Capítulo 56
Varios días antes
—¡Eh! —gritó el guardia humanotauro, mientras golpeaba la puerta de Encantamientos Sol Bendito dentro del club Vencedor—.
¡Quiero hablar contigo, falso! Solo puedes visitar una tienda por día.
¡Te he visto! ¡Te he visto salir del templo!
¡No puedes estar ahí! ¡Abre la puerta! ¡Tengo corazón de metal! ¡No me da miedo morir!
—Tío, ¿a qué vienen esas tonterías? —grité al otro lado de la puerta, que no dejaba de agitarse.
—¡Vienen a que tienes que salir de ahí ya mismo!
Recordaba una escena similar que me había pasado en el club Desperado hacía no mucho tiempo. Volví a centrarme en el clérigo y el joyero.
—Es caro —dijo el padre Carbón, que hablaba rápido—. Un millón de oro.
Negué con la cabeza.
—No llevo tanto dinero encima.
—Ni tú ni nadie —aseguró el joyero sátiro con una sonrisilla. Se giró hacia el clérigo retaco—. Estoy seguro de que la iglesia te ayudará sin problema.
El padre Carbón asintió.
—Lo haremos, pero tendrás que poner al menos diez mil si los tienes.
—Me sigue pareciendo un poco caro —dijo, mientras me arrepentía porque Dónut no estuviese por allí
—Hemos venido porque querías tú —contestó el padre Carbón.
Otro golpe en la puerta. «Esto es una mala idea». Ahora estaba entre la espada y la pared. Ya no podía cambiar de opinión e ir al sanador.
—¿Cuánto me cobraréis de intereses?
—Corren a cuenta de la iglesia —respondió el padre Carbón—. No cobramos intereses a los mártires. Pero, para que funcione, tendrás que entregarnos una de tus joyas, algo que hayas llevado puesto desde hace mucho tiempo. Cuanto más tiempo, mejor.
Titubeé.
—Vale —dije al fin mientras me quitaba el anillo y se lo daba al joyero. Era el primero que había recibido en la mazmorra—. Vamos allá.
El joyero miró al clérigo, que asintió.
Has recibido un préstamo sin intereses* de 990.000 de oro del Templo de Emberus. No tienes permitido renunciar a tu religión mientras la deuda esté activa. Podrás pagar directamente en la capilla de Emberus.
—Esto… ¿Y ese asterisco de ahí? —pregunté.
—No sé de qué me estás hablando —dijo el joyero.
¡Logro desbloqueado! ¡Columbia House!
Hubo una época en la que podías comprarte doce discos por un centavo.
Así es. Un puñetero centavo. ¡Era genial!
Había anuncios por todas partes, anuncios coloridos a toda página o incluso a doble página, que aparecieron en todas las publicaciones de Estados Unidos desde la década de 1970 hasta los 2000.
¡Y no nos olvidemos de los catálogos que enviaban directamente a tu casa!
En cada anuncio y catálogo había montañas y montañas de la música más escuchada del momento, desde Hall & Oates hasta ABBA, pasando por una de mis cantantes favoritas: Gloria Estefan.
Lo único que tenías que hacer era recortar el anuncio, elegir tus doce álbumes favoritos y enviar el recorte junto a un reluciente centavo.
Un mes después, abrías el correo y tenías ahí las 8 pistas, los casetes o los CD, listos para reproducir. ¡Era genial!
Lo único que te pedían a cambio era que, durante el año siguiente más o menos, comprases un álbum una vez al mes a precio normal. ¿Y qué era lo que pasaba si te olvidabas de hacerlo un mes? Pues que aprendías un término nuevo: «Facturación por opción negativa».
Francamente, la mayoría de las personas se quedaban los doce discos y salían corriendo.
Nunca volvían a pagarle nada a Columbia House.
Pero algunas personas sí que lo hacían y eso era lo único que importaba.
Lo creas o no, Columbia House y su competencia ganaban cantidades ingentes de dinero gracias a esos pocos palurdos que respetaban los términos del contrato.
¿Y qué les pasaba a los que no pagaban? ¡Qué más da!
¡Columbia House no tenía que pagar a los artistas las regalías por esos álbumes!
¡Era un gasto de marketing! Es lo mismo que ocurre en los bancos con las comisiones por descubierto.
Los negocios inteligentes saben cómo ganar dinero tanto con los clientes ricos como con los pobres.
Sea como fuere, has aceptado una deuda oficialmente. Tienes los álbumes. Ahora, toca pagar. O no. Quizá no haya consecuencias. Quizá sí. Pero tú ya tienes tu disco de los Beach Boys y, por ahora, eso es lo único que importa.
Recompensa: Acabas de lanzarte a por esa zanahoria que habían dejado colgando frente a ti sin pensar en las consecuencias.
Si la sociedad siguiese como antes, estarías a punto de caer en una vida como esclavo de tus deudas, unas cada vez mayores, que nunca terminarías de pagar.
Seguro que hubieses terminado muriendo solo en unas instalaciones del gobierno mientras el escaso dinero de tu pensión iba directo a las arcas del Estado.
Pero, al menos, tendrías una copia de la obra maestra de 1989 de Gloria Estefan, Cuts Both Ways . Mi pista favorita es la 8.
—Esto… —repetí, arrepentido al momento de mi decisión—. Seguro que el préstamo no tiene comisiones, ¿verdad?
—Seguro, seguro —insistió el padre Carbón, que agitó la mano mientras seguían los golpes en la puerta—. Terminemos con esto.
El joyero peludo con patas de cabra también veneraba a Emberus y tenía los mismos tatuajes gemelos que yo en el dorso de las manos. La criatura parecía una mezcla entre Prepotente y un camarero hípster.
—Entonces ¿puedes hacerlo rápido? —pregunté justo cuando un segundo humanotauro empezó a dar también golpes en la puerta, este gritando algo sobre valquirias y lobos, por alguna razón que no llegaba a comprender.
—Así es, hermano —dijo el sátiro—. No hagas caso a esos imbéciles adoradores de Grull de ahí fuera.
En realidad, tienen mucho miedo de entrar aquí.
—Se hizo con el anillo con algo parecido a unas tenazas y luego lo tiró a lo que parecía un caldero de lava burbujeante.
El recipiente se puso a brillar—. No es que sea un anillo muy poderoso, pero servirá para lo de las babosas.
Y también con alguna que otra desventaja.
Pero, si se sobrecarga, puede que no funcione como se supone que tendría que hacerlo.
¿Tienes más anillos? Puedo crearte algún conjuro más. Tenía muchos donde elegir.
—Ya estoy bastante endeudado —dije mientras él sacaba el anillo de la lava.
La criatura se encogió de hombros y me devolvió el objeto. No estaba caliente al tacto siquiera. Parecía idéntico. El nombre que destacaba encima seguía indicando que era un anillo de Fuerza. Lo examiné.
Anillo mágico de indigente del leal Emberus.
Ah, Emberus. El cuerdo y razonable Emberus. Tengo claro que cualquier complemento que lleve su nombre será perfectamente normal, equipamiento mágico que no dará problema alguno.
Cuando funciona bien, este anillo anulará todas las desventajas de enfermedad y las que drenan vida. Y también cuenta con alguna que otra reducción para otras desventajas. No eliminará la desventaja por completo, claro. Y si tienes muchas activas, el objeto puede quedar bloqueado o sobrecargarse.
Aviso: Este anillo solo lo puede llevar alguien que venere a Emberus. Se convertirá en un objeto maldito si lo lleva una persona que no lo sea.
Aviso: Solo alguien que venera a Emberus podrá ver la verdadera naturaleza de este anillo. El resto verá un anillo mágico de Fuerza.
Aviso: Este anillo está vinculado a una deuda. No puedes venderlo mientras esta siga sin saldarse. Si pierdes el anillo, se acelerará el pago. Si te expulsan de la iglesia de Emberus mientras llevas el anillo, se activará el efecto de la maldición.
Aviso: Este anillo tiene una maldición. Aquellos que intenten ponérselo sin venerar a Emberus quedarán infectados con todas las desventajas de cualquiera que tengan a 50 metros de este anillo. Es… bastante chungo.
—Eso nada —dije al tiempo que me ponía el anillo.
—Sí que hay ocho combatientes —gritó Kevin—. Desde las alturas, con intención de atacar por sorpresa para vengarse, llega… ¡Quan Ch!
El punto de Quan apareció en ese momento en mi mapa.
Había estado invisible, volando directo hacia el enfrentamiento, con la capa o túnica mágica agitándose al viento detrás de él.
Había subido a nivel 70, uno más que yo.
Antes estaba seis niveles por detrás, lo que significaba que se había puesto las pilas durante este piso.
Aún le faltaba el brazo izquierdo. Tenía un gesto de rabia descontrolada.
Apareció una pequeña ventana en la que se mostró un vídeo del momento del quinto piso en el que yo le había agarrado el brazo a Quan. Él había intentado escapar volando, y le había arrancado la extremidad.
Troy el Magnífico se rio. Ahora él también tenía un botellín en la mano.
—Lo recuerdo. Fue una pasada.
—¿Recuerdas también que Quan se puso a lloriquear después? —preguntó Kevin.
Troy se siguió riendo. Se sacó el brazo derecho de la manga y empezó a agitar la tela vacía de un lado a otro.
—¡Mira! ¡Soy Quan! ¡Soy Quan!
Cerveza alienígena se le derramó del botellín.
—¡Que os den! —gritó Quan a la pantalla.
Kevin siguió a carcajada limpia.
—Es el otro brazo, Troy, pero sí que lo has imitado bien. Pero bueno, veamos cómo mueren todos estos imbéciles. Así quizá podamos salir de una vez de este maldito sistema planetario.
Tu pelotón ha decidido aliarse con el equipo de sor Inés.
El equipo de sor Inés no se ha aliado con nadie.
El equipo de Quan no se ha aliado con nadie.
Has recibido una penalización Creía que éramos amigos de diez segundos.
Ha empezado el combate.
El caos se desató a nuestro alrededor. Todos los zombis se abalanzaron hacia la criatura que no era zombi más cercana, mientras las focas y los cangrejos empezaban a atacar con patadas, gritos y puñetazos. Todos se enfrentaban contra todos.
Una cría de foca zombi me miró, gruñó y empezó a avanzar hacia mí arrastrando las entrañas que le sobresalían del cuerpo.
Avancé para darle una patada, pero me di cuenta de que no podía mover la pierna.
Había sido un imbécil y creído que aquella penalización de diez segundos solo se aplicaba al mazo de cartas de Dónut.