El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 58 #3
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Capítulo 58 #3

No tenía ni idea de qué era lo que me acababa de decir ni por qué el sistema no traducía toda esa perorata en islandés, pero la amenaza me había quedado clara.

Di un paso atrás. El gusano de la muerte volvió a intentar comerse a Ren, pero tampoco consiguió hacerle nada.

Su caparazón iba a desaparecer en unos pocos segundos.

El próximo ataque acabaría con ella a menos que consiguiese invocar otro tótem.

La mascota albóndiga enorme corría en círculos alrededor de aquel caparazón estático, balbuceando y sin duda lista para apartarla de un empujón en el momento en el que desapareciese el escudo.

Dudaba que el Dolor de barriga pudiese sobrevivir a un ataque de aquel gusano.

—Sí, nena —gritó Juzicristo cuando descargó la uzi que le quedaba en la mano contra el cuerpo desnudo y manco de Quan—. Síííííí, nena, joder.

Su aureola estalló en un resplandor dorado.

¡Tiroteo del infierno!

Aparecieron más balas de lo normal de repente, que también salieron disparadas hacia Quan. Era una cantidad imposible y no solo salían del cañón del arma, sino de arriba. Caían sobre el mazmorrero como si le estuviese lloviendo encima.

Me percaté de que no eran balas de verdad, sino más bien aguijones. El cuerpo de Quan bailoteaba con los ritos en el suelo a causa de los disparos. Jesús no dejaba de reír como un loco mientras el tipo convulsionaba.

Pero el cabroncete no había muerto. Le bajó mucho la salud, eso sí.

Asojano se acercó despacio hacia él y se arrodilló ignorando las balas.

Le puso una mano sobre el cuerpo y, en ese momento, aparecieron varias llagas en la piel de Quan.

Una hilera de desventajas fue aparecieron una a una, cada una resonando con un plinc.

Pero Quan seguía vivo. Lo contemplé fascinado.

Hasta que un gruñido de Yule volvió a llamar mi atención. El gato había terminado de comerse los pantalones de Quan y ahora no dejaba de mirarme y bufar, rabioso sin duda por haberme quedado la capa mágica. Estaba a punto de lanzarse hacia mí.

C ARL : Joder, Dónut. ¡Termina ya el combate! ¡Ahora mismo!

D ÓNUT : ¡ACABA DE TERMINAR! ¡SHI MARIA SE ESTÁ COMIENDO LA CADÁVERES COMO SI FUESEN PALOMITAS!

Yule bufó y saltó sobre mí, pero justo en ese momento desapareció en una nube de humo, al igual que Juzicristo y Asojano.

Combate completado. Se ha reiniciado el mazo.

Quan no había muerto. El enfrentamiento de Dónut había terminado, pero no el que yo tenía delante.

Estaba tumbado en el suelo sangrando y sin moverse.

Tenía los ojos del todo blancos y muchísimas desventajas flotaban sobre él, entre las que había algunas que reconocí.

Estaba ciego y no podía sanarse. Aquí acababa todo para él.

Aun así, tenía que matarlo antes de que ese gusano se comiese a Ren.

El suelo tembló. Detrás de mí, Garret el Dolor de barriga soltó un grito entrecortado mientras rodaba directo hacia Ren y la empujaba justo en el momento en el que desapareció el escudo.

En ese mismo instante, el gusano brotó del suelo e intentó comerse la albóndiga, pero Ren lanzó una carta de trampa con la que paralizó a la criatura durante quince segundos.

Garret siguió rodando para apartarse mientras Samantha le gritaba algo y empezaba a rodar detrás de la mascota de Ren.

—Carl —siseó Quan—. Carl, dame lo que me pertenece. Rápido, por favor.

Empecé a resoplar con sarcasmo. No pensaba devolverle la capa.

Pero entonces me di cuenta de que lo que me pedía no era eso.

Busqué rápidamente en el inventario y lo encontré.

Era el anillo de oro que tenía en uno de los dedos del brazo que le había arrancado.

Era de antes. Lo más probable es que fuese una de las pocas cosas que le quedaban de los días previos al derrumbe.

En el interior tenía un mensaje grabado: «Para papi».

Seguía puesto en la mano. Aún guardaba el brazo entero en el inventario. Saqué solo el anillo y se lo puse en la mano que le quedaba.

Él respiró hondo y de manera entrecortada.

—Estaría muy avergonzado de aquello en lo que me he convertido.

No respondí. Cerré el puño, pero murió antes de que acabase con él.

El gusano paralizado desapareció, y cayó al suelo mucha más sangre en el lugar donde este se encontraba un momento antes, incluyendo el cadáver de Chuluuna.

La batalla había terminado.

Quan Ch, quien contaba con más de sesenta calaveras de asesino de jugadores, acababa de morir. Al fin.

Ha caído un campeón. Se ha reclamado la recompensa.

D ÓNUT : CARL, ¡ME HA CONTADO LA MUERTE!

No recordaba que Quan se encontraba entre los diez primeros. Me llegó una andanada de mensajes por el chat, gente que intentaba averiguar quién había matado a quién. Dónut empezó a responderlo.

El suelo volvió a temblar y, en esta ocasión, cayó un pedazo de techo que aterrizó directo sobre Garret. La mascota soltó un quejido lastimero.

Intenté saquear a Quan, pero no me lo permitió. Tenía que hacerlo Dónut. Iba a tardar unos minutos en estar disponible para mí.

Apareció un nuevo punto en el mapa. Un mazmorrero. Me envaré, pero luego vi que se trataba de Khulan, la única superviviente del resto del pelotón de Ren.

—No —dijo mientras entraba a la carrera en la estancia. La joven asiática ni me miró siquiera. Corrió hacia el cuerpo destrozado del mazmorrero que había al fondo. Cayó de rodillas y lo abrazó—. No, Chu. ¡No!

Aparecieron muchísimas cartas flotando sobre Quan en ese momento, más de las que había visto nunca. Decenas y decenas. Dónut también era la única que podía saquearlas.

—¿Dónde están las llaves? —preguntó Ren, con pánico en la voz—. ¡No me han dado las llaves!

D ÓNUT : ¡CARL, TENGO AMBAS LLAVES! ¡ES GENIAL!

«Mierda. No esperaba que se las diesen a ella».

—Tranquila —le dije a Ren—. Dónut es la que se ha llevado la muerte de Quan. La traeremos aquí y te dará una. Tenemos tiempo. Lo siento por lo de…

Aviso: La puerta de las escaleras del Capitolio Nacional de Cuba ha sufrido graves daños y quedará inutilizada dentro de cinco minutos. Si se derrumba, la llave asociada a ella también desaparecerá.

Y esa breve notificación acabó de un plumazo con todas nuestras esperanzas de escapar del piso sin mayores contratiempos.

—¡Me cago en todo lo que se menea, Dios!