Capítulo 50
Nota añadida por el mazmorrero Drakea. Vigesimosegunda edición.
Si tienes la oportunidad, no titubees. Ni lo más mínimo.
El viaje en dirección al norte fue inquietante.
No había enemigos ni tampoco muchos fantasmas de los recuerdos.
Era pasada la medianoche de la madrugada de Navidad y no había demasiado tráfico en aquella autovía de un solo carril.
Hacía mucho frío como para hacer lo que estaba haciendo sin pantalones, pero tampoco como para congelarme.
A veces caía una ligera llovizna, que no duraba demasiado pero lo dejaba todo húmedo.
Tuve que rodear varios bloqueos de vehículos, pero no vi a ninguno de ellos moviéndose por la carretera.
Aun así, tuve cuidado con los fantasmas que me encontré por el camino.
La mayoría de los de los vehículos habían perdido toda la ropa cuando había chocado el coche en el que iban, pero había algunos por ahí con cascos y gafas pasando cerca a toda velocidad.
De haberme chocado con uno, me hubiese tirado de la moto.
No podía dejar de pensar en la desaparición de los integrantes de la Organización Activista y Pacifista de Intelecto Abierto. ¿Qué podía significar algo así?
Una vez llegué al extremo meridional de la ciudad, me detuve en una gasolinera cerrada, destrocé la puerta y me hice con un mapa.
Luego me senté en el mostrador mientras comía un poco de cecina e intentaba averiguar hasta dónde tenía que llegar.
Lo encontré al momento. Estaba a unas pocas manzanas, aunque había llegado antes de tiempo.
Dónut me envió algún que otro mensaje que me confirmó que se lo estaba pasando genial.
Se habían puesto a cantar villancicos y todos estaban cada vez más borrachos a medida que avanzaba la noche.
Por suerte, Katia seguía sobria. A Dónut no parecía importarle que estuviese ausente mientras le fuese respondiendo de vez en cuando a los mensajes.
Me preguntó si quería volver y ponerme un disfraz de Papá Noel para los niños, pero me disculpé y le dije que no.
La verdad era que me había alejado bastante.
Intenté recordar lo que había estado haciendo a aquellas horas la madrugada de Navidad anterior.
Bea se había marchado a Yakima con sus padres.
Iba a volver en coche más tarde para preparar su viaje a las Bahamas.
Yo me había pasado trabajando la mayor parte de la semana y por la noche me había puesto a jugar a los videojuegos con Dónut sobre mi regazo.
Había pedido algo para cenar y la gata me había robado un wantán del plato.
La verdad es que no me había sentido solo.
Era algo que ni se me había pasado por la cabeza, pero ahora sentía una sensación de pérdida inaguantable.
¿Qué habría estado haciendo Asher? Pensé en el señor Roth, mi casero, durmiendo en el apartamento del sótano, también solo.
Nunca había pensado en él antes de que ocurriese nada de esto.
Ni lo más mínimo. Pensé también en la señora Parsons, mi vecina del primer piso.
Su marido llevaba años muerto. Ella también estaba sola.
La sensación de pérdida no era por la persona que había sido en el pasado, sino por la que era ahora. Estaba allí, solo, y al fin comprendía la diferencia. Ya no quería estarlo. Me arrepentí de no haberle dicho a alguien que me acompañase.
«Cagondiós, Louis».
—Pero si ni es Navidad. Que le den.
Mi voz sonó muy falsa en aquella estancia a oscuras.
Un ruido me llamó la atención. Había un perro en la gasolinera, durmiendo en un rincón.
Ni siquiera lo había visto hasta ese momento.
Era un fantasma de los recuerdos. Un sabueso bastante mayor que dormía de lado en una cama que tenía un cartelito encima que rezaba «Lou el Rayo».
Tenía dos cuencos de comida, mucha agua y, detrás de él, había una puerta con un acceso para perros que daba a un pequeño jardín vallado.
Aun así… ¿Cómo podían haberlo dejado allí? En la gasolinera no había casa ni apartamento. Y un cartel en la puerta decía que iba a estar cerrada por Navidad. Era un perro guardián y estaba abandonado.
Extendí el brazo e intenté acariciarlo, pero la mano le atravesó la cabeza y le quité sin querer el collar, que tintineó al caer al suelo. El perro suspiró en sueños, ajeno a que el mundo iba a terminar en poco más de una semana.
—Feliz Navidad, chico —dije.
El refugio estaba en un edificio cubierto de grafitis de una zona industrial de la ciudad, rodeado por lo que parecían empresas de envasado de fruta.
Eran las cuatro de la madrugada y aún quedaban unas pocas horas antes del desayuno.
Saqué de nuevo la moto y busqué en el mapa alguna amenaza.
No había nada. Lancé Tañido. Nada. Lancé Patoso por si había trampas.
Nada. Mi nueva habilidad Encontrar mazmorrero solo tenía nivel 5, pero tampoco hizo aparecer nada en mi mapa. Estaba solo de verdad.
Recibí una notificación de caja de aficionado. Mis visualizaciones se habían disparado.
Rodeé el edificio en busca de pistas de lo que quiera que tuviese que encontrar allí.
Había una entrada con una luz encendida de la que colgaban guirnaldas navideñas.
El mismo folleto que me había enviado mi patrocinador estaba pegado con cinta adhesiva a la puerta de cristal.
Detrás de ella solo vi a un tipo detrás de un mostrador, un fantasma de los recuerdos reclinado en una silla mirando algo en el teléfono.
Llevaba un gorro de Navidad. El resto del refugio estaba a oscuras.
Volví a rodear el edificio fijándome mejor en los grafitis.
Eran los garabatos habituales de bandas que me resultaban ilegibles.
También algún que otro insulto. Algún pene que otro.
Un mensaje que rezaba: «Los trabajadores de este sitio apestan».
Una ilustración muy buena de Piglet de Winnie-the-Pooh , aunque alguien le había pintado un símbolo de la paz encima de la cara.
Y luego lo vi. Me paré en seco.
Solo eran tres frases. Decía: BÚSCAME DURANTE EL DESAYUNO TODAS LAS MAÑANAS . LLEVO UN GORRO ROJO CON OREJERAS . UN CAFÉ Y HABLAMOS .
Ese era. Estaba escrito con espray rojo que había goteado.
Habían pintado otras cosas encima de algunas de las letras, como las palabras «Olisquea una vagina», por alguna razón.
Las palabras se entremezclaban con el resto de los garabatos de la pared y eran algo a lo que nunca le hubiese prestado atención.
Excepto por el hecho de que estaban escritas en estándar del Sindicato y no en mi idioma.
Extendí el brazo y las toque. Llevaban allí mucho tiempo.
Volví a la puerta principal del refugio e intenté abrirla, pero estaba cerrada con llave.
Había un timbre, pero no quería tener que esperar a que viniesen a abrirme.
Le di una patada a la puerta, que se resquebrajó con mucho estruendo.
Pasé junto al tipo del mostrador, que veía un anime de boxeo o algo así en el móvil.
Me acerqué a una habitación grande llena de hombres que dormían en filas y filas de catres. Yo solo había pasado una noche de mi vida en un refugio para personas sin hogar. Había sido en Seattle, la noche después de mi dieciocho cumpleaños.
El olor a desinfectante lo impregnaba todo, y me sorprendió lo familiar que me resultaba el lugar.
No había mujeres ni niños. Sobre cada uno de los catres había un hombre durmiendo debajo de una manta gris, y al pie de cada catre había una especie de recipiente de plástico cerrado con cinta americana con una firma en la parte superior. Los tipos roncaban y dormían inquietos.
Solo una pequeña parte de ellos tenía el aspecto que esperaba que tuviese una persona sin hogar. Uno de los tipos iba con un traje. Y varios eran poco más que adolescentes.
Las paredes estaban cubiertas de decoración navideña.
Una cruz gigantesca dominaba también una de las paredes.
Detrás de aquel lugar había otra habitación con unas puertas dobles cerradas, pero con una luz encendida.
Oí algo por allí. Y también lo olí, a pesar del olor intenso a desinfectante.
Había personas en el interior preparando el desayuno para esa gente.
Pensé en Chris, Brandon, Yolanda y el resto de los trabajadores de la residencia de ancianos Meadow Lark. Pensé en Imani, quien acababa de enviar un mensaje a todos para decirnos que aún no había encontrado la ficha.
Miré a los hombres que dormían e intenté encontrar a alguien con un sombrero rojo. Todos eran fantasmas de los recuerdos. Que yo supiese, allí no había nadie.
Me acerqué a un rincón y me senté a esperar.
Me despertó un anunció que parecía salir por un altavoz. Una canción. Era Grandma Got Run Over by a Reindeer otra vez. Me había quedado dormido.
—Mierda —murmuré mientras empezaba a repasar los mensajes. Si Dónut me había escrito y no había recibido noticias de mí… Pero luego me relajé. Lo último que me había dicho no requería respuesta y había sido más o menos hacía una hora y media:
D ÓNUT : E PONCH DE HUVO ES ASQKKKERSO. IU.
D ÓNUT : Encontré un gorro en el suelo después de la fiesta. Es mío. Él era un imbécil, pero el gorro me gusta.
D ÓNUT : LETRA DE SECRET ASIAN MAN .
D ÓNUT : PAPÁ NOEL.
Unos minutos después había recibido algunos mensajes de Mordecai y otro de Katia.
M ORDECAI : ¿Dónde estás?
Tras cinco minutos:
M ORDECAI : Ten cuidado, chico.
K ATIA : No sé qué tramas, pero ten cuidado.
Y luego Louis me había enviado un mensaje:
L OUIS : Dónut estaba durmiendo la mona en la sala común.
Al parecer, es la primera vez que se emborracha desde que consiguió esa calavera de asesina de jugadores, ¿no?
Mordecai dice que estaba preocupada por ti y luego uno de esos peces apareció en la habitación.
Zev, creo. Y empezó hablar en voz baja con Mordecai y con Katia antes de esfumarse de nuevo.
No les he dicho que me preguntaste por Homestead.
No sé qué está pasando, pero espero que estés bien.
También tenía un mensaje de Zev.
Z EV : Para que lo sepas. Le he contado a tus compañeros que has salido a una misión breve y que nadie sabe en realidad qué tramas, lo cual es verdad.
Y también les dije que no te molestasen, que estás a salvo y que no hay peligros ni monstruos cerca de ti, lo que también parece ser cierto.
La IA ha insistido mucho en que no interfiramos con lo que quiera que estés haciendo y tampoco con la retransmisión.
Esa última parte ha causado algunos problemas, pero luego la IA ha filtrado nuestros debates internos por el canal principal, lo que como te imaginarás ha hecho que todo el mundo sienta más curiosidad aún.
Esto también ha provocado que el concilio del Sindicato, el concilio de verdad, se ponga muy nervioso.
Hay algunos integrantes aquí en el planeta y los han expulsado de las discusiones.
Todo es un caos. Está claro que esto tiene algo que ver con los Residuales, lo que significa que es posible que vaya a ser un fiasco. Aun así, tengo curiosidad.
Leí el mensaje varias veces y empecé a responderle a Zev.
C ARL : ¿Qué cojones es un Residual?
Z EV : Tengo prohibido contártelo. Pero creo que estás a punto de descubrirlo.
Eran las seis de la mañana y, a mi alrededor, la gente empezaba a desperezarse y a ponerse en cola para ir a los baños.
Se habían dedicado a mover los recipientes hacia la pared mientras alguien recogía los catres.
Yo me puse en pie y seguí mirando. Las conversaciones empezaron a llenar el lugar.
El olor a comida era muy intenso y empezó a rugirme el estómago.
Por el altavoz se oía música navideña. Quitando la música y las decoraciones, no había más señales de que aquel día fuese diferente a cualquier otro.
Había soñado con Odette. Con lo que me había contado el otro día.
«No mires jamás el ojo cegador de la Novia Frenopática».
Contemplé cómo los hombres trabajan al unísono para recoger los catres y colocar una hilera de mesas que prepararon para el desayuno.
Y luego lo vi. El tipo del gorro rojo. Mi corazón empezó a latir desbocado.
Tendría unos setenta años y tenía rasgos asiáticos, lo que hacía que destacase entre el resto de los blancos, negros e hispanos.
Iba vestido con varias capas de franela y, sobre la cabeza, llevaba un gorro de trampero rojo brillante.
Vi cómo ayudaba a colocar una mesa alargada.
Las puertas dobles que daban a la cocina se abrieron y alguien gritó:
—¡El café está listo!
Empezó a formarse una fila.
Las canciones navideñas del altavoz pararon y quedaron reemplazadas por la voz de un predicador, que empezó a dar un sermón sobre el significado de la Navidad.
Estaba claro que era una grabación, y uno de los trabajadores bajó el volumen de la cháchara cuando los hombres empezaron a hablar a viva voz entre ellos en la fila.
Me puse en pie y me acerqué al del gorro rojo, quien se había acercado a su recipiente de plástico que estaba junto a la pared.
Quitó la cinta americana y sacó una bolsa azul de Ikea de las profundidades, para luego coger de ello lo que me parecieron varios paquetes de azúcar.
Volvió a guardarlo todo, se dio la vuelta y se dirigió a ponerse en cola con el resto.
Lo vi desaparecer en la otra habitación.
Toda aquella zona formaba parte del recuerdo, por lo que cualquier cosa que cogiese allí desaparecería una vez se derrumbase el piso. Me dio igual. Cogí el recipiente de plástico del tipo y me lo guardé en el inventario.
Antes de que me diese tiempo a repasar su contenido, el hombre salió de la cocina con una taza de poliestireno con café en la mano. Se sentó, le echó el azúcar al café, le dio un sorbo y dejó la taza en el suelo.
—Ha llegado la hora —dijo casi gritando. Tenía una voz grave y rasposa de acento estadounidense. Hablaba en mi idioma. Se giró hacia mí. Le dio otro sorbo al café, suspiró y me miró directamente a los ojos—. No hay nada como un buen café por la mañana para empezar a mover el culo.
Le dio otro sorbo y chasqueó los labios.
—Hola, mazmorrero —dijo.