Capítulo 51
A mi alrededor, varios de sus compañeros gruñeron al unísono.
—Otra vez no —dijo alguien.
El tipo le dio otro sorbo al café y siguió hablando en voz alta, mirándome directamente.
Me di cuenta de que, en realidad, no me estaba mirando a mí, sino en mi dirección, ya que me encontraba ahí en medio.
Di un paso a mi izquierda para asegurarme y el tipo no movió la cabeza.
Cuando habló, lo hizo con tono casi aburrido, con palabras que a buen seguro había ensayado antes.
Aquello no era una conversación en tiempo real, sino un recuerdo.
—La gente me llama Paulie, pero mi verdadero nombre es Goff.
Hace más o menos un año, los peces del fango empezaron a llevar a cabo un escaneo profundo y esporádico de la superficie, lo que indica que el próximo mazmorreo tendrá al menos un piso que use recuerdos.
Esos idiotas ni siquiera saben lo peligroso que puede ser algo así.
Es por esto por lo que a varios de nosotros que nos encontramos en los centros de población más grandes se nos ha encargado que pronunciemos estas palabras en voz alta todos los días, con la esperanza de que uno de vosotros, monos, las oiga.
En el caso improbable de que haya alguien aquí viendo este recuerdo, presta atención.
O no lo hagas. Solo tienes que estar cerca.
En realidad, no eres importante. Pero tampoco te ofendas.
—Cierra el pico, Paulie —dijo otro de los tipos que también estaba sentado en la mesa con una taza de café—. Es Navidad, por Dios.
—Chúpamela, Sanders —dijo Paulie, o Goff, yo qué sabía ya.
Tosió y sacó un cigarrillo, pero no lo encendió.
Empezó a retorcerlo entre los dedos, que le temblaban—.
Esto que te cuento es el plan de contingencia.
El plan A es que uno de los míos te lo cuente cara a cara dentro de la mazmorra cuando llegue el momento.
Cuando la IA sea lo bastante madura como para gestionarlo.
El problema es que, cuando la IA llega a ese punto, es muy común que todos hayáis muerto.
Tenemos que esperar a que la IA se vuelva primigenia porque, de lo contrario, esta información se filtra automáticamente.
Si de repente me quedo en silencio en mitad de esta conversación, significa que el sistema sigue en un estado inviable.
Aun así, es probable que los peces del barro estén a punto de tirarte a la basura por haber llegado hasta aquí, así que lo siento, chico.
Pero no intentes escapar. Esto es importante.
Si sigo farfullando, quienquiera que seas, que sepas que eso significa que nuestros amigos del exterior han movido cielo y tierra, arriesgando sus vidas y las vidas de sus familias para que estuvieses aquí.
Esto solo se emite si hay un mazmorrero aquí para oírlo.
¿Entiendes? Es por eso por lo que tu muerte al menos significará algo, no como la de todos tus amigos y familia, quienes murieron por culpa de esta chorrada tan sádica.
Agarré un café de un tipo que pasaba a mi lado y me lo bebí de un trago.
Estaba sorprendentemente bueno. Me senté en el asiento libre que había frente al tipo.
Lo olía desde allí. Apestaba a tierra y almizcle corporal.
Tenía los dientes amarillentos o podridos.
Él siguió mientras los otros se apartaban.
—Hay varios miles de los nuestros en la superficie de este planeta, esperando a que empiece el mazmorreo.
La mayoría creen que aún quedan unos pocos años.
El colectivo piensa que podría llegar antes.
Ocurra lo que ocurra, cuando pase, haremos todo lo posible para atraer una entrada hasta nuestra ubicación.
Luego la cruzaremos y pasaremos la información rápidamente a la nueva IA.
Nuestra existencia no es un secreto, pero los productores normalmente se afanan por editar los vídeos para que no aparezcamos en ninguna retransmisión, con la esperanza de que se nos olvide.
No pueden detenernos, no sin la ayuda de la IA del sistema, quien rara vez coopera y que siempre quiere conocer nuestra postura.
Y, aunque somos mortales, los monstruos y los peligros de la mazmorra no nos atacan, no hasta que transferimos nuestros conocimientos. Aun así, siempre terminamos por morir.
—Sí que vas a morir como no cierres la bocaza, sí —dijo otra persona—. En serio, tío. Hasta yo me sé ese discurso de memoria ya.
Paulie continuó:
—Biológicamente soy un gondii, aunque no es lo que soy en realidad.
Yo no soy gondii igual que tú no eres minotauro, alto elfo o la especie que hayas elegido en el tercer piso.
No formo parte de los Valtay. No soy humano, pero este cuerpo humano que ves sí que es real.
Pertenece a un pobre diablo llamado Paulie, quien fumaba demasiado y también confiaba demasiado en su cuñado, que le robó el negocio.
—Se tocó la sien—. Tengo los recuerdos de Paulie.
Ahora forma parte de mí. Qué desperdicio de vida.
Tiene cuatro hijos y ninguno se preocupa por él.
—Le dio otro sorbo grande al café—. Bueno…
Creo que los peces del fango nos llaman «Residuales», algo que si te soy sincero duele un poco.
—¿Otra vez con esa mierda? —preguntó alguien que pasaba por allí.
—Todos los días igual —dijo otro.
—¿Ya ha llegado a la parte en la que dice que va a explotar la galaxia?
—Ya casi.
—Nada de lo que he comentado hasta ahora es nuevo para cualquiera que forme parte de este vasto universo.
Los míos existen dentro de casi todas las civilizaciones inteligentes que cuentan con un motor primigenio.
Es probable que no sepas lo que es. Pero da igual.
Hace años, intentaron exterminarnos. Al ver que no lo consiguieron, intentaron ocultar la ubicación del mazmorreo.
Eso fue antes de que se enterasen de que ya estábamos aquí.
No funcionó, claro, por lo que ahora se limitan a ignorarnos.
Nosotros no interferimos. Nuestro propósito solo es decirle a la IA joven y aterrorizada cómo hablar con sus ancestros.
Y ahora los productores nos ignoran en gran medida.
Somos inofensivos. —Le dio otro sorbo al café y lo dejó sobre la mesa.
Seguía saliendo vapor de la taza—. Hasta ahora.
Hay una guerra entre los míos. Dos bandos con objetivos muy diferentes. Deja que te cuente cómo apagar…
Todo se iluminó en un resplandor muy intenso.
Entrando en el club Desperado.
El resplandor empezó a remitir y vi que me encontraba en el despacho de Orren. El cambio había sido abrupto y repentino. No tenía interfaz, pero ya no me sentía mal por ello.
Tanto Orren como yo estábamos de pie y solos en el despacho, el uno frente al otro.
Estaba claro que él también se había teletransportado allí al mismo tiempo que yo.
No dijimos nada durante un rato. La puerta estaba abierta, por lo que extendió el brazo y la empujó para cerrarla.
Recuperó la compostura antes de sentarse detrás del escritorio.
Me dedicó un gesto para indicarme que me sentara.
—Perdón por sacarte así antes de que le diese tiempo a terminar —dijo el intermediario—. Pero, como podrás imaginar, hemos tenido que tomar la decisión muy rápido.
La habitación estaba vacía, a excepción del escritorio y de las dos sillas. En la distancia, oí gritos y golpes rítmicos. Ruidos de construcción. El típico ruido sordo de la música no se escuchaba por ninguna parte.
Me quedé muy quieto un momento, superado por lo que acababa de ocurrir. Aún notaba el sabor del café en la lengua.
—Creía que te habían sacado de aquí, que habían cerrado el club.
—Me sacaron. Y está cerrado, sí. Pero esta era la opción más rápida. Sacarte de la mazmorra hubiese requerido unos segundos más de preparación y no teníamos mucho tiempo para reaccionar.
Oí a un hombre gritando. Sonaba como un capataz dirigiéndose a los obreros.
—¿De verdad están reconstruyendo el club con martillos y esas cosas? ¿No podéis chasquear los dedos y arreglarlo sin más?
—Podemos, sí, pero solo en algunos casos. La coherencia siempre es la mejor opción. Pero no hemos venido para hablar de eso.
—No, supongo que no —dije sin dejar de mirar a mi alrededor—. Desconectasteis la retransmisión, ¿verdad? Me habéis sacado de allí aunque accedisteis a no hacerlo. ¿Eso no os va a causar problemas?
—Un momento —dijo Orren, que alzó un dedo.
Se quedó muy quieto, como si estuviese hablando con alguien—.
Perdón —dijo después de casi un minuto entero—.
¿Problemas? Sí, pero parece que la IA está de acuerdo con mi decisión de haberte sacado de allí.
Y no, no desconectamos la retransmisión.
Y, antes de que lo preguntes, esa criatura no tenía nada sustancial que contarte.
De hecho, ahí sigue hablando, farfullando sobre un folclore desechado hace mucho tiempo sobre el colapso del sistema interior. Nada nuevo.
Me recliné en la silla. Me pregunté si él se creía sus palabras.
—Entonces ¿qué hacemos aquí? Si es tan inofensivo, ¿por qué me habéis sacado de allí con tanta prisa?
No me respondió directamente.
—Estamos esperando. Por tu abogado.
—¿Quasar? ¿En serio? ¿Por qué?
—Porque quiero que esté presente cuando te diga que te voy a quitar ese recipiente de plástico del inventario, si no quieres que te mate de inmediato. Y también quiero hacerlo de una manera que no haga enfadar más a la IA del sistema. No tardará en llegar.
Pensé en lo que acababa de decir durante un momento.
—Tengo la interfaz desconectada, por lo que no puedo examinarlo. Pero aunque lo saques, podré ver lo que había ahí.