El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 64 #2
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Capítulo 64 #2

—Bien. Una vez el demonio se libere de su receptáculo, se hará mucho más grande y poderoso.

No sé si se va a enfadar o si se alegrará al liberarse, pero haga lo haga, activará una misión de mundo.

Tendremos que tener en cuenta los parámetros de dicha misión antes de decidir qué hacer a continuación.

¿Vale, chicos? ¿Listos? No hay tiempo. Vamos allá.

Me giré y empecé a correr hacia el este, en dirección al demonio enorme que había en las alturas. No me di la vuelta para comprobar si los demás me seguían.

—¿Cogiste la túnica de Quan? —me preguntó Katia mientras nos acercábamos al edificio.

Iba con su forma de Hulka, pero había hecho que la saliesen varios zarcillos con ojos de la nuca, para ver todo lo que había a su alrededor.

Recordé cuando me había dicho que era difícil acostumbrarse a usar más de dos ojos.

Aquello ya no parecía ser un problema para ella.

A mi izquierda, Chorreras lanzó por los aires un grupo de duendes zombi con una ola.

Dónut, Louis, Britney, Tran y Mongo iban en la parte central del grupo.

Katia, los estríperes y yo en la delantera.

Las babosas correteaban a nuestro alrededor.

Era como si estuviésemos pastoreando a una manada de bebés borrachos.

—La tengo, sí —respondí—. Necesito sentarme para examinar bien la descripción. Diría que no sirve para lo que creíamos. Y también cambia según quién la lleve puesta. Estoy seguro de que se la daré a Dónut si le sirve, pero tenemos que hablar al respecto con Mordecai antes.

—Muy bien —dijo Katia. Me percaté de que estaba temblando.

Y no solo por el miedo. Ojalá siguiésemos en grupo, ya que el sistema me hubiese permitido ver cómo estaba de salud.

Aún necesitaba el último tratamiento de rehabilitación, aquel con el que tenía que revivir sus peores recuerdos.

No habíamos tenido tiempo de hacérselo, y estaba en pie gracias a los conjuros de Imani y de las pociones de Mordecai.

—¿Cómo te sientes? —pregunté.

—Como una idiota, la verdad —admitió.

—¿Y Bautista cómo está?

El mazmorrero tigre caminaba cerca de la parte trasera del grupo con Elle, quien examinaba las alturas en busca de amenazas. Estaba claro que su relación se había visto afectada por lo ocurrido recientemente.

—No quiere que me coma la orquídea.

—Yo tampoco quiero que la uses. Cuanto más pienso en ello, más me asusta. Tengo miedo de que pueda ser una sentencia de muerte.

—A ver, la sentencia de muerte será si no la uso. Bastantes cosas tuvimos que hacer para conseguirla. Que yo sepa, es nuestra única esperanza.

—Quizá haya otra manera. No quiero dejarte sola.

Ella se estremeció.

—Te he dicho alguna vez… ¿Sabes qué? Vamos a dejarlo y ya decidiremos qué hacer cuando acabe esto. —Se giró hacia Don Quijote de la Verga, quien gruñía por el peso de la lanza.

—De la Verga, esa arma es demasiado grande para ti —dijo Katia.

El anciano estríper sonrió.

—Soberana y alta señora, que me place que elogiéis el tamaño de mi arma.

—Lo digo en serio. Tienes un inventario. Puedes guardarla hasta que la necesites, aunque tampoco creo que debas usarla. Acabarán matándote.

Yo sabía que la mayoría de los PNJ tenían ese inventario con espacios. Una lanza tan grande de buen seguro ocuparía la mayor parte de él, pero al menos no tendría que arrastrarla.

De la Verga frunció el ceño.

—Agora sea esta la única arma que conozco. O la única que me entregaron los hados. Echo de menos mi montura, flor y espejo.

Katia sonrió al anciano. Una sonrisa verdadera.

—Deja que adivine. Ese caballo tuyo se llamaba Rocinante, ¿verdad?

—¿Caballo? —preguntó él—. No. Se llama Corcunda y era un semihumanotauro. El hombre más hermoso que veredes, a pesar del desaguisado de su aspecto. Montábalo yo en el escenario, a fe del gozo de los presentes.

—Espera. ¿Qué? —preguntó Katia—. ¿Qué aspecto tiene un semihumanotauro?

Chorreras estalló en carcajadas.

—Ese espectáculo era legendario.

Estuve a punto de preguntar por el significado exacto de «montábalo yo en el escenario», pero decidí no hacerlo.

—¿Qué otra arma buscabas? —pregunté—. Tengo muchas en el inventario.

—Sea un mayal —respondió—. De los de usar con la diestra o la siniestra únicamente.

Abrí el inventario y repasé las armas. La mayoría estaban en la estancia segura, pero sabía que él ya habría revisado todas las que había ahí.

Aún llevaba encima las que había saqueado del cadáver de Quan.

Había algunas parecidas a mazas y había visto a mazmorreros con mayales o cosas parecidas, pero no tenía el arma exacta que buscaba.

Sabía que Katia había guardado el martillo de meteorito de los gemelos Popov, pero era probable que pesase más que esa estúpida lanza.

Solo una de las armas llamó mi atención.

Aún no había tenido tiempo de leer la descripción.

Jefferson el Lefoso, el calcetín con monedas mágico de los ancianos tacaños.

Esta arma se ha mejorado dos veces.

Es un arma con consciencia.

Es un arma de daño progresivo.

El objeto se le entregó a un mazmorrero en una caja Sabes que todo el mundo te está viendo, ¿verdad? legendaria en el quinto piso.

Casi todas las culturas que usan dinero tienen alguna historia sobre un tacaño. Un anciano solitario y ávaro que acumula su riqueza y trata fatal a todos los que lo rodean hasta que recibe su merecido y se convierte en un tontolaba que regala todo su dinero.

Y todas las culturas también tienen un equivalente del calcetín lefoso que los adolescentes esconden debajo de la cama.

Jefferson es la fuerza vital de ese anciano tacaño, quien hizo enfadar al espíritu de había ido a mostrarle los errores que había cometido a lo largo de su vida.

Este maldijo al anciano con convertirse en un calcetín propiedad de un niño llamado Tanner.

El calcetín contiene varios dólares en monedas de cinco centavos.

Hay que agitarlo y golpear con él a la gente.

Es extrañamente efectivo, más de lo que podría llegar a creerse.

El daño del arma aumenta en un 1,5 % por cada enemigo que mata que no esté más de 10 niveles por debajo de aquel que lo blande. La mejora actual es de 238,5 % más de daño.

Aumenta la Destreza del portador en 10 puntos más un 10 %.

Tiene un 5 % de probabilidades de infligir jodido a cualquier criatura que reciba uno de sus golpes.

Todas las criaturas que mueren tras recibir un golpe de esta arma tienen un 20 % de probabilidades de convertirse en un estallido de monedas al perecer. El número de monedas será de (valor de objetos de su inventario) + (nivel de la criatura x 10).

C ARL : ¿Un arma con consciencia es lo que creo que es?

M ORDECAI : Dioses, sí. Hablan, pero normalmente solo en la mente del que la blande.

Aunque algunas lo hacen en voz alta. Suelen ser muy cansinas.

En plan Samantha. Pero por suerte se las considera objetos y puedes guardarlas en el inventario si no cierran el pico.

Sospecho que la escopeta de Florin puede tener consciencia, pero no nos ha comentado nada.

«¿Qué cojones?», pensé al tiempo que la sacaba del inventario. Era un calcetín blanco con unas franjas rojas y azules en la parte alta. Y pesaba mucho. Estaba viejo, crujía y tenía sangre por todas partes.

—Prueba con esto a ver qué tal —le dije a De la Verga—. Podría decirse que es como un mayal, supongo.

—Será un honor, buen señor mío —dijo él, que cogió el calcetín con gesto reverencial. Guardó la lanza en el inventario, agarró el calcetín por el extremo superior y luego lo agitó para probar. Las monedas del interior tintinearon mientras lo agitaba—. Un arma digna de un hidalgo.

—¿Qué mierdas es eso? —preguntó Katia—. ¿Por qué apesta tanto?