El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 59
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Capítulo 59

Aquello me había sentado como una patada en los cojones.

Tardó un segundo, pero el pavor se reflejó en el rostro de Ren cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Repasé rápidamente las opciones y llegué a la misma horrible conclusión que ella.

Mi contador de visualizaciones se había vuelto a disparar.

Dónut tenía ahora dos llaves en el inventario: una para la puerta de la iglesia que ahora protegía Imani y la otra para la que yo tenía al lado, la del Capitolio. Y esa solo íbamos a poder usarla durante los cuatro minutos y medio siguientes.

No podíamos darle una llave a Ren. Las normas estaban bien claras y las habían hecho así para provocar este tipo de situaciones imposibles.

Para que Ren se hiciese con esa llave, lo primero era conseguir teletransportar a Dónut.

Y después, empezar un combate de cartas en el que la gata tendría que usar una carta de Darse a la fuga para perder una de las dos llaves que llevaba encima.

Y, para colmo, cuando lo hiciésemos no íbamos a poder elegir la llave que se perdía.

Si el sistema se portaba bien con nosotros y soltaba la del Capitolio, nosotros nos teletransportaríamos lejos, Ren conseguiría la llave y podría correr hacia la estancia.

Pero, si por el contrario, el sistema hacía de las suyas, que era lo que pasaba más a menudo, soltaría la llave de la iglesia. Y era probable que a Ren le sirviese igual. Tendrían una llave y se verían obligadas a dirigirse hacia la iglesia, donde Imani las estaría esperando.

Mientras, Dónut y yo estaríamos bien jodidos.

Nos habríamos teletransportado lejos del edificio del Capitolio y aún tendríamos la llave para escapar, pero necesitaríamos alcanzar la puerta a tiempo, lo que sería prácticamente imposible.

Habría que hacerlo de inmediato. ¿Y qué pasaría con Imani en ese caso?

No, no lo podía permitir.

Quedaban cuatro minutos.

Pasara lo que pasase, teníamos que hacer que Dónut viniese cuanto antes.

Podía lanzar a Samantha, lo que nos llevaría al menos dos o tres minutos si es que tenía suerte con la puntería.

Habría que usar la araña autómata roja y su teletransportación, pero eso requeriría otro mazmorrero que no fuese yo para intercambiar la posición con la gata.

Podía ser Khulan, aunque significase matarla.

La mujer seguía tirada en el suelo, sobre el cuerpo destrozado de su marido.

Había otra posibilidad, una que Dónut y yo aún teníamos bajo la manga.

Podía hacer que la araña corriese hacia Ren y la tocase, con lo que intercambiaría posición con Dónut.

Sin Ren, no habría nadie capaz de empezar un combate de cartas y podríamos bajar por las escaleras rápidamente y salvarnos.

No obstante, Dónut no tendría tiempo de entregar la segunda llave, la de la iglesia, lo que condenaría al resto de los mazmorreros de la zona. Mataríamos a Imani.

No tenía ni idea de qué hacer.

«Si tomas esta decisión, que sea estando seguro de que es tu única opción. Esto no es solo un plan de respaldo. Es el fin de todo. Si tienes la posibilidad de hacer cualquier otra cosa, piénsalo y no te precipites. Tienes que estar del todo seguro».

Todo aquello pasó por mi mente en cuestión de segundos. Miré sobre el hombro y silbé. Al otro lado de la calle, la araña pegó un brinco y empezó a arrastrar tras de sí los pantalones del fantasma de los recuerdos mientras se dirigía hacia mí.

C ARL : ¡Dónut, prepárate para teletransportarte! Asegúrate de que has guardado a Mongo. ¡Rápido!

Si no lo hacíamos ahora, Ren nos desafiaría a un combate. No tenía otra elección. Solo quedaría una llave, y ella tenía muy claro que, de dársela a alguien, se la entregaríamos a Imani en lugar de a ella. ¿Qué otra cosa podía hacer?

No nos quedaban más opciones. Era ella o nosotros.

«Y ella podría matarte ahora mismo, lo que dejaría a Dónut en desventaja. Ten cuidado».

Examiné a la mujer que se había convertido en un perro.

Apenas la conocía, pero casi todos los de la mazmorra sabían su historia.

Había crecido en Mongolia y había sido modelo de pasarela en el pasado.

Se había mudado a Francia, donde un exnovio celoso la había apuñalado a ella y a su perro.

El año siguiente lo había pasado en el hospital antes de retirarse.

Cuando tuvo lugar el derrumbe acababa de regresar a casa.

Todo su grupo estaba conformado por las personas con las que había crecido, de una pequeña aldea del país.

Su círculo de amigos al completo había ido muriendo en este lugar horrible, uno a uno, para acabar en este puñetero piso.

Era aterrador lo rápido y lo fácil que podía llegar a cambiar todo.

Mientras la miraba, Ren se dejó caer en el suelo. Garret emitió un gemido de indecisión y se colocó a su lado. Ella extendió la mano y se desenganchó el lanzallamas, que cayó bocarriba sobre las baldosas rotas y requemadas.

—¿Sabes? La verdad es que tenía muchas ganas de prender fuego a esos cabrones del piso siguiente. —Se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en la albóndiga.

Las patas de la araña roja repiquetearon por las escaleras y se detuvieron justo por fuera de la estancia. Alcé la mano para que se detuviese.

El techo se resquebrajó ominoso sobre nuestras cabezas. Khulan seguía llorando junto a la salida. Era una mujer pequeña, joven pero con la piel de alguien que había trabajado bajo un sol inclemente toda su vida. Se aferraba al cuerpo grande de aquel mazmorrero muerto.

—Ven, Khu —dijo Ren.

—No —respondió ella.

Abrí la boca para decir algo, pero Ren alzó una mano para detenerme. Siguió mirando a su amiga destrozada.

Quedaban tres minutos.

—Su marido era lo único que la mantenía cuerda. No va a querer seguir. Y yo no quiero seguir obligándola. —Sorbió los mocos—. Es raro, porque mientras crecíamos siempre fue la más fuerte de todos.

—Aún nos quedan cuatro días —dije casi sin ser consciente—. Y tenemos una llave. Tengo que dársela a Imani, pero quizá encontremos la manera de teletransportarnos a otra zona. Tendrás que entrenar tus habilidades con las trampas, pero hay tiempo. Podemos conseguirlo.

—¿Y matar a otra persona para arrebatarle la llave? —preguntó—. Según mis cálculos, hay una llave para cada tres o cuatro pelotones. En este piso nos han jodido bien. Tenemos tiempo, pero muchos ya estarán bajando por las escaleras. No pienso hacerlo, Carl. No quiero hacerle daño a otra persona.

—Pues… Pues… Lucha contra nosotros para conseguirla. Sin trampa ni cartón. Es tu única oportunidad.

—Carl —dijo mientras se giraba hacia mí.

Negó con la cabeza—. Te lo digo con todo el cariño del mundo.

Eres un imbécil. No puedes luchar contra nosotros.

No puedes darle tu llave a Imani. Tienes que salvarte tú.

¿Recuerdas cuando volaste en aquella avioneta para salvar nuestra burbuja en el quinto piso?

¿Y cuando mataste a todos los cazadores?

En ese momento me di cuenta de quién eres en realidad.

¿No lo entiendes? Eres más que una persona.

Si te perdemos, lo perderemos todo. Eres un ejemplo a seguir.

Eres la personificación de nuestra esperanza.

Tú y esa maldita gata cojonera que parece caerle bien a todo el mundo por alguna razón.

Comprasteis un puesto en la Guerra de Facciones.

Todos los que sobrevivan están deseando tener la oportunidad de enfrentarse a alguien real, alguien que de verdad es responsable de lo que nos ha pasado.

Si no bajáis al siguiente piso, lo perderemos todo.

No puedes sacrificarte. ¿Y sabes qué? Que tengo claro que Imani también lo piensa.

Si le das tu llave, va a intentar devolvértela.

D ÓNUT : ¿ME VAS A TELETRANSPORTAR? ¿LANZAS A SAMANTHA? ¿TENEMOS TIEMPO? ¿VAS A USAR EL CAMBIO CON LA ARAÑA? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Tragué saliva.

C ARL : Espera. Vamos a guardar la trampa de la araña. Lanzaré a Samantha en un minuto.

Ren volvió a girarse hacia la mascota enorme y le acarició la piel extraña y llena de bultos mientras esta hacía un ruido raro parecido a un ronroneo.

El arrepentimiento se apoderó de mí. Tendría que haber dejado que Ren matase a Quan.

Tendría que haber usado mi última trampa de teletransportación para que fuese más fácil traer a Dónut.

Pero no fui capaz de predecir lo que iba a ocurrir.

Había tenido en cuenta todo lo que se me había ocurrido que podía pasar, pero aun así había sido insuficiente. No se puede ganar siempre.

Pensé en lo que me había dicho Mordecai en una ocasión sobre Drakea, que lo había matado una de sus propias trampas porque los productores habían puesto la balanza en su contra, porque habían quebrado sus normas para que esta explotase antes de lo esperado.

Nos estaban exterminando uno a uno y, por mucho que me esforzase, siempre iba a haber alguien mirándome por encima del hombro pensando cómo convertir mi realidad en algo mucho más dramático para contentar a los espectadores. ¿Cuándo decidirían que había llegado mi momento? ¿O el de Dónut?

Cuánto arrepentimiento.

Mi contador de visualizaciones seguía igual de alto, pero empezaba a bajar un poco ahora que parecía haber quedado claro que no íbamos a luchar. Eso me enfadó muchísimo más.

«Que os den a todos».

Miré el techo con nerviosismo.

—Tenemos que salir de aquí —dije—. El techo va a derrumbarse y nos caerá encima todo el edificio.

Ella le dio una patada al lanzallamas para acercármelo.

—Llévatelo —dijo. También aparecieron a su alrededor en el suelo varios objetos que se había puesto a sacar del inventario, uno a uno. Anillos. Prendas. Pociones. Pergaminos—. Cógelo todo. Rápido. Hay cosas muy buenas, como varios pergaminos de Ojo en el cielo.

—¿Qué cojones haces? —pregunté, alarmado de repente. Aquello me recordó a otro lugar, a otro momento, al claro del bosque en el que Miriam Dom había hecho lo mismo.

Me recordó a mi madre.

«Este es mi regalo de cumpleaños. Te estoy dando una oportunidad de seguir adelante con tu vida».