Capítulo 60
Quan llevaba más mierda en el inventario que yo, que ya era decir.
Tenía muchas armas mágicas, desde espadas a lanzas, pasando por martillos de guerra y objetos menos tradicionales, como una sierra mecánica y algo que parecía un calcetín lleno de monedas y que era uno de los objetos más valiosos de los que llevaba encima.
También tenía un bombín como el del tío aquel en la película de James Bond; este podía lanzarse para decapitar a alguien antes de que volviese a tus manos como un bumerán.
Dónut iba a flipar cuando lo viese. También tenía cinco millones de monedas de oro.
Me pregunté si había comprado algo alguna vez.
Había muchísimas cosas que no había usado nunca.
Iba a tardar muchísimo en repasarlas. Por suerte, pude transferirlas todas a mi inventario con un botón.
Lo único que le dejé fue el anillo de oro, que siguió manteniendo en la mano cerrada.
Me quedé su brazo, sin tener muy clara la razón.
No me di la vuelta para mirar a Ren, pero ella me advirtió que saliese del edificio. Su pulsera mágica estaba a punto de hacer saltar todo por los aires. Y me pareció bien. Aquel lugar ya no nos servía para nada.
—Vamos, Samantha —dije mientras salíamos a la ciudad en llamas.
Había sopesado la posibilidad de sacar el Anillo de sufrimiento divino y marcar a Ren, o quizá a Khulan, tal y como había hecho con Miriam, pero no daba tiempo.
La marca tardaba treinta segundos en formarse en este piso y, si alguna tenía una habilidad que les chivase que las había marcado, es posible que hubiesen cambiado de opinión de repente. No quería complicar más las cosas.
Aun así… sentí el impulso de sacar el anillo y ponérmelo. Lo reprimí. En el piso siguiente, tendría una nueva característica: podría marcar a toda la gente que quisiese a la vez. Si salíamos de aquí, iba a serme muy útil.
En la distancia, Amayon, el demonio que había poseído el cuerpo de la serpiente que era la Madre de Aguas, se posó sobre un edificio muy alto, en vertical como un chapitel mientras lanzaba fuego hacia arriba, como si intentara quemar el cielo.
No tenía ni idea de qué era lo que estaba haciendo, pero unas gaviotas demoniacas flotaban a su alrededor como si de un tornado se tratara.
Era probable que estuviese lanzando un conjuro.
Genial. Genial, ¿eh? Había puntos rojos por todas partes.
Agarré el autómata pintado y lo guardé en el inventario para luego empezar a correr hacia el oeste, hacia el centro de la Habana mientras el edificio que tenía detrás empezaba a derrumbarse.
R EN : Adiós a todos. Al menos dejaré de oír cómo pronunciáis mal mi nombre. Hacedme un favor y machacadlos por mí. Que lo paguen bien caro.
En ese momento, oí otro retumbar detrás.
No fue una explosión muy potente, pero sí lo bastante fuerte.
La cúpula que era el techo del edificio se derrumbó como si hubiese sido una detonación controlada.
La verdad es que yo ya estaba acostumbrado a explosiones mucho más grandes.
Teniendo en cuenta todo lo que estaba ocurriendo en la ciudad, el derrumbe del edificio podría haber pasado desapercibido perfectamente.
D ÓNUT : ESPERA. ESPERA. ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?
Tserendolgor nunca llegó a leer ese mensaje. Su nombre apareció en la carpeta de mazmorreros fallecidos. Se había acabado todo.
D ÓNUT : CARL, ¿POR QUÉ SE HA MUERTO? ¿QUÉ HA PASADO?
C ARL : Te lo explicaré dentro de un minuto.
Voy a lanzar a Samantha hacia ti y luego iremos hacia la iglesia.
No tengo tiempo ni suministros para preparar otra teletransportación.
Tendremos que dar un buen rodeo para evitar ese demonio gigante.
Iremos a por Imani y luego ya veremos qué hacer.
Pero tenemos que salir de aquí antes de que sor Inés vuelva a aparecer o antes de que lo que quiera que esté haciendo esa cosa nos joda bien jodidos. Lanzo a Samantha.
Saqué la extensión, y la cabeza saltó hasta ella. Parpadeó sin dejar de mirarme mientras yo intentaba calcular el tiro.
—¿Vamos a quedarnos al redondito ese? Me cae bien. Es muy mono. ¿Puedo ponerle nombre? Quiero ponerle nombre.
—Aún no he decidido si nos lo quedamos —dije—. Lo más probable es que no. Dónut tiene miedo de que se coma a Mongo.
—Tienes que quedártelo —insistió Samantha—. Esa perrita ha muerto creyendo que ibas a cuidarlo. No creo que se coma a Mongo si crecen juntos. Una vez vi cómo una de esas cosas que había resucitado diez veces se comía a un dragón. ¡Fue una pasada!
Me paré en seco.
—¿Qué? ¿En serio? ¿Un dragón?
—Era un dragón pequeñito, pero sí. Ahora, lánzame, Carl. Quiero morderle la cola a Dónut.
—No tenías por qué morderme tan fuerte —se quejó Dónut mientras doblábamos la esquina de un edificio.
—Fue por si acaso —comentó Samantha mientras flotaba entre nosotros—. No es mi culpa tener una mandíbula tan fuerte. Lo de morder así lo aprendí cuando alguien me abandonó para que me comiesen dos perros en el sexto piso.
Había necesitado tres intentos para que Samantha cayese lo bastante cerca de Dónut e, incluso entonces, había tenido que dirigirse hacia ella durante diez minutos.
Luego le había mordido al momento la cola sin previo aviso.
Después de teletransportarlas de nuevo adonde me encontraba yo, la gata no había dejado de quejarse al respecto y llevaba así desde entonces.
Al parecer, ese tipo de teletransportación era más inquietante de lo habitual.
Dónut tenía una nueva calavera dorada de asesina de jugadores.
No había dicho nada, y yo no le había preguntado, pero aquella indiferencia se me antojó muy llamativa.
Nos volvíamos más insensibles a cada día que pasaba.
Esperaba ser capaz de salir de este maldito piso sin tener que volver a hacer algo así.
Los cangrejos y las focas zombi estaban por todas partes, deambulando por la ciudad y alejándose de la playa.
Hacía mucho tiempo que no venía un cangrejo o una foca normales, y me pregunté si quedaba alguno.
Por suerte, tampoco había visto ninguno de los demonios poderosos que habíamos liberado de los cadáveres poseídos.
Con suerte, habrían vuelto ya a Sheol, pero no tenía muy claro si aquel tipo de criaturas podía arrastrar personas al infierno como hacían los zombis poseídos. Mordecai tampoco tenía ni idea.
Los zombis seguían convirtiéndose en demonios poseídos por aquí y por allá, pero estos se abalanzaban en dirección a Amayon, quien seguía erguido en lo alto del edificio más alto lanzando llamas hacia arriba como si fuese una fuente.
Estaba empezando a afectar a la zona que lo rodeaba.
El aire se había vuelto mucho más caliente.
—Pues que sepas que si me vuelves a morder así, voy a decirle a Mongo que te muerda igual, a ver si te gusta.
—Claro que me gusta —dijo Samantha.
—Silencio las dos —dije mientras veía una foca zombi arrastrarse a duras penas por la calle, persiguiendo un fantasma de los recuerdos ajeno a todo que, milagrosamente, aún llevaba puesta toda la ropa.
La boca dejaba tras de sí un rastro de sangre roja en la carretera.
Según Mordecai, esas cosas tenían una especie de mente colmena, por lo que teníamos que evitar que cualquiera nos viese si no queríamos que nos atacasen todas.
I MANI : No hay ni rastro de la monja. No ha entrado nadie.
Hay un edificio anexo. Tiene la puerta abierta y he visto que es una especie de templo, la entrada de un club Vencedor.
Vi a un PNJ cabra asomarse por la puerta y lanzar un conjuro que mató a unos pocos zombis, pero ahora hay bastantes más por allí y muchísimos frente a la iglesia.
El tipo no deja de abrir la puerta para asomarse antes de cerrarla rápidamente.
La última vez vi a tres como él y lo que me pareció un humanotauro.
Los imbéciles no dejan de atraer más y más zombis a la zona.
C ARL : Vale. Si ves a sor Inés, métete en la estancia segura. No hay razón para que luchéis. Espéranos.
Yo había empezado a hacer un inventario rápido de todo lo que había saqueado, pero no iba a poder examinar bien todas las cosas hasta que llegásemos a una estancia segura.
Por el momento, parecía que los mejores objetos eran los pergaminos de Ojo en el cielo, los grimorios, Velma el lanzallamas, el calcetín lleno de monedas y, obviamente, la túnica celestial de Quan.
El tipo llevaba muchísimas armas encima.
Más incluso que las que yo había saqueado de los cazadores.
Me pregunté si su clase, que era sargento de armas, tenía algo que ver con guardar tantas.
Me fijé en que eran todos los objetos que había saqueado al resto de los mazmorreros.
Lo menos que podía hacer era darles buen uso.
Aún no le había contado nada a Dónut sobre el Dolor de barriga. Le pedí consejo a Mordecai.
M ORDECAI : Quédatelo en el inventario. En el caso de Mongo, no podías bajar las escaleras sin tener un vínculo con él porque no tenías transportín.
Esa cosa estará bien mientras siga ahí dentro.
Ya podrás intentar conseguir el vínculo más adelante.
Te vendría genial como mascota si decides quedártelo, pero ahora tienes demasiadas cosas pendientes como para intentar mantener con vida a una mascota de nivel 1, sobre todo si tiene debilidad a los muertos vivientes.
Y Ren cometió un error al decir todas sus debilidades en voz alta.
Se supone que las facciones no deberían estar espiando, pero ambos sabemos a estas alturas cómo funcionan las cosas.
C ARL : Entendido. Por cierto, no veo a sor Inés con mi habilidad Encontrar mazmorrero. ¿Debería usar uno de los pergaminos de Ojo en el cielo? ¿La podría encontrar así?
M ORDECAI : Si lo usas, que sea Dónut. Pero sí, la encontrará mientras no esté en una estancia segura ni usando una habilidad o conjuro avanzado para ocultarse. Esos pergaminos son muy escasos. ¿Cuántos tienes?
C ARL : Cinco.