El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 59 #2
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Capítulo 59 #2

—Es una donación para nuestro ejército —dijo—. Mi lanzallamas es Velma, por cierto. El nombre no se lo puse yo, que lo sepas.

Estaba conteniendo las lágrimas a duras penas. Y yo también.

—¡Nos quedan cuatro días! ¡Seguro que encontramos la manera!

Me ignoró. Sacó un último objeto del inventario. Era un pequeño cuchillo de cristal parecido a uno de mantequilla. Brilló con luz roja.

—Es el Cuchillo de las lágrimas heladas y está hecho de algo llamado cristal silvano. No está muy afilado y no es que sea muy valioso, pero puede matar a Garret. Cada vez que se regenera, recibe otra debilidad. Ya tiene cuatro. El cristal silvano es una de ellas.

Rompió a llorar tras esa última frase.

—No, no, no —dijo Garret. Más que palabras, fue un ruidito. Estoy muy seguro de que esa cosa no podía hablar en realidad, pero imitaba ruidos.

Las lágrimas seguían derramándose por el rostro de la mujer perro.

La pared del otro extremo de la estancia empezó a temblar.

Aviso: La salida de las escaleras del Capitolio Nacional de Cuba ha quedado inaccesible. Todas las llaves disponibles han quedado destruidas.

Le costaba mucho hablar.

—Es un Dolor de barriga, un tanque genial y es casi inmortal.

Cuesta mucho matarlo y, si muere, se regenera.

Pero tras cada cinco muertes vuelve a nivel 1 y tienes que rehacer tu vínculo con él.

Dicen que, de ocurrir esto, no recuerdan nada, pero no lo tengo muy claro.

Esta será la primera vez que ocurra. Cada vez que se regenera, se vuelve más fuerte, pero también recibe una nueva debilidad, así que tendrás que tener cuidado.

—Sorbió los mocos y miró a Khulan, quien permanecía bocabajo cerca de la pared que se estaba derrumbando—.

Es como el resto de nosotros. Parecemos fuertes y tenemos la piel muy dura, llena de cicatrices, pero no son más que grietas en nuestra… —No fue capaz de terminar.

Garret gimoteó y se acercó más a Ren, como si ya no estuviese lo bastante pegado a ella.

Ella había empezado a sollozar y a hablar directamente con su mascota.

—Tuve un perro en el pasado, antes de que ocurriese todo esto. Murió protegiéndome, y ahora seré yo quien te proteja a ti. Vas a sobrevivir y a acompañar a Carl. Él cuidará de ti, porque yo ya no puedo hacerlo. Te dará de comer todos los días y serás un buen chico. Por mí. ¿Vale?

—Esto… —dije.

Apuñaló a la mascota con el cuchillo por un costado, y esta cayó al suelo muerta al instante. Sin más. Murió al momento, como si Ren hubiese pulsado un interruptor. Pasó un momento y el cadáver de la criatura empezó a encogerse, como si se estuviese de­sinflando.

Ren se enjugó las lágrimas.

—En la descripción tienes una lista de las debilidades.

Ahora recibirá otra, pero para que las sepas: cristal silvano, beber sudor de hobgoblin, la mordedura de una alahendida y comer carne de muerto viviente.

Esa son las cosas que pueden acabar con él.

Y ten cuidado, porque se lo come todo. Cada vez que vuelva, se arriesga a recibir una debilidad contra algo mucho más común, así que intenta mantenerlo con vida.

—¿Por qué has hecho eso? Nos quedan cuatro días —repetí, estupefacto—. Aún… Aún no se ha acabado.

Ren no dejaba de mirar a su amiga. Las lágrimas desaparecieron con la misma velocidad con la que habían llegado. Se había permitido ponerse sensible durante un instante, pero ya solo le quedaba terminar con lo que había decidido hacer.

—Cierto, Carl. Es verdad que aún no se ha acabado.

No se ha acabado para ti, pero sí para mí.

Tan pronto como Khu termine de llorar, se va a suicidar.

Lo ha perdido todo. Ha perdido a su hija, que estaba dentro de un edificio cuando ocurrió esto.

Y también ha perdido a todos los que entraron aquí con ella.

No le queda nada. Nada. Y a mí tampoco, excepto mi fe en ti, en que consigas que se arrepientan de haber elegido nuestro planeta para hacer esto.

Se quedó un momento en silencio.

—No quiero ver a mi amiga suicidándose antes de irme yo.

Tiene que ser ahora. Quiero marcharme habiendo hecho algo bueno.

Y lo único que puedo hacer en este piso es negarme a luchar.

Lo acepto. No voy a poder ayudarte en el piso siguiente, así que al menos deja que te entregue mi mejor equipo. Y deja también que proteja a Garret.

Bajé la vista a la mascota. Seguía inconsciente y ahora tenía nivel 1.

También le había desaparecido el nombre.

Era como si fuese una mascota del todo nueva.

Me recordó al primer Dolor de barriga que había visto en el segundo piso.

Estaba en una jaula junto a Mongo. Pues aquel era igual.

Una bolita con dos patitas que sobresalían por debajo.

Solo tenía un diente, que hacía que diese la impresión de que tenía una mordida muy irregular.

Ren sacó un transportín para mascotas y metió a la albóndiga ahí dentro con mucho cuidado. Le dio un beso tierno.

—Lo siento —dijo mientras lo guardaba. Después hizo una pausa—. Parece que su nueva debilidad se llama Mirada de segador. No sé qué es. —Me acercó el transportín y lo guardé en el inventario sin pensar. En ese momento, me llegaron una andanada de logros relacionados con las mascotas.

—Si encuentras la manera de obrar un milagro antes del final del piso, asegúrate de que sor Inés no baja por las escaleras —dijo Ren—. Hablé con Paz varias veces y era un buen hombre. No le permitas a esa que se quede su carta.

—No lo haré. Pero ¿tú qué vas a hacer ahora? Si el techo se derrumba, es muy probable que no mueras, sino que te quedes aquí atrapada.

Ella alzó un brazo y me enseñó una muñequera. Era la única prenda que se había dejado puesta. Esa y un pequeño relicario con forma de corazón que le colgaba del cuello, con una pata de perro grabada encima.

—¿Has visto Depredador ?

Sabía lo que era aquel dispositivo. Lo había visto antes, a la venta en el club Desperado.

—¿Vas a hacerte explotar a ti misma? ¿Sin más?

—Quieren que luchemos, que me enfrente a Dónut. Pero pienso largarme de este mundo bajo mis propios términos. Además, nos hubieses dado una paliza. Es mi forma de decirles que les den por culo.

Aquello era demasiado. Era su elección, claro, y entendía por qué lo estaba haciendo, pero lo odiaba. Odiaba todo lo que suponía algo así. Y también odiaba que mis visualizaciones no dejaban de bajar porque a la gente le daba igual. Odiaba no poder hacer nada para detenerla.

«Esto lo detendrá. Es muy ruidoso, Carl. Muy ruidoso».

—Vale —dije al fin, al tiempo que me ponía en pie e intentaba mantener las emociones a raya.

Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Tserendolgor.

R EN : Princesa Dónut, tengo que confesarte algo. Todo lo que has dicho es cierto. La primera vez que nos vimos intentaba robarte la experiencia. Hice trampas en el concurso de mascotas. Tu Mongo es quien debería haber ganado. Lo siento mucho.

D ÓNUT : ¡LO SABÍA! ¡LO SABÍA!

D ÓNUT : CARL, ¿HAS OÍDO ESO?

—No tenías por qué hacerlo —dije mientras reía entre dientes.

Ella gruñó, como si le hiciese gracia.

—Muchos de los míos tienen miedo a los gatos. Algunos creen que, si los miras a los ojos, te pueden robar el alma. Espero que sea cierto. Espero que Dónut esté a la altura de las circunstancias.

Al otro lado de la habitación, Khulan se puso en pie y se acercó a nosotros. Abrazó a Ren por el cuello.

Ya había dejado de llorar y tenía la mirada perdida. No parpadeaba apenas.

—Garret es un buen chico. Cuídalo, por favor.

Vincularte con él será fácil. Dale de comer unas cuantas veces.

Asegúrate de que no sea carne de muerto viviente ni nada que haya tocado un hob­goblin.

Y también intenta descubrir cuanto antes qué es eso de Mirada de segador.

Estoy segura de que tendrás que ponerle otro nombre, así que espero que se te ocurra uno bonito.

El techo volvió a resquebrajarse. Se oyó una campanilla.

Ya podíamos saquear el resto de los objetos que había en el cadáver de Quan.

Aun así, no podría hacerme con sus cartas.

Con suerte, ya no haría falta usarlas más.

Empecé a hacerme con el equipo que había soltado Ren, incluyendo el lanzallamas mágico, que en realidad era parte coraza y parte arma.

Ren abrió los ojos de par en par y, en ese momento, Khulan soltó varios objetos más en el suelo. Más anillos, pociones y una lanza brillante, así como muchos objetos de armadura y algunos grimorios mágicos sin leer. También muchísimas monedas.

—Ahí tienes —dijo Ren—. No puedo darte mis tótems, pero acabo de reorganizar el mazo y sacado el resto de las cartas.

Tendrás que llevarlas encima hasta que se las puedas dar a Dónut, pero son todas las que tengo.

Hay algunas especiales y místicas, por si las necesitas, incluyendo estas dos. No tuve oportunidad de usarlas.

Me quedé mirando las dos últimas cartas. Una era la consumible CAMBIO A MEJOR . La otra era también consumible pero especial. En ella aparecían dos hombres enormes en mallas. Se llamaba el EXPRESO DE MEDIANOCHE .

Me hice con la pila enorme de cartas y me las ceñí al elástico de los bóxers. No me dejaba meterlas en el inventario.

—¿Estás segura de esto? —pregunté una última vez.

—Haz que sufran, Carl.

Apoyé la mano en el hombro de la mujer perro. Le temblaba todo el cuerpo.

—Los mataré a todos. A todos y cada uno de ellos. —Me incliné hacia su oreja y susurré—: Lo juro por lo más sagrado.