El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 63
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Capítulo 63

Nota añadida por la mazmorrera Milk. Sexta edición.

Si os veis obligados a luchar contra un demonio y tenéis fuego de Sheol, no lo uséis. Hace que esas criaturas se vuelvan exponencialmente más poderosas.

Nota añadida por el mazmorrero Ikicha. Undécima edición.

Dioses, qué solo me siento.

Eché un vistazo por la esquina para mirar la iglesia.

No vi más demonios, pero sí que me fijé en un grupo de babosas de plaga de nivel 30 o 35 que se estaban comiendo el cadáver de uno de esos clérigos cabra.

Esas cosas eran del tamaño de lobos y aparecían como puntos blancos.

No había zombis alrededor, aunque sí que vi unas pocas de esas gaviotas muerto viviente volando en círculos por la calle.

Justo detrás de la iglesia estaba la carretera y luego la costa, donde vi muchísimos puntos rojos.

Sor Inés aún no había cumplido su promesa de enviar más demonios a la iglesia.

Sospechaba que no podía hacerlo. A cada minuto que pasaba, perdía más el control de Amayon.

Me pregunté si esa cuenta atrás de dos horas cambiaría si ella decidía rendirse.

De hecho, me pregunté si podía rendirse. Estaba claro que le pasaba algo.

Dónut alzó la vista hacia las babosas, asqueada.

—Carl, creo que tendrías que haberme preguntado antes de contagiar a mis estríperes con una enfermedad que te hace expulsar babosas. Chorreras es muy estricto con el cuidado de la piel y seguro que se ha enfadado muchísimo.

—Si queremos llegar al siguiente piso, vamos a necesitar a todos los soldados que sea posible. Con este método podemos crear muchos y muy rápido.

También había dos babosas que parecían estar teniendo relaciones sexuales sobre un charco de sangre. La babosa hembra gritaba a pleno pulmón todo el rato.

—Pues tenemos que hablar muy serio sobre la relación entre calidad y cantidad, Carl.

C ARL : Imani, creo que está despejado. Vamos a seguir. Estamos en el callejón que hay enfrente de la plaza con césped.

I MANI : No te muevas. Vamos hacia allí.

C ARL : ¿Vamos? ¿Quiénes?

Parpadeé cuando un punto azul apareció en el mapa. Y luego otro. Y otro más.

Un grupo grande de mazmorreros salió de la iglesia.

Las babosas empezaron a dispersarse, pero Imani les gritó algo y todas bajaron las cabezas y volvieron a entrar en el edificio.

Una tenía una hachita clavada a un lado del cuello, y empezó a agitarla amenazante en dirección a Imani, quien le hizo un gesto obsceno con el dedo. La criatura terminó por marcharse.

—¡Louis! —chilló Samantha, que se lanzó hacia él. Recorrió la distancia que los separaba a toda velocidad como una pelota de fútbol lanzada por alguien. Lo dejó sin aliento al chocar contra él.

Dónut soltó un grito ahogado.

—Carl, ¿qué está pasando? ¿Cómo han llegado aquí?

Sacó a Mongo del transportín y este empezó a brincar de un lado a otro. Se giró, vio a los mazmorreros que venían hacia nosotros y luego corrió hacia ellos graznando y saltando. Estuvo a punto de tirar al suelo a Britney.

Elle se acercó flotando y echó un vistazo alrededor.

—La verdad es que siempre había querido ir a Cuba. —Un choque distante resonó en la distancia mientras otro edificio se derrumbaba—. Pero la verdad es que hace un poco más de calor del que esperaba. Y también está más ruinoso de lo que creía.

Imani aleteó y se colocó junto a Elle. Su rostro esquelético y sus ojos estaban más agotados de lo normal. Aun así, me dedicó una sonrisa.

—Sorpresa.

—Te lo dije —comentó Elle—. Esa mirada que nos está poniendo ahora hace que esta misión suicida haya merecido la pena.

Estaban Imani, Katia, Bautista, Louis, Britney, Tran, Li Jun, Li Na, Zhang, Chris, Elle y algunos mazmorreros más de Meadow Lark que no conocía. También otros más, la mayoría asiáticos. Éramos veinte personas en total.

—Una pena que Florin ya hubiese bajado por las escaleras —dijo Louis—. De no hacerlo, estaríamos todo el grupo junto. —Se había puesto a mirar alrededor, triste de repente mientras Samantha orbitaba junto a él—. No veas. Este lugar está hecho un desastre.

—¿Cómo…? —empecé a decir mientras los miraba.

—Sí… No te gusta nada cuando la gente te deja fuera de la planificación y hace cosas a tus espaldas, ¿verdad? —preguntó Elle.

—No me gusta cuando mis amigos toman riesgos innecesarios, no —respondí—. En serio, ¿cómo habéis llegado aquí?

Li Jun dio un paso al frente. Él también tenía algunas calaveras de asesino de jugadores que no tenía antes.

—Fue Lucia Mar. —Tragó saliva—. Lo están llamando la batalla de Pekín.

Lucia nunca llegó a hacerse con ninguna carta.

Se negaba a usarlas. Consiguió los seis tótems que le dio el sistema automáticamente, pero todos eran monstruos de bajo nivel.

Y, cuando daba comienzo un enfrentamiento, descartaba la primera carta y luego usaba las demás hasta quedarse sin mano, lo que le permitía usar sus conjuros, su magia y su inventario.

Ella y su perra llegaron y lo mataron todo.

Cuando apareció en el edificio Galaxy SOHO, aquello se convirtió en una batalla campal entre todas las personas sin llave.

Y también había trampas por ahí. Fue un caos.

No estuve presente, pero sí que vi cómo quedó el lugar.

Hizo una pausa y se frotó el brazo.

—Mató a mucha gente. Colocó una trampa de teletransportación y el equipo de Colmillos la activó.

Él tenía una llave. Lucia lo mató a él y a su mujer y se hizo con dicha llave.

Después, creímos que había bajado por las escaleras, pero cuando llegamos nos estaba esperando.

Ahora puede ocultar su presencia. Comentó que Florin le había enviado un mensaje antes de bajar por las escaleras y le había dicho que nos ayudase.

—Sacó algo del inventario y me lo tendió—.

Soltó cinco de estas cosas en el suelo y luego se marchó por las escaleras.

Ya hemos instalado una en la habitación de Imani.

No sabemos cómo las ha conseguido ni de dónde las ha sacado. Ni tampoco por qué tenía tantas.

—¿Qué cojones? —pregunté.

—Sí. También la vi muy amistosa, lo que me resultó muy inquietante. Mi hermana quería matarla.

Examiné el objeto. Era un módulo de mejora de espacio personal.

Si le comprabas uno de esos a un bopca, se instalaban directamente en tu estancia, pero si conseguías uno en una caja, tenían aquel aspecto.

Había que guardarlo en el inventario y luego entrar en la pestaña de tu espacio personal en la interfaz para instalarlo.

—No tendría que haber tenido uno. Y menos cinco. Es de categoría 3. Mordecai dice que no deberían estar disponibles hasta el noveno piso —añadió Katia—. Cree que Lucia los robó en un programa o algo así, seguramente.

Mejora de espacio personal.

Puerta para perritos categoría 3.

Imagina que te vas de aventuras y, de repente, te da un antojo de comerte una de esas tortitas dulces que desayunaste hace semanas en un antro que ahora se encuentra a más de doscientos kilómetros de distancia.

¿Qué haces? ¿Viajas varias horas en dirección contraria para volver a disfrutar de ellas? Pssss. Pringado.

Los chicos molones usan la puerta para perritos.

Mejora la puerta de tu espacio personal para elegir el lugar por donde salir mientras lo hayas utilizado en ese mismo piso, creando así un sistema de viaje rápido. Permite compartir salidas entre invitados y miembros del grupo.

—Madre mía —dije—. Entonces ¿le diste uno a Imani y ella lo instaló en su espacio, y ahora todos los del gremio pueden salir por la puerta de la iglesia?

—Eso mismo —dijo Katia—. O por Washington. O por Detroit. O por Bélgica, donde estaba el pelotón de Elle durante la fase de la llave. Funciona con todos los de Meadow Lark.

—¿Podemos mejorar el gremio para que al usarlo también funcione con mi puerta?

—Podemos —respondió Imani—, pero es muy caro.

Es de categoría 3. Serían veinticinco millones para dárselo a todos.

Por el momento, tenemos cuatro más que podemos instalar en lugares individuales según las necesitemos.

Por cierto, ya hemos gastado todo el dinero para comprar esa mejora de los barracones.

—No teníais por qué hacerlo. Conseguí casi cinco millones por matar a Quan.

Elle escupió en el suelo.

—Tendrías que haberlo matado con su propio brazo.

—¡Eso mismo le dije yo! —apostilló Dónut.

—Aún tengo la llave de la puerta de las escaleras —dije—. Iba a dársela a Imani. Todos tenéis llaves. No deberíais estar aquí.

—Las cosas no funcionan así, Carl —comentó Elle—.

Tenías razón con lo que dijiste en ese discursito.

Esto es cosa de todos. Si no llegamos todos al piso siguiente, estaremos bien jodidos.

Si las cosas se tuercen, la mayoría de nosotros volverá y usará las llaves, pero hasta que pase, hemos venido a ayudar.

—Y no pensaba aceptar tu llave —dijo Imani—. Dónut me contó esa idea absurda tuya de usar uno de tus huesos o algo así para escapar. Los huesos están ahí para algo, Carl. No. Como ha dicho Elle, o todo o nada.

Volví a mirar el módulo y suspiré.

—Esto nos habría venido genial hace unos días.

—Qué me vas a contar —dijo Elle, que miró a Imani—.

Lo habría cambiado todo. Me pregunto cómo es que esa niña loca se ha hecho con tantos.

También me pregunto si Florin sabía de su existencia.

Ya le he enviado un mensaje para quejarme, por si acaso.

Llevamos queriendo un sistema de viaje rápido desde que activaron los gremios.

L I J UN : Te escribo solo a ti, Carl. Quiero decirte algo más.

Lucia dejó las mejoras y comentó que nos ayudaba porque Florin se lo había pedido, pero antes de bajar por las escaleras pasó a convertirse de nuevo en una persona horrible y comentó que estaba guardando algo especial para ella porque tenía una cuenta pendiente con Dónut y sabía que iba a encontrarla en el noveno piso.

Dijo que iba a matar tanto a la gata como a su dinosaurio mascota.

Por eso mi hermana quería luchar contra ella.

C ARL : Joder. Vale. Gracias por no decirlo en voz alta.

Miré con nerviosismo a Dónut, quien se encontraba al borde de la silla de ruedas voladora de Tran.

Reía apacible mientras se cambiaba la tiara a la de la libélula para luego lanzar Flotar y mostrarles su nueva habilidad.

Tuve que contenerme para no reprenderla por gastar una de las cinco cargas diarias.

Tran también sonreía con la mano extendida para acariciar a Dónut. Britney estaba en el suelo, bocarriba mientras Mongo se ovillaba junto a ella. También reía. Era la primera vez que veía sonreír siquiera a esos dos desde el final de la Mascarada del Carnicero.

En realidad, ahora que lo pensaba, era la primera vez que veía sonreír a Britney desde que la conocía.

Yo también sentí el cambio en el ambiente. Era una sensación muy agradable.

Las cosas no pintaban bien para nosotros, pero daba igual por alguna razón. A pesar de la amenaza de Lucia, de las pocas posibilidades que teníamos, de toda la muerte y el dolor… A pesar de todo eso…

Desde el final de la Mascarada del Carnicero había tenido una sensación que no podía quitarme de encima.

Era una capa adicional de oscuridad que cubría todo lo demás, una sensación abrumadora de futilidad que no me había percatado que estuviese ahí.

Era algo que añadir a la desesperanza que lo permeaba todo.

Nos estaban arrebatando muy poco a poco la humanidad.

Cada desafío al que nos enfrentábamos, cada nueva muerte y cada nuevo giro nos arrebataba un poco de nosotros mismos.

Pensé en Ren y en la desesperación que había acabado con ella.

En todos los mazmorreros que se habían visto obligados a enfrentarse a sus pesadillas personales en este piso.

En mi madre, cuando se había ahogado en su propia tristeza.

En mi madrastra. Nunca llegué a conocerla ni supe lo que había hecho.

En el puñetero río estruendoso, tanto que era lo único que oía.

Era la soledad. Siempre había sido la soledad.

El velo se había apartado al fin. Nuestra situación no había cambiado.

Era muy probable que estuviésemos bien jodidos, sí, pero volvíamos a estar juntos.

Y ahora había esperanza. Al fin. Lo entendí por primera vez en muchísimo tiempo.

La soledad era lo que acababa por destrozarnos. No podíamos dejarla vencer.

Pensé en Lucia, la mazmorrera más solitaria del lugar, quien a pesar de todo nos había dado algo que podía juntarnos de verdad.

Miré a Katia. Pensé en la flor que tenía en el inventario y en todo lo que podía llegar a ocurrir.

«Tenemos que encontrar otra manera».

Pero allí y en aquel momento, me sentí muy agradecido por conocer a las personas que tenía delante.

Elle dio una palmada con sus manitas y esquirlas de hielo salieron desperdigadas a su alrededor. Me miró.

—Bueno, señor de la guerra. Tú eres quien tiene la sartén por el mango. ¿Qué quieres que hagamos?