El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 51 #3
73%

Capítulo 51 #3

—Aunque el sistema se ha independizado antes de lo previsto, y a pesar de la cuarentena, estoy bastante seguro de que el resto del mazmorreo transcurrirá sin contratiempos. Hemos llegado a un acuerdo y, aunque pueda parecer lo contrario, esta IA en particular es bastante razonable.

Reprimí una respuesta.

Quasar tampoco parecía demasiado impresionado.

—Sí, lo que tú digas, chico. Supongo que estamos aquí porque Carl ha saqueado las cosas de ese Residual, ¿verdad?

—Así es —respondió Orren.

—Y quieres que las devuelva, ¿no?

—Tu inteligencia nunca dejará de sorprenderme, nulo.

Quasar le dio una calada muy larga al vapeador.

—Que sepas que esto tiene jurisprudencia.

El caso del enjambre grixista contra el concilio del Sindicato.

Ya se ha hecho con el botín. No puedes deslamer un ojete que ya está lamido.

La caja de patrocinador que lo llevó hasta ese lugar era legal y se pagó como es debido.

Y ya tiene las cosas en el inventario. Es lo mismo que ocurrió en el tercer piso con ese mierdas manco de Quan, y mira cómo acabó eso.

Además, la mayoría de esas cosas no servirán de nada al final del piso, así que no veo dónde está el problema.

—Se encogió de hombros—. Este piso está configurado así.

El botín estaba en el área de juego. No tienes derecho a quitárselo.

—El problema no es el arma o el escudo, sino el dispositivo de comunicación y los comprimidos de mejora Valtay.

Hay normas que impiden usarlos si se encuentran como botín.

Si los potenciadores neurales ya estaban dispuestos en el lugar por los productores, no hay problema, pero en este caso es obvio que se trata de un beneficio injusto.

Lo del comunicador no es negociable. Y lo sabes.

—¿Y qué culpa tiene de eso mi cliente? Él lo ha recogido sin hacer trampas. ¿Por qué se le va a castigar?

—No se le castigará si obedece y lo devuelve.

Alcé la mano.

—¿Sabes qué? Que me la suda. Te doy lo que quieras, pero me quedo el recipiente.

—Cierra ese pico de mono que tienes, humano —me dijo Quasar. Después se giró hacia Orren—. Se me acaba de ocurrir una gran idea. ¿Y si te da lo que quieras pero se queda el recipiente?

Orren se reclinó en el asiento y lanzó la pelota. Esta rebotó en la pared detrás de mí y volvió a su mano con un golpe seco estruendoso.

—Muy bien, mazmorrero. Pero quizá no te guste demasiado el valor que la IA le ha asignado al recipiente. Hasta a mí me sorprendió lo bajo que es.

—Me da igual —comenté—. Yo solo quiero salir de aquí, que se acabe este maldito piso y seguir matando a los que se lo merecen de verdad.

Volvía a tener activo el inventario y había hecho el cambio.

No me molesté siquiera en mirar qué había dentro del recipiente.

Me había quedado con varios objetos a cambio de devolver la ropa sucia de un vagabundo y unos pocos objetos de los Valtay.

No eran todos, pero tampoco me quejé. Tenía un pergamino de Recargar varita y tres llamados Cracker Jack.

Orren también había aceptado quedarnos con los cuatro cretinos durante la totalidad del noveno piso.

Los cuatro ya estaban allí igualmente, y era muy probable que se alegrasen de estar a nuestro servicio, por lo que nos había ahorrado dinero.

También había intentado conseguir que me devolviese el Portal de los dioses ferales. Iba a recibirlo automáticamente cuando se derrumbase este piso, pero Orren se había negado a dármelo antes. Se temía que lo usase para evitar la última fase que nos quedaba aún y no iba a permitirlo.

A Quasar lo habían expulsado sin miramientos en mitad de una frase cuando cerramos el trato, por lo que Orren y yo nos habíamos vuelto a quedar solos.

—No tienes permitido salir por el club, por lo que voy a teletransportarte. Volverás junto a la Princesa Dónut, a menos que quieras que te deje en el refugio donde estabas antes. Pero te lo advierto, no nos gustaría que intentases volver ahí.

Había guardado la moto en el inventario, así que me daba igual.

—Puedo volver a Los Cayos sin problema, sí. —Hice una pausa—. Oye, ¿sabes si llegó a entrar en la mazmorra? El Paulie ese, digo.

—No —respondió Orren—. Al parecer se quedó fuera, pero nunca llegó a entrar. La mayoría nunca entran. Al igual que ocurre con todos los enjambres y las mentes colmena, las partes individuales suelen ser desechables. Recuerda eso cuando intentes negociar con los de su calaña.

—En realidad —dije—, he cambiado de opinión. Había una gasolinera en la que paré de camino al norte, aquella con el fantasma del recuerdo de un perro. ¿Podrías enviarme allí? Me gustaría volver a saludarlo antes de seguir.

—Muy bien. Que tengas un buen día, Carl.

Y, sin más, desapareció y me dejó solo en la estancia. Me iba a teletransportar en unos pocos segundos.

Aún notaba el sabor del café del refugio en la lengua. Y no había olvidado el olor del desayuno mezclado con desinfectante, lo que hizo que me rugiese el estómago. Pero lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en aquel perro solitario que protegía una gasolinera el día de Navidad.