Capítulo 52 #2
También había un sanador mágico a mano, pero este tampoco funcionaba conmigo, solo con los mercenarios.
Los vi luchar de uno en uno. Eran muy eficientes con sus armas preferidas.
Don Quijote de la Verga iba por ahí con una lanza de verdad, lo que era ridículo porque no tenía caballo.
Me pidió más de una vez si podía conseguirle una montura, y yo le comenté que lo intentaría.
Steve Rowland el Escritor, el trol, insistía en usar una porra.
Glúteos Máximos, que era una criatura bajita, musculosa y peluda, insistió en usar dos guanteletes de guerra para matar cosas a puñetazos.
Pero no todos luchaban cuerpo a cuerpo. Chorreras, esa especie de nutria rara, parecía ser un mago de agua muy poderoso.
El Chico del Cubo, el niño cocodriliano que iba por ahí recogiendo las propinas que caían al suelo en el club, era una especie de sanador, aunque no se le daba tan bien como al que venía de fábrica en la galería.
El Doctor Huesos, la criatura esqueleto que no era estríper, sino el pinchadiscos presentador, contaba con varios conjuros de control de multitudes.
Lo vi practicar contra una horda de versiones en miniatura del entrenador IA.
Lanzó un conjuro y, una a una, esas cosas se convirtieron en sus secuaces.
El sistema lo llamaba BARDO ESQUELI PELLEJO .
—¿Cuál es la diferencia entre un esqueli normal y un esqueli pellejo? —pregunté.
Él se encogió de hombros, lo que hizo que resonase como si chocasen entre sí unas baquetas.
—Un esqueli pellejo puede hacer que le crezcan piel y órganos.
Todo termina por caer al suelo, y también me hace más vulnerable a algunos tipos de daño y enfermedades, por lo que no lo uso muy a menudo.
Solo cuando necesitaban un estríper en el club.
O si quería entretener a mi mecenas. Estaba más cómoda cuando me ponía piel.
La voz normal de la criatura no se parecía en nada a lo que esperaba, sobre todo después de oírlo presentar a los estríperes y reprender a los clientes del club de estriptis. Me di cuenta de que era una voz fingida. Su voz auténtica era más parecida a la de un profesor de universidad muy amable.
—¿Mecenas? —insistí.
—Soy un bardo. La mayoría de los bardos tienen un mecenas. Nos dan dinero y suministros a cambios de entretenerlos de vez en cuando.
Extendió un dedo e hizo un movimiento en plan mete y saca. Los huesos no dejaban de repiquetear.
Dónut había sido barda en el sexto piso y no había tenido que elegir un mecenas, pero recordaba que Mordecai había dicho algo al respecto.
Algunas clases normales de bardo usaban el sistema de mecenas.
Se parecía un poco al de deidades que tenían los paladines y los clérigos, pero mucho menos peligroso.
Un mecenas enfadado no podía aplicarte un castigo divino.
—¿Y quién es tu mecenas?
—Era Astrid. Ahora eres tú.
—Ah —dije. Eso hizo que me surgieran más preguntas, pero no iba a insistir. Me sentí incómodo de repente—. Bueno, te estaba viendo practicar ese control mental que tienes.
—Es una especie de conjuro de encanto militar —dijo—. Solo funciona con aquellos débiles mentalmente. Por eso lo entreno.
—Es impresionante. ¿Cuánto dura el efecto? —pregunté.
—Depende. Si son débiles, podría decirse que no se acaba. Intento perfeccionarlo para que afecte a criaturas más poderosas.
—¿Y cómo se llama? Dónut tiene uno parecido, pero no lo ha probado aún. Se llama Ejército de secuaces.
—Ejército de secuaces es un conjuro de sabotaje en el campo de batalla y es muy efectivo, pero tarda mucho en lanzarse y es temporal —dijo el Doctor Huesos—. Este se llama Reclutar.
Me sentí aún más incómodo de repente. Había leído sobre ese conjuro en más de una ocasión.
Lo usaban bastante con mazmorreros en el noveno piso.
No funcionaba si ya se habían unido a un bando específico.
La mayoría de las facciones gastaban muchos recursos para asegurarse de que contaban con alguien que podía lanzarlo a nivel 15.
Parte de la razón por la que habíamos comprado el hueco en la Guerra de Facciones era para anular la capacidad del resto de los bandos de esclavizar mazmorreros y obligarlos a unirse a su causa.
—¿Y qué más puedes hacer? —insistí.
—Tengo algunos conjuros que también tienes tú, en realidad, al menos según la Princesa Dónut. —Se envaró—. Y algunos de esos son más poderosos que los tuyos.
—¿En serio? —pregunté intrigado—. Cuéntame más.
C ARL : Elle, le preguntaría esto a Imani, pero no quiero molestarla ahora mismo. ¿Cuántos mercenarios podemos tener? Sé que en los barracones caben veinte, pero ¿hay alguna forma de ampliar la cantidad?
E LLE : Deberías preguntarle a ella. Le vendría bien distraerse.
Como has dicho, en los barracones caben veinte.
Entre tus estríperes y la guardería de Mordecai, estamos casi a tope.
Cada grupo puede contratar más y estos pueden almacenarse en un espacio seguro individual, como hiciste tú con esos monstruos de roca.
Pero para que puedan entrenar y subir de nivel tienen que estar en los barracones conjuntos de la galería de mercenarios.
C ARL : Háblame de la mejora de los barracones.
E LLE : Se pueden ampliar para que quepan hasta cien, pero cuesta un riñón: casi cinco millones de oro, y eso es con el descuento de Dónut.
Entre las mejoras y el dinero que se ha gastado la gente en la arena de entrenamiento de cartas, estamos sin blanca.
Además, creo que se mejorará solo cuando bajemos de piso.
C ARL : Vale. Gracias por la información.
Mira, voy a… cerrar la puerta de la galería con los estríperes dentro.
No te olvides de recordarme que los deje salir.
Tenemos que liberarlos dentro de unas pocas horas, pero mientras hay que comprar esa mejora antes de que se derrumbe el piso.
Intentaré conseguir el dinero de alguna forma.
Asegúrate de que todos los equipos tienen el mayor espacio para mercenarios posible. Vamos a ocuparlos todos.
E LLE : ¿Qué coño estás tramando?
C ARL : Es un ejercicio para mejorar la relación del equipo. El pinchadiscos está en ello. No te asustes si lo ves. Ahora va con algo de carne por ahí, por lo que tiene un aspecto un poco diferente.
E LLE : ¿Sabes qué? No quiero saberlo. Me aseguraré de que todos consigan ese espacio.
Dejé a los mercenarios y pasé el resto del tiempo en mi estudio de dinamitero, preparando objetos para el noveno piso, al que no tenía claro si íbamos a poder bajar, en realidad.
Cuando llegó la medianoche, nos teletransportaron de vuelta a Cuba.
El episodio resumen estaba censurado para nosotros casi en su totalidad. Al parecer, había tenido lugar una charla sobre la cuarentena, así como un especial con todos los posibles «enfrentamientos» que estaban preparando entre los que teníamos y no teníamos las llaves.
Lo único que nos dejaron ver fue una escena corta de Imani y su pelotón, y no nos habíamos recuperado aún tras contemplarla.
Su pelotón estaba formado por antiguos residentes de Meadow Lark que no conocía muy bien.
Todos habían muerto para conseguir la última ficha de la máquina expendedora.
Había ocurrido en un momento terrorífico, cuando uno de los tótems al que se enfrentaban poseyó a dos de ellos y los obligó a luchar entre sí.
Uno era un tipo llamado Randall, quien se había convertido en una criatura parecida a un gnomo que usaba magia de apoyo llamada lutin.
Intentó acabar rápido con todos paralizándolos con un conjuro.
Luego, uno de los tótems de Imani, una criatura parecida a un lagarto cubierta de musgo que lanzaba enfermedades llamada Amhuluk, lanzó una nube venenosa que los mató con un solo ataque.
Murieron paralizados mientras se les fundía la piel.
La escena terminó con Imani gritando mientras Amhuluk acababa con el amo del mazo y ganaba la batalla.
Después, Imani había vuelto a la estancia segura.
No se enfrentó a la batalla final, que era en su hogar en Detroit.
Elle era la única con la que había hablado desde entonces.
Dónut me comentó que Imani se limitaba a contemplar la nada entre temblores y sin hablar.
Bautista le había preparado una taza de té, pero ni siquiera se lo había bebido.