El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 65 #2
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Capítulo 65 #2

Un granizo mortal cayó frente a nosotros a toda velocidad.

Eran pedazos de hielo del tamaño de un puño que se precipitaban desde los cielos y que llegaron incluso a bloquear la luz ardiente de las alturas.

El asfalto que se encontraba frente a la callejuela empezó a explotar con cada impacto.

Detrás de los demonios se alzaron más gritos, que quedaron ahogados al instante.

El suelo tembló como si fuese un terremoto.

Elle permaneció quieta mientras las notificaciones de subida de nivel no dejaban de aparecer sobre su cabeza, dejándola en nivel 72. Había subido seis de una vez. Hacía mucho que no veía algo así.

—¡Ya está listo! —gritó Dónut, que volvió a moverse al fin. Bufó al caer al suelo—. Ya está… —Se quedó en silencio contemplando cómo amainaba la lluvia de granizo que teníamos delante. No vi nada, pero casi todos los puntos rojos de mi mapa se habían convertido en equis.

Combate completado. El mazo se ha reiniciado.

—Pero ¿qué has hecho, Carl?

—Guau —dijo Louis, que alzó la vista hacia Elle—. Tendríamos que haber hecho eso desde el principio.

Elle parecía estar mareada.

—¿Qué cojones? Ese conjuro es potente, pero no tanto. Solo lo tengo a nivel 5, pero aquí dice que se ha lanzado como si estuviese a 16. Me han dado muchos logros. Madre mía, mirad mi nivel.

—Samantha —llamé mientras buscaba a la cabeza de muñeca hinchable. La vi flotando, casi a dos metros del suelo. Ella también se había puesto a brillar con una luz blanco-azulada—. ¿Eso ha sido cosa tuya?

Quizá por primera vez desde que la conocía, Samantha parecía igual de confusa y preocupada que yo. No dejaba de murmurar para sí mientras se movía en círculos.

—Elle es maga de tierra y de agua —dijo al tiempo que flotaba a mi lado, girando y girando sin parar—.

Va camino de conseguir la configuración de las cuatro estaciones.

Yo… ¿Cómo ha podido ocurrir algo así? Yo también soy más fuerte.

No he sido yo. Creo que es cosa del árbol.

O puede que… Está todo allí. Él ha abierto un sendero a través del río.

El agua. El árbol. La tierra. Menos mal que aún no tenía fuego, pero quizá el conjuro del príncipe la haya mejorado.

No. No. Hay que matarla. A Elle no. A su madre.

No, a la madre de Elle no. —Agitó la cabeza como si fuese un perro y luego se giró para mirarme—.

¿Qué acaba de pasar? Carl, ¿me has drogado otra vez?

—¿Cómo que otra vez? —pregunté—. Samantha, ¿qué acabas de decir?

—Tienes que dejar de hacerme luz de gas, Carl.

Elle gruñó.

—No sé qué carajo ha pasado, pero creo que ha resuelto parte del problema. Mirad.

El vapor había empezado a disiparse y el agua fluía hacia la callejuela.

Entre nosotros y el edificio había una montaña de hielo que nos llegaba hasta las rodillas y que se derretía rápidamente, y debajo de todo ese hielo había una extensión de cadáveres destrozados de demonios.

Vi durante un instante la entrada delantera del edificio y me fijé en que el conjuro no había llegado hasta allí.

—Espera, espera. Entonces ¿he lanzado ese conjuro tan potente para nada? —preguntó Dónut—. ¡Elle, me has robado la experiencia!

—No lo creo —dijo Elle, que señaló hacia arriba—. ¡Mirad!

Dónut soltó un grito ahogado.

—¡Tienes razón! Me acaban de dar experiencia por algo. ¡Y ahora otra vez!

El tornado de pájaros y murciélagos demoniacos seguía volando en círculos en las alturas.

Al parecer, no se habían visto afectados por el conjuro Granizo blando, pero el conjuro de Dónut sí que había alcanzado la parte inferior de la bandada.

Varios de ellos se habían empezado a pelear entre sí mientras los cadáveres caían de los cielos.

Quedaban cuarenta minutos.

—No creo que mi conjuro haya llegado a los demonios del suelo detrás del edificio. Será mejor que nos pongamos en marcha, antes de que se acerquen para ver qué ha pasado.

—No hace falta que uses Saltacharcos, Dónut —dije al tiempo que me giraba para prepararme para avanzar por aquella extensión helada de cadáveres—. ¡Adelante, equipo de asalto!

Nos giramos hacia el edificio y empezamos a correr.

Avanzamos a toda velocidad entre vísceras de demonios y hielo derretido hasta llegar a la entrada principal del edificio Focsa, que para mi sorpresa era una especie de centro comercial al aire libre.

Había varios establecimientos a nuestro alrededor, llenos de fantasmas de los recuerdos ajenos a todo lo que estaba ocurriendo que entraban y salían de supermercados, tiendas de electrónica y pastelerías que se encontraban en el perímetro exterior.

—¡Allí! —gritó Li Na mientras señalaba una puerta de cristal cerrada.

Era la entrada para los que vivían en el edificio.

Le di una patada y entramos en un vestíbulo pintado de colores llamativos donde empezamos a buscar las escaleras.

Estaban justo allí, detrás de un mostrador de recepción vacío y varios ascensores.

Habíamos ido Dónut, Mongo, Katia, Louis, Bautista, Li Na, Li Jun, Samantha y yo.

El resto, incluyendo a los estríperes, se había quedado fuera, pero pronto pasarían a este mismo vestíbulo cuando yo les diese la orden.

La idea era que se quedasen en él para protegernos al salir, en el caso improbable de que usásemos las escaleras para ello.

Tran y Britney también estaban en el pelotón de Katia, pero harían guardia en las escaleras por si se les escapaba alguna criatura a los del vestíbulo.

Los babolúgalos habían desaparecido. O muertos o desperdigados por la ciudad.

Sabía que, de haber ocurrido en la Guerra de Facciones, podría entrar en mi menú de señor de la guerra y obligarlos a volver.

Era algo que Priestly y otros autores del libro de cocina antes que yo no sabían sobre el conjuro Reclutar.

En el exterior, las aves y los murciélagos demoniacos seguían cayendo del cielo como si fuesen una lluvia de granizo. Dónut no dejaba de recibir experiencia por cada una de esas muertes, ya fuese una de las criaturas controladas o no.

Atravesamos el vestíbulo en dirección a las escaleras.

—¿Tenemos que subir por las escaleras? —preguntó Dónut, que señaló hacia un ascensor abierto—. ¿Por qué no usamos el ascensor? —Las paredes se agitaron en ese momento—. A Mongo le dan miedo las escaleras.

—¿Estás loca? —preguntó Katia.

—La que estás loca eres tú si crees que voy a subir más de treinta pisos por las escaleras.

Le di una patada a la puerta de las escaleras, que cayó al suelo. Todas estaban cerradas. Me pregunté durante unos instantes cómo habría entrado sor Inés.

Hacía muchísimo calor y era un milagro que el lugar no estuviese en llamas. La pintura verde azulada burbujeaba en algunas partes.

—Necesitamos que Elle nos acompañe —gruñó Dónut—. Tiene ese conjuro que refresca el ambiente.

El demonio no había dejado de gritar. Las paredes temblaron de nuevo. La cuenta atrás no había parado.

Cuando quedaba más o menos media hora, llegamos a la puerta del piso treinta y dos.

El calor se había incrementado a medida que ascendíamos.

Algunos de nosotros habíamos empezado a recibir daño de entorno.

Sor Inés estaba allí, al otro lado de la puerta y tras el pasillo.

Nos encontrábamos en el piso más alto de residentes.

Detrás de nosotros había otra puerta que llevaba a otro pasillo que terminaba en unas escaleras, que normalmente no usaba la gente que vivía allí.

Aquella escalera llevaba a unos áticos muy caros, y el demonio se encontraba sobre ellos.