Capítulo 61
Nota añadida por la mazmorrera Milk. Sexta edición.
Aunque a veces puedes mover las plataformas sobre las que se encuentran las escaleras, no puedes guardar en tu inventario el portal de salida.
No puedes llevar una escalera a tu estancia segura.
He visto usar una varita de Aniquilación total y cómo esta quedaba del todo ilesa.
Creo que eso significa que son indestructibles.
Nota añadida por la mazmorrera Herot. Decimosexta edición.
Milk tiene razón sobre las escaleras. En el manual de reglas dice que, aunque las escaleras en sí pueden cerrarse bajo ciertas condiciones, no está permitido eliminarlas del terreno de juego.
Nota añadida por la mazmorrera Rosetta. Novena edición.
Las escaleras son la única manera que tienen los mazmorreros de moverse de un piso a otro.
Y ya está. Es una regla inquebrantable. No se pueden saltar pisos.
Al final de la Guerra de Facciones, después de que los virreyes ganasen en el último momento, apareció un portal y varios de los cabrones que habían sobrevivido consiguieron entrar.
Lo hicieron todos: los orcos, los virreyes, el Colectivo Operístico y hasta los naga, todos juntos y riendo como si no se estuviesen bañando en las entrañas del resto el día anterior.
Al parecer, el portal los llevaba a otra parte de la mazmorra, una especie de discoteca en un piso diferente, para celebrar una fiesta de victoria.
Llevaron con ellos varios PNJ reacios a marcharse, como los elfos bibliotecarios de la universidad, aquellos cuya ayuda había sido crucial para nosotros.
Un mazmorrero intentó saltar a través del portal para salvar a los PNJ, pero fue como si se chocase contra un cristal.
Intentó lanzar un conjuro a través de él, pero no funcionó, aunque aquel intento llamó la atención del príncipe de los orcos.
Este volvió atrás, a través del portal para salir a las ruinas humeantes de Larracos, ató al mazmorrero por la cintura y volvió a cruzar la entrada.
La cuerda se tensó tanto que partió al mazmorrero por la mitad.
Vimos cómo el orco y sus amigos se reían al otro lado de ese cristal que era la salida.
Fue el último mazmorrero que mataron, de los miles que habían caído durante aquel juego sin sentido.
Esta noche soñaré con verlos arder. Esta noche fingiré que era lo bastante inteligente como para encontrar una manera de acabar con ellos desde la distancia.
Camaradas, espero que hagáis realidad mi sueño algún día.
—Es muy ridículo que puedan romper las puertas —decía Dónut mientras corríamos.
Samantha había enviado a los zombis en la dirección contraria y se acercaba para reunirse con nosotros en la calle contigua—.
¿Cómo van a poder romper las escaleras? Una de ellas estaba en un submarino que se comió un tiburón para luego explotar, pero siguió ahí como si nada.
¡No es justo! Creía que siempre había una forma de ganar.
Si hacen que sea imposible, ¿qué sentido tiene? ¡Eso es trampa!
Corríamos en dirección a la iglesia. Teníamos que pasar de largo junto al demonio que se encontraba en lo alto del edificio.
No teníamos tiempo de dar un rodeo. La estructura se alzaba a nuestro lado.
El demonio, después de que lo obligasen a llamar nuestra atención, había seguido escupiendo fuego hacia arriba.
El tornado de gaviotas demoniacas crecía en número a cada momento que pasaba.
El suelo que rodeaba el edificio se había convertido en un mar de puntos rojos que eran zombis demoniacos poseídos.
Yo tenía una ventana de chat abierta con sor Inés y no dejaba de insistirle que íbamos de camino, pero no pensaba caer voluntariamente en la trampa que nos había tendido. Teníamos que llegar a la iglesia antes de que sus demonios destrozasen la puerta.
Aplasté con fuerza un pez zombi y salpicó a mi alrededor. Seguimos avanzando y cruzamos junto a una montaña enorme de coches. Frente a nosotros, apareció Samantha y descendió a la callejuela. Había robado una especie de chal de un establecimiento y este le colgaba de la cabeza.
Gruñí y aplasté otro pez zombi. Aquellas cosas estaban por todas partes, chapoteando a nuestro alrededor.
—Inés no nos ha amenazado con romper las escaleras, sino la puerta que da a dichas escaleras.
Y la única razón por la que no lo ha hecho aún es porque está en una iglesia.
No es un portal, y sabemos que las escaleras están ahí.
Las vemos en el mapa. Lo único mágico son las puertas y las paredes que la rodean.
Es un poco confuso, pero la sala de las escaleras en sí está bien.
No somos los únicos a los que les ha pasado esto.
¿Viste el mensaje de Katia en el chat de grupo?
Un grupo de antiguas Hijas que había terminado en Turquía había conseguido matar a otro mazmorrero y hacerse con la llave, pero les había ocurrido lo mismo.
Habían luchado justo delante de la puerta y habían destruido la salida.
La llave había desaparecido justo después de que la consiguiesen.
Ahora, varios grupos de mazmorreros habían amenazado con destruir las puertas si un equipo oponente no les entregaba la llave voluntariamente.
Los que ya habían bajado habían tenido suerte. Las cosas empeoraban por momentos.
El piso entero se había diseñado para que nos enfrentásemos entre nosotros, para convertirse en una carnicería. Y estaba funcionando.
Lo de los zombis tampoco estaba pasando en Cuba únicamente, aunque este lugar parecía haberse llevado la peor parte.
El Desahucio Demoniaco estaba ocurriendo en todo el mundo.
Mi chat estaba lleno de personas que tenían que luchar contra zombis en todas las regiones costeras, lo que significaba normalmente que también estaban luchando contra demonios.
Dónut dijo que Prepotente ya le había enviado más insultos de lo normal, ya que al parecer me culpaba de lo ocurrido.
—¿Eso significa que podríamos excavar en los escombros y quizá las escaleras estén ahí debajo? —preguntó Dónut.
—Puede. Lo dudo, pero es lo que espero. El equipo de las Hijas se ha puesto a excavar para encontrarlas.
Si lo consiguen, se lo comentarán a todo el mundo y nosotros haremos lo mismo si podemos.
Quizá seamos capaces de hacer saltar el edificio por los aires y las escaleras sigan ahí, abiertas.
Como cuando no podíamos cruzar la puerta mágica durante la misión de Remex en el tercer piso.
Hicimos explotar el edificio para entrar.
—Si funciona, apuesto lo que sea a que Ren se sentiría muy estúpida por rendirse antes de tiempo.
—No, no lo haría —dije.
—Supongo que tienes razón. Tuvo que estar en su lecho de muerte para admitir al fin que estaba equivocada. Era una cabezota.
Tenía serias dudas de que aquel plan de excavar llegase a funcionar.
Me parecía demasiado fácil. Las llaves eran la única forma de escapar, y perder una era prácticamente lo mismo que morir.
Dónut tenía razón con lo de que no era justo, pero, al igual que había dicho Mordecai en muchas ocasiones, la mazmorra se estaba equilibrando y toqueteaba las normas para seguir creando situaciones dramáticas.
Nos habíamos saltado un piso entero. Y al principio de este piso había más mazmorreros vivos de los que esperaban.
Pensar en ello me resultaba incómodo. Cuando habíamos empezado el piso quedaban más de 38.
000 mazmorreros. Mordecai no había comentado nada al respecto, pero en algún momento de las últimas semanas había quitado la imagen de los mazmorreros restantes que teníamos siempre en el espacio personal.
Yo apartaba la cabeza cuando entrábamos en una estancia segura. No quería saberlo.
Los mazmorreros habían muerto más rápido de lo normal hasta el principio del sexto piso, que normalmente era uno de los más mortíferos.
En ese momento habíamos empezado a ayudarnos y le habíamos dado la vuelta a la tortilla.
Como en el séptimo no había muerto nadie, la mazmorra tenía que empezar a compensar.
No estaba seguro de cuántos habían fallecido a estas alturas, pero sí que sabía cuántos participantes había con vida al principio del noveno piso en otras temporadas.
La media de mazmorreros que llegaban al noveno piso era algo inferior a los 8.000. Y en un caso concreto había sido solo de 500.
Peor aún: la media de mazmorreros que llegaban al décimo piso era de 1.000. A veces, no llegaba ninguno. La media del undécimo piso era de menos de 10. Eran muy pocos los que decidían continuar en lugar de firmar algún trato para salir.
Había una entrada al respecto en el libro de cocina, escrita por Herot, quien planteaba que el enfoque de los espectadores cambiaba mucho cuando acababa la Guerra de Facciones.
Aunque los mejores mazmorreros siguiesen contando con seguidores acérrimos, gran parte de la atención pasaba a centrarse en las intrigas, los planes y los ardides que las élites preparaban para la Ascendencia.
Los mazmorreros en sí pasaban a convertirse en meros peones, en granos de arena en medio del desierto.
Cuando el último de ellos moría o aceptaba un trato, daba comienzo la Ascendencia.
Ese instante variaba mucho entre temporadas, pero podía llegar a cambiarlo todo.
No. Aquellos de nosotros que no teníamos llave estábamos más que muertos. Todo ese rollo de los zombis y los demonios solo servía para que esas muertes fuesen mucho más espectaculares.
La temperatura había pasado a ser sofocante. Nos encontrábamos a solo dos manzanas de aquel edificio alto y ancho sobre el que se posaba la serpiente.
—Pero ¿qué hace esa cosa? —preguntó Dónut—. ¿No se supone que es una diosa del agua o algo así? ¿Por qué escupe fuego hacia arriba?