si se hubiese teletransportado.
Aquello permitiría liberar al demonio de inmediato del receptáculo que era aquella serpiente jefe de ciudad, y este adquiriría su verdadera forma.
También serviría para que sor Inés dejase de controlar a la criatura si teníamos que hacerlo, pero para ello era mejor que primero acabásemos con la monja.
Tanto Mordecai como yo creíamos que si no la matábamos antes de liberar al demonio, lo primero que haría la criatura abisal sería intentar vengarse y quemar hasta los cimientos el edificio entero con nosotros dentro.
Si el demonio sabía que sor Inés había muerto y que la habíamos matado nosotros, era probable que se plantease al menos si matarnos o no.
Contuve el aliento y le di una patada a la puerta de la azotea, tras la que vi a la serpiente, que seguía erguida en vertical como un poste y disparando fuego hacia las alturas. También oí aquella cacofonía de aves y murciélagos girando en círculos a mi alrededor. Ninguno me vio. Bien.
—Vale —grité al autómata. Tenía un activador por control remoto en el inventario—. Quédate aquí. Tan pronto como use el activador, te acercas y saltas hacia la serpiente. ¿Entendido?
El robotito dio un leve brinco.
Me di la vuelta y regresé con los demás, momento en el que vi a Li Na apoyada contra la puerta.
—Ya he colocado el robot —dije—. Lo enviaré contra la serpiente cuando la matemos.
—La oigo —dijo Li Na—. Está canturreando.
—Más poesía —espetó Dónut.
—La poesía es una mierda —añadió Louis.
—Vale —susurré, interrumpiendo a Samantha antes de que dijese algo obsceno sobre Louis—. Louis, Li Jun, Bautista y yo vamos a entrar. El resto quedaos aquí a menos que os necesitemos.
—¿Por qué solo entráis los hombres? —exigió saber Dónut.
—Porque nosotras somos las amas del mazo —respondió Li Na, que se apartó de la puerta—. Está al fondo del pasillo, intentando acabar con el enfrentamiento sin que se active un combate de cartas.
—Anda —dijo Dónut mientras echaba un vistazo alrededor—. Los amos del mazo siempre son los más fuertes de cada grupo, ¿no? Qué curioso, ¿verdad?
—Recordad todos que podéis partiros un dedo si usa Encanto con vosotros —añadió Katia.
—Yo no tengo cartas —dijo Samantha—. ¿Por qué tengo que quedarme aquí?
—Porque accediste a obedecerme. Ahora, silencio todo el mundo.
Me apoyé contra la puerta. En cualquier otra circunstancia, me limitaría a tirar un cartucho de dinamita y listo, pero ahora teníamos a una deidad dentro del cuerpo de un jefe de ciudad justo encima, así como treinta pisos de altura debajo de nosotros.
—Está al fondo del pasillo y no se ha movido desde hace horas. Preparaos para cualquier cosa. Allá vamos.
Saqué la nueva varita de Sueña con los angelitos. Abrí la puerta y, al otro lado, vi a sor Inés brillando y corriendo desquiciada hacia nosotros mientras gritaba «¡Pecador!» con todas sus fuerzas. Ya estaba demasiado cerca.
—¡Ag!
Usé la varita y quedó inconsciente al momento. Cayó al suelo y derrapó hasta detenerse junto a mis pies. Apareció una cuenta atrás sobre su cabeza.
Empieza el combate.
Llegó la notificación, pero ella estaba inconsciente. Intercambié una mirada con los demás. Li Jun se encogió de hombros.
—Creo que me acabo de manchar los pantalones —dijo Louis, entre jadeos—. ¿Visteis cómo nos miraba? ¿Qué era esa notificación que tenía encima?
—Pues ha sido fácil —dije. No había visto la notificación, pero fuera lo que fuese ya no la tenía—. Supongo que habrá que matarla.
—Yo me encargo —dijo Louis, que me apartó—.
Ya tengo cinco calaveras de asesino de jugadores y vosotros no tenéis.
Creedme. Si podéis evitarlo, mejor que mejor.
—Antes de que me diese tiempo a objetar, Louis sacó una daga del inventario—.
Perdón, señora gata. No llegué a conocerte, pero tienes que morir para salvar a todos los demás.
Alzó el arma y se le clavó directamente en el pecho.
Sor Inés Quiteria, la Segadora de la Habana, murió al fin.
Apareció un símbolo sobre la cabeza de Louis, uno que reconocí de inmediato. Era la marca de Señalado por la muerte de una deidad. Tenía la forma de un garabato que no dejaba de girar, muy parecido a un tornado.
Todos nos quedamos mirando el símbolo, y sentí cómo el estómago me daba un vuelco.
—Oh, oh —dijo Louis mientras empezaba a sonar una canción.
La muerte de la barda ha hecho enfadar a su mecenas celestial. Ha decidido venir a vengarse.
La diosa Ysalte ha entrado en el piso.